DULCE DISCIPLINA

Ahora sí iba a recibir una gorda…
-La tiene agarrada conmigo… -gimió el muchacho en el aula solitaria, obligado a quedarse después de clases.
-¡Porque te la pasas echando vaina! –le grita ofuscado el maestro.- Pero el estar manoseándote bajo el pupitre mientras yo doy mi clase es el colmo, Nicolás. Ahora, así, sin pantalones, siéntate en mis piernas y termina lo que hacías...
-¡No! –brama, angustiado.
-Hazlo o llamo al resto del profesorado y tendrás que hacerlo igual pero delante de todos. –es brusco, casi zarandeándolo, tomando asiento y abriendo sus piernas, palmoteándose el entrepiernas sobre el pantalón.- Ese culo aquí, bájate la parte delantera, sácalo y termina lo que hacías, o te vas a ver metido en un buen peo.
-Profe… -gimoteó, pero terminó cediendo, tan asustado que ni pensar podía. Lo sorprendió oírlo gemir contenido bajo él, y la vaina dura y caliente que le quemaba las nalgas. Bajando parte del calzoncillo comenzó su va y viene de mano, sintiéndose… bien.
-Déjame ayudarte con el trabajo, así te mueves más. –gruñó ronco el profesor, comenzando a agitar las caderas de abajo arriba, frotando, con el tibio peso del muchacho aprisionándolo, cepillándolo. Los dos jadeaban bajito.
-Se me cansó la mano, profe. –lo miró, enrojecido, sonriente y pícaro, meciendo su trasero también.
-Deja, yo te doy una mano…
-Hummm…
Julio César.

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