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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

18/05/2008 GMT 1

LUCHAS INTERNAS… (10)

jcqt1213 @ 04:07

el-jefe-manda.jpg    

    ¿Es difícil entender por qué fantaseaba con él?   

   La biblioteca era un salón angosto, de paredes altas. Todas cubiertas de libreros. Sentado en un cómodo butacón, Germán lee un diario. Eric lo mira al entrar y siente emociones encontradas. Su padre nunca ha sido un hombre cariñoso, pero tampoco un ser cruel. Sin embargo, ahora lo veía bajo una luz nueva.  

   -Buenas tardes, papá. -le dice fingiendo animación.  

   -Eric, ¿dónde estabas? Hace casi una hora que Jaime me dijo que habías llegado.  

   -Yo... hablaba algo con Sam por teléfono. Y me encontré con Pedro. ¿Sabías que se va de la mansión? -suena algo culpable por mentirle. Siempre ha tenido la sensación de que sus padres podían adivinarle el pensamiento.  

   -Si. Tu madre me lo dijo. Es una pena. Pensé que estaba contento aquí. Pero parece que encontró algo mejor. Espero que le vaya bien. -le indica un sillón frente a él.- ¿Muy difícil la junta? Imagino que ahora Frank es copresidente, ¿no es así? -Eric toma asiento.  

   -¿Sabías que lo harían?  

   -Era lógico. Era eso o... defenestrarte. Y nunca creí que se atrevieran a tanto.    

   -Casi. -dice molesto. Lo mira fijamente.- Papá, ¿por qué siempre te opusiste a que Ricardo Gotta fuera socio? Recuerdo que casi alentaste a Aníbal López para que comprara acciones de La Torre cuando decidieron fraccionarla, pero no a Ricardo. -el otro hace una mueca.  

   -Nunca me gustó Ricardo. Es un hombre que te sonríe y te da la mano mientras piensa cómo apuñalarte por la espalda. Él... tiene sus propios planes. Intenté salir de él hace tiempo, pero ni Aníbal, Norma o los socios minoritarios me creyeron cuando les dije que ese tipo nos traería problemas. No me gustaba la gente que llevaba al bufete. -Eric lo mira duro.  

   -Sin embargo, antes de irte, dejaste que la firma se llenara de basura. -lo acusa.  

   -¿De qué hablas? -se molesta, encarándolo.  

  -Del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. Son poco menos que delincuentes y tú lo sabes bien. Sin embargo son los grandes clientes preferenciales de la firma. Y están ahí desde tus días al frente de todo.  

   -Son negocios, Eric. La firma siempre los ha hecho con el gobierno de turno. Siempre ha habido gente acusada de manejos ilícitos, de corrupción. El deber de una firma de abogados es prestar asistencia legal a la gente que los solicita.  

   -Papá, hablamos de un traficante de armas. De alguien que... entrega pistolas y fusiles a criminales que ahora están armados. -casi alza la voz. Germán lo contiene levantando una mano.  

   -Un presunto traficante de armas. No lo olvides, hijo, un hombre es inocente hasta que se demuestra la contrario. -Eric lo mira impactado.  

   -¡Armas, papá! Con eso matan gente. ¿Quieres a La Torre mezclada en eso?  

   -Es sólo un rumor. Una denuncia. Algo de política. -suena angustiado y exasperado.- Por Dios, no me extraña que los socios te peleen. No estás dirigiendo un té canasta de la Iglesia. Es un bufete de abogados. Debes tener en cuenta tus prioridades. -se inclina hacia él.- Debes moverte con cuidado o Frank Caracciolo te sacará de allí, con el beneplácito de todos. No dejes que Frank te acorrale. Abre los ojos...                    

                                                     ....................   

   Las sombras caen sobre Caracas. Todo el que quiere vivir la noche, sale lo más arregladito que puede. Es una noche muy cálida, vibrante. Embriagadora. Hombres y mujeres buscan un escape en un país tenso, cercado de problemas, con un Gobierno que desgobierna, amenazando, gritándoles a todos, retando al mundo, y sin resolver un sólo problema real. La gente vivía con cierta urgencia, con desesperación, como sí cumplieran la máxima aquella de: a tirar, a tirar, que el mundo se va a acabar.  

   En un botiquincillo íntimo, no feo o vulgar, Eric (con cara de dolor de muelas), Sam, Lucas, Néstor, Alirio y Renato, toman cerveza alrededor de una mesa. Discuten sobre el negocio que tienen y que iniciaron hace dos años, una constructora. Las cosas no iban muy bien que digamos, toda la rama de la construcción atravesaba una crisis. Sin embargo Lucas  pensaba en un proyecto propuesto por la gobernación del estado Miranda para la construcción de unas casas en zonas rurales. No todos parecían convencidos aunque Lucas insistía.  

   -Debemos hacerlo. La compañía necesita activos. -dice el hombre a la defensiva.  

   -Desde que te conozco, la compañía está al borde del desastre y necesita activos. -se queja, no muy hostil, Néstor Lobo, tomando su cerveza.- Parece que no te sabes otra letra.  

   -Escúchalo, él y tú dirigen igualito. -bromea Sam con Eric, quien hace una leve mueca.  

   -¿Y a ti qué te pasa? Tienes una cara de dolor de bolas desde que llegaste. ¿Irene no quiso dártela antes de salir? -se burla Alirio, riendo como conejo.  

   -¿Por qué será que los que nunca encuentran una mujer ni para que les deje darle una güelida de cuca siempre hablan así? -lo reprende Lucas. Todos ríen.  

   -Tú ni te imaginas cuantas me la dan. -bromea.  

   -Si fuera así, no tendrías ese callo en la mano de hacerte la paja. -dice con voz lenta, Renato, guiñándole un ojo a Sam que ríe, pero que también piensa furiosamente para sus adentro mientras lo mira intrigado: ¿sería pato? Siempre lo desconcertaba.  

   -Estoy bien. Al menos mejor que la compañía esta. -dice Eric, tomando su cerveza. Sam lo mira fijamente.  

   -Entonces, ¿qué hacemos? ¿Trabajamos con la gobernación de Miranda o no? Ese Meléndez no es un mal gobernador. Por lo menos trabaja.  

   Después de discutirlo un buen rato, todos aceptaron a regañadientes el tratar con la gobernación mirandina, aunque con reservas, ¡era tan difícil cobrarle a la gente en el poder!, para dedicarse a hablar sobre perdidas y ganancias, así como de la inversión que debían aportar para encarar a los contadores de la gobernación.  

   -Tú me sacas más plata que mi mujer. -se queja, amargamente, Néstor.  

   -También te da más que tu mujer. -ríe Renato.  

   -¿Qué te pasa? Tienes una cara de caligüeva... -le pregunta Lucas a Eric, tomando más cerveza.  

   -Los negocios. Sam tiene razón. Yo estoy con La Torre como tú con la constructora. Necesito más y más plata. -no nota que Sam le hace una seña como para que no hable. Alirio sí la nota. Sam piensa que no es bueno hablar tanto de las cosas internas de la firma.- La gente no está contenta conmigo. Dicen que filtro muchos casos y perdemos real. Pero es que esa gente a la que boto son unas ratas y yo no quiero... -calla como notando que habló de más.  

   -Si no te gusta tratar con ratas y ratones, no debiste ser abogado. -sentencia Néstor.- Aunque a veces uno queda atrapado en sus pesadillas. Mírame a mi, urólogo. Y con el asco que me dan los carajos chinos. Si ellos supieran con cuanto desprecio los toco. -pone cara de asco y se estremece teatral. Algunos ríen.  

   -¿Has ido a un urólogo? -le pregunta Sam a Renato a su lado, sin saber por qué.  

   -Una vez. Ya conocía a Néstor, pero ni loco hubiera ido con él. -baja la voz acercándosele.- ¿Te imaginas todo lo que habría contado de mí en cuanto yo me fuera? -ríen escandalosos.  

   -Y para colmo, la junta nombró a otro jefe. Un cojefe... -ríe.- Eso sonó a grosería, ¿verdad?  

   -Como a coge jefe. -ríe Alirio, chillón.  

   -Todo lo tuyo son cogidas, estás como obsesionado con eso. ¿Hay algo que no nos has dicho, Alirio? -le pregunta Néstor, tomando un buche de cerveza como para enjuagársela, tragándosela luego.- Habla con confianza, somos tus amigos y ya muchos te creemos maricón.  

   -¡Güevón! -casi le grita, cuando una joven pasaba, mirándolos feos.  

   -Dejen las groserías, pila de coños’e madres cogidos. -se burla Renato.  

   -No te pongas así, papá. En el país todo va mal. -le dice Lucas a Eric, indiferente a la conversación de los otros.  

   -¿Han visto las interpelaciones? -pregunta Alirio.- Eso da dolor de culo verlo. -se refiere a la pantomima montada por el Gobierno para interrogar a un grupo de personas ligadas o no a los eventos de abril que terminaron en la masacre, la caída del régimen y su resurgimiento, todo en ese desastroso año del dosmil dos.  

   -Son unas ratas. -sentencia Sam.- Ahí lo que se debería estar buscando es quién disparó y mató a esa gente. El crimen fue asesinar a esa pobre gente desarmada. No marchar. -ataja duro. Eric lo mira, sintiéndose mal.  

   -Es lo que yo digo. Que busquen a quienes dispararon, pero también a quien los contrató. Al que les dijo suban ahí que nadie los va a molestar, ni helicópteros ni Guardia Nacional. A quien le dio las armas y los entrenó. Alguien tiene que haber traído esas armas y entregársela a esos asesinos. En alguna parte debe haber un papel que diga tal día, tal sujeto compró tales pistolas o metralletas. Es a esos  coños’e madre a los que hay que atrapar y mandarlos a El Rodeo. -dice Lucas, mientras Sam nota que Eric se pone más y más tristón.  

   Poco después, todos se despiden y se van. Sam se las arregla para retrasar a Eric...  

...... 

   Las sombras solitarias de la construcción podían resultar alarmantes o deprimentes para algunos. No para Lucas. Él sabe de esas cosas. Él sabe qué de ese desorden, de ese caos, surgirá algo sólido, hermoso y funcional. Es su vida. Es lo que hace desde niño y le gusta. Es algo que él fabrica con sus manos, con su esfuerzo, con el día a día. Detiene el carro cerca del remolque que funciona como oficina en trabajos de campo. Es tarde, pero tiene que hacer esa llamada tan importante. Sonríe al recordar la última vez que llamó. ¡Como se alegrará cuando le cuente lo que había averiguado esa noche!  

   Mira en todas direcciones. ¿Dónde estaba Pepito? Ese carajito no servía para guachimán. Lo contrató porque conocía a su papá desde hace tiempo. Bebían cerveza juntos de vez en cuando. Y ahora porque el muchachito había resultado caliente. Con un estremecimiento lujurioso recuerda los besos de esa tarde y las sobadas. Hacía tiempo que ningún carajito así, lo había excitado tanto. Pensó que ya no pasaría más. A pesar de su fuerza, de su porte vigoroso, ya estaba en los cuarenta y tantos. Tenía una vida hecha y debía enderezarla del todo. No quería que Socorro, su mujer, volviera a formarle un peo y plantearle la separación como cuando supo de Lupita. Y si sabía de Pepito, lo mataba.  

   Entra al trailer, diciéndose que mañana hablaría con él. Debía ser más cuidadoso con la propiedad. Para eso le pagaba, no para que le diera el culo, aunque también se agradecía. La oficina está a oscuras, enciende una lamparita de mesa, un toque coqueto que desconcertaba a todo el que venía. No podía decirles que fue cosa de Lolita (otra más), Socorro podría saberlo. Toma el teléfono y marca una serie de números que parecen el de dos cédulas de identidad juntas, por la cantidad que son. Espera y más tarde relata lentamente los acontecimientos del bar a alguien. Calla. Oye. Responde. Aclara un punto o dos. Después de diez minutos, cuelga. Le sienta un poco mal hacer eso, hacérselo a sus amigos, pero...  

   Bota aire, cansado. Nota que algo se mueve tras él, cuando se abre la otra puerta del trailer, por lo que gira con brusquedad en su silla, el hacer esa llamada lo llenaba de algo de culpa y cuando la conciencia no está tranquila, todo alarma. Se trata de Pepito, que le sonríe recostado en el marco de la puerta. El trailer está en penumbras y como del patio penetra la luz de una potente lámpara, Lucas ve que el joven, delgado y sonriente, viste únicamente una franelota blanca que le llega un poco por debajo de los muslos. Y que está desnudo debajo de eso.  

   -¿No deberías estar de guardia? - le pregunta ronco, mirando la joven silueta, sintiendo como su güevo se endurecía bajo el pantalón. El cachorrito se veía bien caliente.  

   -Eso hacía; vigilaba su regreso. -le sonríe traviesamente.  

   -Mejor déjalo así, Pepito. Anda a ver televisión o a masturbarte... -intenta resistirse, pero sintiendo que el tolete le duele un poco de lo erecto que está dentro del pantalón. No puede olvidar que es hijo de un amigo. El chico sonríe, alcanza a notar la erección.  

   -Lo que necesito, no puedo dármelo yo solo, aunque quisiera. -dice ronco, apoyando la espalda del marco con un aire de abandono, mirándolo lascivamente. Al coño, pensó Lucas.  

   El hombre se para y va hacia él, que sonríe excitado y temeroso. Le nota le enorme tranca contra la tela del pantalón caqui. El hombre quiere decirle que es un error, que se vaya, o algo, pero lo recorre con la mirada, lo atrapa por un brazo y con rudeza lo atrae hacia sí. El joven con un leve jadeo de excitación, responde. Los dos se trenzan en un abrazo apasionado, caliente. Sus bocas se unen anhelantes. Lucas besaba con rudeza, con fuerza, experto. Su lengua invadía, lamía y atrapaba, mientras tragaba la saliva del otro.  

   Pepe, con la boca intervenida, sólo podía jadear, sintiéndose débil ante esa tibia lengua que lo acariciaba tan íntimamente. Sin abandonar esa boca dulce, las manotas del macho recorrían la espalda del joven, sobándola, palpándola, clavándole los dedos. Finalmente cayeron sobre sus nalgas, aferrándolas con furia, intentando abrírselas, separarlas debajo de la franela. El joven chilla y eleva el rostro cuando el otro, dejando su boca, le atrapa el lóbulo de su oreja izquierda, mordisqueándola, provocándole oleadas de excitación. Los dos güevos erectos se frotaban uno contra el otro a pesar de la ropa.  

   Cada uno sentía que la leche ya se le iba a salir de lo cachondo que estaban. Las manos del joven recorrían con ganas, con deseo de sobar y explorar, los pectorales recios del otro, aplastándolas contra sus tetillas graníticas, sintiendo el loco palpitar de su corazón. Mientras esas bocas desesperadas y hambrientas de placer y lujuria vuelven a unirse, Pepe se dice que este si es un machazo. Un carajo grande y viril. Ya tenía tiempo experimentando con amigos y compañeros de clases, pero eran sólo muchachos comparados con este tipo. Siempre le gustó; cuando iba con su padre y jugaban al béisbol y cosas así, él no podía apartar sus ojos de él, de sus entrepiernas, de su torso sudado. Si se quitaba la camisa o la franela, era una locura. Cuanto lo deseaba...  

   Lucas se separa un poco, mirándolo lujurioso, sus manotas caen sobre el cuello de la franela y la hala, rasgándola con una facilidad abismal. El chico queda desnudo, jadeante, rojo y con el güevo erecto. El otro se lo mira y hace una mueca aprobatoria. Con un movimiento brusco, lo alza en brazos, llevándolo hacia el sofá. El joven lo mira respirando agitado, totalmente subyugado por él. Lucas lo deposita boca arriba en el sofá y cae sobre él, besándolo. Su lengua lo lame por los labios, la barbilla y las mejillas, saboreándolo con ganas. Se para y se quita lentamente la ropa. Su torso se ve agitado, subiendo y bajando, se quita los zapatos y pantalones. El bóxer muestra la gran erección. Se lo quita y nuevamente el joven mira el increíblemente enorme tronco. El hombre se agacha a su lado, le atrapa el güevo con una manota y su pulgar se frota de la roja cabeza. El chico jadea y gime, siente ganas de revolcarse. Cada paso de ese dedo despierta más deseos, más ganas. El hombre sonríe, ¡que caliente estaba ese muchacho!; bueno, era la edad, a sus años siempre se estaba caliente, siempre se quería amar y gozar del sexo, no tenía nada de malo.  

   Saca la lengua y como quien lame una chupeta, la posa en la base, entre las bolas, El joven grita contenido. Las bolas se contraen dentro del saco. El güevo palpita, y mientras lo recorre muy lentamente, Lucas lo siente endurecerse y calentarse más. Lo siente rico contra su lengua, tiene la boca llena de saliva. Su lengua lame la roja cabeza y le da leves lengüetazos. El joven gime, sus piernas se tensan. La boca de labios gruesos rodea la punta de la cabeza y le da leves besos, lame lenta y profundamente. Y Pepe le parece que la vida se le va por ahí, una gota espesa de jugo sexual escapa, y Lucas la paladea, agridulce, salina, en su boca. Ese chico no va a aguantar mucho, pronto se correrá, se dice Lucas, estimulado al máximo.  

   -Pepe, no soy un muchacho. Soy un hombre adulto, si te cojo... puede ser doloroso. -le dice Lucas mirándolo. El joven le sonríe.  

   -Cógeme, papi...  

   Lucas sonríe más, eso es todo lo que necesitaba oír. Se pone de pie y la tranca le resalta como una lanza. Negra. Nervuda. Enorme. Pepe contiene un jadeo de deseo, y su culo sufre un involuntario espasmo de anticipación. El hombre le atrapa con las manos los tobillos, abriéndolo, inmovilizándolo. Dominándolo. Mira al joven sonriente, mira su güevo blanco, sus bolas, la hendidura del culo; y el tolete se le vuelve de acero, mirándole el titilante agujero. Lo hala y las caderas vienen hacia él, hacia el borde del sofá. Se tiende algo sobre el joven y sus caderas suben y el culito queda viendo hacia arriba. Monta el tobillo derecho en su hombro, con la mano aferra su tolete y mira fascinado como la morada cabezota se frota contra la sonrosada raja, como se aprieta contra el lampiño y rojo culito. Pepe jadea sintiendo la suave, dura y tibia masa contra su entrada secreta.  

   El carajo se calienta como nunca, le parece que no ha visto otro culo más bonito y deseoso de ser llenado, saciado. La negra mole se frota, empujando. Pepe jadea entre dientes. El tolete va clavándose lentamente. La cabeza se incrusta, caliente. El joven gime, eso quema y desgarra, duele un poco, pero lo enciende todo. Lucas gruñe; ese joven culito apretado, que se resiste, ahora comienza a apretarle y soltarle el tolete. Lo clava más. Pepe lanza un alarido, de deseo. Debajo de las piernas del negro, se ven sus dos bolas enormes, su tolete largo, grueso, tieso y nervudo, semimetido dentro del rosado culo de aquel muchacho que tiene las piernas muy abiertas. El hombre jadea, sonríe y apretando los dientes empuja más y más, clavándoselo con ganas. Pepe chilla, sus caderas se tensan ante el asalto, su culo aprieta más el güevo, queriendo pararlo, pero deseándolo también.  

   Centímetro a centímetro, Lucas se lo clava  todo, hasta los pelos, sus bolas descansan sobre el nacimiento de la raja interglútea del otro. Pepe grita, sudando, revolviéndose sobre el sofá. El negro sonríe, lo ve hermoso así, caliente y deseoso de sexo duro. Echa el rostro hacia atrás y lanza un gemido, sintiendo como ese culito lo amasa, lo soba, lo chupa. Ese culo cálido quiere comérselo todo. Lo saca unos centímetros y se lo clava. Lo saca un poco más y vuelve a enterrárselo, agitándolo con la fuerza de sus embestidas que lo aplastan contra el sofá. Pepe chilla, agudo, con una voz de falsete, agarrándose el güevo, que teme le vaya a estallar por todas las deliciosas sensaciones que lo recorren, excitándolo más aún. Ese monstruo clavado en su culo lo hace casi sollozar cuando entra poderoso, quedándose allí, palpitándole adentro, calentándolo con su fuego mágico. Lucas, con un bramido, alza más los tobillos de Pepe, alzándole algo más las caderas, mientras su güevote va y viene contra el rico agujero. El güevo sale casi todo para luego clavarse con ganas, con deseos de aplastarlo y machucarlo contra el mueble. Sale y entra, enorme y vigoroso. El güevote brota del rojo culo como si fuera demasiado grande para él, es cuando Pepe gime, agudo, para luego volver a enterrarse todo, hasta que los crespos pelos púbicos del hombre se pegan del bajo bolas del joven. Lucas lo deja enterrado, mirando como las bolas del muchacho se agitan contra su cadera.  

   Con esa tranca en sus entrañas, Pepe chilla, sintiendo como crece más, como palpita, como suelta algo caliente que le sube, llenándolo de lujuria, de más ganas. Su culito echa candela ante la invasión de esa tranca. Lucas le monta los tobillos en sus recios hombros, sus manotas bajan hacia sus nalgas, atrapándolas. Lo alza un poco, lo agita. Lo mueve. Pepe chilla, así siente que el tolete lo taladra más, moviéndosele adentro como una barra de candela. Sólo puede jadear, gemir y sudar, débil, dominado por ese macho que lo cabalga hacia la gloria.   

   No pasa mucho tiempo antes de que Lucas repose boca arriba sobre el sofá. Pepe está sobre él, montado a hojarasca sobre sus caderas. Mira al hombre con deseo, sumiso, ardiente. El enorme tolete, erecto como un mástil, choca contra las blancas nalgas. Pepe eleva las caderas, sus nalgas están muy abiertas, el culito se ve cerrado, pero se frota contra la negra cabezota. Lentamente se lo va metiendo todo, jadeando feo, apretando los dientes. El culo baja y baja sobre la dura tranca. El otro pasa saliva, con deseo. Pepe jadea y termina de caer sobre el güevo, enculándose, empalándose hondo. El culo esta totalmente invadido con esa barra caliente. El hombre chilla bajo, apretando los dientes, siente ese peso rico sobre sus caderas; Pepe pesa, y su cuerpo tibio se siente delicioso, pero lo mejor era el culo que amasa, aprieta y chupa su güevo. Pepe sube un poco y vuelve a caer. Sube y baja, lentamente; pero luego con más fuerza, rítmicamente. Los dos jadean. El tolete sale y entra dentro del ardiente culo. La gorda tranca aparece y desaparece cuando el culito de Pepe sube y baja, viéndose pequeño para ese garrote.  

   Vistos por una ventana, se habría notado las tensas piernas de Lucas, con sus dos bolas colgando, con las nalgotas abiertas del joven que sube y baja sobre la dura tranca. Cuando se lo mete todo, y Pepe chilla, sólo un pedacito de güevo se ve. La blanca y sudada espalda del joven se agita, subiendo y bajando. Pepe baja el rostro hacia el otro, sus manos caen a los lados de su rostro, echando el cuerpo hacia adelante. El culo sube y baja, con ganas, con fuerza. Frenéticamente. Parece un vaquero cabalgando sobre un potro, y a cada sacudida de su cuerpo, el güevo entraba y salía de sus entrañas hambrientas, pero bien atendidas ahora. Lucas jadea, medio levantándose atrapa el rostro del muchacho y sus bocas se unen en un beso húmedo y mordelón. Las caderas del macho  suben y bajan ahora, clavando al muchacho, cogiéndolo con rudeza. Ese culito caliente ya está más dilatado. Mientras salta y suda sobre sus caderas y su güevo, el hombre le atrapa las erectas tetillas y las soba, las aprieta, dándole más gozo al muchacho. El güevo del joven cae y se frota contra el vientre del macho una y otra vez, golpeándolo, masajeándoselo así.  

   -¿Te gusta? ¿Te gusta...? -ruge bajito Lucas.  

   -Hummm, sí... ahhh... ahhh... -gime el joven, sudando a mares.  

   Lucas, caliente como el infierno, se medio sienta y atrapando al muchacho entre sus brazos recios, lo besa ardiente, con ganas, con lujuria. Lo deja clavado contra su tranca, que queda muy dentro del ardiente joven. El güevo palpita y se estremece, corriéndose dentro de Pepe en un estallido de vida, de sexo, de pasión. Pepe grita, sin ambages, sintiendo como esa cálida explosión lo inunda, haciéndolo casi desmayarse en los brazos del hombre. Lucas sonríe ante el chicuelo, jadeando, intentando respirar de nuevo, pero sintiendo una nueva oleada de semen que escapa de él. ¡Vaya chico!, tendría que atenderlo aún mientras se corría...   

......

   Sam y Eric toman a solas sus whiskys. Eric amargado habla de que tiene ganas de mandarlo todo al coño desde que Aníbal y Ricardo lo citaron a aquella junta para decirle que reprobaban su gestión, para recibir luego a Frank y convocar a la nueva reunión donde casi lo echan. Comenta lo que habló con Germán sobre Guzmán Rojas y el general Bittar. Y que oír lo que dijo Lucas sobre la gente que disparó y los que les dieron las armas, lo deprimió.  

   -Te dejas afectar muy fácilmente. -lo reprende Sam, palmeándole con rudeza, la espalda.  

   -Ya hablas como papá. Estamos hablando de armas, de gente que dispara con esas armas y de gente que muere por esas armas. -suena dolido y amargo. Sam bota aire.  

   -Entonces, lo que hay que hacer es sencillo: saber sí la firma tiene algo que ver con eso, ¿no? Tampoco a mí me agrada la idea de ser cómplice de asesinos, porque eso es lo que son en definitiva los que dispararon contra esa gente ese día, y quienes los mandaron allí. Creo que un buen inicio sería ir tras William Bandre.  

   -Si... es lo que hay que hacer. -se dice como poco convencido. ¿Y sí La Torre...?, menea la cabeza. No quiere pensar en eso.- Y yo puedo intentar algo, por mi cuenta... -sonríe leve.- Te sorprendería saber a quién me presentaron hace cinco días en una cena. Pero no, no te lo voy a decir todavía. Voy a concertar una entrevista primero. -suena animado. Sam pone cara de preocupación. Algo lo inquieta.- ¿Pasa algo más? Tienes cara como de dolor de vientre. –se burla.- ¿Linda te los pegó?  

   -Eric... se supone que ustedes tienen algo así como un maricarradar, ¿no?...   -¡Sam!   -... ¿Tú crees que Renato... es pato? -se ve chismosamente interesado, casi burlón.  

   -¿Qué? ¿Lo quieres encular? 

CONTINUARÁ… 

Julio César.

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