JEFE HEMBRERO

Necesitaba la mano dura de un macho…
Mariano es un amigo mío de lo último, tiene un pequeño almacén donde ocupa a mujeres a las que les sabe las historias: solas o con maridos desastrosos. Así que dependen de él quien termina siendo amigo, protector y amantes de todas. Ahora ‘atendía’ a Silvia cuyo marido no trabajaba, se emborrachaba y le quitaba los reales. Esa tarde me pidió que lo acompañara. No entendí para qué. El tipo abrió la puerta, ebrio y sin camisa. Mariano le atrapó una oreja, feo, lo hizo gritar sorprendido. Llevándolo al cuarto cayó de culo en la cama, le bajó el pantalón y se lo acostó en las piernas dándole unas buenas nalgadas mientras me gritó que sacara fotos. Claro que las tomé, con la boca muy abierta. Le dio y le dio, el tipo chillaba, se agitaba, intentaba cubrirse el culo. Mariano le gritaba que si volvía a tocar, golpear o robar a Silvia lo mataba; le bajó el pantaloncillo y nalgueó esos glúteos peludos y rojos. El tipo estaba más quieto y sólo se tensaba ante cada azotada. Mariano le sobaba las nalgas y daba. Luego tomó una pequeña vela encendida a quien sabe qué santo y con ella lo dio leve, antes de abrirle las mejillotas, jugueteando con la boquita antes de meterla. Cosa que grabé ya mal. La metía y sacaba, el tipo chillaba agitándose, pero no arrecho. Sudando lo dejó en la cama diciéndole que si tocaba a Silvia esas fotos las vería todo el mundo, y cerrándose el saco salió dejándolo llorando y humillado. Pobre tipo, entendí su sufrimiento, y montándomele encima le di consuelo haciéndolo chillar de gusto. Era lo que quería, un amiguito que entendiera… que la vela dejaba a la gente mal y había que calmarla.
Julio César.

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