POR CALENTORRO...
Cuando el resto de la Unidad entró, la guerra en el desierto fue un paseo…
Michael estaba en su hora de descanso; luego de una ducha entró en las barracas y encontró en el suelo una revista de tipos bonitos, culones y tetones. Nunca le habían llamado la atención, pero la falta de actividad estaba enloqueciéndolo. Fue pasando las hojas y su piel ardía, su bulto se marcaba en el bóxer y se dio por sobarse mirando esas nalgotas abiertas, esas fresitas cerradas, no los troncos parados. Eso no le interesaba. Lamentablemente el resto de los chicos, ocho en total, no lo entendieron cuando entraron y lo encontraron así. Discutió, peleó, pero eran muchas manos tocándolo, sobándolo, halando el bóxer, rasgándolo. Eran dedos que aprisionaban tetillas, sobaban panza y muslos, aferraban esa dureza entre sus piernas… y dedos que abrían su gruta secreta, sobando, tocando, metiéndose un poco. El pobre chico aprendió esa tarde el poder del grupo, y del calor del momento. Por suerte otros dos estuvieron en cuatro sobre el camastro, a ambos lados de él, dando y recibiendo también, y gemían más que lo gemido por él; y el desahogo sobre una lengua no estuvo mal tampoco. Bien, qué se le hacía. Se agüevonió y soldado que se duerme, cae… bajo cuatro distintos, por descuidado.
Julio César.

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