EN LA FIESTA DE LA UNIVERSIDAD
-Hazme lo que tú quieras, papi…
Verga, tengo que contarles lo que me pasó hace tres días en la fiesta del salón, ¡cómo habíamos bebido! Era increíble la cantidad de muchachos y chicas que había en la pequeña pieza tipo estudio que Mariana tiene cerca de la universidad. Es el lugar más popular de todos. Toda fiesta, conmemoración o acontecimiento importante lo celebrábamos ahí. Yo estaba tan tomado como el resto, ya eran las once y media y estábamos bebiendo, como desesperados desde las ocho de la noche hora en la que terminó el examen de Administración Sanitaria, una materia tan coño’e madre como el profesor. Todo me daba un poco de vueltas y me senté algo alejado para serenarme, la cola para vomitar frente al baño era larga y la cosa iba a terminar en tragedia; por eso fui junto a Roxana y Teresa, quienes gritaba y aplaudían a Néstor que había iniciado un baile erótico frente a ellas, meciéndose, mostrando su pelvis, bailándola frente a nosotros, para luego volverse, echando el culo hacia atrás y meciéndolo también. El jeans se le metía entre las nalgas y la verdad es que la vaina era caliente, a mí se me estaba poniendo duro el güevo sin darme cuenta, y lo atribuí a las bebidas. Néstor no era el único, otros chicos y chicas hacían faenitas así en diferentes puntos. Cuando se quitó la camisa, controle un jadeo.
Su torso era liso, musculoso, perfecto. Y sus tetillas parecían pedir manos, dedos que apretaran, bocas que… Bueno, ¿qué coño me pasa? Me inquieté. Fue cuando el muy perro se sentó sobre mis piernas, montando su culo en mi entrepiernas, justo, donde yo, disimilado mientras las chicas gemían, había movido un poco mi güevo a lo largo para que no se notara. Pero cuando cayó, pesado (carajo, cómo pesa otro hombre, pensé), sus nalgas, dentro del pantalón, prensaron mi güevo que ya estaba duro, largo, caliente y grueso. Se volvió a mirarme, sorprendido. Y me cagué de miedo, Dios, qué escándalo. Sin embargo, Néstor nada hizo, como no fuera agarrarse del respaldo de la silla y comenzar a furruquearse de mí, cepillando duramente mi güevo con sus nalgas redondas, duras, calientes y tuve que morderme los labios para no gritar ante el placer y la corriente de excitación que me recorría. Mi güevo estaba siendo masajeado ricamente. Momento en el que ocurrió algo más…
Leticia, que bailaba sobre un mesón junto al mari novio, se quitó la blusa y el sostén, sus tetotas saltaron y bailotearon, poco porque parecían rocas, y Mauricio, el mari novio, rodeo un pezón con una mano y todos gritaron. Hasta Roxana y Teresa, creo que excitadas, fueron a ver. Momento en el que Néstor me miró.
-Rápido. –se medio paró abriendo su pantalón y bajándolo un poco por atrás, con todo y calzoncillo, Dios que nalgas más redondas y musculosas pensé, y me abrió el cierre.
-¿Qué haces, estás loco? –gemí aterrado… y excitado. Era una vaina tan peligrosa y prohibida…
Sin hacerme caso, mi mirada estaba perdida en sus castaños pelos púbicos, donde se adivinaba bajo el pantalón su erección, Néstor sacó mi güevo, erecto, grueso, rojizo y nervudo, de cuyo ojete salía agua ya. Pareció maravillado de su tamaño, bajando el rostro, su aliento me quemó, casi lo besó, sólo la punta de la lengua tocó el ojete y el líquido antes de escupirlo abundantemente. Después, dándome la espalda escupió en sus dedos como suelen hacer los vaqueros, lubricando un punto secreto entre sus nalgas. Un punto que me fascinaba y donde deseaba yo meter mis dedos, acariciando, penetrando, y hasta me imaginé acercando mi boca. Pero no me dejó tiempo para más. Pronto el muy puto bajó sobre mí, endureciendo el rostro. Mi tolete frotó de su entrada tibia y suave, abriéndolo, cogiéndolo. Me apretaba sabroso. Mientras se clavaba, cada palmo de mi tranca era mamado, sobado y chupando por algo muy caliente. Su peso sobre mis caderas me hizo gemir contenido. Qué sensación tan increíble era tenerlo así, sentado sobre mí, con su culo ardiente tragándose todo mi grueso tronco, en medio de una sala donde los panas gritaban y aplaudían a Leticia quien riente y gimiente no se dejaba agarrar ahora de Mauricio y Verónica quien también quería meterle mano, excitando mas a todos.
Medio volteado hacia mí, vi a Néstor apretar los dientes, agarrarse al sillón y comenzar a subir y bajar no muy alto pero si rápido y fuerte, cayendo duro empalándose rico, y lo vi gemir apretando los dientes, demostrando cuánto le gustaba y encendía tener un tolete así bien metido en sus entrañas de carajito caliente, transfigurarse. Coño, eso le gustaba, le encantaba sentir el güevo de otro macho comiéndose su culito de hombre bonitico y putico. Mi tranca era tan amasada y halada que cerré los ojos, abrí la boca para buscar aliento, sosiego y eche la nuca hacia atrás. Casi me sentí mareado ante la fuerza con la que Néstor saltaba sobre mí. Su cuerpo quemaba, pesaba más, y cuando mi tolete quedaba bien enterrado, chupándomelo con sus entrañas hambrientas, sentía que me moría de gusto. Subió y bajo con fuerza. Mis dedos tuvieron que atrapar esas tetillas paradas, y pellizcarlas y retorcerlas cuando apreté los dientes e inunde su culo con mi semen caliente, abundante y espeso. Lo vi temblar, agitarse sobre mí, mientras aún lo cogía, y note la mancha de su corrida en su pantalón. Estábamos agotados.
-¿Me das el culo mañana? -tuve que preguntar.
-Lo siento, sólo en fiestas y reuniones. –me sonrió guiñando un ojo.
Julio César.

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Miguel | 12-08-2008 - 20:46:53 GMT 1 #