¿DOBLE VIDA? TAL VEZ…

Ah, esto es lo que necesitaba…
De día, Hernán Liborio era un subgerente bancario serio, responsable, discreto, comprometido con una buena chica. Todo un señor. De noche enloquecía. El olor a cuero lo hacía gemir. Cada dos días dejaba a su familia paterna, era un solterón fiestero, creían, y se encontraba con aquel sujeto en aquel apartamento, quien lo desnudaba casi rasgándole las ropas. Metía los dedos en los aros de sus pezones y apretaba. Fue él quien se los puso, quien lo tatuó, quien lo dejó sin vellos púbicos. Era quien lo llamaba perro y le ponía aquel suspensorio de cuero donde maniataba sus muñecas. Estando así lo llamaba chico malo, le halaba los pezones, doblándolo, y le metía lengua al… asunto, una y otra vez, con gula. Lo obligaba a morder sus botas. Ese cuero ponía a Hernán a mil. Siempre quedaba a sus pies, esperando más. La puerta se abría y entraban carajos, a veces eran gente que llegaba sin saber qué esperar, otras no. Venían en grupitos de dos o tres. Eran policías, marineros, ejecutivos, gente común. Y él los esperaba para atenderlos. Al sujeto le gustaba verlo humillado, rodeado, bañado de toda clase de vainas, cuando todos se le metían por… la piel. Trabajaba por todos lados. Al final de la noche, jadeando sin fuerzas, caía nuevamente a sus pies.
-Gracias, mi amo y señor… -y miraba con adoración al gerente del banco, su futuro suegro.
Julio César.

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