BEBITO LINDO BUSCA ATENCIÓN…

A veces sentía un no sabía qué…
De tarde en tarde Gabriel, el chico perfecto en el colegio y su urbanización, se sentía inquieto, sin paz, con de ganas de correr, gritar, huir. Cuando eso ocurría se montaba en un autobús y cruzaba la ciudad hasta el otro extremo y se paseaba por la populosa, montuna y algo peligrosa plaza. Se quitaba la camisa, y miraba en forma adorable, ofreciendo vainas prohibidas. Siempre le caían dos policías encima: “ciudadano, papeles”. Lo veían… extraño. Él susurraba que no llevaba y cerraba los ojos mientras era obligado a apoyarse de una pared, abrían sus piernas y dos pares de manos grandes, jóvenes, fuertes y cálidas lo revisaban. Aunque no llevaba camisa sus tetillas eran catadas y medio apretadas. Las manos palpaban sobre el bermudas, luego dentro de él. Los tipos jadeaban, se miraban, lo miraban. El sonreía, cerraba los ojos otra vez y elevaba el rostro cuando esas manos bajaban su pantaloncillo; su bóxer era sobado, bajado también. Y esas manos tocaban, pellizcaban, se metían. Las bocas ansiosas mordían… órdenes rabiosas. Las lenguas hábiles… lo reprendían. Gabriel no dejaba de sonreír mientras se dejaba llevar, sintiéndose atravesado, inundado, por la situación, y se lo hacían repetida y groseramente. Los policías eran abusadores, casi violentos, dominados también ellos por urgencias extrañas, tal vez reprender y humillar al bonito joven de buena vida medio burgués. Y sin embargo, siempre pasaba, uno de ellos lo probaba también, con la ansiosa bocota abierta… preguntándole cosas. Y por un momento todos eran iguales, gente común.
Julio César.

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