MI AMIGO ROMÁN

Hasta la última gota… ¡el muy muerto de hambre!
Por alguna razón nunca he hecho buenas migas con los maridos de mis amigas, no sé si es porque las celos sin darme cuenta y me parece que todos ellos son unos idiotas; o porque ellas me tratan con demasiado cariño y me cuentan vainas que tal vez sus maridos no quieren que se sepan. No es el caso de Román. Siempre me extrañó que toleraran a este pana, alto y fornido, bien parecido, guapo pues, con esa ruda virilidad que hace que la gente se vuelva a verlo, mujeres y hombres, ¡dígame los pobres chicos liceístas! Me preguntaba por qué los maridos si lo buscan a él, a quien yo no le presentaría una novia nueva. La explicación la tuve una noche en una fiesta de bautizo, el muy muérgano había sido el padrino del hijo de Mariana. En un cuartito, vi a René, el compadre… cuando le daba la absolución que este tragaba con gusto. ¡Que vaina!, pensé, acordándome de ustedes, amigos, tomando esta fotita no muy buena en calidad. Debieron oír como gruñía y tragaba ese carajote, lengüeteado y chupando; no quería perder ni una gota. Degustaba, ponía los ojos en blanco y esa manzana de Adán subía y bajaba con rapidez. Y René con la boca abierta se veía que gozaba una bola y parte de la otra, meneando la melcocha un poco más todavía, meciendo las caderas. Luego supe que Román le hacía ese trabajito a casi todos los conocidos. En un momento dado se paraba dizque para ir al baño y durante quince minutos no se sabía nada de él y de algún otro, u otros, porque me dicen que la cosa es enea… ¡Pero no a mí! Gracias a la foto logré que también me atendiera. Y creo que le gustó mi sabor, ahora me visita muy asiduamente cuando sabe que estoy solo; pero mirar su lengua cubierta, verlo relamerse y buscando más, es suficiente para querer atenderlo. Pobrecito, le gusta tanto…
Julio César.

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