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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

10/07/2008 GMT 1

CUIDADO, PARRANDERO

jcqt1213 @ 03:37

la-sayona.JPG

   -Sígueme y tendrás lo que mereces…    

   Recio y altivo, el llanero se echa el sombrero atrás en la nuca mientras recorre el oscuro camino, controlando con su mano firme las riendas del caballo que corcovea y resopla, inquieto, con ojos muy abiertos, como deseando adivinar qué hay más adelante. Frente a él encuentra, en la entrada de un rancho oscuro y miserable de madera a una mujer joven, hermosa, vestida con una larga batola blanca, de cabellos negros como la noche que descienden lujuriosamente hasta su corva. La sangre le arde al macho con tan sólo mirarla, se yergue en su montura y le pregunta qué pasa, qué hace ahí en medio de la noche ‘tan solita’. Ella responde, señalando el rancho, que tiene miedo pues está sola y le pareció oír ruidos. Él la recorre toda, como hombre al fin, y dice que puede acompañarla hasta que llegue su marido. Ella contesta que no tiene marido. Bajando de la montura, convencido de que aprovechará bien el momento, va hacia ella y hablan. Ella, coqueta, lo invita a entrar. Él la sigue. Una vez adentro deja caer su batola, dejando al descubierto sus carnes bellas; el hombre salta sobre ella, se besan y cae sobre un sucio camastro; y mientras se amanceba el hombre, las manos de la hembra le atrapan los hombros reteniéndolo con gran fuerza, cuando un grito atronador escapa de sus labios. Mirándola, con el corazón estallándole en el pecho por la sorpresa, el hombre la mira transformase, sus ojos color fuego, sus colmillos de fiera, y en su cara, con un espantoso aliento caliente golpeándole la nariz, el espanto vuelve a lanzar sus gritos… y quedó muerto en el acto, el hombre que en mala hora, sin tener conocimientos ni trato, intentó amar a la Sayona.   

   Este es el corrido que se  canta de uno de los espantos más conocidos que recorre los llanos venezolanos, que sale en pos de los hombres parranderos que gustan de estar de fiesta en fiesta y para quienes ninguna mujer deben dejarse ‘escapar’. Hay variedad de cuentos sobre su origen, el más aceptado es aquel que habla de una casi niña que tiene amores con un soldado quedando embarazada y siendo abandonada por este, cayendo en un estado profundo de depresión y angustia (no te digo, la vieja historia que todavía se repite como una maldición). Da a luz a una niña a la que no sabe cómo cuidar; está sola, y durante un ataque de llanto de la infante, llevada por la  desesperación, la mata con sus propias manos. Pero al percatarse en verdad de lo que ha hecho, comienza a llorar y a gritar de forma alarmante, lo que atrajo a vecinos y familiares, quienes al ver lo sucedido intentaron ajusticiarla, maldiciéndola todos. Logrando escapar, la joven se interna en el llano, convirtiéndose en el aterrador espanto.   

   Siempre llora en forma de alaridos, algunos que aseguran haberla oído hablar con una de sus víctimas, aseguran que se presenta como una mujer sin marido o preguntando si no han visto a su hija. El peligroso espanto, al parecer, roba niños cuando están solos, tanto en sus casas como a orillas de ríos y quebradas, algo parecido a los fulanos duendes de ríos que también se llevan a los incautos. Generalmente se le siente en tiempos de Semana Santa. Otro relato habla de una mujer joven que se embarazaba muy seguido por su vida licenciosa con hombres casados, matando a los niños al nacer sin sentir remordimientos, pero a uno le dio de tomar teta, matándolo luego, y este si le parecido más real, llenándola de culpa, vagando desde ese momento por los campos, llorando su dolor y su culpa, buscando a sus hijos, lamentándose a gritos por ellos. Un tercer relato, muy cantado en nuestros llanos, habla de una también joven mujer que recién parida, es visitada por alguien que le mete en la cabeza la idea de que mientras ella está ahí, amamantando, el marido se acuesta con su propia madre. La joven enloquece, y cuando la mamá va a visitarla, encuentra que la mujer mató a su hijo y se le lanza encima hiriéndola de muerte. Con  hilo de voz le dijo: has matado, a tu madre y a tu hijo, y por este crimen Dios te castigará, y te maldecirá pa’ siempre. Fue allí cuando la joven sufrió la fea transformación convirtiéndose en la Sayona; a sus gritos la gente corrió a ver qué sucedía y entendieron, por lo que comenzaron a rezar para alejarla del lugar.   

   Aunque muy similar en su historia, a la Sayona no debe cofundársele con la Llorona, quien como grito de guerra lanza su aterrador: mis hijos… mis hijos… La Sayona lanza gritos destemplados y horribles, pero no llama a nadie. Al parecer, la Sayoma sólo persigue, asusta o mata a los hombres parranderos o infieles (no te digo), no como la Llorona, que mata al que se e cruce en el camino. Sus males vienen de hombres que no dieron la talla, de ellos quiere vengarse. Así que si un buen día, por los caminos de Portuguesa te encuentra de noche, avizora la mirada, vigila  tus flancos, cuidado con la hermosa maja de piel clara, cabello largo y oscuro, rostro sensual e insinuante, que está sola en la entrada de una casa o al lado de un paraje tranquilo y solitario, sobretodo si alza sus manos y los extiende seductora, sonriéndote con lujuria, como una invitación del infierno, tras esa fachada pueden ocultarse ojos rojos como la sangre, y enormes colmillos de fiera, de fiera herida y peligrosa. Que en medio de la pasión no vayas a escuchar, como último sonido en tu vida, un grito mitad llanto lanzado por el espanto… 

Julio César.

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