OCASIÓN FELIZ
Duros de felicidad. -Basta, muchachos. No pueden hacer eso aquí. –gruí seco. Malditos muchachos, siempre andaban en esas vainas. Cada vez que entro a los vestuarios los encuentro, no sólo a estos, dándose besitos, sobadas, o como ayer, que Gregorio riendo estaba sentado y Gabriel le tenía la mano metida dentro del pantalón, manoseándolo. Y siempre me responden lo mismo: -No hacemos nada malo, entrenador. –dice Rubén, con sus manotas todavía sobre las turgentes mejillas del amiguito.- Mario va a ennoviarse con mi hermana y estaba felicitándolo. Estoy dichoso. -Si, entrenador. –jadeó el catire, con ojos empañados y con su torso que sube y baja, con sus dedos sobre las tetillas del otro.- Sólo… nos abrazábamos de felicidad. -Se les nota que están felices. ¡Bien felices! Cuidado y me golpean con sus palos de la felicidad. –gruñí, meneando la cabeza, ¡estos muchachos! Se echaron a reír, sin separarse, sólo medio bailoteaban. Y si era cierto que frotando un madero contra otro se desprenden chispas, ahí iba a haber candela. Julio César.

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