NO ME DEJES CAER…
-No tengo nada, nada es mío... como no seas tú.
Ennis le gritó que si sabía que iba a México lo mataría; lo acusó de robarle toda una vida obligándolo a no ser nada. Le gritó que se fuera, que lo dejara... para luego caer mal.
-Perdóname, Jack, por favor… -deja escapar al fin, entre jadeos ahogados, él que no sabe llorar, ni explicarse, ni ser débil.
-Calma, todo está bien. –tiene que acunarlo al sentirlo temblar y caer, entregarse a su angustia como muy pocas veces ha hecho, y eso no le agrada. El tonto, el llorón era él, no Ennis.
-Olvida lo que te dije, nunca podría hacerte daño... nunca me dejes. Eres lo único que tengo al final, lo único que se supo mantener en mi vida; eres el único que siempre estuvo a mi lado, la única persona con la que siempre conté y necesité. Eres... –y se ahoga, ocultando el rostro mojado contra su pecho, percibiendo el corazón amado.
-¡Basta! –lo calla con urgencia.- Hablaremos de eso después. Ahora sólo cálmate. –le sonríe lleno de amor pero también de inquietud. Sabía mal al dueño de su corazón, pero también sabía que si Ennis decía algo ahora, dejándose llevar por su dolor, mañana se arrepentirá de todo lo expresado, mortificándose, atormentándose inútilmente; porque así era. Y él, que lo amaba tanto, hasta ese dolor quería evitarselo; media vida la había dedicado a eso, a quererlo, y eso significó sacrificar muchas veces lo que deseaba hacer u oír, por él, por su Ennis del Mar.- Cálmate ya, vaquero… vamos a tomar algo de whisky... todavía nos quedan unas horas para despedirnos. Mira el riachuelo... que azul, la tarde va cayendo, tal vez las truchas se atonten y pesquemos una, al menos una vez antes de partir...
Julio César.

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