Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis Te gustan viajar y sacar Fotos

¡¡¡VAYA TÍOS!!!
Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

Categoría: VAQUEROS ENAMORADOS...

20/06/2008 GMT 1

FUERON DE VISITA A LA MONTAÑA

jcqt1213 @ 02:44

   Este relato es una nueva versión de una historia corta, muy corta pero buena de verdad (no sé como lo hace), leída al PUTOJACKTWIST. No me canso de releerlas, sobretodo cuando se pasa por momentos pocos halagüeños como nos ocurre actualmente en mi país. Que me disculpe el putojacktwist, pero aquí va la historia. 

      PROYECTO BROKEBACK MOUNTAIN

 leyendas-de-amor.jpg

   Cada noche deseaban volver a ellos…   

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia se sintió obstinada. No cansada, simplemente sin ganas de seguir oyendo a los niños discutiendo ásperamente por cada franela limpia o cada pedazo de torta, indiferentes a sus llamados de paz, de calma. Ni ellos ni su marido parecen entender que necesita escuchar algo de silencio. No puede mirar la cesta llena de ropa lavada, con camisas que esperaban se planchadas. No está contenta; le gusta su vida, pero a veces, en un raro momento de quietud entre dos tareas, recuerda que quiso visitar la India cuando era muchacha, cuando pensó que tenía todo el tiempo del mundo para hacer cosas increíbles. Y ahora le había dado por evocar con extraña insistencia al muchacho de su clases en bachillerato, el ‘loco’ de ojos brillantes de sueños maravillosos y fantásticos que una noche sin son ni ton le dijo que ella era la cosa más hermosa que había visto en su vida, que por ella él esperaría toda una eternidad y sería feliz si lo mirara con amor, que escaparan juntos. No lo hizo, porque ella deseaba estudiar, tener éxito e ir a la India. Pero nada resultó como lo imaginó, como sucedía siempre. Había sido feliz, era feliz, su vida era buena. Sin embargo…   

   Ricardo es un profesor de liceo, enseña lenguaje y siente amor por lo que hace. Le agrada la juventud con esas ganas de hacer cosas; pero mientras va adentrándose en los cuarenta, pierde cabello y engorda un poco, va sintiéndose desasosegado, aburriéndose y perdiendo la paciencia con sus alumnos, jóvenes y atractivos, llenos de vitalidad e irreverencia pero pocos dados a la reflexión, aún a hablar correctamente, desconcertándolo cuando en medio de una oración sobre Harry V, le preguntaban asombrados: "¿Inglaterra es una isla, profesor?”. Los mira pendientes de los mensajes telefónicos, de las citas para bailar y parrandear, y le parecen seres vacíos; y se molesta, con ellos, con él, por su fracaso. Antes se sentía lleno de ganas por transformarlos, por transmitirles el secreto de la existencia, casi como la misión de su vida, llenarlos de ese fuego nuevo y renovador que una vez tuvo, pero ahora…   

   Sentado tras su escritorio, Esteban mira pasar al nuevo ingeniero, sólo un muchacho, lleno de altanería y buena pinta. Nota como todos lo buscan, le hablan y quieren intimar. Lo entiende, el tipo irradiaba vitalidad, fuerza, determinación, algo que él iba dejando atrás. En algún momento perdió la chispa que lo empujaba e hizo que arrastrara a otros hacia las metas. La vida le fastidiaba, no soportaba la oficina, ni la casa. Laura y los niños lo agotaban, y había comenzado a distanciarse, refugiándose dentro de sí, desconectándose del mundo. Lo sabía egoísta, pero no tenía fuerzas para cambiarlo, ni le veía necesidad; ese vacío que ahora era su vida le brindaba una paz extraña, la serenidad de la resignación, de quien no espera nada, por lo tanto jamás será desilusionado, pero sin vivir. La gente le molestaba en todas partes, pero no en su mundo interno. Sabía que era insano, extraño, pero fantaseaba con tenderse en una cama, sin moverse, sin vivir. Le iba bien dentro de un país que se despedazaba, y sin embargo no era feliz ni infeliz. Se sentía vacío…   

   Vicky terminó el bachillerato hace dos años y no encuentra cupo en la universidad, y no quiere irse a unas de esas perreras donde hay carreras como medicina que se cursan en tres años bajo tutela cubana. Ella quiere trabajar y salir de la casa paterna. Ama a sus padres, pero quiere su espacio, su vida. Si no en la universidad, en la realidad cotidiana con un trabajo. Ha sido mimada, sus padres le compran la gasolina del carro, que también le dieron, y la tarjeta del teléfono móvil. Tiene casi veintiún años y aún la tratan como a una cuiquilla de siete años a la que le dan de todo dentro de sus posibilidades. No le falta nada, nunca le faltó, podría ir a una universidad privada si chillaba, pero sabe que aunque sus padres harían el sacrificio, sería duro para ellos que ya le habían dado tanto. No quiere eso. No quiere seguir dependiendo, no quiere seguir bajo tutela. Los ama pero quiere correr, gritar, alejarse. No quiere…   

   Rodolfo es un cabo segundo de la Guardia Nacional, un hombre adulto que hizo carrera como militar, que ve como día a día la gente que antes le tuvo aprecio va mirándolo con desdén y hasta con asco, apartando la mirada cuando pasaba para fingir que no lo vieron. La gente que ayer lo apreciaba, hoy no le dirigía la palabra, excepto aquellos que fingían aceptar el tutelaje cubano en Venezuela para hacer negocios. Eso le desagrada, le hace infeliz, ese tutelaje, el rencor en esos ojos antes amigos. También le inquieta la necesidad que va sintiendo de llamar a Alberto y Wilson, antiguos amigos de muchachadas, a quienes recordaba con una añoranza que le desconcertaba. Mientras iba ascendiendo de joven a adulto, y en su carrera, se apartó de mucha gente, desatendiendo invitaciones, no visitando, no respondiendo llamadas. Por aquellos días pensó que ya no los necesitaba, que debía seguir. Ahora extrañaba esas charlas cuando los tres bebían caña casi hasta la inconciencia, echados en el suelo, mirando un juego de pelota. Cuando hablaban de todo, de cosas alegres para terminar hablando de cosas reales, a veces dolorosas. Mientras recorre la conscripción, Rodolfo recuerda a Alberto llorando por su mamá muerta, con una congoja tan grande que parecía no tener consuelo, casi recostado sobre él, con la cabeza en su hombro, momento en el que sintió que lo quería de una forma total, que de poder habría dado algo, lo que fuera, por no verlo así, sin embargo nada sexual había en ello. Pero los había alejado, como a muchas otras cosas buenas o significativas en su vida. Y ahora no sabía qué hacer…   

   Silvia adora ir a la universidad, porque allí estaba Mariana, su mejor amiga, con quien podía hablar, reír, intercambiar secretos, ropas o lápiz labial. Ella quería a Mariana de una forma que a veces la asustaba, porque le dolía verla hablando con otras personas, con muchachos o chicas. A Silvia le pesaban los días cuando no la veía. Que Mariana no fuera una tarde a clases era doloroso, porque eran amigas. Amigas que caminaban tomadas de la mano, rientes, sintiéndose alegres y vitales. A su mamá no le agradaba mucho esa amistad tan estrecha con Mariana, y eso le hacía la vida difícil en casa. Pero Mariana era su amiga, su mejor amiga de todo el mundo. Sin embargo algo había cambiado, ayer había sucedido algo que la turbaba; en clases, mientras el profesor hablaba de gráficas de crecimiento demográfico, Mariana, sentada a su lado dentro del salón oval del rectorado, le había tomado la mano bajo los respaldos para los cuadernos, bajo la mesa como dirían. Silvia la miró sorprendida, encontrándola algo pálida y tensa, mirando al frente, y no tuvo fuerzas para soltarse, ni deseó hacerlo tampoco mientras se estremecía y su corazón latía con fuerza, haciéndola desear tomar aire a bocanadas y sonreír. Se separaron al salir y no habían hablado de eso aún…   

   Javier y Nelson son dos muchachones veinteañeros, amigos de siempre, alegres y parranderos que sólo quieren ir de rumbas, bailes, tomar cervezas, fumar y tirar con bellas chicas. Nelson había probado un poco de piedra, algo que Javier sospechaba y le molestaba, aunque no le había dicho nada. Eran los mejores amigos, se sabían guapetones y que gustaban a las féminas. No amaban a ninguna en especial y más de una vez la que salía con uno terminaba en la cama del otro, sin problemas. En medio de una borrachera, dos años atrás, Nelson le había dicho a Javier, casi pegando la frente a la suya, que quería que montaran el la camioneta de Javier y se fueran a recorrer todo el país, de montaña a playa, y de valle a selva, parándose en cada pueblo a comer, beber y encontrar mujeres, antes de que fueran más viejo y ya no pudieran hacerlo al estar atrapados en la vida de los adultos, ese momento cuando la magia muere y ya no se es un muchacho. A Javier le sedujo la idea, quería partir con su mejor amigo y vivir así, alegremente al garete, en aventuras. A su lado. Porque le había impresionado la urgencia detectada en esa voz amiga y querida. Pero su padre se lo prohibió, y el joven no aceptó, temeroso de perder su carro, la tarjeta de crédito y la ayuda paterna. Nelson pareció entenderlo, pero a Javier le inquietó algo en su mirada (¿decepción?), que fue apagada y se desvió casi al instante de la suya; tampoco le gustó lo que él mismo sentía, aunque no sabía exactamente qué era…   

   Cada dos meses, o algo así, Ligia escapa de su casa, de su marido y sus hijos para pasar un rato con ella misma, con sus pensamientos, dándose el gusto de no hacer nada, de no vigilar nada ni estar siempre al pendiente. Sentada a solas en un café, saboreando un cargado marrón oscuro, humeante y oloroso, pensaba en su vida, y le agradaba aunque ya no tenía mucho tiempo para nada más. Ni para las antiguas amistades. Ya no habla con nadie de un tema personal o abstracto, sobre algo que no fuera la familia; pero supone que eso está bien. Aunque…   

   Con paso lento, hace mucho calor, Gonzalo cruza la calle rumbo al edificio donde vive con su madre después de su divorcio hace ocho años atrás. Imagina que tal vez esa noche habrá otra cena preparada por su madre donde le presentará a alguien. La mujer parecía decidida a casarlo, aunque él daba claras muestras de que no quería. Su madre no le preguntaba por qué, o por qué se divorció, ni él le contaba nada. ¿Cómo contarle de ese momento fugaz en aquella fiesta del trabajo muchos años atrás, que cambió su vida, abriéndole los ojos a lo que sentía, pero condenándolo a ocultarle todo a todo el mundo? Hubiera querido decirlo, dejar que alguien supiera, que otra persona lo escuchara, entendiendo que se descargaría, que por un momento se quitaría el pesado fardo de encima, que habría alivio y tal vez hasta lanzara un largo jadeo de contento; pero exponerse así era demasiado para él. Jamás se atrevería. Pero pensaba que estaba bien, que podía seguir así, sin nadie, para siempre…   

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia sale de su casa sin saber qué hacer. Ricardo camina lentamente por el boulevard, pensando en todo y en nada, algo molesto por algo que no entiende. Esteban deja la oficina y en lugar de tomar su carro e ir a casa, sale del estacionamiento y deambula de aquí para allá. Vicky espera a un amigo en el boulevard, uno con quien siempre habla de mil cosas, sintiéndose algo inquieta. Rodolfo espera hora para una reunión, se rumorea que van a enviarlo a Cuba y eso no le gusta. Silvia y Mariana deambulan por el boulevard también, discutiendo sobre un trabajo de investigación, pero sin concentrarse, sabiendo cada una que tienen que hablar de otra cosa. Javier y Nelson van al teatro Humboldt esperando entrar y ver King Kong, pero no hay entradas, y siguiendo a dos chicas (Mariana y Silvia), van tras ellas a otra sala. Ligia, terminado su café, medita si entrar o no a una función cinematográfica. Gonzalo desvió sus pasos también, no quiere cenar con su madre. Y todos coinciden en una cola extrañamente larga para ver una película que promete ser mórbida y polémica, la de los vaqueros maricas y sinvergüenzas. Hay risitas y comentarios bajitos. Nadie espera mucho de ella.   

   La sala está llena, cosa rara para una película de ese tipo, piensan algunos, seguros de haber cometido un error al entrar. Se apagan las luces y se oye un rasgar de guitarras extrañamente inquietante sobre un paisaje árido, casi desértico y solitario. Y para muchos el mundo se detiene de una forma total, casi brutal, y sus vidas dejan de transcurrir en esos instantes, porque están dentro de la existencia de otros. Ya no están en esa sala, se encuentran en lo alto de una montaña donde hace algo de frío, entre ovejas y caballos, y miran, más allá, la pequeña tienda de campaña, y hasta reparan en el vaquero catire y hosco que sale a cocinar para el otro, el moreno de sonrisa hermosa. Miran al tipo que observa a su compañero con algo que va convirtiéndose en pasión, aunque aún no se atreve a decirlo, y para disimular debe saltar y gritar como un vaquero de comiquitas. Lo observan decidido y valiente moverse para conseguirlo una vez que entiende que ese es su destino, su vida. Asisten al momento donde en una segunda entrega, perciben en unos ojos grandes, azules y expresivos todo el amor que una persona puede sentir por otra, y toda la entrega de la que es capaz.    

   Contemplan la dolorosa despedida porque el mundo no perdonaría a dos jóvenes que escaparan para vivir uno con el otro. Miran como nada detiene los sentimientos, como la nueva reunión termina en besos desesperados, en un llanto casi contenido del hermoso moreno que temió no encontrar nada para él pero allí estaba el hombre al que amaba recibiéndolo en sus brazos. Y allí está el vaquero solitario y viejo, que no deja escapar ni una lágrima aunque queman sus ojos, un tipo tan encerrado en sí que besar, decir que ama o llorar le cuesta. Pero lo miran ahora solo, amargado, extrañando el amor que se ha marchado definitivamente al reino de la muerte. Lo saben infeliz porque el mundo es intolerante. Lo saben desdichado porque nunca reparó sus faltas o se disculpó, pensando que siempre habría tiempo para hacerlo. Entienden que ese hombre arrastraba sus propios temores y dudas, sus propios recelos que no lo dejaron simplemente abrir los brazos y el alma y entregarse haciendo feliz al otro; pero también que mucho había amado y mucho había perdido.   

   La película acaba y ellos no pueden moverse, no pueden pensar, no pueden reaccionar. Sus mentes se han cerrado a ese final, desechándolo, maldita sea; las mentes alejan el dolor y deciden volver al momento feliz. Ellos no pueden abandonar el lugar porque siguen dando vueltas alrededor de esa tienda de campaña, siguen atrapados sentados a la hoguera, junto a los vaqueros con sus veinte años a cuesta, con todo su amor y sus esperanzas, con todos sus temores de muchachos. No pueden abandonar ese lugar que hace humedecer sus ojos y agitar sus pechos entre el amor y el dolor, aunque intentan decirse que ya basta, que ya está bien, que debían regresar. Pero no pueden, es como si un mal hipnotizador no hubiera sido capaz de sacarlos del trance. Lentamente todos abandonan la sala, salen a la noche, a las avenidas, pero en cierta forma nada de eso es real. No, lo verdadero es el joven moreno que salta y grita como una parodia de vaquero, angustiado ante lo que siente al mirar al compañero de amarillentos cabellos; en medio de una naturaleza hermosa, con el bello cielo sobre sus cabezas, bendiciéndolos.   

   Todos vuelven a sus casas, a sus vidas, con los suyos; pero no pueden reintegrarse. Están tristes, se sienten abrumados, dolidos y vencidos por pasajeros instantes de vacío que atormentan, para ser sustituidos luego por los sueños, por imágenes creadas por sus mentes, donde el final es distinto. Vagan entre suspiros, entre miradas angustiadas, entre añoranzas. Nadie sabe qué les pasa. Nadie entiende por qué esas súbitas melancolías, por qué el de los ojos rojos en un instante. Algunos se preocupan por ellos, otros parecen perder la paciencia: “Pero ¿qué tienes? Si estás así es por algo, ¿no?”   

   Ellos continúan con la vida, pero se sienten inquietos por la forma en que marchan las suyas mientras flotan entre ovejas y vaqueros, y no pueden olvidar esa mirada, esa mirada de amor en una carpa (Dios, esa mirada que lo abarcaba todo, que lo decía todo y creaba un mundo nuevo, infinito, de valor); o esa otra mirada, llena de expresividad, de entrega, del hombre que entiende que ya no es dueño de su vida mientras ve cabalgar hacia lo lejos al hombre que quiere y que segundos antes lo acunó en sus brazos cantando a su oído. No pueden olvidar ese abrazo inexperto, esas caricias rotas, esos besos brutales, esa media sonrisa del chico que encuentra frente a una vieja oficina a alguien que no esperaba encontrar jamás, esa última lágrima, esa maldita música (Dios, esa maldita música). Y sueñan e imaginan, sonríen como idiotas por las calles cuando algo les trae un vago recuerdo, una camisa, unas botas.   

   Y lloran, porque tienen que llorar a veces, sintiendo las lágrimas lavando tantos momentos tristes observados en esa película, pero también los de una vida que no se estaba viviendo en ese momento. Se van a la cama, sonriendo, soñando y llorando como no lo habían hecho nunca antes por nada, y menos por una película. Y mientras van cayendo en el sueño, piden volver junto a la hoguera, a su calor, a ese cielo infinito tachonado de estrellas, sentándose al lado de los dos jóvenes vaqueros, que sonreirían al verlos llegar, agradecidos de sus visitas y de esa compañía. Contentos de la presencia de gente que los amaba, que no deseaba para ellos ningún mal. Y hablaban con Jack, le contaban cosas para verlo y oírlo reír con su voz, con sus labios y ojos hermosos; y notaban como Ennis sonreía complacido, de medio lado, al saber feliz a su Jack. Y mientras toman algo de whisky y escuchan la armónica, cada uno de los visitantes cuenta algo de ellos, de sus vidas, de lo que un día soñaron para sí. En esas visitas cada uno entiende que esos dos hombres realmente están enamorados. Y ellos mismos vuelven a enamorarse también.   

   Y la mujer, el profesor, los muchachos y las chicas, el divorciado, el cabo, incapaces de aguantar una noche más de desvelos, de ese que se produce a media noche cuando súbitamente llega con toda su fuerza la certidumbre de que Ennis está solo en esos momentos en su trailer, viejo y triste, tal vez abrazado a la camisa de Jack, lamentando su perdida. Su vida sin amor, sin compañía, se hace insoportable, y sólo queda llorar, y pedirle a Jack que vuelva, con su alegría, y le acompañe hasta que salga el sol nuevamente. Cada uno de ellos, incapaz de aguantar más se coloca frente al computador y teclean las palabras mágicas, Brokeback Mountain, el abracadabra que abre ante ellos todo un mundo nuevo. Y leen el primer mensaje:   

   “Estoy totalmente enganchado a esta película y me sentía un poco extraño e incluso mi ‘adicción’ me llegó a parecer absurda e infantil. Publicado por: Bagheera 25/01/06 a las 21:12”.   

   Todos sienten un vacío de alivio, de felicidad, porque entienden que no están solos. Que hay otros como ellos, esperando que abran sus corazones, algo que necesitan desesperadamente. Sus vidas como habían sido hasta ese momento, terminan para siempre. Un hombre llora por el recelo que sienten todos de su trabajo como militar y habla de los amigos que quiere y de los que se separó. En seguida le contestan que sea honesto consigo mismo y la gente lo entenderá, y que qué espera, que tome el teléfono y llame ya a Alberto y a Wilson. Y a una joven le aconsejan que busque el empleo que desea y se arriesgue a vivir su vida fuera de la casa paterna, que si le va bien, perfecto, si no, sus padres estarán allí para oír y entender. Dos amigos deciden por fin salir de viaje por todo el país, juntos, extrañados de lo mucho más que se quieren ahora (como amigos) y prometen escribir a diario a todos contando lo que encuentren, jurando hacer cosas buenas, y portarse como gente decente, como habría querido Jack Twist. Un hombre cuenta de su vida de claustro, de lo que vivió fugazmente muchos años atrás, y hacerlo lo alivia de tal forma que llora un poco, y piensa en esos ojos grandes y azules de los que se enamoró ahora, después de viejo como quien dice. Y hay otro mensaje, y mil contestaciones.   

   Las vidas se cuentan, las historias se oyen, la hermandad se crea entre esos noctámbulos, los que necesitan explicarse tantas cosas. Ha comenzado el proyecto Brokeback Mountain. 

Julio César.

14/06/2008 GMT 1

…desde el MAR DEL NORTE… POESÍA

jcqt1213 @ 03:56

                                        Miradas

mirada-de-amor-total.jpg

   A veces temo mirarte y que descubras mi corazón.

no-me-canso-de-mirarte.jpg

    Ya no puedo dejar de mirarte… 


                                 Hay hombres que nunca partirán,

                                            y se les ve en los ojos,

                                         pues uno recuerda sus ojos

                            muchos años después de que han partido. 

posted by Mar del Norte at 8:53 PM 9 comments

......   

   Que me disculpe Mar del Norte, pero necesitaba tener esta entrada aquí. Por dos motivos; porque es hermoso lo que dice... y últimamente no tengo mucho tiempo para escribir. No sé, y me admira, como hacen algunas personas para decir tanto con tan pocas palabras. Yo no puedo. Para mí este fue un momento clave en la película, cuando comienzan a hablar de lo que son, pero al mismo tiempo ya sentían eso que era tan grande y tumultoso que los ahogaba. Recordarán que después de esto, Jack tuvo que gritar y satar como un vaquero de comiquitas. Gritaba y se agitaba para intentar aligerar la carga emocional que lo atenazaba en ese momento: su gran amor por ese otro carajo. No debe ser sencillo para nadie, hombre o mujer, hetero o no, encarar un momento así: Dios, ¿me amará? ¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Y si me dice que no? No, no es fácil, por eso es de admirar el valor de aquellos que saltan sobre sus dudas y miedos, y encaran su verdad, sea para probar la miel de la dicha en otros labios, o para lamer sus heridas cauterizadas en amargo llanto. Pero sabiendo a qué atenerse. 



Julio César.

09/06/2008 GMT 1

ME DEJAS POR PRIMERA VEZ…

jcqt1213 @ 01:16

mirada-de-amor.JPG

   Vuelve, por favor. No me dejes solo.   

   Jack, inconforme con algo que no entiende o no expresa, se queja amargamente de las subidas con las ovejas al aprisco a pasar malas noches en lugar de quedarse en el campamento junto al fuego. Ennis se ofrece a vigilar…

……   

   Subes por primera vez a cuidar las ovejas y parte de mi paz se va contigo. Pensé que sería grato quedarme en el campamento, pero ahora entiendo que sólo lo sería si te quedaras a mi lado. No podré dormir, cómo si estaré pendiente de ti, soñando que regresa en medio de la noche, altivo, sonriendo, preguntándome si esperaba por ti, adivinándolo, antes de acaricia mi rostro, cayendo a mi lado y besándome.   

   Te vas y me siento culpable, con mis quejas te obligo a partir, y tú lo haces porque quieres que esté tranquilo, que el trato sea más justo para los dos… pero lo único que en verdad deseo en este mundo eres tú, estar junto a ti. Mis noches, cada noche, se llenan contigo; en mis fantasías vuelves una y otra vez y mi cuerpo es la guitarra que tocas a placer, que acaricias, que haces vibrar, tensar y estallar de vida, de alegría.   

   Me alejo por primera vez del campamento rumbo al aprisco y aunque lo nuevo me atrae y la noche es clara y hermosa, nada me satisface. Otra vez estamos separados. Subo con las ovejas y tú te quedas atrás. Dime, por favor, ¿es tu mirada ardiente lo que siento a mis espaldas, o son mis deseos de que me extrañes tanto como yo a ti? Te avergonzaste de quejarte, crees que me sacrifico, que será una tortura este viaje… pero tortura es estar junto a ti viéndote sonreír, oyéndote reír, y tener que apartar la vista, excitado y apenado de mis deseos, cuando lo único que quiero es mirarte, mirarte siempre y para siempre, a mi lado, junto a mí.   

   No podía seguir en el campamento porque de noche no duermo. Cuando cierro los ojos es a ti a quien veo, sentado en el aprisco, vigilante, atento, solitario, fumando, mirando a la noche en medio de la nada. Y en mis pensamientos deseaba subir, llegar sin hacer ruido y caer de sorpresa a tus espaldas. ¿Puedes creer tanta locura, mi querido amigo? Quería atraparte entre mis brazos, desde atrás, imaginando que si te resistías aún así te sometería, y hundiría mi nariz en tu cabello negro y sedoso, mis labios en tu cuello y te mordería y besaría, mientras todo mi cuerpo, caliente y duro se aferraría al tuyo; y en mis sueños respondes, te vuelves y mi mirada queda atrapada en tus labios suaves y rojos, en esos lunares y…   

   ¿Estas pensando en mí? ¿Por qué me lo parece? Mi corazón late con fuerza, con angustia y esperanza. ¿Acaso estás pensando en mí, chico peón de hacienda? ¿Acaso me extrañas tanto como yo a ti?   

   ¿Me estás llamando en verdad, muchacho de rodeo? ¿Es tu dulce voz pronunciando mi nombre la que trae el viento o son mis esperanzas? ¿Por qué me pareces que estás aquí, junto a mí, abrazándome con tu calor, con tu olor? Subo por primera vez y no sé si podré permanecer lejos de ti, esta noche te siento más cerca; me alejo pero creo que estás más unido a mí. Cómo deseo enterrar mis dedos en tu cabello, mi amigo, y atrapar tu aliento con mi boca, bajar mis manos por tu espalda y oírte gemir contra mí… Dios, ¿qué me pasa? ¿Qué es esto que tengo?   

   Regresa, por favor, regresa conmigo, y lo que quieras de mí te lo daré; lo que desees que sea, seré…

……   

   Sólo hay miradas que se siguen, silencios de tipos rudos que no conocen de ternuras ni de afectos, de muchachos que ya son hombres… y el acompasar de dos mentes en un mismo pensamiento, de dos cuerpos que se buscan sin darse cuenta, de dos corazones que laten a un único ritmo que llama al amor. Hay gente con suerte en este mundo. 

Julio César.

30/05/2008 GMT 1

UN MUCHACHO EN LA MONTAÑA

jcqt1213 @ 04:52

bello-seria-aun-a-los-ochenta.jpg

   Para el muchacho, así era aún más hermoso…   

   Renato había ido al cine con varios amigos del colegio, entre chicos y chicas, para ver Brokeback Mountain más como un desafío de las féminas que por otra cosa. Realmente no esperaba disfrutar esa película; sin embargo no pudo concentrarse mucho en la trama por las bromas que se hacían entre todos, de mil cosas que comentaban todos los días pero que aún así eran divertidas, o de estar ahí o de los besos entre esos dos tipos en la pantalla; actitudes típicas de hombrecitos mocetones ante ciertos temas. Pero al joven le impresionó ver las miradas llorosas de Judith e Ingrid, dos de sus más apreciadas amigas, quienes parecían extraviadas en algún paraje lejano y triste, incapaces de apartar las miradas de la historia. Le pareció extraño que fueran las chicas las más afectadas por un romance entre vaqueros homosexuales, pero sí, fueron ellas las que guardaron un silencio ensimismado mientras salían, tanto que ni siquiera defendieron la cinta cuando algunos de los muchachos intentaron ridiculizarla para hacerlas enojar al tomar asiento en la fonda donde comerían hamburguesas y hablarían más tonterías. Por un momento pareció que las jóvenes no estaban allí, sino en algún otro lugar, uno distante. Renato notaba esas miradas ausente y un tanto torturadas, desconcertado y preguntándose el por qué, ¿qué estaba viendo Ingrid cuando la sorprendió mirando por uno de los ventanales a la noche, a la nada?; no hubo manera de contentarlas esa noche.   

   Poco después copias de la película rodaban de puesto en puesto de buhoneros, gracias al terrible mercado de cintas clonadas y quemadas, que muchas personas preferían a las originales de precios exorbitantes aunque a la larga eso arruinara y destruyera a la industria. El mozo dudó en comprarla, le parecía que era exponerse a la mirada de los vendedores. Así de joven era. Pero la llevó al fin. Esa noche en su dormitorio, intrigado aún por la actitud de las amigas, que les duraba varios días ya, la reprodujo, reparando en la increíble mala calidad, lo mal traducida y lo oscuro de las tomas. Pero poco a poco, cuadro a cuadro, con silencios llenos de mil voces, con miradas que eran llamadas a gritos, en los toques de una guitarra que parecía llorar, el joven fue conociendo a Ennis del Mar y a un tal Jack Twist. Poco a poco fue poniéndose del lado del vaquero alegre, riente y optimista, que miraba al tipo huraño con amor y entrega, con ternura, con desesperación, diciéndole con cada gesto que él (Ennis) era su dueño, su señor y que ya no podía seguir sin él, proponiéndole el huir juntos, de forma vehemente, quemando sus naves de escape, ofreciéndose todo.   

   El joven tuvo que ser testigo, hasta el final, de los rechazos que una y otra vez fue sufriendo ese tipo de mirada intensa e inmensa. Tuvo que ver como su personaje evolucionaba hacia el gris resignación y amargura por una existencia que no fue, después de ser el azul alegre de la vida y esperanza. Lo vio envejecer, gordo, con bigotes, con grandes patillas… y de alguna manera al muchacho le parecía que era más hermoso aún que al principio. Con un estremecimiento interno, algo que a él mismo le sorprendió, descubrió que le agradaba Jack Twist, que sentía su amor, su angustia, su pena. La escena en la que Ennis oye de su muerte, con esa oscura secuencia donde Jack huye, es agredido y cae, arranca ardientes y dolidas lágrimas al joven, quien casi tiene que tragarse unos ruidosos jadeos. Él podía imaginárselo corriendo asustado, lastimado y tal vez llamando a Ennis una y otra vez mientras caía y era golpeado. No entiende si fue asesinado o si Ennis imagina todo eso.   

   Sigue mirando, y la imagen de un Ennis del Mar viejo, frente al armario donde tiene lo poco que posee, mirando las camisas que usaron en esos primeros encuentros de descubrimiento, de amor, de realización y separación, lastima nuevamente a Renato; le atormenta todo ese dolor aunque siente rabia contra el catire que no supo cómo amar a Jack. Imagina a Jack, sangrando aún después de la pelea en Brokeback Mountain, recogiendo esa camisa, tal vez abrazándola y sufriendo por la inminencia de la separación, y guardándola, guardándola como un maravilloso tesoro, como un preciado recuerdo de cuando estuvo en la cima del mundo, en las puertas del Cielo y Dios le había permitido seguir por un tiempo; guardándola para cuando llegaran los días malos, los momentos de soledad. El muchacho estaba convencido, porque así de increíble era ese tipo, que Jack no veía en esos momentos la sangre producto de la agresión de un atormentado y asustado Ennis, quien no sabía de qué otra forma reaccionar y encarar lo que pasaba en su vida, sufriendo ya ante la separación pero queriendo apresurarla creyendo que eso la haría menos dolorosa. Si te odio no me dolerá verte partir, seguramente eso pensaba Ennis, se dice el muchacho, parpadeando, intentando alejar nuevas lágrimas que le parecen poco viriles.   

   Renato esperaba, esa primera vez que veía la película con cuidado, el momento final, ese en el cual Ennis, mirando las camisas enlazadas una dentro de la otra como debía ser, dijera finalmente lo que debió decir antes de bajar de aquella montaña, o a los pies de las escaleras de su casa, o al yacer junto al amante en aquella cama de hotel donde tuvieron que sellar el pacto de amor al reencontrarse: Jack, te juro que te amé, que aún te amo. Pero no, ni aún ahora lo dice, y Renato sufre, exasperado. Botando aire, intentando calmarse, se dice que, después de todo, fue eso lo que quiso decir con ese Jack, te juro…   

   Si, debió ser eso. La guitarra llora, Brokeback Mountain se observa por la ventana y el joven siente que se muere de tristeza, una que es tanta que no puede respirar. Su cara de muchacho está bañada de lágrimas que lo avergüenzan un poco, pero que también le brindan alegría, porque en medio de su juventud entendía que era bueno el que pudiera llorar por eso, por el dolor de otros, por el amor de otros, aún por el amor de esos dos carajos, algo que jamás antes había contemplado sentir. Pero está mal, llora y llora ahora de una forma que no puede controlar, y siente miedo de que no se le pase nunca, que ese dolor que padece dure para siempre, porque ya apagó el DVD, fue al baño y orinó, a la cocina y tomó un refresco, y se asomó a una ventana, un error, porque esa noche cargada de estrellas lo arrastró por un momento a una montaña hermosa y creyó ver el fulgor de una hoguera más allá, y la sensación de tristeza no menguaba. Era tan sólo un muchacho…   

   ¡No! ¡No! Seguramente hubo algo que no vio, algo que no entendió, quizás una escena mal traducida, tal vez una toma cortada. Debía cerciorarse y pone nuevamente la película. No podía ser que terminara así. No era posible que Jack Twist, ese tipo genial, realmente estuviera muerto, no en un accidente estúpido, no atacado por el odio de animales que caminaban en dos patas. Debía haber un error. Ennis no podía terminar después de tanto batallar solo en su trailer, con los ojos cuajados de lágrimas, pensando con amargura en todo lo que había perdido, en todo lo que la vida le había quitado con tanta crueldad. No era posible que ahora únicamente le quedaran esa postal y esas camisas de un primer encuentro, violento y apasionado. Y él, que generalmente hacía chistes sobre lesbianas cuando una chica no quería nada con un muchacho, o que se burlaba de los muchachos francamente amanerados, no con odio ni violencia, sino porque era lo normal, porque así era siempre, no quería entender ese final, ese terrible final de distanciamientos por miedos al que dirán, al qué harán los demás. La soledad y el aislamiento de Ennis del Mar de toda ternura, le parecía ahora demasiado horrible.    

   Ahora le parecía terriblemente malo que toda una sociedad empujara a una persona a negarse a sí misma, a verse como un enfermo, como un ocioso, como un degenerado o un vagabundo, y que lo atacaran con burlas, rechiflas, gritos, agresiones o hasta con la amenaza de un castigo de Dios. Su mamá siempre le había dicho que Dios era el padre amoroso todo poderoso, el que todo lo veía y todo lo perdonaba. Tal vez eran sus hijos los que no eran dignos de decir que hablaban en Su nombre, cosa que no los detendría en sus rencores, después de todo hasta los nazis cuando mataban judíos tal vez creían hacer el trabajo de Dios, o los racistas que mataban negros, o los vigilantes que atacaban inmigrantes en una frontera, con odio. Pero Renato es muy joven y no puede seguir esos lineamientos mentales. Para él era evidente que Jack y Ennis no fueron felices porque tuvieron que separarse, no podían vivir juntos, debían tener mujer e hijos para que el mundo estuviera conforme y todos fueran felices. Excepto ellos dos y la gente a su alrededor. Pero sabía que pensar en eso de nada servía.   

   Nada iba a cambiar la vida solitaria y  triste de Ennis, quien padecería cada día del resto de su vida el infierno de recordar al hermoso y alegre Jack, quien lo amó y le pidió que escaparan juntos, buscando su lugar bajo el sol, algo para los dos donde pudieran estar juntos para siempre, pero al que rechazó, rechazando la vida y la felicidad. Nada iba a traer de vuelta a la vida a Jack, eso también lo entendió. Y algo que Renato jamás le contaría a nadie, ni bajo tortura, era que por tercera vez en su vida se había enamorado de una forma total, inocente y desesperada; después de la profesora Mary, de biología, y de Susana, la mejor amiga de su madre, amaba a Jack Twist, el tipo de mirada directa y enternecedora, el carajo con valor, quien una noche comprendió que amaba a ese otro tipo y tomó la desición de actuar aunque todo estallara en su cara, porque entendía que era mejor recibir un golpe y un rechazo en ese momento a vivir soñando con lo qué pudo suceder si hubiera tendido una mano hacia Ennis y lo hubiera tocado.   

   Sentado en su cama, con las manos sobre la boca, los ojos aún bañados de llanto, el joven admite que si, que ama a ese carajo de una forma que le duele, pero que también le enternece. Para él no había sido una historia escandalosa ni fea, ni una propaganda retorcida de homosexuales ociosos, de maricones sinvergüenzas como muchos la tachaban de forma ligera, llevados por ese odio siempre a flor de piel que se dejaba ver como intolerancia hacia los demás. Para él había sido una historia de amor, grande, poderosa, esas miradas, esos besos, esos momentos de ternura, tan escasos, tan pocos, tan terriblemente pocos, habían transmitido todo ese sentimiento. Era una historia de amor trágico, sin un final feliz, pero de amor al fin y al cabo.   

   Esa noche lloro aún más todavía. Después de cenar con sus padres en la sala, algo que los desconcertó ya que hacia años que comía sólo frente a su televisor, y de que le preguntaran sí le pasaba algo porque estaba muy callado, el joven regresó a su cuarto y se revolvió en su cama sin poder dormir. No podía pensar en la novia; o en manosearse bajo su sábana; no podía alejarse de esa pradera, de esa fogata, de ese cielo. Cerraba los ojos y visualizaba la hermosa montaña, con una tienda de campaña alzada junto a un arroyo, sin nadie por esos lados, sin nada más, donde dos hombres cortaban leña, pescaban o cazaban algo y se encontraban allí, mirándose, rientes, con amor; podía ver al moreno saltar a caballito a la espaldas del otro que brincaría como un potro, derribándolo luego de espaldas sobre la grama, para caer sobre él, besándolo, incapaz de contener sus ganas de tocarlo todo. Y que cada noche se encerraban en su carpa, y Ennis, desnudo bajo las mantas, miraba el rostro de Jack debajo de él, diciéndole que lo quería. Y Jack sonreía con sus ojos grandes y bonitos, y las bocas se unían con anhelo. Y así, por siempre y para siempre, vivirían su amor y estarían juntos, estarían completos y serían felices. Pero Renato no puede evitar un suspiro de tristeza, porque cuando lograba engañarse así, sonriendo aliviado, seguro de que Jack dormía en brazos de Ennis, satisfecho, feliz, recordaba al momento siguiente al joven corriendo y siendo agredido.   

   El tiempo pasa y Renato ya lleva cuatro semanas de haber comprado la copia pirata y barata, deseando angustiosamente que saliera el original. Vivía deseoso y temeroso de ir a un cine y verla en pantalla grande, limpia y nítida, porque podría llorar ahí delante de todos. Ahora se movía de forma distinta y escuchaba realmente cuando un adulto hablaba del trabajo duro que pasó de niño o de la pérdida de un ser querido, ahora podía entender y reconocer esas miradas húmedas, dolidas. Ahora no podía burlarse de la gente, ni de la loquita que vagaba sucia por las calles hablando con un perro, malhumorada, ni de la muchacha fea de la escuela a la que todos molestaban, sólo para reír y divertirse, porque teme saber que ella pueda tener su propia historia, una dura y grande, y reírse de ella le parecía cruel, algo que… entristecería a Jack. Han pasado cuatro semanas y la tristeza le dura y cierta melancolía lo rodea, confiriéndole una serenidad extraña, algo que ya notaban, interesadas, muchachas mayores. Ahora él tenía secretos, como la montaña. Uno era que había visto la cinta otras doce veces, jurándose siempre que esa sería la última vez, y en cada una de ellas lloró por Ennis, el tonto que lo pierde todo. Pero sobretodo, por Jack, su amor bonito e idealizado, su otro secreto.   

   Una tarde, frente a su computadora, incapaz de contenerse, buscó referencias en Internet de Brokeback Mountain, encontrando más de 17 millones de ellas. Comenzó a leer páginas con críticas de cine. Algunas le gustaron, aquellas que hablaban de la belleza de la cinta y del gran papel de sus protagonistas. Otras las odió, las de aquellos que esperaban ver algo totalmente distinto, tal vez a Depredador besándose con Alíen, para terminar luego en persecuciones alucinantes y estallidos que le dieran dinamismo y emoción, con todos los nuevos efectos especiales y viejos clichés. Una tarde, viendo un espacio para comentar, botó aire y se atrevió.   

   “Me llamo Renato. No sé cómo explicarlo pero para mí esta ha sido la mejor película que he visto en toda mi vida, y realmente no espero que un día aparezca una mejor. Creo que Jake Gyllenhaal y Heath Ledger merecen ser aplaudidos y considerados los mejores actores de su generación. Lo que más me gustó de la película fue…” y ya no supo que decir porque la emoción lo embargaba, lo quemaba, le dolía sentir lo que le oprimía en el pecho, pero también le gustaba y no estaba transmitiéndolo bien. “Yo amo a Jack Twist”, terminó casi a la carrera, empañándosele la mirada, confesándolo al fin. Lo publicó con miedo, quedándose sentado, viendo aparecer el comentario, jadeando, avergonzado de sus palabras, pero alegre y casi orgulloso de haberse atrevido.   

   “Te entiendo, Renato”, se sorprendió al ver aparecer una respuesta casi al instante. “Lloro cada vez que recuerdo su historia. Me llamo Verónica. Yo también lo amo. No es que me guste o lo quiera. No, yo lo amo. A veces, en mi consultorio (soy dentista), al estar sola, no puedo evitar sentirme triste y llorar por ellos. Por él que tanto ofreció, que tanto entregó. Que tanto amó. No te sientas mal, Renato. No eres el único. Otros te entendemos. Copia esta dirección y conocerás a los demás, a la gente del Proyecto Brokeback Mountain, a quienes esta película les cambió la vida de forma suave, sutil, pero evidente. No estás solo, cariño…” 

Julio César.

18/05/2008 GMT 1

JAKE

jcqt1213 @ 04:19

aqui-esperandote.jpg

   Aquí, esperándote…   

   ¿No se ve muy lindo? La verdad es que lo de esta película y este muchachón ha pegado fuerte, y eso revertirá también en su vida. Hay papeles que marcan a las personas. A mí me encanta Uma Thurman desde siempre, pero desde Kill Bill, la primera, que no fue precisamente una maravilla, es una de mis amadas. Igual pasa con Milla Jovovich y sus cintas de acción, las del Residente Diabólico o Ultravioleta me encantaron. Lucy Lawless y su Xena, Princesa Guerrera, es una mujer que hace fantasear y soñar a cualquiera. En el caso de los hombres desde Harrison Ford, con su inolvidable Han Solo, para rematar con el gran Indiana Jones, o Matthew Broderick, con esa cara tan expresiva, justa para papeles dramáticos aunque actuara en cosas ligeras, no me pasaba esto con otro actor.   

   Jake Gyllenhaal (bueno, y Heath Ledger, QEPD) es ahora otro de esos astros que brillan en mi firmamento personal. Pero el más grande, el mejor de todos. Ah, ahora uno hasta descubre detalles que lo hacen especial y maravilloso en sus otras películas. La fama le llegó, y fuerte, lamentablemente fue con un característico muy duro, ojala sepa sobrellevarlo y no le pase como al pobre de Mark Hamill (a quien quise mucho también) o a la misma Carrie Fisher (la eterna princesa de la Galaxia). Aunque Jake parece más sensato, más serio y centrado. Tiene en su haber películas interesantes, algunas muy buenas en verdad que hablan de un carácter firme.   

   Sin embargo esa fama tiene sus zonas oscuras. Ahora va a estar bajo las lupas y microscopios de todos, de la gente que hurga en la basura de Britney para ver qué botó, y lo que encuentren es noticia seguida por todos. Su vida será excarvada, expuesta y hasta especulada. Por allí ruedan las fotografías donde anda con un amigo y se insinúa una relación homosexual, y sí lo fuera, ¿qué? Para mi modesto modo de ver, eso sería aún mejor, lo haría hasta más interesante al estar ‘disponible’ para todos (y aunque no parezca, lo digo en el buen sentido). Imagino que en esas miles de páginas de ‘literatura erótica’ en la red, ya debe ser protagonista de mil historias de todos los calibres, como pasa con tantos, desde Beckham a Tom Welling, el de SMALLVILLE.   

   Pero es su vida, tal vez se le comete una injusticia y eso lo lastime, porque afecta a sus familiares y amigos, y nos guste o no, rumores así pueden limitar una vida aún en esta época. Lo otro, que leí en un blog, era sobre un opinante que se disgustaba del cariño que se sentía por él en dicha página, de quien dijo que era homófobo, ya que en unas declaraciones había dicho que lo más duro, y lo que más le disgustó de firmar Brokeback Mountain, fue la escena donde tuvo que besar a otro hombre. ¿Lo dijo o no? Todo dependerá del contexto, y de la presión que sintiera. Aunque de este comentario también se dijo que fue expresado por Heath Ledger, el querido chico australiano.   

   Ay, Jake, ojalá sepas sobrellevar todo esto. Por mi parte, estoy de tu lado, aún contra aquellos que dicen que te quedó mal no asistir a los funerales del chico con Corazón de Caballero (gente entrépita), quién sabe qué sentías en esos momentos. 

Julio César.

10/05/2008 GMT 1

CABALGATA

jcqt1213 @ 02:39

uno-al-lado-del-otro-como-debe-ser.jpg

   Otean en la distancia buscando un destino junto…   

   El cielo hiere de lo hermoso y claro que está mientras los dos vaqueros se mecen al compás del trote de los caballos. Es un cielo despejado y amplio, libre de nubes, de un azul que corta la respiración; de un celeste que a Ennis del Mar le recuerda noches frente a una hoguera, o de rodillas dentro de un tienda de campaña, cuando miró el amor y la entrega en lo más profundo de los ojos del sujeto que cabalga a su lado. Sujeto que va hablando mucho, como siempre, risueño, alegre y optimista, tal vez como si temiera callar y que en medio del silencio la cruda realidad los alcanzara. Pero no, la vida no los alcanzaría nunca porque nunca se detendrían, eso lo habían decidido ya. Y el rostro hosco y delgado del catire se suaviza un poco al pensar, mariconamente, que él sólo se detendría, tal vez, para mirar en los ojos de su compañero y ver en ellos todas esas promesas que le parecían absurdas, fantásticas e imposibles en la voz de otro hombre, pero que emergían fácilmente en esas pupilas. Esa mirada le decía que todo saldría bien, y él lo creía en esos instantes cuando lo eterno se detenía.   

   Los dos jóvenes, con sus casi veinte años a cuesta, otean el horizonte, buscan un punto exacto, buscan una vida juntos desde que descendieron de aquella montaña alta y fría, azarosa y algo cruel, pero donde aquellos hombres habían encontrado lo que nunca habían tenido, aquello que ni siquiera se habían dado cuenta no poseer. A Ennis le asusta un poco, teme que vayan donde vayan los vean con burlas, con asco, que los juzguen, que le griten maricas, y muera de rabia o vergüenza: “miren al marica”. Le aterra que sea alguien a quien conoce el que lo grite, entre el desprecio y las risas crueles. Pero calla ese miedo, no tenía derecho a sentirlo cuando cabalgaba junto a Jack, el valiente y hermoso Jack. No quiere expresarlo porque sabe que vencerá al maldito miedo al final, lo sabe desde que emprendió la jornada con ese hombre en busca de su felicidad.   

   No sólo buscan un lugar donde asentarse, donde posar los pies y luego los cuerpos mientras se aman, cuando sus manos recorrerían nuevamente el cuerpo del otro, como incrédulo, como no convencido aún de que realmente lo tiene, de que Jack es suyo. Buscan ese lugar donde no hay temores, risas, burlas, desprecio ni agresiones. Jack le dijo que si seguían hacia el Sur, siempre al Sur, llegarían a una tierra sin prejuicios, sin el odio de aquellos que se sienten amenazados en lo que son porque les parece que dos hombres se miran demasiado, como con ternura, como con afectación, como con amor. Jack dice que esa tierra existe, y Ennis quiere creerlo, como creyó a pie juntillas la mirada larga que esa segunda noche Jack le lanzó cuando él entró a gatas en la tienda: te amo, Ennis del Mar, eres mi vida y ya no soy nada sin ti. Eso fue lo que leyó, y lo creyó, casi llorando ante la inmensidad del regalo.   

   Ennis vuelve un poco el rostro y mira a Jack sonreír, no a él, sino al camino, al paraje que está frente a ellos, seguro como está que llegaran pronto a la tierra de promisión. Las mejillas de Jack enrojecen poco a poco por el sol, pero parece no notarlo. Y Ennis nada dice, no quiere distraerlo, no quiere desviarlo de su camino de esperanzas, de sueños, de deseos. A él no le parece algo tan seguro, aunque sigue adelante, sin cansarse, oyéndole decir con vehemencia, con esperanzas: “más al Sur, Ennis, más al Sur estará bien, es por allá”. A él le basta con cabalgar junto a Jack, y si continuaran así, eternamente, estaría bien, hasta que muriera de viejo, a su lado, y cuando Dios le preguntara qué había hecho con su vida, que sí entendía la gravedad de su pecado, él con la vista baja respondería que si, que corrió tras su destino, rumbo al Sur; y después esperaría lo que llegara, pero si en esos momentos lograra recordar el tiempo vivido con el otro, ni el Infierno estaría mal.   

   Ahora iban a buen paso, y sus temores iban quedando a las espaldas, rezagados, refunfuñando al ir quedando muy atrás. Jack no ha sido muy específico sobre el sitio a donde marchan, pero a Ennis no le importa porque más o menos imagina también ese lugar, aunque le cuesta más, no es un alegre charlatán como el otro. Será un sitio alto, con montañas de suaves pendientes, de verdor, con arroyos claros y fríos, como dicen que una vez fue el Paraíso. Allí levantarán la cabaña, de madera sólida, con los pocos y necesarios muebles para vivir. Sonríe con cierto embarazo pensando en la cama grande y fuerte, resistente, que constituirán, y puede imaginar la mueca libidinosa y atractiva de Jack mientras lo hacen. De noche podrán salir bajo las estrellas, y se sentarán alrededor de una fogata en el porche rústico, que parecerá parte del paisaje, una que jamás se apagará. Fumando y tomando whisky barato hablaran y hablaran, de todo lo que nunca le han contado a nadie, de las cosas que desearon sentir, decir y hacer durante toda una vida, y de las que esperaban realizar todavía. No se cansarían de hablar, y cerrando los ojos, él sonreirá oyendo a Jack contar sus cuentos exagerados sobre el rodeo o las chicas que se habían enamorado de él. Y cuando la noche avanzara, y el whisky menguara entumeciéndolos dulcemente, Jack tocará su horrible armónica, y a él le parecerán las melodías más hermosas de todo el mundo, y pensará que nunca hubo un portento musical igual a su Jack.   

   Y seguirían así hasta que adivinara en el silencio de Jack ese deseo tan grande que ya no lo dejaba moverse. Y él, Ennis del Mar, se pondría de pie tendiéndole una mano y ayudándolo a levantarse, para mirarlo a los ojos en las penumbras, abrazándolo y finalmente besándolo, como no podía dejar de hacer desde esa segunda noche en aquella tienda de campaña. Su boca lo cubriría y se apoderaría de la suya, hasta que Jack gimiera contra él. Y sabe que Jack haría esa vaina que lo enloquecía cada vez, abrazándose a él, le rodearía la cintura con sus piernas, y él tendría que llevarlo en peso a la cabaña, ¡y cómo pesaba!, a la gran cama donde caerían uno en brazos del otro, y la noche no alcanzará para hacer todo lo que deseaban, para calmar tantas ganas, para explorar tanto, para cansar sus cuerpos. Y despertarán con el ensordecedor gorgojear de los pájaros, abrazados, cada uno sintiendo el cuerpo tibio y firme del otro, y por un instante se quedarían quietos, disfrutando eso y pensando, tal vez, que todo lo habrían perdido y desperdiciado si al bajar de Brokeback Mountain no hubieran montado en los caballos y escapado juntos a la carrera. Jack se estremecería ante tan terrible idea, y Ennis no podría ni imaginar lo que habría sido de su vida si no hubiera aceptado la oferta que vio brillar en los ojos del otro.   

   A media mañana irían hasta el pequeño río y gritando como niños se arrojarían en él, abrazándose. El agua, el cielo y las montañas solo reflejarían esas ganas de vivir, esa felicidad de estar juntos, el gran amor que esos dos carajos habían descubierto el uno por el otro, cuando ya estaban más allá de toda censura. Sí, se había enamorado de ese otro carajo, ¿qué podía hacer? ¿Arrancarse el corazón? Nada importaba ya, sólo eso, únicamente Jack, y lo demás que se fuera al demonio. Y mientras cabalgan, todavía no lo suficientemente adentrados en el Sur, Jack sonríe todavía más, lleno de optimismo; y a su lado Ennis no quiere dejar espacio para las inquietudes. Marchan hacia el Sur, no saben exactamente a dónde, pero lo intuyen: una tierra de buenas personas, de gente que habla con todos y de todos pero sin juzgar, sin condenar, sin odiar.   

   -Aún hay que seguir más al Sur, Ennis; pero me parece que ya estamos cerca. –le sonríe Jack, echando su sombrero hacia atrás, estudiando el horizonte, forzando su azulada mirada, esperando en cualquier momento que sus sueños se materialicen en forma de montañas, unas montañas amigas, que brindarán apoyo y seguridad. Unas montañas que sabemos que no estarán porque sólo existen en las esperanzas y en los anhelos del joven.   

   -Que bien, jack. Ojalá lleguemos antes de que anochezca. –responde Ennis, mirándolo con ese afecto tosco, volviendo la vista al horizonte, donde sólo hay valles y más llanuras, esperando que su deseo, su amor y fe sea igual al de Jack, y tenga la fuerza suficiente para levantar las dichosas montañas. Y repara en que el otro frunce un poco el ceño, con la boca abierta.   

   -Mira, creo que hay como una sombra a la distancia, ¿será allí…?   

   -No lo sé, Jack, tu vista debe ser mejor que la mía… 

Julio César.

02/05/2008 GMT 1

HAY CARTAS QUE NO LLEGAN…

jcqt1213 @ 03:49

   En el blog de ELPUTOJACKTWIS, del que ya he hablado, no sólo el dueño del lugar escribe bonito, también la gente que se comunica con él. Recuerdo que en un hermoso relato, no retuve el nombre exacto, si era una Carta a Aguirre o a Ennis del Mar por el Día de San Valentín, alguien que escribe bajo el nombre de PON, hizo un relato igual de bello. De ese cuento quiero hablar ahora. Que no se moleste PON por este uso indebido de su historia, creo que así le dicen los abogados. Me gustan los cuentos donde Ennis piensa en todo lo que ama a Jack, porque me parecen justos, porque nunca le dijo que lo quería.  

  CARTA DE ENNIS DEL MAR AL SEÑOR JACK TWIST

dias-buenos-dias-de-amor.jpg

   Sólo ahora llegan los días buenos…   

   Querido Jack:   

   Te escribo esta carta, pero tú sabes que jamás te la enviaré, no podría ponerla por escrito y mandarla sin sentir que muero de vergüenza. Discúlpame pero no tengo tu valor, ese que siempre muestras cuando me miras, diciendo tanto sin palabras, así que sólo puedo pulirla y llevarla en mi mente, recreándome horas enteras en las cosas que te diría, si pudiera, para verte sonreír de sorpresa, de felicidad y de amor, como sé que harías si te dijera que sin ti… Bueno, tú lo sabes aunque nunca te lo haya dicho.   

   Sí, puedo imaginar tu rostro si hablara, si te leyera algo como esto. En mi cerebro veo esa cara que encuentro en cada rincón cuando dejo flotar mi mente, sin sentido, sin propósito, momentos en los que mis pensamientos siempre vuelan a tu lado; sé que ese rostro brillaría más hermoso aún. Nunca te he dicho lo hermoso que eres, ¿verdad? Tampoco lo haré, no puedo, perdóname. Imaginar que llegaré junto a ti y te lo diré, me hace sonreír mientras subo con el camión de los caballos por este apestoso camino de mierda. Y este camino de porquerías que recorro para verte me trae a la realidad, y no puedo soñar ya con gritarte que te amo, porque aquí voy en pleno invierno, sabiendo que te resfrías cada vez, angustiándome, lo más lejos posible de todo el mundo, donde no podamos encontrarnos con nadie, como si fuéramos unos delincuentes, unos sucios, unos enfermos. Y tú no eres eso, Jack. En ti no hay maldad ni mal. Tú eres… la vida. Mi vida.   

   Mi Jack, no sabes hasta qué punto te extraño a cada instante de mi vida. Paso las noches y los días pensando únicamente en ti, en tu sonrisa, en tu mirada de cobalto, brillante y llena de vida. Te veo debajo de cada sombrero negro, detrás de cada camisa azul que cruza una calle. A veces, a la distancia, veo que alguien se acerca con una camisa de esas, con un sombrero de esos, y percibo que el corazón me palpita con fuerza y siento deseos de correr, y pienso: eres tú, Jack, llegas de sorpresa para hacerme dichoso. Hasta que está más cerca y compruebo que es otra persona, que a veces me mira con extrañeza, porque temo que en ocasiones mis ojos no pueden ocultar lo que siento cuando la aparición es repentina.   

   Como sabes, ya no vivo con Alma y las niñas, por lo que paso largas horas en los bares, sentado a la barra, con una cerveza en las manos, sin mirar a nadie, sin hablar, ganándome fama de tipo callado. Pero lo que no saben todos esos sujetos es que oigo con avidez todas sus conversaciones sobre rodeos. Porque cuando escucho de potros broncos y de toros briosos, no puedo dejar de imaginarte a ti, gritando alegre, joven, lleno de vida, con tu sombrero en lo alto en tu mano, domándolos, sosteniéndote sobre ellos, porque recuerdo que eso te hacía dichoso, que te hacía sentir vivo años atrás. Me gusta imaginarte así, cuando eras feliz haciendo algo que amabas… como espero que me ames a mí. Me has enloquecido de tal manera que a veces paso horas viendo los tractores trabajando, porque en mi cabeza eres tú quien los conduce, quien los moviliza, y estás allí muy cerca de mí. Y eso me pone contento.   

   Joder Jack, por muchos años que pasen, cada vez que recibo una postal tuya el corazón me late con violencia y siento ganas  a veces hasta de besarlas, porque la emoción que me embarga es tan grande que jadeo por lo bajo. Quienes me conocen me miran extrañados, porque la tonta sonrisa de felicidad infinita y secreta que tu postal desata no se borra de mi cara durante días enteros. Y comienzo a hacer planes como nunca, machacando cada detalle, porque todo tiene que salir bien, porque es tan poco lo que te tengo que debo procurar que sea perfecto. Planifico lo que llevaré de comer y guardo para el whisky del que te gusta, distinto a aquel que tomábamos en Brokeback Mountain cuando éramos unos muchachos que sólo teníamos lo que llevábamos encima, de lo que nos despojábamos con pasión en esa tienda de campaña cada noche y donde comprobé que el Cielo existía, que se podía alcanzar y tocar con las manos... ¿Puedes creer que tardo horas enteras, angustiosas horas, pensando en qué ropas llevaré, para verme bien a tus ojos, para que no notes que los años pasan por mí como no lo hacen por ti?   

   Vaya sorpresa que te daré hoy: compré un saco nuevo, uno acolchonado, para que no pases tanto frío en estos inviernos de mierda, cuando tu nariz enrojece y tienes que sorber a cada momento, sonido que he llegado a amar en ti. También llevaré unas sillas plegables nuevas para que estés más cómodo. Recuerdo aún como te quejabas la última vez por el leve dolor de espalda que sufrías producto de tantos rodeos. Sí, he pensado en todo, y aunque creo que lo he cubierto bien, me atormenta pensar que olvidé algo, que no traje alguna cosa que te será necesaria. Es que contigo siempre estoy así, al borde de la duda. No puedes imaginar cómo me tiembla la mano cuando contesto tus postales, diciéndote si, amigo, vamos a vernos en tal fecha. A veces tengo que repetir la respuesta tres o cuatro veces, para que no sean garabatos sin sentido que vayas a malinterpretar y no acudas a la cita.   

   Como te dije ya no puedo mantenerte mucho tiempo lejos de mi pensamiento. No puedo sacarte, y no quiero hacerlo tampoco. Soy feliz cuando pienso en ti, recordándote reír o contando uno de tus cuentos exagerados y fanfarrones. Recordar tus besos, saborear el recuerdo de tu aliento, de tu boca, me quita la respiración y debo jadear otra vez, lamentando en mi piel el que no estés ahí para sentirte otra vez. Evocar tus manos recorriendo mi cuerpo, siempre con ganas, como si no te cansaras nunca del viejo Ennis, o el calor de tu cuerpo junto al mío, cuando nos fundimos en un abrazo, o cuando dormimos simplemente uno en brazos del otro, con toda las ropas puesta por culpa del maldito frío, me deja mal, indefenso, consiente de cuánto te necesito para continuar viviendo. ¡Y tu mirada, Jack! Pensar en tus ojos, donde puede leerse la alegría y la tristeza, el amor y el dolor, aún ahora, después de tantos años, me llena de ternura, de algo que me debilita. Y que muchas veces me ha lastimado, cuando noto en ellos tu dolor por algo que dije o hice, o que no dije ni hice. ¿Por qué tienes que mirar así, viejo muchacho de rodeos, mostrando sin tapujos ni hipocresías tu alma, tus sentimientos?   

   Coño, lo extraño todo de ti, aún tus gritos de demente, de vaquero de comiquitas, o ese ruido infernal que haces con tu armónica y que tú llamas música, como si realmente creyeras que lo haces bien. ¿Pero sabes qué es lo extraño?: cuando no estás, deseo oír tu armónica, y ya me parece realmente algo melodioso, parte de ti, de todo lo que te hace único y maravilloso. ¿Eres realmente un tipo genial e increíble, o me lo pareces sólo a mí? A veces me lo he preguntado, pero cuando cruzamos una poblada, noto que hay momentos en los que alguien te mira, algún tipo silencioso y distante, y me pregunto si no te habrá encontrado tan hermoso como lo hice yo años atrás. Y, no te molestes conmigo, me lleno de rabia contra ti, y me parece que eres un coqueto, un maldito puto, y que un día lo echarás todo a perder, perdiéndonos a los dos en alguna desgracia.   

   De todas formas no puedo pensar en eso mucho tiempo, porque nada en mi vida tiene sentido sin ti. Salvo mis hijas, así como tu hijo es tan importante para ti. Siempre noto como tus ojos brillan al hablar de él, aunque siempre intentas hacerlo ver como algo corriente. El mismo amor siento yo por mis niñas ya grandecitas. No pude sacrificarlas por nuestro amor, Jack, ¿alguna vez lo entendiste? ¿Me perdonaste también por eso, como me perdonaste tantas cosas? Te amo, pero también a ellas, y estar así, dividido, me está matando hoy como hace años. Recuerdo que la primera vez que te dije esto, callaste y miraste al cielo, y en tus ojos leí lo que pensabas, que nada de eso habría pasado si yo me hubiera ido contigo ese día al bajar de Brokeback Mountain. Maldita sea, ¿crees que no lo he pensado mil veces en mis momentos de más amarga soledad? Pero no me atreví, dejé que mi tren rumbo a la felicidad pasara y ahora están ellas. Y estás tú. Y debo callar lo que siento, sin entregarme de corazón a lo que en verdad quiero, despertar abrazado a ti cada mañana de mi existencia, abrir los ojos y que seas tú lo primero que vea cada día. Debo callar lo que es mi vida, lo que deseo con todas mis fuerzas, y eso me quema y me duele.   

   Pero no lo hago sólo por mí, Jack. No soy tan egoísta como imagino que muchas veces has pensado, aunque al segundo siguiente ya me has disculpado y has olvidado. No, no es sólo miedo a que alguien me grite en la calle… Bueno, tú sabes. Debo mantenerte a distancia, con los pies en la tierra para protegerte, porque me asusta que alguien te vea distinto y busque hacerte daño. A veces creo que no mides el riesgo, que no ves el peligro que nos rodea; yo, de noche, tengo pesadillas ocasionales donde te veo sonriente, joven y fuerte, emboscado de repente en un callejón por tipos que gritan “marica, marica” y se arrojan sobre ti con odio irracional para lastimarte, y que aunque corres y luchas, no puedes hacer nada. Y caes, y gritas, y hasta imagino que tal vez me llamas pidiendo ayuda. Esas noches no puedo volver a dormir, porque siento miedo por ti, Jack, miedo de que te expongas, de que te señalen y te agredan.   

   En mis pesadillas te he visto tirado en una cañada que vi de niño, cuando mi padre quiso enseñarme a ser un hombrecito y me llevó a ver al tipo brutalmente asesinado porque era distinto y su sola existencia asustaba a muchos. Callo para mantenerte prudente; pero el miedo a veces es más grande, y hay noches en las que el imprudente quiero ser yo y deseo tomar el teléfono, llamar a tu casa y preguntar simplemente: ¿todo bien, Jack? Lógicamente también tengo miedo por mí, a que mis hijas un día me vean con asco, de detectar repulsa en sus caritas. Miedo de que Alma un día las llame y les cuente… Pero no, Alma es una buena mujer y jamás haría eso, aunque me odie y esté lastimada. Eso me atrajo un día a ella, antes de entender lo que era realmente el amor, en tus brazos, sintiendo tus besos, tu entrega y aún tus lágrimas.   

   No, no quiero pensar en temores, lágrimas o muerte en este momento. No ahora, porque ya estoy llegando y me parece que es tu camioneta nueva la que está allí. El corazón me bombea con fuerza, locamente, queriendo salírseme del pecho. Sí, eres tú, veo tu sonrisa franca, hermosa y luminosa aún antes de ver los contornos de tu rostro, y no puedo dejar de pensar en pendejadas como que es el rostro del amor. Nuevamente estoy deseando que ya caiga la noche para que entremos en la tienda y que seas mío como yo soy tuyo. Carajo, te deseo tanto que las manos ya me queman por las ganas que tengo de tocarte, de recorrer tus hombros y atrapar tu rostro para apoderarme de tu boca. La mía se seca al imaginarme hundiéndome en ti, saboreando tu aliento, tu saliva, y pegar mi frente de la tuya y que nos quedemos así un rato, como si habláramos de todas las pequeñas tonterías que hemos hecho o dicho en todos estos meses de no vernos. La piel se me eriza al imaginar el momento de separarme de ti y poder mirar al fin en tus ojos, esos ojos dulces, hermosos y brillantes que me dirán sin palabras cuánto me has extrañado y cuánto me amas en este momento, y yo sentiré que vivo nuevamente, feliz.   

   Vienes hacia mí y siento que las piernas me tiemblan, me cuesta hasta respirar. No puedo evitar sonreír como un idiota, estrechándote entre mis brazos, sintiendo la fuerza con la que me atas a ti. Y puedo al fin hundir mi cara en tu cuello, sintiendo tu piel rasposa con la sombra de tu barba, caliente contra mis labios, tu olor masculino y dulce inunda mi nariz. Pero aún nos contenemos, porque es de día, porque alguien podría vernos, porque somos dos hombres y los hombres no se miran a los ojos con entrega o ternura, ni se besan con anhelo mientras se dicen cuánto se han extrañado o se juran amor; no sin exponerse a la burla, al odio. Pero no importa, ¿verdad, Jack? Aún estos momentos que la vida nos roba y niega no tienen importancia, porque estamos aquí, juntos. Y estos son los días buenos, los días de la felicidad. Por unos días podremos soñar que esto es lo único real, lo verdadero. Que estamos juntos en el Paraíso. Sé que tú sabes todas estas cosas, aunque no te las diga. Yo sé que tú sabes muy bien hasta qué punto te amo, Jack Twist, mi vida, el único ser humano en todo este mundo al que he amado. Perdóname que no te escriba esta carta entonces… Perdóname como siempre…   

   Por cierto, Jack, traigo judías no frijoles, y voy a cocinar otra vez para ti como en los viejos buenos tiempos. Ven a mi lado, vaquero, nota que paz se siente, mira que sereno está el lago y que hermoso está el cielo… El cielo azul e infinito siempre me ha parecido bello desde que me vi reflejado una noche en tus ojos grandes y llenos de amor. Abrázame, Jack, aunque aún es de día y hay luz, abrázame un momento más… 

Julio César.

16/04/2008 GMT 1

NO ME DEJES CAER…

jcqt1213 @ 04:30

levanta-mi-corazon.JPG

   -No tengo nada, nada es mío... como no seas tú.   

   Ennis le gritó que si sabía que iba a México lo mataría; lo acusó de robarle toda una vida obligándolo a no ser nada. Le gritó que se fuera, que lo dejara... para luego caer mal.   

   -Perdóname, Jack, por favor… -deja escapar al fin, entre jadeos ahogados, él que no sabe llorar, ni explicarse, ni ser débil.   

   -Calma, todo está bien. –tiene que acunarlo al sentirlo temblar y caer, entregarse a su angustia como muy pocas veces ha hecho, y eso no le agrada. El tonto, el llorón era él, no Ennis.   

   -Olvida lo que te dije, nunca podría hacerte daño... nunca me dejes. Eres lo único que tengo al final, lo único que se supo mantener en mi vida; eres el único que siempre estuvo a mi lado, la única persona con la que siempre conté y necesité. Eres... –y se ahoga, ocultando el rostro mojado contra su pecho, percibiendo el corazón amado.   

   -¡Basta! –lo calla con urgencia.- Hablaremos de eso después. Ahora sólo cálmate. –le sonríe lleno de amor pero también de inquietud. Sabía mal al dueño de su corazón, pero también sabía que si Ennis decía algo ahora, dejándose llevar por su dolor, mañana se arrepentirá de todo lo expresado, mortificándose, atormentándose inútilmente; porque así era. Y él, que lo amaba tanto, hasta ese dolor quería evitarselo; media vida la había dedicado a eso, a quererlo, y eso significó sacrificar muchas veces lo que deseaba hacer u oír, por él, por su Ennis del Mar.- Cálmate ya, vaquero… vamos a tomar algo de whisky... todavía nos quedan unas horas para despedirnos. Mira el riachuelo... que azul, la tarde va cayendo, tal vez las truchas se atonten y pesquemos una, al menos una vez antes de partir... 

Julio César.

10/04/2008 GMT 1

LA LLAMA ARDE TODAVÍA

jcqt1213 @ 03:58

una-vida-un-amor.jpg

   El amor nació de todo eso…   

   Los amigos de la hoguera continuaban allí, desperdigados entre la multitud, anónimos, discretos, parecidos externamente a todos, pero reales. Continuaban allí porque el poderoso sentimiento que los hermanó y marcó sus vidas no había nacido de algo hermoso, triste, nostálgico. No llegó de un momento de frustración o impotencia, o de recogimiento íntimo ante la presencia del poder de un amor tan grande. No surgió de una única situación, aunque una sonrisa de medio lado, pícara y enigmática, o aquella mirada intensa e inmensa como el cielo mismo dentro de una tienda tuvieron mucho que ver; pero no fue lo único. Ellos habían nacido de todo eso, de muchas cosas, del pedazo del secreto que tocó cada vida, del reconocimiento duro que cada uno tuvo que hacer de su existencia.   

   Ya han pasado dos años desde que fue estrenada en Venezuela, y el tiempo lima asperezas; el sentimiento de pérdida, de melancolía, el dulce dolor de un amor tan poderoso no llevado a feliz término irán menguando, ha menguado (hasta que esos ojos cuajados de lágrimas miran las camisas), y la vida continúa, pero la belleza de la montaña con sus cielos fríos y sus verdes prados, la agonía de una separación que no se imaginó tan dolorosa, separación que llegaría una y otra vez, la rabia y las lágrimas amargas, saladas ante la partida irreparable del que ríe y sueña, la tristeza de la amarga soledad, de la frustración y el fracaso final, siempre estarán allí, para uno o muchos. Los amigos de la hoguera seguirán viviendo sus vidas creyéndolo todo en el pasado, olvidado, superado, mirando hacia atrás y diciéndose: “fui un poco tonto en esa época, ya no”, pero, de pronto, se los encontrará nuevamente.   

   No sabrán cómo, cuándo o por qué, pero en un momento dado levantarán las miradas de repente, al creer haber oído su nombre pronunciado por el viento, por la nada, cuando se está a solas; o cuando entre a un cuarto vacío en una casa deshabitada, donde nadie más se encuentre, cuando la soledad sea ese compañero intangible pero real, reconociendo que siempre ha estado ahí; o cuando mire por una ventana, y arrugando la frente repare en que lleva mucho tiempo sin mirar el firmamento, sin notar sus colores que han ido cambiando; cuando caiga en cuenta, con insatisfacción, en cuánto tiempo de su vida ha transcurrido ya, negándose a hacer un balance de todo. Y puede que ocurra mañana, o dentro de algunos años, cuando crea que ya no recuerda.   

   El sábado pasado, en el canal MGM, volví a verlos, obligado a mirar cada escena, allí donde no podía adelantar o saltar sobre las dolorosas, buscando únicamente aquellas que me gustan. Y los redescubrí. Soy un cuentista sentado alrededor del fuego, las sombras juegan sobre estas páginas mientras escribo creyéndome solo, pero sabiendo en verdad que unos cuantos andan por ahí. Los amigos de la hoguera fuimos marcados un día allí donde no podemos borrarlo: en los sentimientos, en el corazón… en el alma. 

Julio César.

26/03/2008 GMT 1

ANTES DE LA DESPEDIDA

jcqt1213 @ 04:00

ardiente-despedida.jpg

   Era suyo en cualquier lugar…   

   La bajada de Brokeback Mountain había sido hecha en silencio. Jack parecía querer hablar a su lado, pero Ennis sólo podía ver al frente, sintiendo sobre sí la dolida mirada del otro. Pero es que no podía corresponderle. Dejaría de verlo dentro de poco, de hablarle, de saberlo y tenerlo a su lado, y debía comenzar a olvidar todo lo ocurrido para continuar con su vida. Eventualmente dejaría de recordar su cuerpo tibio que había sido suyo a placer, uno que lo enloquecía aún en esos momentos rodeados como estaban de otros sujetos. Pero no puede evitarlo y allí, en medio de los otros hombres en la parte trasera de la vieja camioneta que los lleva a la estación, Ennis se estremece recordando el sabor de Jack. Pero todo había acabado, todo terminaría cuando se separaran finalmente, y aunque por un lado nota alivio (terminaría toda esa locura sufrida) por el otro se sentía mal. Repara en que Jack mira a la distancia, y por primera vez se permite observarlo de frente, notando la curva de su cuello, la sombra de su barba en ese mentón que había acariciado y no se cansaba de besar en momentos de silencioso placer. Repara en su mirada lejana, algo desolada, y sabe que el recuerdo de ese abandono en el ánimo de su amante, esa tristeza que adivinaba en él, lo acompañaría durante mucho tiempo después de que olvidara Brokeback Mountain. Le llevaría años comprender que jamás lo olvidaría, y sería un doloroso aprendizaje.   

   Descienden en la estación y reciben el regaño de Aguirre, quien los acusa de inútiles y hacerle perder dinero. No responden, aunque Ennis nota la chispa de rabia en los ojos de Jack, y las ganas de discutir. Pero callan, porque a nivel subconsciente temen que no sea prudente que hablen más de la cuenta. Jack lo mira en forma interrogante cuando salen de la pequeña, agobiante y calurosa oficina, quiere saber de sus planes, qué hará. Y Ennis, encogiéndose de hombros, dice que volverá a su pueblo, a su novia, a su vida. Y no quiere mirar la tristeza de Jack, su silenciosa desesperación ante la inminente separación, quien dice bajito que regresará para la próxima estación. Y calla, dejando el espacio abierto para que Ennis intervenga. Pero Ennis guarda silencio un momento antes de responder que no cree que repita el viaje. Jack asiente, entendiendo: no sucedería nuevamente aquello que los había arrastrado en las montañas. Disculpándose, dice que tiene que ir al retrete y con urgencia se aleja. Ennis lo mira distanciarse y siente que el corazón se le arruga, que una angustia poderosa, deprimente y desesperante lo domina, que un dolor que no entiende ni puede ponerle nombre, lo embarga. Y la visión de un futuro donde no estaba Jack, uno donde debería vivir extrañándolo y sintiendo eso que ahora padecía, sin volver a verlo, lo embarga. Lastimándolo mucho.   

   Recuerda las locuras de la montaña, a Jack cabalgando con su sombrero en la mano alzada, con su desgastado pantalón vaquero, sin camisa, haciendo corcovear a su animal, sosteniéndose de una mano, mientras gritaba como vaquero de Rodeos. Y él sonriendo, fumando, echado contra un tronco, mirándolo divertido, pero sintiendo por dentro que lo embargaba la excitación ante su risa franca de niño grande, en unos labios que él había cubierto con su boca cuando bebía de él; ante su torso delgado y esbelto que no podía dejar de tocar dentro de la tienda de campaña, ante esos pezones que había apretado a placer, y que llevado por una locura intensa había mordido y chupado de ellos como jamás pensó hacer ni en sus fantasías más dementes. A Jack le había dicho cosas que no había contado a nadie ni consideró hacerlo nunca durante toda su vida. A Jack lo había tocado como nunca antes había tocado a otro ser humano, y algo le gritaba en su interior que ya no habría nadie más como él; que ese tipo, que eso que sentía, era lo que le tocaba a él para ser feliz. Por eso tuvo que ponerse de pie y caminar hacia él, quien sonriendo lo miraba, deteniendo sus saltos.   

   -¿Quieres cabalgar, vaquero? –le preguntó, sonriendo con ese aire campechano, tendiéndole las riendas y amenazando con bajar.   

   -Si, quiero cabalgar. –gruñó tragando saliva, mirándolo con ojos intensos, oscuros, y en ellos Jack leyó la lujuria que sabía despertaba en el otro.   

   Su mano sobó esa espalda, encontrándola caliente y firme, como si de la grupa de un brioso y hermoso animal se tratara, y al otro joven se le secó la boca, por lo que tuvo que abrirla, jadeante. Esa mano era firma, posesiva, y bajó hasta los contornos del pantalón vaquero, mientras con su otra mano, mirando a Jack en todo momento a los ojos, abría el botón y la bragueta. Ahora la mano entraba más abajo en esa espalda. Esos dedos recorrieron esa piel turgente, cálida y vital. Los dos hombres jadearon y Jack no soportó más, bajando el rostro y buscando su boca, la cual se aplastó contra la suya, dura, brutal. Y mientras sus lenguas lamían y luchaban, esa mano bajó más, aprovechando el movimiento de Jack que le permitía más libertades en su exploración.   

   Sus bocas se separaron en busca de aire y volvieron a unirse, salvajes, mientras Ennis se quitaba la camisa a todo correr, necesitando al otro con esa urgencia que siempre lo quemaba. Y mientras estaban jadeando, boca contra boca, Jack lo miró con claridad, y con entrega y simpleza le dijo que lo quería. Ennis no respondió, bajando un poco la mirada, dándole un leve palmoteo indicándole que volviera las piernas hacia él, ayudándolo a despojarse del pantalón. Y Jack supo que no había tiempo para hablar.   

   Al tenerlo sólo con su sombrero y botas, Ennis, sin camisa subió tras él, que sonrió y gorgojeó cerrando los ojos, sintiendo la firmeza del otro contra él, el calor que emanaba quemándolo en oleadas, notando el pecho de Ennis contra su espalda y ambos hombres sabían que ya no necesitan de nada más. Las manos de Ennis sobaron, acariciaron y pellizcaron, mientras su boca iba al encuentro de la de Jack una y otra vez cuando este volvía el rostro. La mano bajó más, atrapando toda la dura muestra de deseo del joven, apretó y sobó como jamás imaginó hacer en su vida con otro hombre. Pero ahora le parecía algo increíble, algo que lo excitaba a tal grado que ya sentía explotar bajo su pantalón.   

   Cuando Ennis abrió y bajó el cierre de su pantalón, con la mirada nublada y perdida de deseo, Jack le sonrió, y nunca como en ese momento al catire le pareció que jamás había notado tal belleza y ternura en una mirada. Aún en ese momento, cuando sólo era sexo, miró un sentimiento profundo en el otro que le asustó. Pero no pudo más, su virilidad amenazaba afuera y ya dolía, por lo que Jack tuvo que tenderse un poco hacia delante, abriendo ojos y boca en busca de oxígeno, temblando de expectación y ganas, cuando el amor entre ellos se inició, cuando bajó y sintió que iba a estallar de dolor, algo siempre presente, pero que duraba un instante, antes de ser reemplazado con esa cálida sensación que lo llenaba, que lo hacía desear gritar, correr y saltar como un demente. Y Ennis gruñó por lo bajo al notar a Jack caer sobre él, sintiéndose atrapado y aprisionado de una forma que no lo dejaba pensar, respirar o detenerse. Y el caballo, inquieto, corcoveó y los meció suave, antes de galopar levemente ante una indicación de Jack. Los jóvenes cuerpos iban uno contra el otro, uno sobre el otro; uno sintiéndose lleno, el otro aprisionado, y jadeando entre dientes. Y Ennis rodeó a Jack con sus brazos y tuvo que morder en su hombro para no gritar como un muchacho, para callar cosas que quería confesar, para saborear su piel joven, saludable y caliente. Ni por un momento considera la posibilidad de que su cierre metálico esté lastimando a Jack, ni este se lo dice, ocupado como estaba en jadear y estremecerse, revolviéndose una y otra vez contra Ennis, arañando el Cielo en esos momentos, sin conciencia, pero percibiendo una vocecilla que le gritaba que estaba lo más cerca que se podía llegar de la dicha total; que ese era su momento…   

   Con tan sólo recordarlo sobre ese caballo, al pie de la estación, Ennis tiembla de lujuria. Jack había sido suyo en esas cumbres, y él se había entregado también. Jack le pertenecía, pero ahora también él le pertenecía a Jack. Sintiéndose excitado, y peligrosamente erecto, por lo que mira con disimulo en todas direcciones encorvándose un poco más, se dirige hacia la pequeña pieza que sirve de retretes. No había nadie por allí y eso le parece fantástico. Aún duda un momento y abre, cegado repentinamente por la penumbra del sofocante lugar. No sabía qué esperaba encontrar, tal vez a Jack cagando o algo así, pero no. Jack estaba sentado sobre la tapa cerrada de uno de los retretes, encorvado y fumando, la habitación parecía llena de humo. Cuando entró, Jack lo miró, y Ennis entendió que el otro joven había huido para ocultarse de todos, y notó cuan desolado y triste se encontraba, sin necesidad de reparar, como hizo, en sus ojos empañados de humedad.   

   -No sé que será de mí ahora, ¿a dónde iré? ¿Qué haré…? -jadea Jack, sin mirarlo, viendo el humo de su cigarrillo, como si hablara consigo mismo.   

   Ennis va hacia él, sin decir nada, no puede. No puede responder nada a los miedos y esperanzas de Jack. No puede ofrecerle nada, ni prometerle, ni jurarle. Ni siquiera quiere imaginarse algo así. Lo mira y baja sus manos, tocando sus hombros, con fuerza, atrapándolo. Y Jack lo mira con sus maravillosos ojos azules, con pesar, con entrega, con esperanzas, cosa que lastima a Ennis. Lo hala, parándolo, sus cuerpos chocan y Jack deja caer el cigarrillo porque entiende que es la despedida, el doloroso adiós había llegado y él debí estar a la altura del momento. La boca de Ennis cae sobre la suya, invadiéndolo, saboreándolo con su lengua tibia y tanteante, que atrapa la saliva y el aliento acre, a cigarrillo de Jack, chupándolo, tragándolo. Sus bocas se atan en un beso imprudente e insensato, pero necesario. Se muerden, se chupan y sólo succiones y jadeos ahogados se oyen en esos baños inmundos, mientras los cuerpos no pueden estar más cerca, restregándose uno contra el otro.   

   Ennis da media vuelta, cayendo sobre esa tapa, mirando a Jack de forma sumisa ahora, y sin embargo, dueño de la situación como siempre. En sus manos, como lo estuvo siempre, estaba resolver todo y darle un final distinto al que sería. Y hala a Jack que cae entre sus piernas, sentado. Y Ennis adora ese peso, ese calor, esa vitalidad contra su cuerpo, mientras las bocas se buscan con urgencia, cuando las nalgas de Jack se frotan de su entre