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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

13/03/2008 GMT 1

ESCUELA, ¿QUÉ REALIDAD ENSEÑA?

jcqt1213 @ 03:36

siempre-futuro.jpg   Creo que esto ya lo he comentado, como sujeto que debe llevar estadísticas sobre salud, me toca enfrentar datos alarmantes, escandalosos en el hecho de que aún ocurran. En el ministerio debemos enfrentar realidades en el orden de: para combatir la inseguridad vamos a repartir estampitas religiosas para que los santos te cuiden. Las metas sanitarias del milenio no se cumplieron ni de cerca, La Carta de Ottawa nos estalló en la cara como petardo barato. Cosa que no debió sorprendernos. Pensar en resolver problemas aplicando lo mega grande, lo multitudinario, lo global, muchas veces no deja ver la raíz del problema. El dicho, imagino que chino (tienen dichos que suenan exóticos para todo), de que la espesura del bosque no deja ver el árbol, es muy cierto. ¿Cuántos comités no sabemos u oímos que se han instalado para atender este o aquel lío? A la gente le gusta eso, saber que hay una comisión que está estudiando ‘seriamente’ tal o cual problema, con el doctor Fulanito a la cabeza. Imagino que eso brinda una sensación de seguridad. Lamentablemente eso no me toca a mí, estando como estoy al lado de la gente que enmarca las políticas nacionales de salud; al final del día no puedo evitar sentir un escalofrío de miedo, mientras me digo: ay, Dios mío…   

   No sé si esto será únicamente en Venezuela, pero los inconvenientes parecen imposibles de resolver. Problemas graves de salud, desde el dengue al SIDA, pasando por el cáncer y los infartos, se unen a los causados por la pobreza extrema como la desnutrición y la reaparición de endemias erradicadas hace años en el país, se juntan todos para amargarle la vida a todo el mundo. Pero eso es sólo parte del problema, el otro es que no hay directrices claras, prácticas y realizables sobre las metas que deseamos alcanzar, ni cómo atacarlos, ni las dificultades colaterales que deseamos resolver en el camino, como la extensión de márgenes de miseria en cerros y quebradas, delincuencia, violencia. Vemos los cerros cundirse de ranchitos y no hay una política nacional para enfrentarlo como un problema de desigualdad social, pero también de salud pública y educación. Curiosamente todo va de la mano, por lo que una solución a implementar debe contenerlos a todos. Y como creo haber mencionado, y como dirían los políticos chanchulleros e inútiles: nuestros problemas son de educación. Es verdad. Por mucho dinero que se invierta creando ministerios y cargos, pagándole a muchos funcionarios, nada se resolverá mientras cada nueva generación esté surtiendo una enorme cantidad de personas con dolencias.   

   Para nadie es un secreto, tampoco, que en países como este, al menos, la educación deja bastante que desear. Hace sesenta años, cuando la gran mayoría de las poblaciones fuera de Caracas mantenían un estilo de vida rural, en las casas donde se almacenaba agua en tinajas, todo el mudo sabía que tal depósito debía estar aseado, que nadie podía meterle un posillo, y debía estar tapado con esmero. Los pisos, muchas veces de tierra, debían estar aseados, sin botaderos de basura alrededor. Ahora, cuando cualquiera ostenta un título de bachiller, es común que tengan que lanzarse campañas para que en barrios y poblados las personas que no cuentan con agua corriente, o con tanques, tapen los pipotes, ya que al dejarlos abiertos corren el riesgo de que se ensucie, los perros tomen de ellos, o los muchachos jueguen; mientras las aguas servidas y la basura corren por las calles, arrojadas, sin misterio en ello, por la misma gente que habita allí. Algo que un país rural, campesino, sabía y practicaba ahora se desconoce, y el dengue y las diarreas hacen su agosto. ¿Qué pasó? Es difícil responder en estos tiempos cuando contamos con Internet, el mapa del genoma humano y la posibilidad de clonar seres humanos, por qué la gente bota basura al lado de su casa.   

   ¿Desmejoró la educación? Los maestros, con tantos problemas ¿se desentendieron de su tarea? Algo de eso puede haber, pero creo, de corazón, que no es todo el problema. La verdad es que la escuela ya no prepara a los muchachos para el mundo que tienen que enfrentar. La educación fue superada por una realidad que es dinámica, cambiante, demandante, exigente, pero sobretodo avasalladora y muchas veces fea. La escuela ha ido perdiendo terreno, corriendo ahora para no dejarse sobrepasar por la situación, como el sujeto que alegremente se da un viaje a España, llega a la feria de Pamplona y de repente, en medio de la carrera, el ahogo y el sudor, entiende que los toros sí son reales y que vienen tras él resoplándole de rabia en el fondillo.   

   La escuela, ni la pública ni la privada, donde se esmeran más, preparan a los muchachos para lo que les viene encima, al menos de forma cabal, para enfrentar el mundo que les toca. Al menos en Venezuela. Y la realidad son las drogas; el SIDA; el alcoholismo y su vinculación con accidentes y violencia urbana y familiar; la miseria extrema; los niños de la calle; los recoge lata; los embarazos precoces; las enfermedades venéreas; el cáncer; la explotación sexual; ese estado mental llamado marginalidad que hace que alguien escupa por la ventanilla de un auto sin detenerse un segundo a pensar en que puede darle a alguien, o arrojar basura de forma maquinal; la poca preparación con la que el joven sale para enfrentar el mundo laboral; la perpetuación de modelos de conducta tipo ‘dejar hacer, dejar pasar’, caldo de cultivo para la permisividad; el poco reforzamiento de controles individuales, que terminan levantando generación tras generación que no se siente identificado con sus problemas ni es responsable de sus actos, desde ir a vivir en la cuenca de un río que a veces se desborda a traer camada tras camada de muchachos de los que no puede ni quiere preocuparse; el desprecio tácito por el trabajo constante y la admiración a la figura del ‘vivo’.   

   Son cuestiones básicas, del día a día, y en muchos colegios son tratados, pero de forma muy académica, me temo. O tal vez ese sea el modo indicado. No soy pedagogo, ni educador para discutirlo en sus términos; pero si deseamos atajar tantos problemas donde no funciona regalar dinero ni sirve usar la fuerza de las armas para corregirlo, las medidas no parecen estar dando resultados. Al menos no los esperados. De mi hermosa sobrina mayor, enviada a un buen colegio, me gusta que le enseñen inglés, danza, canto, computación y religión. Eso es bueno para ella a sus nueve añitos. Expande sus miras, sus objetivos, le hace ver que hay otros mundos, otros gustos e intereses. Eso está muy bien. Pero también quiero que sepa del SIDA, de los embarazos precoces, del papiloma humano.   

   Está pequeña, lo sé, pero un día tendrá la suficiente edad, tamaño y cuerpo para pensar en otras cosas, momento cuando sus intereses pueden variar. Y quiero que esté preparada para tomar la mejor decisión, o al menos que sepa cómo defenderse de la realidad; que jamás se vaya con el amiguito, a los trece o catorce, a un cine, o a una casa y se encierren y crean estar descubriendo el agua tibia, pensando que nada pasará, que se hará una vez y no habrá consecuencia. Que vaya sabiendo que sí las puede haber, que no vaya creyendo pendejadas. Deseo que mientras aprende a tocar la guitarra, que sepa que hay una enfermedad horrible que destruye, que acaba con la gente poco a poco, y que una de sus maneras de atacar es mediante la transmisión sexual, el llamado sexo inseguro. Aspiro que lo entienda, que esté al tanto de ello, que esté consiente que es algo real.   

   Individualmente se puede intentar atajar tantos desatinos que el simple sentido común debería decirnos cómo enfrentar, pero en su conjunto no funciona. Cada quien puede ‘educar y guiar a sus hijos’, pero ¿de qué le servirá si más allá se levanta un irresponsable que no vea nada malo en salir borracho a correr en su carro? ¿Qué le impedirá llevarse por el medio a medio mundo incluido nuestros muchachos bien criados? ¿Qué garantía tenemos que al salir no nos toparemos con el malandrito a quien nadie le dijo que consumir drogas, salir a robar o matar ‘es malo y no debe hacerlo’? A menos que se viva tras enormes muros y altas rejas, todos estamos expuestos a la ‘realidad’, por lo tanto es esa realidad la que hay que enfrentar. Mi jefa es una mujer que gana muy bien, y su familia tiene con qué desde hace mucho, pero ya la han atracado dos veces, metiéndosele en su carro, ¿de qué le sirvió toda la preparación anterior? ¿Qué se hace? ¿Contratar gorilas? ¿Carros blindados? ¿Llevar un revolver entre las piernas? ¿Irse a otra parte? ¿Y el qué no puede? ¡Yo no puedo!, cada vez que cobro debo decidir entre viajar alrededor del mundo o comprar azúcar y café. Es tan difícil decidir…   

   No es extraño la jovencita de la buena urbanización que a los quince años sale preñada, y eso de que “está enamorada”, que “lo hizo por amor”, me suena tan idiota como irresponsable. ¿Cómo alguien que no sabe cómo mantenerse sola y costearse casa, comida, transporte, puede realmente estar preparada para semejante decisión? Lo que parece, más bien, es que llegado el momento cuando la sangre hierve, la curiosidad y el cariñito del toque, los besos y caricias llegan, el momento se da, aunque después quiera dorarse la píldora con justificaciones. Sobre el sexo… ¡yo no lo condeno! Es rico, ¿qué se hace? Pero puede tener sus consecuencias, y para eso es que muchas veces no están preparados los muchachos. Pero eso no los detiene, y es algo que hay que entender. Es verdad, si un muchacho y una jovencita quieren hacerlo, porque les da la gana, porque estaban sentados en un sofá y no había nada mejor que hacer y la cosa se puso caliente, no habrá padres ni maestros suficientes para prevenirlo o evitarlo, no a toda hora. Y eso pasa incluso en personas de fuertes convicciones religiosas, que no morales, la moral y la ética no los relaciono directamente con  gente que tiene o gusta del sexo, no sé si será porque soy hombre, pero nunca me ha parecido malo o pecaminoso.   

   En fin, si no podemos andar tras los muchachos día y noche, a pesar de que sufrimos y nos damos mala vida, lo mejor es prepararlos para que entiendan en qué se meten, sin que ello sea un justificativo o un permiso para que lo hagan; pero en un país como este donde la gente es tan salida y bailada, todos sabemos cómo es la cosa. Prevención, eso es lo que debemos incentivar en sus cabecitas de muchachos, precaución y sentido común; pero no de forma aislada o individual. Si deseamos introducir cambios de conductas a un nivel primario, digamos la escuela, debe aplicarse al conjunto de la sociedad que deseamos construir,  levantar, o buscando el mundo que deseamos. Suena utópico, pero en verdad no es tan complicado, sin embargo requiere de perseverancia, de vigilancia… de gente a la que le importe. 

Julio César.

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