LEY POR PROPIAS MANOS…

Hay gente con inventiva…
Muy necesitado de dinero, Germán entró en el taller, sabía que estaría solitario. Ulises desaparecía siempre de una a dos y media de la tarde. Cubriéndose con un pasamontañas, entra. Todo está solitario. Va a la oficina, entra. Abre la caja, y no nota un parpadeo de las luces. Una puerta se abre de pronto y grita cuando siente un carajazo en la cara, mareándolo.
-Ah, coño’e madre… -es lo último que oye.
Despierta de panza, amarrado con correas, y aterrado pela los ojos viendo un cuarto chico, oscuro, lleno de perolitos raros como bolas rojas unidas por un hilito, toletes de goma, pinzas y demás vainas.
-Así que crees que puedes meterte en lo ajeno… -oye tras él mientras le bajan el pantalón.- Ahora yo también voy a entrar…
-No, espera…
Pero su boca es tapada con otra bolita de goma, roja también, mientras lo soban, lo pellizcan, le hunden dedos en su carne. Recibe varios azotes con una correita. Pica. Arde. Grita. ¿Qué vaina era esa, qué hacia Ulises? Lo azotan y soban, con un aceite caliente. Azote y sobo. Ese sobo era rico, lo espera después de un rato, oye un: “ah, te gusta”. Ahora le dan con una tablita tipo regla, luego con la palma de una mano, pero es otra vaina, larga, gruesa y muy caliente que choca de él, lo que lo tiene mareado. Pronto esa vaina entraría, y recordó que a Ulises le encantaba montar caballo, cabalgando era bueno, pero ahora lo lamentaba por sus monturas. Era rudo, brutal, golpeaba y golpeaba sin tener nada más en cuenta. Cuando termina, todo mojado de sudor, le arrancan la máscara.
-Germán… -chilla el jadeante Ulises.- Coño, no te recocí… Discúlpame, hermano, es que ya me han robado varias veces y decidí castigar al que cogiera in fragantti… Qué vaina. No le vamos a contar a mamá, ¿verdad?
Julio César.

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