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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

26/06/2008 GMT 1

SEXO DEL DURO Y SUCIO

jcqt1213 @ 03:59

   Como todo hombre, me gusta lo erótico y lo pornográfico, digan lo que digan. He tenido aventurillas con mujeres que no entendían por qué compraba revistas o películas del género. Aunque nunca las creí muy sinceras. Sé, de buenas fuentes, que las mujeres también disfrutan ciertos relatos, o escenas. Con la red, la Web, es posible encontrar páginas con historias increíbles, de la cuales, en años pasado, fui tomando algunos cuentos, los que más me gustaron. En ese entonces no tenía en mente nada de todo esto del blog, por lo que no guardé muchos datos. Pero en este espacio quiero dar a conocer algunos de esos cuentos, los más curiosos y… buenos. Quien los reconozca que se manifieste y aporte datos.  

   Este relato cae dentro de una categoría dura, casi extraña. Su protagonista es un ser cruel, maligno, maldito y sádico. Una mente tan tortuosa como enferma… y excitante. De verdad que no me gustaría creer que algo así puede pasar, o pasarle a uno (no imagino cómo), pero fantasear sobre ello está bien. Lo digo en serio, esta historia es totalmente prohibida para menores de edad, ni para personas que les disguste, ofenda o lastime leer sobre… violaciones, sadomasoquismo, bondagge. Y en esta hay mucho de todo esto. Si no te gusta, no sigas leyendo. Por otro lado, el autor, de quien sólo tengo está denominación: CAPRICORNIO1965, se explaya en descripciones y consideraciones que tal vez aburran un poco, pero como lo puso lo transcribo. Es bueno. Disfrútenlo:

……  

   Félix Santos, el rudo mayor del ejército, se alegra cuando sabe que el arrogante sargento Pablo Arenas es novio y futuro marido de su hija; pensaba cobrar las viejas rencillas entre ambos, y de una sola forma: tomar posesión del musculoso y joven cuerpo de aquel macho que iba a transformarse en su hijo político, convirtiéndolo en su puta… 

      EL SUEGRO

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   Era de los que cobraban…  

   El sargento Pablo Arenas, piloto militar de profesión, 30 años de edad, deportista por placer, es un hombre atractivo y viril de cuerpo sólido y musculosamente armónico. Es un moreno de facciones afiladas, ojos verdes, cejas pobladas y pestañas gruesas, dándole una apariencia sumamente varonil. Su mirada penetrante, escrutadora, parece descifrarlo todo con una sola mirada. La nariz recta, con unos labios gruesos, sin ser toscos, daban a su boca la forma perfecta, entre los rojos labios la dentadura era perfecta y blanca. Pablo conquistaba a todo el mundo con solo sonreír, con es timbre de voz tan varonil y agradable que lo hacía ser unos de los abogados militares más solicitados y mejor pagados del estado. Su cuello grueso, definido y largo, da paso a un tórax desarrollado por el ejercicio que se había acostumbrado a practicar desde su adolescencia.   

   Su musculoso pecho, así como los paquetes musculares en su abdomen y vientre, sin grasa en su estrecha cintura, una espalda ancha a la altura de los hombros y estrecha acercándose a la cintura, para después dar paso a esas dos nalgas grandes, de perfecto tamaño y curvatura, el trasero mas perfecto que había sido fantasía erótica de muchas mujeres, y hombres también, lo hacían llamativo. Las piernas de músculos largos y tonificados, con muy poco vello delgado y corto, su miembro de buen tamaño, alcanzando los 23 cm. cuando estaba erecto y casi los 5 cm. de ancho, y sus dos bolas en una amplia bolsa escrotal que las mantenía suspendidas a cierta distancia de su perineo lo hacían ser muy deseado también. Alto casi 1.95 m 95 Kg., de sólidos músculos, era todo un caramelito.   

   Debido a su profesión, Pablo acostumbraba usar ropa militar aunque ni aún estas, cuando las usaba, ropa holgada, se podía disimular su cuerpo perfecto. Su atractivo viril, de sensualidad masculina y salvaje era imposible de ocultar, sus ojos verdes resaltaban en su piel morena y bronceada. Era un bendito, un triunfador. Sin embargo la vida del joven daría un giro en pocos días, ya que desde hacia algunos meses había estado saliendo con Karina, una joven de buena posición económica, huérfana de madre desde muy pequeña, delgada y alta, de buen cuerpo, con las medidas perfectas 90.60.90, de piel blanca, cabello liso largo que le llegaba hasta la mitad de la espalda, castaño. Contaba con unos senos redondos de prominentes pezones que se notaban aun por debajo de la ropa que usara. Su delgada y firme cintura en la que Pablo acostumbraba poner sus manos, abarcándola totalmente era tan atractiva como las piernas perfectas de muslos torneados.   

   Cuando usaba zapatos de tacón alto sus hermosas piernas se estilizaban mas, dándole un atractivo extra, además de tener una cara angelical de facciones pequeñas. Labios rojos sensuales, delgados pero con una forma atractiva, pómulos altos, nariz respingada y pequeña. Además de una voz tan sensual que podía hacer que Pablo tuviera una erección tan sólo con oírla. En conjunto Karina tenía un atractivo que lo hizo desearla desde que la vio y estar con ella. La joven era una chica chapada a la antigua, ya que aunque entre ellos ha habido besos y caricias atrevidas, le dejo en claro que quería llegar virgen al matrimonio, eso hizo que Pablo se encaprichara mas con ella, al principio, aunque después de estar saliendo y hacerse novios, se enamoro como un adolescente, y respetando sus principios, le propuso matrimonio, no sólo para poder hacerle el amor, sino también por que encontró en Karina la mujer ideal con la que deseaba pasar el resto de su vida, tener hijos con ella, además tenia la edad perfecta para contraer matrimonio, según el.   

   Karina era 8 años mas joven, apenas acababa de cumplir 22 años y vivía con su padre, quien también era militar, el Mayor Félix Santos, aunque en los últimos meses, el padre de Karina había sido enviado fuera del país, pero regresaría unos días antes de la boda. Félix y Pablo se habían conocido años atrás cuando Pablo ingreso a la fuerza militar y estaban en el mismo batallón, y aunque Pablo estuvo en algunas ocasiones bajo el mando del Mayor Félix Santos, siempre existió entre ellos cierta antipatía. Pablo, siempre había sido muy seguro de sí mismo y exigente con los demás, siempre quería la perfección en las acciones, se creía que era el mejor de todos los de su batallón y en realidad era un buen elemento, sólo que se había ganado la antipatía de muchos de sus compañeros por su altanería, incluso la del Mayor Félix santos, quien ahora, dentro de poco, se convertiría en su suegro.   

   Félix, por su parte, siempre quiso darle a Pablo una lección aunque jamás encontró algo de donde poder agarrarse y joderlo, el tiempo en el que Pablo estuvo bajo su mando, se le fue a Félix en tratar de encontrar alguna falla en Pablo para hacerlo sentir mal y humillarlo frente a sus compañeros. Quizá lo que a Félix mas le molestaba del joven Arenas era que ambos tenían un carácter similar y uno quería ser mejor que el otro, aunque por los años que Félix tenía dentro del ejército su rango era mayor. Félix nunca logro doblegar al rebelde militar Pablo Arenas, y eso le obsesionó durante años; doblegar a ese rebelde militar era parte de su tarea, ninguno se le había escapado, a todos los militares bajo su mando los había humillado y avergonzado. Lo consideraba parte del entrenamiento, de la vida militar en el cuartel; pero con Pablo todas sus tácticas habían fallado, después fue enviado a un base fuera del país por unos meses, fue cuando Pablo conoció a Karina, la hija de su rival en la base, y todo cambió para el.   

   Desde que estaba junto a Karina su vida se había transformado. Karina era tan femenina, tan frágil, que siempre le inspiraba aparte de amor ternura, darle protección y seguridad, siempre la había visto tan desvalida. Incluso en estos meses que Karina había estado sola, él siempre la había acompañado, se había identificado plenamente con ella, y todo su mundo sentimental lo había llenado en unos cuantos meses. Karina lo había trasformado, ya no era él mismo, sus expectativas de vida habían cambiado totalmente. Cuando Pablo comenzó a tratar a Karina, sabía perfectamente que ella era hija del Mayor Félix Santos y ella sabia perfectamente que el sargento Pablo Arenas era el rebelde militar que le había causado tantos dolores de cabeza a su padre, pero el destino los había unido, en una ocasión en la base militar. Karina había tenido que ir a recoger cierta papelería de su padre para un movimiento bancario y ahí fue donde Pablo la vio, en ese momento se enteró de quién era, y pensó en salir con Karina para molestar a Félix, y porque ella le gusto demasiado. Pensó que Karina seria igual que su padre, pero al comenzar a tratarla encontró en ella a un ser dulce y romántico que lo fue conquistando, olvidándose por completo de Félix.  

   El Mayor Félix Santos sabía ya del noviazgo de Karina por que ella le había escrito para contárselo, no le gusto mucho pero a medida que fue viendo la felicidad en su hija, tomo la decisión de aceptarlo, a pesar de ser quien era. Además secretamente se alegro de volver a encontrarse con el arrogante y altivo sargento Pablo Arenas; había llegado el momento de ajustar cuentas de una vez por todas, de hacérselas pagar muy caro.  

   Félix era un hombre muy joven, tenía apenas 45 años, pocos años de diferencia con Pablo. Era muy alto, de complexión robusta, entrenaba en el gimnasio y practicaba tenis y natación. De barba corta y bigote en forma de candado, es un moreno de nariz y labios gruesos, frente pequeña y cabello chino, que acostumbraba traer bastante corto, aunque estaba vestido, se podía adivinar que su cuerpo se mantenía en forma, aunque no era precisamente un cuerpo tan marcado como el de Pablo, que era muscularmente perfecto. Félix era más grueso, muy velludo de todo el cuerpo, pecho, brazos, piernas, nalgas y espalda. Su esqueleto era de huesos gruesos y a pesar del ejército tenía una apariencia robusta, aunque sólida. Era bastante alto 1.90 m. y pesaba 105 Kg. Karina no tenía parecido fisco con su padre, más bien era casi una copia de su madre, que había fallecido cuando ella era una niña, quedándose al cuidado de Félix, quien se había dedicado a ella por completo, jamás volvió a casarse y había sido muy discreto con sus aventuras amorosas.  

   Félix secretamente ha tenido una intensa vida sexual, sobre todo cuando había sido enviado fuera del país, donde había estado involucrado con varias personas de su mismo sexo, eso si todo en absoluta discreción. Cosa que es desconocida para todos. Gustaba de someter a chicos guapos y héteros, y desde el primer momento que vio a Pablo, se le antojo. Cuando vio el atractivo y la sensualidad viril de muchacho deseó poseerlo, doblegarlo hasta convertirlo en un juguete sexual, disfrutaba de forma casi sádica doblegando hombres varoniles y atléticos, viriles y heterosexuales, quebrantándolos. Incluso había hecho desertar a varios en el ejercito en algunas ocasiones, pero Pablo siempre le respondió, nunca se doblego, y eso acentuó en Félix más el deseo, las ganas de hacerlo suyo, cosa que consideró casi imposible porque no tuvo el tiempo suficiente para doblegar al rebelde militar cuando fue transferido, pero ahora el destino lo coloca en una situación favorable, tendría a Pablo muy cerca de él, serían de la misma familia.  

   Por su parte, la familia de Pablo vivía en la misma ciudad, pero, se veían poco por las ocupaciones, además de que siempre habían sido muy independientes. Tenía una sola hermana que vivía en Canadá, desde que se caso y sus padres, vivían en una de las mejores zonas de la cuidad, aunque se dedicaban a viajar constantemente a recorrer el mundo.  

   Faltaba justo una semana para la boda cuando Félix les avisa que llegará en unas horas, así que tanto Karina como Pablo van por al aeropuerto a recogerlo. El encuentro entre Félix y Pablo fue tenso, lo sintieron, pero como lo más importante para ambos era no hacer sentir mal a Karina, disimularon. Félix desde un principio, le hizo saber a Pablo que no le permitiría que hiciera sufrir a su "muñequita" como acostumbraba llamar a Karina, pero que le gustaría que entre ellos hubiera confianza y una relación cordial, ya que para él era muy importante estar en contacto con su hija, la había tenido abandonada por unos meses, pero ahora deseaba estar con ella. Pablo y Karina para no dejar solo a Félix, habían decidido vivir en la misma casa, mientras terminaban de construir la residencia que ellos habitarían y que estaría justo al lado de la de Félix, así Karina estaría en contacto con su adorado padre, constantemente. Después de la cena en la que se rompe el hielo entre el futuro suegro y yerno, Karina estaba feliz de ver como los dos hombres hacen un esfuerzo por limar las asperezas del pasado. Incluso Félix trata ahora con cordialidad a Pablo.  

   Pablo trata de ser lo más agradable posible con Félix, sabe que eso es importante para Karina y el desea complacerla. Es tanta la euforia, que cuando se despiden, Karina acompaña a Pablo a la puerta, y no reparan en la mirada de Félix que se vuelve penetrante y se posa por ese par de nalgas, duras y redondas, de perfecto desarrollo muscular de Pablo. Su vista se clava en ellas como si quisiera tocarlas, morderlas, penetrarlas. Pablo está usando un pantalón de vestir, camisa de manga larga y corbata, se ha quitado el saco, así que le vista de Félix aprecia detenidamente esos atractivos glúteos, que pronto serían propiedad de su hija. Su mirada esté pegada a esas duras redondeces de su yerno, siguiéndolas, acompañándolas en cada movimiento que el joven da al caminar, imaginándose lo satisfactorio que será tocarlas, hundir sus dedos en ellas, pasar su lengua sobre ellas, saboreándolas.   

   En esa noche Félix sueña con ese par de perfectas nalgas, lo mira caminar usando una tanga roja. Despierta sudoroso, frotándose el miembro al recordar como se movían ese par de duras nalgas mientras Pablo caminaba hacia la salida y en como Karina, discretamente, puso una de sus manos casi sobre la curvatura donde se unen con la espalda baja. Frenéticamente se frota su gruesa verga que está babeando por el deseo del perfecto trasero de su futuro yerno, casi gruñe mientras su mano sube y baja, imaginándose metiéndola forzada en ese chico agujerito que se abriría a su masculinidad.  

   El espeso semen que es expulsado de la excitada verga de Félix, queda entre sus manos. Jadea agónico, con los ojos cerrados, recordando el bonito rostro del muchacho. Levanta sus manos con los restos de semen y empieza a lamerlos con gula y vicio; usando su lengua limpia cada rincón de sus manos con los restos de esperma, imaginándose la imagen de Pablo, que se ha quedado grabada en su mente. Lo ‘ve’ a él tragándose esa leche. Después se va a dormir. Aun con la verga dura, insatisfecha de no poder penetrar aún lo que tanto desea.  

   Félix no es de los hombres que se queden con ganas de algo, así que su mente empieza a idear la forma de poder poseer ese ansiado culo, de penetrar y sentir como el estrecho esfínter del culo de Pablo, le aprieta la verga mientras él lo coge furiosamente. Lo imagina gritando, revolcándose, siendo sometido, cogido. Esa sería la forma perfecta de doblegar al rebelde militar. Por lo pronto, el ganar la confianza de Pablo es lo primordial, que confié en él y que se olvide de las rencillas del pasado e el cuartel. Luego lo convertiría en su perra. Su puta.

CONTINUARÁ… (no es mío)

Julio César.

24/06/2008 GMT 1

UN TRABAJO DESEADO…

jcqt1213 @ 03:04

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Julio César.

LA NOCHE DE SOBELLA

jcqt1213 @ 03:02

sobella-mejias.jpg    El día quince de agosto de dos mil cinco, el país se había ilusionado con la esperanza de salir del desastroso gobierno de Hugo Chávez. La gente ya estaba cansada de años de prédica estéril, de decir una cosa, atacando, descalificando, crítico y duro, mientras se hacía otra totalmente distinta, de forma completamente descarada. La entrega del país por pedazos; la deliberada destrucción de la mayor empresa, la única que sostiene a todos, PDVSA, pensándose en un remate final al mejor postor; las persecuciones políticas; los juicios amañados; los asesinatos; las agresiones; el maltrato de conciudadanos a manos de cubanos; el odio mondo y lirondo que el Líder exhalaba y sus complejos de inferioridad, habían rebasado el plato. La gente quería salir pacíficamente de ese problema.   

   El resultado es conocido ya de todo el mundo, de forma sorpresiva, que nadie creyó, el presidente Hugo Chávez fue declarado vencedor de la prueba electoral por un Consejo Nacional Electoral nombrado para eso, con un trío de curiosos personajes que debían representar a las mayorías ciudadanas, donde uno de ellos, Oscar Battaglini, se declaraba chavista de uña en rabo de propia voz; otro, Francisco Carrasquero, se llamaba imparcial y poco después era nombrado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, por el Gobierno; y el otro, Jorge Rodríguez, terminó como Vicepresidente de la República. Y aunque este trío, que conformaba la mayoría y desidia todo lo que se hacía o no dentro del organismo, y controlaba todo lo relacionado con el referéndum, fueron denunciados, ni el Centro Carter, la OEA o el llamado Grupo de Amigos de Chávez, los objetó jamás. Ni siquiera después de que consiguieron sus nuevos cargos, algún miembro de estas organizaciones hizo un señalamiento.   

   De ese día infausto, recuerdo claramente el valor de dos mujeres singulares. En un país de mujeres corajudas (cuando se escriba la historia de estos tiempos las féminas alcanzarán alturas épicas), dos dieron la tonada del triste día dieciséis: Marta Colomina y Sobella Mejías. Cada una, dentro de su campo, libró la gran batalla de resistencia, fueron oídas por muy pocos. Pocos intentaron hacer algo. La mayoría guardó silencio y las dejó a su suerte.   

   El Gobierno intentó por todos los medios evitar el referéndum. Lo primero que hizo fue desestimar y desconocer el primer intento realizado para recolectar las firmas para hacer la petitoria. No habiendo separación de poderes, la ciudadanía no tuvo a quién ocurrir ante tal pretensión. Se hizo una segunda recolección de rúbricas, pero entonces salieron con el cuento de que la gente no había escrito por sí misma en los cuadernos donde se tomaban los datos, dándose a la recolección, el mismo día del hecho, la denominación de mega fraude. Así lo llamó el Presidente en persona, y el resto de los acólitos repitió como loro. Se dijo de las firmas planas que eran inaceptables. Y al cometer un magistrado del Tribunal Supremo de Justina, de la Sala Electoral, Alberto Martini Urdaneta, honesto y valiente, el delito de decir que esas firmas sí eran validas para pedir un revocatorio, la jauría se le lanzó encima. Se le desobedeció y se le separó del cargo, sin que las fuerzas de oposición hicieran un amago siquiera de apoyarlo; mientras Brasil, Argentina, la OEA y España gritaban a coro: así, así, así es que se gobierna.   

   Lo curioso fue que para varios de los llamados diputados de la oposición, cuando se recolectaron firmas para sacarlos de la Asamblea Nacional, se notó que estas eran ‘planas’; sin embargo esto sí ya no era un problema ni era una irregularidad en este caso, como Carlos Escarrá no se cansaba de repetir, el otrora hombre de leyes, envilecido ahora por las mieles del poder. No, las firmas planas sólo eran ilegales cuando estaban en contra del Gobierno. Nuevamente Brasil, Chile y Argentina admiraron el tino democrático y legalista del Régimen: lo bueno para mí, lo malo para ti.   

   Cuando al Gobierno no le quedó más remedio que aceptar que se recolectaron las firmas, rebajando el número de ellas para hacer creer al tonto, imagina uno que en España o en la redacción del The New York Tames que no era tanta la gente que odiaba al Líder, se blindó el tinglado del Consejo Nacional Electoral. De los cinco rectores que debían dirigir y controlar los comicios, que se suponía debían ser elegidos por la sociedad civil, y aunque la gente gritó que todo quedaba en manos de una mayoría gubernamental (Carrasquero, Battaglini y Rodríguez), dejando a sólo dos para la ‘oposición’ (Ezequiel Zamora y Sobella Mejías), estos últimos quedaron completamente alejados de toda dirección de control. El Centro Carter, César Gaviria, Brasil, Argentina y Estados Unidos se aprestaron a avalar tal situación.   

   Comenzaron las denuncias de que se cedulaban dos y tres veces a las mismas personas, que se nacionalizaba a gente sin los requisitos, y que el fiscal de cedulación, que siempre era representante de la oposición para equilibrar a la dirección de identificación, en este caso pertenecía al partido de Gobierno. Se dijo que los equipos traídos para el voto computarizado eran poco fiable, primero porque sólo el Gobierno tenía acceso a los programas y al control de las máquinas; segundo, porque había sido demostrado que era posible saber por quién votó cada persona en pruebas en vivo; y por último que los resultados podían ser modificados con tan sólo iniciar un programa oculto. Eso se gritó en muchos programas de televisión, en la radio y en la prensa. Marta Colomina, Patricia Poleo, Nelson Bocaranda y otros lo manejaron casi como tribuna abierta y diaria, con expertos que alertaban del problema, aunque los llamados líderes de la oposición daban toda clase de garantías de que era imposible hacer trampas con el sistema, y que las elecciones estaban blindadas contra el fraude. Fue más la acción de esta gente, que la propaganda electoral, la que hizo creer a la ciudadanía que de esta forma se podía salir del problema en el que se metió Venezuela botando por un hombre que juró convertir a su país en otra cárcel como Cuba.   

   Con estos políticos llamados de la oposición pasaba algo muy extraño, mientras todo el mundo veía peligros y sombras de fraude, incluida la excelente gente del grupo SÚMATE (odiados por Gobierno y oposición, por eficientes), ellos auguraban un final feliz, con un presidente Chávez reconociendo su derrota y marchándose dignamente (ja), como si del viejo Raúl Leoni, el gran demócrata que dijo que si perdían por un sólo voto entregaban el coroto, se tratara. Por mucho tiempo estos señores gritaron que este era un Gobierno autoritario, tramposo y delictivo con tendencia dictatorial, pero en el fondo no lo creían. El peligro que el hombre y la mujer común percibían en cada acto del Régimen, era algo desconocido para ellos, demostrando que eran una generación de políticos incapaces de enfrentar, dirigir u organizar nada. Ya no digamos de ‘cobrar’ un resultado electoral; el problema estuvo en que hicieron creer que si podían. Estafa, creo que le llaman a eso.   

   Los grupos de vigilancia ciudadana denunciaban que se cedulaba muchas veces a los mismos grupos pregobierno, que se negaban las auditorias al registro electoral, y mucho menos se permitía su publicación (¿cómo explicar tantos inscritos sin dirección fija?), que se procedía al negoción de las máquinas, que tampoco fueron auditadas, a no ser por aquellas que escogieron los rectores electorales puestos ahí por el Gobierno. Sin embargo, el Centro Carter, la OEA y los observadores internacionales no vieron en ello ninguna irregularidad. Según ellos, eso siempre se hacía así, aunque meses después se asistió a la escena más dantesca en los últimos tiempos, cuando Jimmy Carter, mostrándose como el cínico sin escrúpulos que es, denunciaba y se oponía tajantemente al uso de máquinas electorales en Estados Unidos, ya que eran susceptibles de ser alteradas y sus resultados eran poco confiables. ¿Alguien le preguntó por qué se negaba allá a lo que aquí favoreció? No, las respuestas podrían ser muy bochornosas para el gran país que un día lo hizo presidente.   

   ¿Hace falta hablar de ese día quince de agosto? Fue soleado, las colas fueron largas y con muy poca movilidad, parecía algo hecho a propósito para desanimar a los votantes, pero la gente aguantaba. Cosas curiosas se sucedieron sin parar, la gente, frente a la Guardia Nacional, hablaba de forma clara y alta que ya era hora de buscar un cambio y dejar la peleadora. Cuando alguien miraba a un conocido dentro de la cola le gritaba: ¿vas a votar? Este respondía: claro que ‘sí’, en clara alusión a su preferencia. Algo extraño, ya que el venezolano siempre había mantenido cierto respeto a la no propaganda en esas colas. Mientras caía la tarde comenzaron a llegar los resultados a pie de urna, tanto de los partidos políticos como de los observadores internacionales, también los que dejaban filtrar los testigos de mesa. Todos los esperaban con ansiedad.   

   La Casa del Partido del Gobierno lucía solitaria en horas de la tarde; y una alocución del Vicepresidente de la época, José Vicente Rangel, más bien sonaba a despedida. Un aire triunfalista comenzó a manifestarse dentro de la oposición. Pero el Consejo Nacional Electoral nada soltaba, dejando correr las horas, negándose a cerrar las mesas de votación aún pasada las ocho de la noche. Las horas pasaban y pasaban y los benditos primeros resultados nada que se anunciaban. La gente, pasada las doce de la noche, se retiró a dormir, sintiéndose aliviado no sólo del resultado que veladamente ya manejaban las televisoras, los comandos de campaña de los partidos y aún la prensa internacional, sino que parecía que todo transcurriría con tranquilidad, sin necesidad de llegarse a una guerra interna.   

   Sin embargo una voz de alarma estalló con toda crudeza a tempranas horas de la madrugada, cuando dos de los rectores principales, aquellos asociados a la oposición, aparecieron frente a las cámaras de televisión. Quienes aún se mantenían pendientes de las noticias, se inquietaron ante la vista de esos dos, que se notaban agotados, furiosos e impotentes. Eran ellos un Ezequiel Zamora de mirada mortecina, cansado, como hastiado de tratar con este país; y a su lado, Sobella Mejías, esa mujer de porte sencillo, de doñita de casa de clase media alta. Fue ella quien llevó la voz cantante, la que estaba ahí y la destinada en ese momento para dar el grito de alerta. Con rostro desencajado, ojos muy abiertos, asustada, mirando hacia los rincones como si temiera que en cualquier momento  apareciera la Policía Política, la DISIP, que la arrastraría fuera de foco hacia un calabozo, habló. La mujer con voz tartajeante, de miedo, de verse de pronto impulsada a un papel protagónico que tal vez no había deseado, pero sintiendo eso que llaman la voz de la conciencia y la llamada de la historia, denunció lo increíble.   

   Mientras los cómputos iban llegando a la sede principal de CNE, un grupo de técnicos relacionados todos con el Gobierno, con otro grupo de técnicos cubanos, se habían encerrado en la Sala de Totalización, de donde ella, a pesar de ser una rectora principal, fue sacada con malas caras y tratos por la Guardia Nacional, y se le impidió la entrada al otro rector cuando éste quiso protestar por esa arbitrariedad. Los llamados observadores del Centro Carter, de la OEA, y de países cómplices como Argentina, España y Brasil, también fueron retirados y no se les permitió la entrada nuevamente. Todo eso fue denunciado por esa mujer que abría desmesuradamente los ojos: que las actas electrónicas, los resultados, estaban llegando y se hacían manipulaciones a espaldas del país y de los observadores, de las que ellos (ella y Ezequiel) nada sabían. Ella llamaba al pueblo de Venezuela para alertarlos, no sabía qué estaba pasando con las actas y los resultados computarizados, ni lo que podría ocurrir con ellos en esa encerrona. No lo dijo con todas las letras, pero estaba implícito: ¡los habían sacado de allí para invertir los resultados! ¡Para hacer trampa! Un fraude mondo y lirondo, donde ellos sacaban sus propias cuentas y, oh, sorpresa, les daban como querían. Pero ella no pensaba permitírselos. Lo gritó, lo denunció, lo otro sería la salida a las calles de la población, capitaneados por los políticos. Que se armara la ucraniana, pensó la mujer para sus adentros, y que Dios cuidara de todo el mundo, pero eso no podía quedarse así. Seguramente también contaba con la colaboración de los llamaos observadores, que habían constatado en vivo las irregularidades (¡qué inocencia!).   

   Menos de dos horas después, con su cara muy lavada, el señor Carrasquero repetía unos resultados que en horas de la tarde ya los canales estatales habían repartido en varios medios de comunicación a nivel mundial, coincidiendo a la maravilla los números, cosa de pitonisos. Lo que vino después fue la estupefacción. El país quedó silencioso, en shock. La oposición no entendía qué había pasado, los seguidores del Gobierno tampoco salieron a celebrar esa madrugada del dieciséis, así como todo ese día. Nadie podía creerlo. Y en medio de ese silencio de depresión, de engaño, de muchas lágrimas de frustración, una voz se levantó con furia, con amargura, decidida, resuelta y valiente, doña Marta Colomina, quien desde su programa mañanero en ese que otrora fue un canal libre, TELEVEN, llamó fraude al fraude, mientras otros intentaban recular o suavizar los términos. Lo dijo con rabia, con voz dura, tanto que muchos de sus invitados parecían algo temerosos. Ella y el fallecido Jorge Olavarría, un hombre que había defendido y encumbrado a Chávez, repudiándolo al saberlo un demente peligroso para la salud de la patria, hablaron con toda la hiel del desencanto esa mañana.   

   De ese infausto dieciséis de agosto, se levantaron voces discretas como la de Mari Pili Hernández, una periodista radial defensora del Régimen, quien pidió ponderación en los comentarios y que dejara de hablarse de fraude, ya que eso dividiría más al país y creaba un caldo peligroso para la paz. José Vicente Rangel, Vicepresidente para el momento, llamaba a la calma, que la vida republicana continuaría. Del resto, los políticos brillaron por su ausencia, tanto los del Gobierno como los de la mal llamada oposición, gerentes para tiendas, pero no para administrar tiempos duros y de batalla. Y comenzaron los relatos de leyendas. Unos decía que César Gaviria, Secretario General de la OEA para el momento, furioso, amenazaba con irse del país sin reconocer los resultados ante la evidencia del secreteo en la Sala de Totalización, donde sólo el Gobierno estuvo presente para sumar los cómputos.   

   Era mentira, tal dignidad y resolución jamás existió. Para esos momentos Estados Unidos, embarcados en otro atolladero bélico en el Golfo, necesitaba lo que aún creía el suministro confiable de combustible desde Venezuela, y lo que menos deseaba era una guerra civil, como si esa fuera desición suya. Pero podían permitirse tal altanería, ya que es como dice el periodista Rafael Poleo, el imperio sí existe y es bien maluco. Otra leyenda hablaba de un joven técnico que salió corriendo de la Sala de Totalización y le dijo a un grupo de observadores que estaban invirtiendo el resultado del referéndum, siendo detenido inmediatamente por la Policía Política. La especie jamás pudo ser verificada. Lo cierto es que las cifras finales fueron, pero de orden contrario, las que todos los resultados a pie de urna daban en horas de la tarde el día anterior, dando como triunfador al “sí, si queremos salir del Presidente”.   

   Un grupo de espontáneos, llenos de rabia y desesperación, de impotencia, se reunió rápidamente en la plaza Altamira, a protestar contra el fraude. Es de justicia reconocer el valor de algunos políticos, casi todos del Comando de la Resistencia, al que pertenecen Antonio Ledesma, Oscar Pérez, y hasta el momento de su huida forzada del país, Patricia Poleo. Allí, respondiendo a la máxima de que muerto el perro se acaba la rabia, frente a las cámaras de televisión, un hombre bajó de una motocicleta y disparó contra los manifestantes, matando a la señora Ron (no Lina Ron). El Gobierno, más tarde, hizo lo imposible por decir que la culpa era de los reunidos, que había que enjuiciar al Comando de la Resistencia, como fue culpa de los marchantes del once de abril del dos mil dos, el morir por marchar. Por el asesino se hizo de todo para salvarlo, y ese juicio aún no termina. Sabe el Gobierno que cuenta con sus ‘documentalistas’ que luego saldrían a contar la ‘verdad’ en universidades idiotas y países creyentes de pendejadas, pero sobretodo con la complicidad de los que sí fueron informados de forma concreta y veraz, como el señor Lula da Silva, Ernesto Kirchner, la señora Bachelet y Rodríguez Zapatero.   

   De ese desastre electoral, del hecho de la totalización de los resultados en forma muy privada, presente únicamente los afectos al Régimen, y que luego uno de los rectores saliera para el Tribunal Supremo y otro a la Vicepresidencia de la República, nadie ha dado explicaciones. Ni Brasil o Argentina, ni Chile o España; se conformaron con hacer pensar que creían en aquella payasada, aliviados de que solamente mataran a una o dos personas en todo el territorio y ya. Para Lula y Kirchner, ahí radicaba el éxito. A Marta Colomina se la cobraron y salió de TELEVEN, casi condenándolo con su ida. A Sobella Mejías se le trató mejor, incluso se dijo que se le propuso, al salir dos de los rectores, el que fuera presidenta del CNE. Ella continuó allí, preparándose para las siguientes elecciones, las de gobernadores y alcaldes, que la oposición corrió a aceptar cuando Chávez lo ordenó. Él quería elecciones y había que complacerlo, aunque los resultados ya se sabían y que Marta Colomina se halaba los cabellos intentando explicárselos a la oposición. Era obvio que la maquinaria del fraude no iba a detenerse después de los buenos resultados obtenidos, la clara cobardía e incompetencia de la oposición y la carbronería internacional. Todos sabían que se perderían estados en manos de la oposición, como Miranda, Lara y Carabobo. Sólo Enrique Mendoza, Eduardo Lapi y Salas Feo, sus gobernadores para el momento, lo ignoraban.   

   Mientras se preparaban estas contiendas, mucha gente, incluido mi apreciado señor Rafael Poleo, criticó a Sobella Mejías por no hacer más para detener a esta gente. Todos la notaban tibia y callada. Pero para ese momento ya Ezequiel Zamora se había retirado y la correlación de fuerzas era de cuatro oficialista contra ella… Y seamos sinceros, ¿qué ganas de hacer nada podía tener esa señora? Esta mujer, una rectora principal, había sido agredida por la Guardia Nacional el ocho de febrero del 2005, siendo vapuleada e insultada, conociendo en propia carne de los atropellos, abusos y violencia del Régimen. Se dijo que se investigaría el hecho pero nada se hizo. Y sin embargo, esa madrugada del día siguiente al fraude, logró sacar fuerzas de flaquezas, y a pesar del temor, con alarma pero resuelta, dio la voz de alerta: hacen trampa, no me dejan ver qué hacen con los resultados, hay que pararlos, salgan todos a la calle. Eso dijo con tartajeos, sabiendo que el Régimen ahora podría ser aún más violento; pero con ese valor curioso de las mujeres, que no piensan en el poder inmediato, como los hombres, sino que sacan rápidas cuentas sobre la vida y bienestar de hijos, sobrinos, ahijados y nietos. Pero nadie salió, los políticos de oposición se mimetizaron con sus camas, escondiéndose. Ella debió verlo, con rabia, seguramente con algo de llanto en sus ojos, esa mañana del día dieciséis, y debió pensar: ah, ¿no harán nada?, jódanse. Ella hizo su parte, el país falló.   

   Sobella Mejías está ahora jubilada, alejada de los abatares públicos. Posiblemente dedica más tiempo a su carrera, es abogado y Magíster en Ciencias Políticas, de larga y honorable trayectoria en las faenas electorales. Tal vez se dedica más al cuidado de su casa, de un jardín, o al cepillado de una perra. Ella merece estar bien, en paz, pero seguramente no lo está, porque es una mujer realista, cabal e inteligente, y debe temer por el futuro de Venezuela bajo la suela del dictador cubano, el sombrío anciano líder de un sanguinario régimen que sólo ha sembrado muerte, dolor y miseria por donde ha pasado. Pero Sobella Mejías debe tener claro en todo momento que ella cumplió con todo lo que pudo para impedir tal descalabro. Tal vez antes o después de eso no realizó nada digno de unas líneas en cualquier reseña, pero esa noche, la noche del fraude, del robo, del engaño en complicidad con gobiernos pro dictatoriales, hizo lo que pudo por salvar a su país, puso en juego todo aquello de los que tantos hombres adolecieron en ese momento, bolas, incluido el valor de hacer lo correcto, lo necesario, así eso significara ser agredida, arrestada y vejada en un calabozo de la tenebrosa DISIP.   

   Esta mujer de rostro ancho y anodino, se convirtió esa noche, la noche de su vida, la noche de Sobella, en otra de esas féminas cuyo retrato cuelga en una larga galería de valor, determinación y coraje. Su conciencia está tranquila, los demonios del arrepentimiento y la culpa no la perseguirán jamás. Ella puede mirar de frente a quien quiera, explicando sus acciones o no, estos hablan por ella. Hizo lo que debía y eso debería bastarle para brindarle tranquilidad hasta el final de sus días, pero casi estoy seguro de que no es así. Venezuela continúa en la oscurana, esa de la que habló un día Alí Primera: en mi tierra los hombres han tomado partido, unos por la vida, otros en contra de ellos mismos… 

Julio César.

20/06/2008 GMT 1

FUERON DE VISITA A LA MONTAÑA

jcqt1213 @ 02:44

   Este relato es una nueva versión de una historia corta, muy corta pero buena de verdad (no sé como lo hace), leída al PUTOJACKTWIST. No me canso de releerlas, sobretodo cuando se pasa por momentos pocos halagüeños como nos ocurre actualmente en mi país. Que me disculpe el putojacktwist, pero aquí va la historia. 

      PROYECTO BROKEBACK MOUNTAIN

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   Cada noche deseaban volver a ellos…   

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia se sintió obstinada. No cansada, simplemente sin ganas de seguir oyendo a los niños discutiendo ásperamente por cada franela limpia o cada pedazo de torta, indiferentes a sus llamados de paz, de calma. Ni ellos ni su marido parecen entender que necesita escuchar algo de silencio. No puede mirar la cesta llena de ropa lavada, con camisas que esperaban se planchadas. No está contenta; le gusta su vida, pero a veces, en un raro momento de quietud entre dos tareas, recuerda que quiso visitar la India cuando era muchacha, cuando pensó que tenía todo el tiempo del mundo para hacer cosas increíbles. Y ahora le había dado por evocar con extraña insistencia al muchacho de su clases en bachillerato, el ‘loco’ de ojos brillantes de sueños maravillosos y fantásticos que una noche sin son ni ton le dijo que ella era la cosa más hermosa que había visto en su vida, que por ella él esperaría toda una eternidad y sería feliz si lo mirara con amor, que escaparan juntos. No lo hizo, porque ella deseaba estudiar, tener éxito e ir a la India. Pero nada resultó como lo imaginó, como sucedía siempre. Había sido feliz, era feliz, su vida era buena. Sin embargo…   

   Ricardo es un profesor de liceo, enseña lenguaje y siente amor por lo que hace. Le agrada la juventud con esas ganas de hacer cosas; pero mientras va adentrándose en los cuarenta, pierde cabello y engorda un poco, va sintiéndose desasosegado, aburriéndose y perdiendo la paciencia con sus alumnos, jóvenes y atractivos, llenos de vitalidad e irreverencia pero pocos dados a la reflexión, aún a hablar correctamente, desconcertándolo cuando en medio de una oración sobre Harry V, le preguntaban asombrados: "¿Inglaterra es una isla, profesor?”. Los mira pendientes de los mensajes telefónicos, de las citas para bailar y parrandear, y le parecen seres vacíos; y se molesta, con ellos, con él, por su fracaso. Antes se sentía lleno de ganas por transformarlos, por transmitirles el secreto de la existencia, casi como la misión de su vida, llenarlos de ese fuego nuevo y renovador que una vez tuvo, pero ahora…   

   Sentado tras su escritorio, Esteban mira pasar al nuevo ingeniero, sólo un muchacho, lleno de altanería y buena pinta. Nota como todos lo buscan, le hablan y quieren intimar. Lo entiende, el tipo irradiaba vitalidad, fuerza, determinación, algo que él iba dejando atrás. En algún momento perdió la chispa que lo empujaba e hizo que arrastrara a otros hacia las metas. La vida le fastidiaba, no soportaba la oficina, ni la casa. Laura y los niños lo agotaban, y había comenzado a distanciarse, refugiándose dentro de sí, desconectándose del mundo. Lo sabía egoísta, pero no tenía fuerzas para cambiarlo, ni le veía necesidad; ese vacío que ahora era su vida le brindaba una paz extraña, la serenidad de la resignación, de quien no espera nada, por lo tanto jamás será desilusionado, pero sin vivir. La gente le molestaba en todas partes, pero no en su mundo interno. Sabía que era insano, extraño, pero fantaseaba con tenderse en una cama, sin moverse, sin vivir. Le iba bien dentro de un país que se despedazaba, y sin embargo no era feliz ni infeliz. Se sentía vacío…   

   Vicky terminó el bachillerato hace dos años y no encuentra cupo en la universidad, y no quiere irse a unas de esas perreras donde hay carreras como medicina que se cursan en tres años bajo tutela cubana. Ella quiere trabajar y salir de la casa paterna. Ama a sus padres, pero quiere su espacio, su vida. Si no en la universidad, en la realidad cotidiana con un trabajo. Ha sido mimada, sus padres le compran la gasolina del carro, que también le dieron, y la tarjeta del teléfono móvil. Tiene casi veintiún años y aún la tratan como a una cuiquilla de siete años a la que le dan de todo dentro de sus posibilidades. No le falta nada, nunca le faltó, podría ir a una universidad privada si chillaba, pero sabe que aunque sus padres harían el sacrificio, sería duro para ellos que ya le habían dado tanto. No quiere eso. No quiere seguir dependiendo, no quiere seguir bajo tutela. Los ama pero quiere correr, gritar, alejarse. No quiere…   

   Rodolfo es un cabo segundo de la Guardia Nacional, un hombre adulto que hizo carrera como militar, que ve como día a día la gente que antes le tuvo aprecio va mirándolo con desdén y hasta con asco, apartando la mirada cuando pasaba para fingir que no lo vieron. La gente que ayer lo apreciaba, hoy no le dirigía la palabra, excepto aquellos que fingían aceptar el tutelaje cubano en Venezuela para hacer negocios. Eso le desagrada, le hace infeliz, ese tutelaje, el rencor en esos ojos antes amigos. También le inquieta la necesidad que va sintiendo de llamar a Alberto y Wilson, antiguos amigos de muchachadas, a quienes recordaba con una añoranza que le desconcertaba. Mientras iba ascendiendo de joven a adulto, y en su carrera, se apartó de mucha gente, desatendiendo invitaciones, no visitando, no respondiendo llamadas. Por aquellos días pensó que ya no los necesitaba, que debía seguir. Ahora extrañaba esas charlas cuando los tres bebían caña casi hasta la inconciencia, echados en el suelo, mirando un juego de pelota. Cuando hablaban de todo, de cosas alegres para terminar hablando de cosas reales, a veces dolorosas. Mientras recorre la conscripción, Rodolfo recuerda a Alberto llorando por su mamá muerta, con una congoja tan grande que parecía no tener consuelo, casi recostado sobre él, con la cabeza en su hombro, momento en el que sintió que lo quería de una forma total, que de poder habría dado algo, lo que fuera, por no verlo así, sin embargo nada sexual había en ello. Pero los había alejado, como a muchas otras cosas buenas o significativas en su vida. Y ahora no sabía qué hacer…   

   Silvia adora ir a la universidad, porque allí estaba Mariana, su mejor amiga, con quien podía hablar, reír, intercambiar secretos, ropas o lápiz labial. Ella quería a Mariana de una forma que a veces la asustaba, porque le dolía verla hablando con otras personas, con muchachos o chicas. A Silvia le pesaban los días cuando no la veía. Que Mariana no fuera una tarde a clases era doloroso, porque eran amigas. Amigas que caminaban tomadas de la mano, rientes, sintiéndose alegres y vitales. A su mamá no le agradaba mucho esa amistad tan estrecha con Mariana, y eso le hacía la vida difícil en casa. Pero Mariana era su amiga, su mejor amiga de todo el mundo. Sin embargo algo había cambiado, ayer había sucedido algo que la turbaba; en clases, mientras el profesor hablaba de gráficas de crecimiento demográfico, Mariana, sentada a su lado dentro del salón oval del rectorado, le había tomado la mano bajo los respaldos para los cuadernos, bajo la mesa como dirían. Silvia la miró sorprendida, encontrándola algo pálida y tensa, mirando al frente, y no tuvo fuerzas para soltarse, ni deseó hacerlo tampoco mientras se estremecía y su corazón latía con fuerza, haciéndola desear tomar aire a bocanadas y sonreír. Se separaron al salir y no habían hablado de eso aún…   

   Javier y Nelson son dos muchachones veinteañeros, amigos de siempre, alegres y parranderos que sólo quieren ir de rumbas, bailes, tomar cervezas, fumar y tirar con bellas chicas. Nelson había probado un poco de piedra, algo que Javier sospechaba y le molestaba, aunque no le había dicho nada. Eran los mejores amigos, se sabían guapetones y que gustaban a las féminas. No amaban a ninguna en especial y más de una vez la que salía con uno terminaba en la cama del otro, sin problemas. En medio de una borrachera, dos años atrás, Nelson le había dicho a Javier, casi pegando la frente a la suya, que quería que montaran el la camioneta de Javier y se fueran a recorrer todo el país, de montaña a playa, y de valle a selva, parándose en cada pueblo a comer, beber y encontrar mujeres, antes de que fueran más viejo y ya no pudieran hacerlo al estar atrapados en la vida de los adultos, ese momento cuando la magia muere y ya no se es un muchacho. A Javier le sedujo la idea, quería partir con su mejor amigo y vivir así, alegremente al garete, en aventuras. A su lado. Porque le había impresionado la urgencia detectada en esa voz amiga y querida. Pero su padre se lo prohibió, y el joven no aceptó, temeroso de perder su carro, la tarjeta de crédito y la ayuda paterna. Nelson pareció entenderlo, pero a Javier le inquietó algo en su mirada (¿decepción?), que fue apagada y se desvió casi al instante de la suya; tampoco le gustó lo que él mismo sentía, aunque no sabía exactamente qué era…   

   Cada dos meses, o algo así, Ligia escapa de su casa, de su marido y sus hijos para pasar un rato con ella misma, con sus pensamientos, dándose el gusto de no hacer nada, de no vigilar nada ni estar siempre al pendiente. Sentada a solas en un café, saboreando un cargado marrón oscuro, humeante y oloroso, pensaba en su vida, y le agradaba aunque ya no tenía mucho tiempo para nada más. Ni para las antiguas amistades. Ya no habla con nadie de un tema personal o abstracto, sobre algo que no fuera la familia; pero supone que eso está bien. Aunque…   

   Con paso lento, hace mucho calor, Gonzalo cruza la calle rumbo al edificio donde vive con su madre después de su divorcio hace ocho años atrás. Imagina que tal vez esa noche habrá otra cena preparada por su madre donde le presentará a alguien. La mujer parecía decidida a casarlo, aunque él daba claras muestras de que no quería. Su madre no le preguntaba por qué, o por qué se divorció, ni él le contaba nada. ¿Cómo contarle de ese momento fugaz en aquella fiesta del trabajo muchos años atrás, que cambió su vida, abriéndole los ojos a lo que sentía, pero condenándolo a ocultarle todo a todo el mundo? Hubiera querido decirlo, dejar que alguien supiera, que otra persona lo escuchara, entendiendo que se descargaría, que por un momento se quitaría el pesado fardo de encima, que habría alivio y tal vez hasta lanzara un largo jadeo de contento; pero exponerse así era demasiado para él. Jamás se atrevería. Pero pensaba que estaba bien, que podía seguir así, sin nadie, para siempre…   

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia sale de su casa sin saber qué hacer. Ricardo camina lentamente por el boulevard, pensando en todo y en nada, algo molesto por algo que no entiende. Esteban deja la oficina y en lugar de tomar su carro e ir a casa, sale del estacionamiento y deambula de aquí para allá. Vicky espera a un amigo en el boulevard, uno con quien siempre habla de mil cosas, sintiéndose algo inquieta. Rodolfo espera hora para una reunión, se rumorea que van a enviarlo a Cuba y eso no le gusta. Silvia y Mariana deambulan por el boulevard también, discutiendo sobre un trabajo de investigación, pero sin concentrarse, sabiendo cada una que tienen que hablar de otra cosa. Javier y Nelson van al teatro Humboldt esperando entrar y ver King Kong, pero no hay entradas, y siguiendo a dos chicas (Mariana y Silvia), van tras ellas a otra sala. Ligia, terminado su café, medita si entrar o no a una función cinematográfica. Gonzalo desvió sus pasos también, no quiere cenar con su madre. Y todos coinciden en una cola extrañamente larga para ver una película que promete ser mórbida y polémica, la de los vaqueros maricas y sinvergüenzas. Hay risitas y comentarios bajitos. Nadie espera mucho de ella.   

   La sala está llena, cosa rara para una película de ese tipo, piensan algunos, seguros de haber cometido un error al entrar. Se apagan las luces y se oye un rasgar de guitarras extrañamente inquietante sobre un paisaje árido, casi desértico y solitario. Y para muchos el mundo se detiene de una forma total, casi brutal, y sus vidas dejan de transcurrir en esos instantes, porque están dentro de la existencia de otros. Ya no están en esa sala, se encuentran en lo alto de una montaña donde hace algo de frío, entre ovejas y caballos, y miran, más allá, la pequeña tienda de campaña, y hasta reparan en el vaquero catire y hosco que sale a cocinar para el otro, el moreno de sonrisa hermosa. Miran al tipo que observa a su compañero con algo que va convirtiéndose en pasión, aunque aún no se atreve a decirlo, y para disimular debe saltar y gritar como un vaquero de comiquitas. Lo observan decidido y valiente moverse para conseguirlo una vez que entiende que ese es su destino, su vida. Asisten al momento donde en una segunda entrega, perciben en unos ojos grandes, azules y expresivos todo el amor que una persona puede sentir por otra, y toda la entrega de la que es capaz.    

   Contemplan la dolorosa despedida porque el mundo no perdonaría a dos jóvenes que escaparan para vivir uno con el otro. Miran como nada detiene los sentimientos, como la nueva reunión termina en besos desesperados, en un llanto casi contenido del hermoso moreno que temió no encontrar nada para él pero allí estaba el hombre al que amaba recibiéndolo en sus brazos. Y allí está el vaquero solitario y viejo, que no deja escapar ni una lágrima aunque queman sus ojos, un tipo tan encerrado en sí que besar, decir que ama o llorar le cuesta. Pero lo miran ahora solo, amargado, extrañando el amor que se ha marchado definitivamente al reino de la muerte. Lo saben infeliz porque el mundo es intolerante. Lo saben desdichado porque nunca reparó sus faltas o se disculpó, pensando que siempre habría tiempo para hacerlo. Entienden que ese hombre arrastraba sus propios temores y dudas, sus propios recelos que no lo dejaron simplemente abrir los brazos y el alma y entregarse haciendo feliz al otro; pero también que mucho había amado y mucho había perdido.   

   La película acaba y ellos no pueden moverse, no pueden pensar, no pueden reaccionar. Sus mentes se han cerrado a ese final, desechándolo, maldita sea; las mentes alejan el dolor y deciden volver al momento feliz. Ellos no pueden abandonar el lugar porque siguen dando vueltas alrededor de esa tienda de campaña, siguen atrapados sentados a la hoguera, junto a los vaqueros con sus veinte años a cuesta, con todo su amor y sus esperanzas, con todos sus temores de muchachos. No pueden abandonar ese lugar que hace humedecer sus ojos y agitar sus pechos entre el amor y el dolor, aunque intentan decirse que ya basta, que ya está bien, que debían regresar. Pero no pueden, es como si un mal hipnotizador no hubiera sido capaz de sacarlos del trance. Lentamente todos abandonan la sala, salen a la noche, a las avenidas, pero en cierta forma nada de eso es real. No, lo verdadero es el joven moreno que salta y grita como una parodia de vaquero, angustiado ante lo que siente al mirar al compañero de amarillentos cabellos; en medio de una naturaleza hermosa, con el bello cielo sobre sus cabezas, bendiciéndolos.   

   Todos vuelven a sus casas, a sus vidas, con los suyos; pero no pueden reintegrarse. Están tristes, se sienten abrumados, dolidos y vencidos por pasajeros instantes de vacío que atormentan, para ser sustituidos luego por los sueños, por imágenes creadas por sus mentes, donde el final es distinto. Vagan entre suspiros, entre miradas angustiadas, entre añoranzas. Nadie sabe qué les pasa. Nadie entiende por qué esas súbitas melancolías, por qué el de los ojos rojos en un instante. Algunos se preocupan por ellos, otros parecen perder la paciencia: “Pero ¿qué tienes? Si estás así es por algo, ¿no?”   

   Ellos continúan con la vida, pero se sienten inquietos por la forma en que marchan las suyas mientras flotan entre ovejas y vaqueros, y no pueden olvidar esa mirada, esa mirada de amor en una carpa (Dios, esa mirada que lo abarcaba todo, que lo decía todo y creaba un mundo nuevo, infinito, de valor); o esa otra mirada, llena de expresividad, de entrega, del hombre que entiende que ya no es dueño de su vida mientras ve cabalgar hacia lo lejos al hombre que quiere y que segundos antes lo acunó en sus brazos cantando a su oído. No pueden olvidar ese abrazo inexperto, esas caricias rotas, esos besos brutales, esa media sonrisa del chico que encuentra frente a una vieja oficina a alguien que no esperaba encontrar jamás, esa última lágrima, esa maldita música (Dios, esa maldita música). Y sueñan e imaginan, sonríen como idiotas por las calles cuando algo les trae un vago recuerdo, una camisa, unas botas.   

   Y lloran, porque tienen que llorar a veces, sintiendo las lágrimas lavando tantos momentos tristes observados en esa película, pero también los de una vida que no se estaba viviendo en ese momento. Se van a la cama, sonriendo, soñando y llorando como no lo habían hecho nunca antes por nada, y menos por una película. Y mientras van cayendo en el sueño, piden volver junto a la hoguera, a su calor, a ese cielo infinito tachonado de estrellas, sentándose al lado de los dos jóvenes vaqueros, que sonreirían al verlos llegar, agradecidos de sus visitas y de esa compañía. Contentos de la presencia de gente que los amaba, que no deseaba para ellos ningún mal. Y hablaban con Jack, le contaban cosas para verlo y oírlo reír con su voz, con sus labios y ojos hermosos; y notaban como Ennis sonreía complacido, de medio lado, al saber feliz a su Jack. Y mientras toman algo de whisky y escuchan la armónica, cada uno de los visitantes cuenta algo de ellos, de sus vidas, de lo que un día soñaron para sí. En esas visitas cada uno entiende que esos dos hombres realmente están enamorados. Y ellos mismos vuelven a enamorarse también.   

   Y la mujer, el profesor, los muchachos y las chicas, el divorciado, el cabo, incapaces de aguantar una noche más de desvelos, de ese que se produce a media noche cuando súbitamente llega con toda su fuerza la certidumbre de que Ennis está solo en esos momentos en su trailer, viejo y triste, tal vez abrazado a la camisa de Jack, lamentando su perdida. Su vida sin amor, sin compañía, se hace insoportable, y sólo queda llorar, y pedirle a Jack que vuelva, con su alegría, y le acompañe hasta que salga el sol nuevamente. Cada uno de ellos, incapaz de aguantar más se coloca frente al computador y teclean las palabras mágicas, Brokeback Mountain, el abracadabra que abre ante ellos todo un mundo nuevo. Y leen el primer mensaje:   

   “Estoy totalmente enganchado a esta película y me sentía un poco extraño e incluso mi ‘adicción’ me llegó a parecer absurda e infantil. Publicado por: Bagheera 25/01/06 a las 21:12”.   

   Todos sienten un vacío de alivio, de felicidad, porque entienden que no están solos. Que hay otros como ellos, esperando que abran sus corazones, algo que necesitan desesperadamente. Sus vidas como habían sido hasta ese momento, terminan para siempre. Un hombre llora por el recelo que sienten todos de su trabajo como militar y habla de los amigos que quiere y de los que se separó. En seguida le contestan que sea honesto consigo mismo y la gente lo entenderá, y que qué espera, que tome el teléfono y llame ya a Alberto y a Wilson. Y a una joven le aconsejan que busque el empleo que desea y se arriesgue a vivir su vida fuera de la casa paterna, que si le va bien, perfecto, si no, sus padres estarán allí para oír y entender. Dos amigos deciden por fin salir de viaje por todo el país, juntos, extrañados de lo mucho más que se quieren ahora (como amigos) y prometen escribir a diario a todos contando lo que encuentren, jurando hacer cosas buenas, y portarse como gente decente, como habría querido Jack Twist. Un hombre cuenta de su vida de claustro, de lo que vivió fugazmente muchos años atrás, y hacerlo lo alivia de tal forma que llora un poco, y piensa en esos ojos grandes y azules de los que se enamoró ahora, después de viejo como quien dice. Y hay otro mensaje, y mil contestaciones.   

   Las vidas se cuentan, las historias se oyen, la hermandad se crea entre esos noctámbulos, los que necesitan explicarse tantas cosas. Ha comenzado el proyecto Brokeback Mountain. 

Julio César.

PICA COMO ABEJA Y LA METE COMO LOS BUENOS

jcqt1213 @ 02:33

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   Al calor de la intensa batalla…   

   El campeón, fornido y temible, no esperaba que su contrincante fuera un chico tan agradable. Le simpatiza, y mucho, se dice mientras sonríe. Lo persigue, lo acorrala contra las cuerdas, lo abraza, lo toca, lo soba. Estaba tan contento que el buen ánimo le abultaba… saliéndosele por todos lados. El chico asombrado, pareció interesarse también… en el combate. Siguen luchando, la gente susurra en las gradas. Uno grita “peleen, carajo”. El chico intenta sorprender y le da; el campeón se molesta, le agradaba pero debe cuidar su buen nombre. De un golpe lo derriba, mareándolo, de rodillas, jadeando por la boca abierta. El campeón cree que necesita algo, algo que lo ponga en su sitio, que entienda que él es el “macho”… El chico parece ahogarse, pero lucha todavía. Lo hace bien, admite el campeón, era un jovencito con hambre… de triunfo, pero ya era hora de terminar, sentía que no aguantaría mucho. El chico cae ahora sobre manos y rodillas, mientras el campeón lo ataca con mayor furia, dándole duro y directo, con golpes que resuenan en todo el ring, haciéndolo gritar y gemir, todo bañado en sudor, mientras el público enloquece y grita que sí, que le dé así, que le meta bien ese ganchote, que no lo suelte que ya lo tiene bien cogido. Y el campeón le da y le da, en medio de ese gentío excitado. 

Julio César.

FORZA MEN

jcqt1213 @ 02:30

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   Me encanta que mis amigos me vean así, no dejan de tocar para ver si todo es verdad, y yo los dejo, son panitas… ¿Quieres ser mi pana y ver? 

Julio César.

AMANECIÓ DE GOLPE

jcqt1213 @ 02:24

   Venezuela es un país que siempre se mueve al borde del abismo, creándose problemas de forma perenne, de los cuales quiere librarse después de forma milagrosa. El actual régimen es una clara muestra de ello. Aunque voces autorizadas advirtieron que esto terminaría como la dictadura cubana, ya en años tan lejos como el noventa y siete y el noventa y ocho, nadie quiso oírlo y terminamos como estamos. Algo similar sucedió en las elecciones que ganó por segunda vez, Carlos Andrés Pérez. Muchas voces dijeron que era un error histórico, que el hombre era un ladrón, un mentiroso, un ser sin escrúpulos. Pero nadie quiso oírlo, la gente sólo recordaba que durante su primer gobierno se botó real del bueno, y eso bastaba. El resultado era previsible, y sin embargo el país pareció sorprendido e indignado con el hombre cuando hizo exactamente lo contrario de lo prometido; de donde viene aquello de que cada país tiene el gobierno y los gobernantes que se merecen. Es irrebatible.   

   Personalmente siempre sentí desprecio por los adecos (los militantes del partido ACCIÓN DEMOCRÁTICA), en general, y de Carlos Andrés Pérez en particular. Todo ello me vino de leer, siendo muy joven, un libro corto y terrible escrito por el difunto Argenis Rodríguez, LA AMANTE DEL PRESIDENTE. Era brutal. Allí se describía no sólo a la amante del hombre, la barragana como también le dicen, sino los vicios a los que se arrastró toda la dirigencia de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, muchos empresarios, militares e industriales de este país, por plata. Ese libro me traumatizó y esa gente me llenó de asco, creo que fueron otro motivo para que yo fuera socialista en esos años.   

   Los delitos de ese hombre estaban tan bien documentados y descritos, que para mí fue realmente una sorpresa, una muy mala, cuando volvió a ganar. ¡Era presidente de la República otra vez! No podía creerlo. Esa noche, al saber el resultado, intercambié palabras muy feas que un muchacho no debe decir jamás a su progenitora. El país lo sabía un delincuente, pero esperaba que multiplicara peces, panes y billetes (como prometió), lo demás, no importaba. Hay que entender, por otro lado, que Venezuela nunca ha sido un país muy disciplinado, cosas como ahorro y trabajo, o trabajo sostenido, parecen dichas en un idioma como el mandarín, del que nada se entiende. Somos muy dados al golpe de suerte, a esperar que el azar resuelva las cosas, y en última instancia dejamos todo a la velita prendida a los santos, o a la consulta con la bruja.   

   Recuerdo el momento del traspaso de poder, en el teatro Teresa Carreño, en lo que se llamó más tarde la coronación. Todo el que era alguien en el mundo, estuvo presente, ¡cómo le haló mecate Fidel Castro a Carlos Andrés Pérez ese día! ¡Y la gente del PSOE español! El mundo, y el país todo, lo amaban con furia. Ah, pero después el hombre salió con el vallenato de que no había dinero, de que las reservas internacionales estaban acabadas, que la banca internacional no nos prestaría ni para comer si no se aplicaban un conjunto de medidas tendentes a rectificar la economía. Uno no entendía muy bien de qué hablaba, pero arrugaba la cara, sospechando que el Gobierno había hecho la engañosa oferta de la abundancia, sabiendo que lo que venía era la carraplana.   

   Las fulanas medidas económicas, llamadas el paquete, porque amarraban y ataban a todos los venezolanos, se aplicaron con el vigor de un veneno. Dos aspectos fueron dramáticos y terribles para la gente común. Uno, se liberaron las tasas de intereses de los créditos hipotecarios, y así todo el que pagaba casa, apartamento o alquiler, se vio con que si pagaba cinco mil bolívares mensuales, con esfuerzo y disciplina, debía pagar de golpe y porrazo quince y dieciocho mil, ¿cómo si los sueldos no habían sido tocados? Mucha gente perdió sus casas; las personas veían llegar el fin de mes con la angustia, la rabia y el temor de no poder pagar esa cuota del crédito, viéndose llevado frente a un abogado de cobranzas. Lo otro fue el precio del dinero, el interés que se llegó a cobrar por las tarjetas crédito llegó al sesenta y setenta por ciento, momento en que casi todo el mundo picó su tarjeta.   

   Lo que perdió al Gobierno frente a la opinión pública fue que la gente se dio cuenta de que los muy ricos, se hacían todavía más, y que los jerarcas del régimen y sus entornos íntimos, no sólo no ahorraban o hacían sacrificios, sino que mostraban desvergonzadamente lo que pillaban, riendo mientras paseaban por las calles, viendo salivar de hambre a los demás. La apariencia de normalidad que el país aún conservaba estalló, para siempre, la madrugada del veintisiete de febrero de mil novecientos ochenta y nueve, con un tumulto popular que comenzó en la vecina ciudad de Guarenas, a pata de mingo de Caracas, llamado después, impropiamente, el CARACAZO. ¿Quién no recuerda esos días terribles, y al mismo tiempo tan… justificados? Para mí, de los saqueos, del pillaje y de la represión, quedará para siempre aquella imagen dantesca de un niño, sólo un muchacho, tirado boca abajo en el piso, en medio de un charco de sangre, muerto, con una lata de sardinas casi en la mano, lo que había logrado pillar; ¡había muerto por una lata de sardinas! Una maldita lata de sardinas y lo habían matado de un disparo por la espalda. Dios, qué arrechera…   

   El país estaba herido y dividido. Cada día había una protesta popular de gente que sufría los rigores del hambre, el temor de perder su casa, su empleo e incluso la vida ante una nueva arremetida del hampa que salió a ganarse también el sustento, creados de la oleada de nuevos marginales sin nada, en un país donde la vida se hacía cada vez más dura; mientras tanto el entorno presidencial iba por su lado. La gente sabía, por la guerra dada por la prensa para desenmascararlos (cosa que ahora nadie recuerda con ese toque de insensatez que jamás nos ha dejado crear un país serio) de los negocios que la amante del presidente, Cecilia Matos, hacía con los perros de la guerra, donde ordenaba compra de armas y otros periquitos que no eran entregados, que estaban sobre facturadas por centenas de millones de bolívares, pero de las cuales a ella y a su gente le quedaban buenas comisiones.   

   La gente supo de las persecuciones contra intelectuales, gente notable del país y de reporteros que criticaban esas actuaciones delictivas. Los notables, Arturo Uslar Pietri, Rafael Caldera, Castro Leiva, Maza Zabala, y muchos, muchos otros hombres y mujeres de probada decencia y patriotismo que exigían rectificaciones, sólo recibían ataques por los medios de información tarifados (al menos no estaba la sordidez y escatología de LA HOJILLA y los enfermos que la manejan actualmente). El periodista Rafael Poleo, crítico y opositor de todos los gobiernos desde la Independencia para acá, fue acusado de esto y aquello, su casa fue allanada y se le quería detener. Muchos diarios fueron allanados y sus articulistas asediados. Un país se llenaba de rabia, de arrechera, y una clase política dominante hasta ese momento, borracha en sus vicios y estupidez, no se daba cuenta del cambio de la marea (como no lo hacen ahora tampoco, cuando arrecian en sus desmanes y abusos para mantenerse en el poder contando con el apoyo y complicidad de gobiernos promilitaristas como Brasil, Argentina, Chile y España).   

   Recuerdo muy bien ese cuatro de febrero de mil novecientos noventa y dos. Mirando hacia atrás, intentaré transmitirlo como lo sentí, sin dejarme llevar por lo que ahora sé y pienso. Para esa fecha, un día martes, desperté a las cinco y media de la mañana, ya que vivía fuera de Caracas y debía subir a la capital para llegar antes de las siete de la mañana al trabajo. Entiendo, porque me lo han dicho aunque no lo crea, que hay personas que despiertan agradeciéndole a Dios por un nuevo día, e incluso encienden una velita al ángel de la guarda. Por mi parte, cuando ese despertador sonaba a las cinco y algo, siempre tenía el mismo pensamiento: maldita sea, ya amaneció. Abría los ojos y dejaba la cama, pero mi mente seguía ahí. Tomaba café, me duchaba, más café, me vestía, más café, y salía, pero con el cerebro dormido. No escuchaba noticias ni nada, así que ignoraba lo que sucedía ese día en especial.   

   Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que algo extraño ocurría; a esa hora tan temprana notaba que había muchas casas iluminadas y que la gente se movía de aquí para allá en sus interiores, como presas de gran excitación. Otra cosa curiosa era que todos parecían sintonizar las televisoras. Las calles estaban solitarias, cuando lo común eran los carros y busetas que iban de aquí para allá, con sus tempraneros viajeros. Llegué al Terminal y ahí no había gente ni vehículos. Intentando saber qué sucedía, caminé hasta un céntrico puesto de periódicos donde siempre había alguien, y ahí lo escuché: ¡el Ejército estaba dando un golpe de estado!   

   No sé como decirles esto, como explicarlo para que lo entiendan, ¿cómo podría comprender un ciudadano de un país serio y demócrata que tal cosa me emocionara de esa forma? Para ello deberían imaginar un sistema de vida que al ciudadano común le diera asco, le repugnara. Pero sí, cuando escuché lo del golpe de estado, sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, que me estremecía, que la piel se me erizaba. ¡Estaban dando un golpe de estado! Por fin. ¡Estaban tumbando al degenerado de Carlos Andrés Pérez! No cabía en mí de felicidad. Un hombre que estaba allí dijo algo duro y extremo, pero nadie lo censuró: ojalá atrapen al ladrón ese y le peguen tres tiros por la calva. Huelga decir que salí corriendo para mi casa para saber exactamente qué ocurría.   

   Al parecer un comando de tanquetas había salido de Maracay, en la noche del tres de febrero, reclutando a jóvenes conscriptos. Según versiones dadas más tarde por los soldados, algunos oficiales les dijeron a los muchachos que en Caracas ocurría una situación irregular y que Miraflores, el palacio presidencial, había sido tomado por delincuentes que debían ser desalojados, detenidos y encarcelados. La caravana partió de noche, al parecer nadie les preguntó para dónde iban o hacer qué. Nadie los detuvo al entrar a Caracas, bordeando Fuerte Tiuna. Todo esto hizo suponer que muchos generales sabían lo que ocurría, pero lo dejaron hacer. Las humillaciones que el Ejecutivo y su círculo íntimo había infligido a los uniformados había sido terrible, llegándose a los extremos de que coroneles y capitanes debían cargar las maletas de la amante del presidente, o usar aviones de las fuerza aérea para ir comprar hielo y llevarlo a fiestas del entorno presidencial en la isla de La Orchila, como en las bacanales de la decadente Roma imperial (o como ahora, cuando Huguito, el hijo de quien les conté, hace sus fiestas allí, tan revolucionario él).   

   Los generales sabían de la conspiración, de la asonada y la dejaron correr. Carlos Andrés Pérez llegó esa noche de Brasil, y en Maiquetía lo recibió el Ministro de la Defensa, advirtiéndole que se gestaba un golpe. Carlos Andrés Pérez, soberbio y creyéndose un predestinado, mal del que parece sufren todos, se negó a oírlo o creerle. ¡Él era Carlos Andrés Pérez,  nadie se le alzaba, carajo! Horas después, metido en Miraflores, enfrentó los primeros disparos y el empuje de las tanquetas que se abatían contra el venerable edificio. ¡Estaban allí! ¡Habían ido por él! Aterrado, contando únicamente con la Guardia de Honor, el Presidente intentó comunicarse con Fuerte Tiuna y con el Ministro de la Defensa, sin que nadie lo atendiera.   

   En medio del caos, del desorden, de gritos de muchachos heridos en un absurdo enfrentamiento fraticida, un viejo caudillo de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, de los viejos, de los que tienen tabaco en la vedija, Alfaro Ucero, cruzó entre las tanquetas, lo alzados y los que defendían al Presidente. Llegó donde Carlos Andrés y le dijo que debía salir y huir, pues el que lo capturaran sería terrible, que fuera a una de las televisoras y denunciara el golpe, llamando a la gente a las calles, a defender el Sistema Democrático. Con lo que queda dicho que ni aquel señor sabía realmente lo qué ocurría en Venezuela para ese momento. Años después, cuando abusando de su poder de forma dictatorial, el presidente Chávez ordena el cierre de RCTV, y al enfrentar las protestas estudiantiles, el hombre llamó a las barriadas a salir a las calles a enfrentar a los jóvenes y apalearlos, para que los ‘pobres’ defendieran su revolución. El resultado, antes y ahora, fue el mismo, nadie acudió al llamado.   

   Acompañado del general Carratú, Carlos Andrés Pérez abandona Miraflores por los sótanos y corrió hacía VENEVISIÓN, canal de televisión que debió acogerlo. Desde allí, todo ojos, con rabia y temor denunció el golpe. La gente, que lo odiaba como un día lo quiso, decía que la camisita blanca le temblaba del miedo que tenía. Dentro de Miraflores, todo era caos. Los atacantes no podían entrar y sus defensores no podían expulsarlos, sólo iban quedando los heridos y muertos de uno y otro bando, cayendo los tontos para que los líderes gozaran su momento de gloria. Alfaro Ucero, en el salón presidencial, impartía órdenes: Miraflores no debía caer. Doña Blanca (Blanquita) Rodríguez de Pérez, esposa legítima de Carlos Andrés, una matrona estimada y respetada por el pueblo venezolano, se vio de pronto rodeada de jóvenes de la Casa Militar que le preguntaban: ¿qué hacemos, señora, ahora que hacemos?   

   Según testigos que más tarde echaron el cuento, la doña dijo que había que resistir, repitiendo tal vez sin saberlo, que Miraflores no debía caer. Tal vez leyenda ya sea la parte en la que pidió un arma para defender el palacio ella misma. Pero tal vez no, doña Blanquita estaba en palacio con sus hijas, de las cuales una estaba muy enferma, y no hay leona más peligrosa que la que lucha por su prole; por otro lado, ella venía del mismo molde de donde salieron doña Menca de Leoni, o doña Alicia de Caldera, mujeres que sabían muy bien cuál era su lugar, prestándole brillo, prestigio y dignidad al cargo de primera Dama de la Republica, tan distintas a las barraganas o a esta última que padecimos.   

   Eduardo Fernández, secretario general del mayor partido opositor, COPEI, se lanzó a la defensa del Sistema Democrático, haciendo desesperados llamados a la ciudadanía para que entendieran que ese no era el camino, pero cometiendo el error fatal que le costaría la vida entera jamás ser el presidente de Venezuela, cuando ya olía a eso unos meses antes, el de amarrar el destino de su partido no a las instituciones, sino al presidente Pérez, apuntalando todo lo que la gente percibía como sucio, ruin y delictivo en la República. Porque ni él, ni los otros, entendieron realmente lo que sucedía. Pensaban que la gente se asustaría ante palabras como dictadura o fin del hilo democrático. No entendían que la población estaba cansada de vicios, crímenes y mañas desde el poder. Ni siquiera el hecho de que la gente no salió a defender al Gobierno, copando aceras, calles y avenidas, o se lanzaran a censurar a los alzados, les dijo nada. Eran una clase obsoleta y necia, destinada a desaparecer aunque hicieron esfuerzos inauditos para que eso no ocurriera, impidiendo los cambios y acuerdos que hubieran hecho de Venezuela una nación más sana democráticamente, con los anticuerpos necesarios para resistir a los bárbaros. Cerraron toda puerta, todo escape, y democracia, partidos, políticos y Sistema, se convirtieron en sinónimos de basura, de porquería.   

   Poco a poco las fuerzas institucionalitas fueron imponiéndose sobre los alzados en los dos grandes núcleos de ataque capitalino, Miraflores y el puesto aéreo de La Carlota. Yo me sentía desanimado, aunque ver a tanta gente corriendo, gritando, llorando, era terrible y uno deseaba que también terminara. Luego llegaron nuevas noticias. Arias Cárdenas, otro de los comandantes alzados, había tomado el Zulia, controlándolo totalmente, habiendo puesto preso al gobernador, todo dentro del orden y el respeto que logra una persona capaz. Las noticias que venían de Valencia eran aún más emocionantes. Urdaneta no había logrado apoderarse del estado, y replegándose con su gente tuvo que atrincherarse en la universidad de Carabobo. Luego se supo que gran cantidad de personas, mayoritariamente estudiantes, habían saltados los muros de la casa de estudio, pidiendo armas y uniéndose a la asonada.   

   Venezuela era eso, entre la sorpresa y el desconcierto, el país supo que a Carlos Andrés Pérez habían intentado tumbarlo, y quienes no se alegraron decididamente, lo miraron con simpatía; porque a ese hombre que un día se le amó, ahora se le odiaba demasiado. Por ladrón, por mentiroso, por haber dejado a sus secuaces solazarse en las carnes de la patria de forma grosera y abusiva. Pero de cierta forma la gente deseaba que todo terminara de una vez. Las imágenes eran dolorosas. El joven herido que gritaba echado contra un muro cerca de La Carlota, mientras un grupo atacaba al suyo, donde todo se detenía porque un compañero del herido salía corriendo, lo cargaba y lo sacaba de la línea de fuego, fueron momentos dramáticos que nos tocó ver gracias al increíble trabajo de los periodistas, quienes más tarde serían satanizados por un dizque régimen revolucionario. Más tarde se sabría de las balas que entraron por techos y ventanas, de los muertos en casas humildes, del llanto sin consuelo de las madres que miraron a sus hijos sangrando dentro de sus uniformes en una calle.   

   Todo terminó cuando un hombre de tez morena, rostro limpio, delgado, de voz gruesa, llanera, apareció flanqueado por el Ministro de la Defensa. Era el comandante Hugo Rafael Chávez Frías. El hombre llamaba a sus camaradas alzados, pidiéndoles que entregaran las armas, que la asonada había fracasado por ahora. Ese hombre tomó renombre nacional, alzándose entre los demás. Y supo sacarle provecho a esos minutos de fama. Esa declaración enérgica, ese por ahora, y el haber hecho algo que en Venezuela nadie había hecho jamás hasta ese momento, ni volverían a hacerlo después, se responsabilizaba por el golpe, deslumbró al país. Los venezolanos, con las bocas abiertas de sorpresa, escucharon a un hombre que se responsabilizaba de algo, de lo que fuera, y decía que enfrentaría las consecuencias; todo eso fue suficiente para catapultarlo en los afectos de la gente. Y aunque en el fondo nos alegraba que no hubiera triunfado, lo quisimos. Ese día, Venezuela amó a Chávez Frías.   

   Más tarde llegaron las preguntas de bocas de los opositores de siempre, los perros guardianes de la verdad, pero nadie quiso oírlas, porque iban contra el mito que deseábamos creer por encima de todo, la esperanza que deseábamos conservar. Pero los propios alzados se preguntaban, ¿por qué Chávez no encabezó el ataque contra Miraflores o La Carlota? ¿Por qué no estaba allí? ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo? Luego se supo que se había ocultado nada más comenzar la batalla dentro del Museo Militar, donde tuvieron que sacarlo casi a la fuerza. Sus compañeros lo acusaron de cobarde y de traidor. El historiador Manuel Caballero, con ese aire mordaz e irónico que siempre usa, lo bautizó como el héroe de la batalla del museo militar. Pero en ese momento nadie quiso escuchar nada. Sólo deseábamos oír que eran ángeles justicieros, vengadores decentes y austeros que deseaban lavar la cara de la patria herida. El nombre de Chávez se transformó en sinónimo de rectificación, de esperanza, el hombre sencillo y centrado, espartano y honrado que un día liderizaría el gran cambio. Todo lo que no era Carlos Andrés Pérez, ni los partidos políticos o las instituciones.   

   Venezuela comenzó una carrera demente para terminar en los brazos del nuevo Mesías. Desde medios de información, grupos civiles y militares, se inició un ataque sistemático y constante contra la democracia, se le acusaba de arpía, de sucia, de mala madre; en una dura campaña de descrédito total. Todo lo que el Gobierno hacía o decía era malo, ruin, un truco (generalmente lo era). Todos estaban de acuerdo con los alzados, con sus manifiestos, con lo que quisieron decir. ¿Cuántas veces no se desplazó Napoleón Bravo, el irreverente y valiente periodista venezolano, patriota por encima de todo, hacía la cárcel de Yare ante la más pequeña denuncia de que algo se intentaba contra Chávez y su gente? Ahora Napoleón no puede aparecer en televisión, y se le mantienen juicios en una judicatura caricaturesca, perseguido por Chávez.   

   El tiempo que Carlos Andrés Pérez pudo sostenerse en el poder, apuntalado por ACCIÓN DEMOCRÁTICA y COPEI, sólo sirvió para terminar de erosionar la fe en el Sistema. El venezolano no quería saber nada más de esa gente, y torció los ojos en otros derroteros. Pocos podíamos imaginar durante esos años toda la traición, entreguismo y horror que terminaría instalándose en el país de mano de un régimen títere, lacayo y cachorro de Cuba, con su aparato de represión y envilecimiento.   

   Pero ese cuatro de febrero, cuando en Caracas, el Zulia y Valencia se alzaban los militares, se dejaba oír el fusil y el traquetear de las tanquetas, se pensó que podíamos escapar de la pesadilla que era Carlos Andrés Pérez y su régimen delictuoso. Nuevamente mirábamos el atajo, el golpe del azar para ver si la pegábamos y se nos resolvía la vida, corrigiendo el error de toda una población no sólo necia e irresponsable, sino sumergida en esa moral laxa de quienes creen que un delincuente puede manejar una empresa porque al parecer multiplica la plata. Carlos Andrés Pérez, y su régimen, como el que ahora padecemos, no llegaron del Cielo por un castigo, sino voto a voto en unas elecciones que todos celebraron, en tiempos donde todavía se podía creer en resultados electorales. Muchos repetíamos, tiempo después, hasta con lágrimas en los ojos o un nudo en la garganta, el estribillo de aquella canción:   

                           El cuatro de febrero, todo sucedió,  

                            tomamos las armas, el fusil habló.  

                                 Dije por ahora todo fracasó… 

Julio César.

¿TIEMPO DE BANANOS?

jcqt1213 @ 02:17

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   -Anda, ¿si…? Anda vale…   

   -Vamos… deja que levante esto y… -insiste, ronco, casi  suplicante.  

   -No lo sé. No creo que esté bien. –su corazón palpita. Viene el apretón firme, cálido, masajeante, de quien prueba la textura de la fruta.- Hummm…  

   -¡Lo  voy a soltar!  

   -No, esto no está bien.  

   -Está perfecto. Bien duro ya, listo para pelar y comer. –la mano se mete y aprieta hasta casi sacarle jugo al fruto. Lo pela y está tan hambriento que finalmente abre la boca… Y como bien dijo, sabía muy bien al gusto. 

Julio César.

MAYO SE FUE

jcqt1213 @ 02:13

   El problema de los demócratas, lograr la nominación del candidato presidencial, estaba tomando ribetes de tragedia. Esa lucha tan prolongada va a terminar agotando al ganador, quien tendrá que lidiar con la reparación de rabias, rencores y malestares. El señor Barack Obama será el abanderado. No es un secreto para nadie que yo prefería a la Hilary Clinton, pero en fin, no soy yo quien vota allá. Lo mejor sería resolver resquemores, limar asperezas y alinearse todos alrededor del candidato, que tiene carisma y juventud. Lo primero es bueno porque atrae gente, lo segundo también, no carga sobre sí ni fantasmas ni reconcomios de otras eras. Últimamente ha hecho las declaraciones, tal vez sólo sean eso, necesarias para aplacar tantos temores sobre su visión de Latinoamérica y el peligro que ronda toda la cuadra. Sin embargo, ahí están los republicanos, todos corriendo tras un único carretón. Espero que el señor Obama entusiasme suficientemente a los jóvenes y a los nuevos votantes, esos que se expresan bien de él, y que por jóvenes esperan cambios reales, aún generacionales. Aunque la experiencia dice que estos son los grupos que el día de las elecciones siente dolor de pies y no acuden. Esperemos, para que termine de una vez la era de los Bush, que asistan.   

   No ha sido este el año de las FARC, tres miembros del Secretariado ya han caído, Raúl Reyes, Iván Ríos (a quién le tocó una bien fea) y ahora Marulanda; quedan los otros. Pero lo experimentado por la señora Karina (¡qué mujer!, su vida bien vale una película aunque esté en el bando malo), hace suponer que el próximo en caer será el distinguido señor Mono Jojoy. Doña Karina cuenta que se acogió a la entrega porque dentro de su círculo íntimo se manejaba la información de que sus propios hombres tramaban asesinarla para cobrar la recompensa, como pasó con Iván Ríos. Es que la oportunidad de cobrar esa plata, dejar de una vez el monte (ufff, mosquitos y jejenes, ir al baño, qué infierno), ser perdonado y huir de ese infierno, tenta a cualquiera. Ese Uribe es un demonio; seguro que en esta última cumbre en Brasil, Chávez no le aceptó ni café. Sin embargo en Venezuela, el Partido Comunista habló del pesar ante la muerte de Marulanda, querido por el pueblo colombiano, destruido, según ellos, por la oligarquía conservadora (es que no renuevan ni el discurso ni los cortes de pelos). Será en sus mentes extraviada en los setenta, porque hasta donde logré ver, nadie lo ha llorado en el vecino país, y si no fuera porque ‘se ve feo’ habrían salido a celebrar.  geremi-gonzalez.jpg 

   Una noticia dolorosa nos ha tocado a los magallaneros,  y a los venezolanos en general, la muerte del pelotero, nuestro grandes ligas, Géremi Gonzáles, un destacado pitcher, quien muere de una forma extrañísima: alcanzado por un rayo mientras manipulaba una lancha sky acuática. ¿Cuántas probabilidades existen de que algo así ocurra? Uno lo entiende en China donde hay tanta gente que si un rayo cae mata a tres o cuatro, ¿pero aquí? Y sin embargo pasó, y le pasó a él. Hay quienes suponen que pasó bajo el famoso rayo del Catatumbo, el cual es una fija en cuanto a hora y lugar. Una pérdida, una verdadera lástima. Era un tipo joven y agradable. Cuentan los diarios deportivos que cuando su equipo iba perdiendo, saltaba en la cueva, aplaudiendo y gritando para levantar la moral. Era capaz de bañar con crema de afeitar a todo el mundo, usar una peluca, lanzar patadas de kárate, todo para animar a la gente. Ahora se ha ido, como tanta gente buena en lo que va de año. Paz a su gente, y a recordarlo con cariño.   

   Ya ha transcurrido un año entero desde que el canal de televisión RCTV fue obligado a dejar de transmitir en señal libre, señal que llegaba a todas partes, desde las casotas en las urbanizaciones, a las casitas humildes, donde podían sentir simpatías por Chávez, pero que veían este canal y no el del Estado (nadie se cala esos cuentos, sobretodo si se sale luego a la calle y se choca con la realidad real). Fue una pérdida para la doñita en el cerro y para las señoronas que seguían sus novelas en la sala, así como la cachifa en su cuarto. Hasta el último momento Venezuela esperó que aquella amenaza no se cumpliera, pero Chávez reía y se burlaba, cerraba la señal porque le daba la gana. La cerraba y acallaría por temor a las otras televisoras. La cerraría y nadie discutiría ni denunciaría tropelías, y él y su gente continuarían haciendo lo que les diera la gana sin que esa molesta voz los incomodara. La cerraron, es verdad, se robaron los equipos de transmisión, aunque le dieron mil nombres al asunto, como si entrar en un lugar y cogerse lo que no es de uno, por la fuerza, cotando con gente armada, no fuera un simple robo. Pero les costó, a Chávez le costó su nueva constitución ese diciembre, y la posibilidad de meter una enmienda para una presidencia vitalicia que sería certificada luego por su CNE, elección tras elección, como pasa en Cuba, Birmania y lo era en Irak; porque aparecieran los estudiantes y jóvenes en el espectro político, frescos, valientes. Cerró RCTV, pero les salió bien caro. Y todavía nos debe. 

Julio César.

PROBANDO ALGO NUEVO

jcqt1213 @ 02:09

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   -Dios, lo tengo tan mojado…   

   -Ahhh… chamo… Hummm… -jadeó ronco, sonriendo putón, estremeciéndose.  

   -Te dije que te iba a gustar… -gruñe la grave voz del amigo, medio ahogada al tener la lengua utilizada. También la cara aprisionada.