SE ESTABA AHOGANDO…

Parece que les gusta mucho, ¿verdad?
Mariano salió temprano a nadar quedando atrapado en una resaca. Asustado gritó y tragó agua, perdiendo el conocimiento. Mareado sintió algo sobre su pecho, y que el sol lo acariciaba (entre otras vainas) y que no estaba en el agua. Tosiendo abrió los ojos. Caído sobre la arena miró al sujeto, el catirito salvavidas que había visto un día antes, preguntándose cómo a semejante carajo lo dejaban salir por ahí en bañadores tan chicos. Traidor miró más abajo y la prendita parecía más pequeña porque algo como una tabla parecía querer escapar.
-Tragaste mucha agua y debí darte respiración artificial. Creo que te falta todavía. –le sonrió amigable.
Mariano jadeó, pero ahogado, cuando esa boca volvió a su trabajo, lenta, cálida y moviendo un tato la lengua. Debía ser una técnica nueva de salvamento, pero buena, ya que su propia lengua parecía querer aprenderla. Entre lamidas y chupadas pasó un rato, así como de manos que acariciaban para… quitar los nervios; hasta que el tipo se puso de pie y él lo miró a los ojos… y luego al babeante ojete que sobresalía de la prenda.
-¿Puedo hacer algo más por ti? –le sonrió y Mariano se estremeció.
-El agua me dejo un mal sabor de boca, ¿cómo me lo quito? –y abrió su boquita, al tiempo que una ruda manota atrapa su nuca.
Sonriendo, el otro desenvolvió su pote de leche, haciéndolo tragar repetidamente, con rudeza, a fondo, de él. Lo malo era que ahora el chico parecía querer más, ¡hambre de juventud!, y el salvavidas iba a tener que darle también carne de la buena…
Julio César.

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