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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

Categoría: PERSONAJES

24/06/2008 GMT 1

LA NOCHE DE SOBELLA

jcqt1213 @ 03:02

sobella-mejias.jpg    El día quince de agosto de dos mil cinco, el país se había ilusionado con la esperanza de salir del desastroso gobierno de Hugo Chávez. La gente ya estaba cansada de años de prédica estéril, de decir una cosa, atacando, descalificando, crítico y duro, mientras se hacía otra totalmente distinta, de forma completamente descarada. La entrega del país por pedazos; la deliberada destrucción de la mayor empresa, la única que sostiene a todos, PDVSA, pensándose en un remate final al mejor postor; las persecuciones políticas; los juicios amañados; los asesinatos; las agresiones; el maltrato de conciudadanos a manos de cubanos; el odio mondo y lirondo que el Líder exhalaba y sus complejos de inferioridad, habían rebasado el plato. La gente quería salir pacíficamente de ese problema.   

   El resultado es conocido ya de todo el mundo, de forma sorpresiva, que nadie creyó, el presidente Hugo Chávez fue declarado vencedor de la prueba electoral por un Consejo Nacional Electoral nombrado para eso, con un trío de curiosos personajes que debían representar a las mayorías ciudadanas, donde uno de ellos, Oscar Battaglini, se declaraba chavista de uña en rabo de propia voz; otro, Francisco Carrasquero, se llamaba imparcial y poco después era nombrado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, por el Gobierno; y el otro, Jorge Rodríguez, terminó como Vicepresidente de la República. Y aunque este trío, que conformaba la mayoría y desidia todo lo que se hacía o no dentro del organismo, y controlaba todo lo relacionado con el referéndum, fueron denunciados, ni el Centro Carter, la OEA o el llamado Grupo de Amigos de Chávez, los objetó jamás. Ni siquiera después de que consiguieron sus nuevos cargos, algún miembro de estas organizaciones hizo un señalamiento.   

   De ese día infausto, recuerdo claramente el valor de dos mujeres singulares. En un país de mujeres corajudas (cuando se escriba la historia de estos tiempos las féminas alcanzarán alturas épicas), dos dieron la tonada del triste día dieciséis: Marta Colomina y Sobella Mejías. Cada una, dentro de su campo, libró la gran batalla de resistencia, fueron oídas por muy pocos. Pocos intentaron hacer algo. La mayoría guardó silencio y las dejó a su suerte.   

   El Gobierno intentó por todos los medios evitar el referéndum. Lo primero que hizo fue desestimar y desconocer el primer intento realizado para recolectar las firmas para hacer la petitoria. No habiendo separación de poderes, la ciudadanía no tuvo a quién ocurrir ante tal pretensión. Se hizo una segunda recolección de rúbricas, pero entonces salieron con el cuento de que la gente no había escrito por sí misma en los cuadernos donde se tomaban los datos, dándose a la recolección, el mismo día del hecho, la denominación de mega fraude. Así lo llamó el Presidente en persona, y el resto de los acólitos repitió como loro. Se dijo de las firmas planas que eran inaceptables. Y al cometer un magistrado del Tribunal Supremo de Justina, de la Sala Electoral, Alberto Martini Urdaneta, honesto y valiente, el delito de decir que esas firmas sí eran validas para pedir un revocatorio, la jauría se le lanzó encima. Se le desobedeció y se le separó del cargo, sin que las fuerzas de oposición hicieran un amago siquiera de apoyarlo; mientras Brasil, Argentina, la OEA y España gritaban a coro: así, así, así es que se gobierna.   

   Lo curioso fue que para varios de los llamados diputados de la oposición, cuando se recolectaron firmas para sacarlos de la Asamblea Nacional, se notó que estas eran ‘planas’; sin embargo esto sí ya no era un problema ni era una irregularidad en este caso, como Carlos Escarrá no se cansaba de repetir, el otrora hombre de leyes, envilecido ahora por las mieles del poder. No, las firmas planas sólo eran ilegales cuando estaban en contra del Gobierno. Nuevamente Brasil, Chile y Argentina admiraron el tino democrático y legalista del Régimen: lo bueno para mí, lo malo para ti.   

   Cuando al Gobierno no le quedó más remedio que aceptar que se recolectaron las firmas, rebajando el número de ellas para hacer creer al tonto, imagina uno que en España o en la redacción del The New York Tames que no era tanta la gente que odiaba al Líder, se blindó el tinglado del Consejo Nacional Electoral. De los cinco rectores que debían dirigir y controlar los comicios, que se suponía debían ser elegidos por la sociedad civil, y aunque la gente gritó que todo quedaba en manos de una mayoría gubernamental (Carrasquero, Battaglini y Rodríguez), dejando a sólo dos para la ‘oposición’ (Ezequiel Zamora y Sobella Mejías), estos últimos quedaron completamente alejados de toda dirección de control. El Centro Carter, César Gaviria, Brasil, Argentina y Estados Unidos se aprestaron a avalar tal situación.   

   Comenzaron las denuncias de que se cedulaban dos y tres veces a las mismas personas, que se nacionalizaba a gente sin los requisitos, y que el fiscal de cedulación, que siempre era representante de la oposición para equilibrar a la dirección de identificación, en este caso pertenecía al partido de Gobierno. Se dijo que los equipos traídos para el voto computarizado eran poco fiable, primero porque sólo el Gobierno tenía acceso a los programas y al control de las máquinas; segundo, porque había sido demostrado que era posible saber por quién votó cada persona en pruebas en vivo; y por último que los resultados podían ser modificados con tan sólo iniciar un programa oculto. Eso se gritó en muchos programas de televisión, en la radio y en la prensa. Marta Colomina, Patricia Poleo, Nelson Bocaranda y otros lo manejaron casi como tribuna abierta y diaria, con expertos que alertaban del problema, aunque los llamados líderes de la oposición daban toda clase de garantías de que era imposible hacer trampas con el sistema, y que las elecciones estaban blindadas contra el fraude. Fue más la acción de esta gente, que la propaganda electoral, la que hizo creer a la ciudadanía que de esta forma se podía salir del problema en el que se metió Venezuela botando por un hombre que juró convertir a su país en otra cárcel como Cuba.   

   Con estos políticos llamados de la oposición pasaba algo muy extraño, mientras todo el mundo veía peligros y sombras de fraude, incluida la excelente gente del grupo SÚMATE (odiados por Gobierno y oposición, por eficientes), ellos auguraban un final feliz, con un presidente Chávez reconociendo su derrota y marchándose dignamente (ja), como si del viejo Raúl Leoni, el gran demócrata que dijo que si perdían por un sólo voto entregaban el coroto, se tratara. Por mucho tiempo estos señores gritaron que este era un Gobierno autoritario, tramposo y delictivo con tendencia dictatorial, pero en el fondo no lo creían. El peligro que el hombre y la mujer común percibían en cada acto del Régimen, era algo desconocido para ellos, demostrando que eran una generación de políticos incapaces de enfrentar, dirigir u organizar nada. Ya no digamos de ‘cobrar’ un resultado electoral; el problema estuvo en que hicieron creer que si podían. Estafa, creo que le llaman a eso.   

   Los grupos de vigilancia ciudadana denunciaban que se cedulaba muchas veces a los mismos grupos pregobierno, que se negaban las auditorias al registro electoral, y mucho menos se permitía su publicación (¿cómo explicar tantos inscritos sin dirección fija?), que se procedía al negoción de las máquinas, que tampoco fueron auditadas, a no ser por aquellas que escogieron los rectores electorales puestos ahí por el Gobierno. Sin embargo, el Centro Carter, la OEA y los observadores internacionales no vieron en ello ninguna irregularidad. Según ellos, eso siempre se hacía así, aunque meses después se asistió a la escena más dantesca en los últimos tiempos, cuando Jimmy Carter, mostrándose como el cínico sin escrúpulos que es, denunciaba y se oponía tajantemente al uso de máquinas electorales en Estados Unidos, ya que eran susceptibles de ser alteradas y sus resultados eran poco confiables. ¿Alguien le preguntó por qué se negaba allá a lo que aquí favoreció? No, las respuestas podrían ser muy bochornosas para el gran país que un día lo hizo presidente.   

   ¿Hace falta hablar de ese día quince de agosto? Fue soleado, las colas fueron largas y con muy poca movilidad, parecía algo hecho a propósito para desanimar a los votantes, pero la gente aguantaba. Cosas curiosas se sucedieron sin parar, la gente, frente a la Guardia Nacional, hablaba de forma clara y alta que ya era hora de buscar un cambio y dejar la peleadora. Cuando alguien miraba a un conocido dentro de la cola le gritaba: ¿vas a votar? Este respondía: claro que ‘sí’, en clara alusión a su preferencia. Algo extraño, ya que el venezolano siempre había mantenido cierto respeto a la no propaganda en esas colas. Mientras caía la tarde comenzaron a llegar los resultados a pie de urna, tanto de los partidos políticos como de los observadores internacionales, también los que dejaban filtrar los testigos de mesa. Todos los esperaban con ansiedad.   

   La Casa del Partido del Gobierno lucía solitaria en horas de la tarde; y una alocución del Vicepresidente de la época, José Vicente Rangel, más bien sonaba a despedida. Un aire triunfalista comenzó a manifestarse dentro de la oposición. Pero el Consejo Nacional Electoral nada soltaba, dejando correr las horas, negándose a cerrar las mesas de votación aún pasada las ocho de la noche. Las horas pasaban y pasaban y los benditos primeros resultados nada que se anunciaban. La gente, pasada las doce de la noche, se retiró a dormir, sintiéndose aliviado no sólo del resultado que veladamente ya manejaban las televisoras, los comandos de campaña de los partidos y aún la prensa internacional, sino que parecía que todo transcurriría con tranquilidad, sin necesidad de llegarse a una guerra interna.   

   Sin embargo una voz de alarma estalló con toda crudeza a tempranas horas de la madrugada, cuando dos de los rectores principales, aquellos asociados a la oposición, aparecieron frente a las cámaras de televisión. Quienes aún se mantenían pendientes de las noticias, se inquietaron ante la vista de esos dos, que se notaban agotados, furiosos e impotentes. Eran ellos un Ezequiel Zamora de mirada mortecina, cansado, como hastiado de tratar con este país; y a su lado, Sobella Mejías, esa mujer de porte sencillo, de doñita de casa de clase media alta. Fue ella quien llevó la voz cantante, la que estaba ahí y la destinada en ese momento para dar el grito de alerta. Con rostro desencajado, ojos muy abiertos, asustada, mirando hacia los rincones como si temiera que en cualquier momento  apareciera la Policía Política, la DISIP, que la arrastraría fuera de foco hacia un calabozo, habló. La mujer con voz tartajeante, de miedo, de verse de pronto impulsada a un papel protagónico que tal vez no había deseado, pero sintiendo eso que llaman la voz de la conciencia y la llamada de la historia, denunció lo increíble.   

   Mientras los cómputos iban llegando a la sede principal de CNE, un grupo de técnicos relacionados todos con el Gobierno, con otro grupo de técnicos cubanos, se habían encerrado en la Sala de Totalización, de donde ella, a pesar de ser una rectora principal, fue sacada con malas caras y tratos por la Guardia Nacional, y se le impidió la entrada al otro rector cuando éste quiso protestar por esa arbitrariedad. Los llamados observadores del Centro Carter, de la OEA, y de países cómplices como Argentina, España y Brasil, también fueron retirados y no se les permitió la entrada nuevamente. Todo eso fue denunciado por esa mujer que abría desmesuradamente los ojos: que las actas electrónicas, los resultados, estaban llegando y se hacían manipulaciones a espaldas del país y de los observadores, de las que ellos (ella y Ezequiel) nada sabían. Ella llamaba al pueblo de Venezuela para alertarlos, no sabía qué estaba pasando con las actas y los resultados computarizados, ni lo que podría ocurrir con ellos en esa encerrona. No lo dijo con todas las letras, pero estaba implícito: ¡los habían sacado de allí para invertir los resultados! ¡Para hacer trampa! Un fraude mondo y lirondo, donde ellos sacaban sus propias cuentas y, oh, sorpresa, les daban como querían. Pero ella no pensaba permitírselos. Lo gritó, lo denunció, lo otro sería la salida a las calles de la población, capitaneados por los políticos. Que se armara la ucraniana, pensó la mujer para sus adentros, y que Dios cuidara de todo el mundo, pero eso no podía quedarse así. Seguramente también contaba con la colaboración de los llamaos observadores, que habían constatado en vivo las irregularidades (¡qué inocencia!).   

   Menos de dos horas después, con su cara muy lavada, el señor Carrasquero repetía unos resultados que en horas de la tarde ya los canales estatales habían repartido en varios medios de comunicación a nivel mundial, coincidiendo a la maravilla los números, cosa de pitonisos. Lo que vino después fue la estupefacción. El país quedó silencioso, en shock. La oposición no entendía qué había pasado, los seguidores del Gobierno tampoco salieron a celebrar esa madrugada del dieciséis, así como todo ese día. Nadie podía creerlo. Y en medio de ese silencio de depresión, de engaño, de muchas lágrimas de frustración, una voz se levantó con furia, con amargura, decidida, resuelta y valiente, doña Marta Colomina, quien desde su programa mañanero en ese que otrora fue un canal libre, TELEVEN, llamó fraude al fraude, mientras otros intentaban recular o suavizar los términos. Lo dijo con rabia, con voz dura, tanto que muchos de sus invitados parecían algo temerosos. Ella y el fallecido Jorge Olavarría, un hombre que había defendido y encumbrado a Chávez, repudiándolo al saberlo un demente peligroso para la salud de la patria, hablaron con toda la hiel del desencanto esa mañana.   

   De ese infausto dieciséis de agosto, se levantaron voces discretas como la de Mari Pili Hernández, una periodista radial defensora del Régimen, quien pidió ponderación en los comentarios y que dejara de hablarse de fraude, ya que eso dividiría más al país y creaba un caldo peligroso para la paz. José Vicente Rangel, Vicepresidente para el momento, llamaba a la calma, que la vida republicana continuaría. Del resto, los políticos brillaron por su ausencia, tanto los del Gobierno como los de la mal llamada oposición, gerentes para tiendas, pero no para administrar tiempos duros y de batalla. Y comenzaron los relatos de leyendas. Unos decía que César Gaviria, Secretario General de la OEA para el momento, furioso, amenazaba con irse del país sin reconocer los resultados ante la evidencia del secreteo en la Sala de Totalización, donde sólo el Gobierno estuvo presente para sumar los cómputos.   

   Era mentira, tal dignidad y resolución jamás existió. Para esos momentos Estados Unidos, embarcados en otro atolladero bélico en el Golfo, necesitaba lo que aún creía el suministro confiable de combustible desde Venezuela, y lo que menos deseaba era una guerra civil, como si esa fuera desición suya. Pero podían permitirse tal altanería, ya que es como dice el periodista Rafael Poleo, el imperio sí existe y es bien maluco. Otra leyenda hablaba de un joven técnico que salió corriendo de la Sala de Totalización y le dijo a un grupo de observadores que estaban invirtiendo el resultado del referéndum, siendo detenido inmediatamente por la Policía Política. La especie jamás pudo ser verificada. Lo cierto es que las cifras finales fueron, pero de orden contrario, las que todos los resultados a pie de urna daban en horas de la tarde el día anterior, dando como triunfador al “sí, si queremos salir del Presidente”.   

   Un grupo de espontáneos, llenos de rabia y desesperación, de impotencia, se reunió rápidamente en la plaza Altamira, a protestar contra el fraude. Es de justicia reconocer el valor de algunos políticos, casi todos del Comando de la Resistencia, al que pertenecen Antonio Ledesma, Oscar Pérez, y hasta el momento de su huida forzada del país, Patricia Poleo. Allí, respondiendo a la máxima de que muerto el perro se acaba la rabia, frente a las cámaras de televisión, un hombre bajó de una motocicleta y disparó contra los manifestantes, matando a la señora Ron (no Lina Ron). El Gobierno, más tarde, hizo lo imposible por decir que la culpa era de los reunidos, que había que enjuiciar al Comando de la Resistencia, como fue culpa de los marchantes del once de abril del dos mil dos, el morir por marchar. Por el asesino se hizo de todo para salvarlo, y ese juicio aún no termina. Sabe el Gobierno que cuenta con sus ‘documentalistas’ que luego saldrían a contar la ‘verdad’ en universidades idiotas y países creyentes de pendejadas, pero sobretodo con la complicidad de los que sí fueron informados de forma concreta y veraz, como el señor Lula da Silva, Ernesto Kirchner, la señora Bachelet y Rodríguez Zapatero.   

   De ese desastre electoral, del hecho de la totalización de los resultados en forma muy privada, presente únicamente los afectos al Régimen, y que luego uno de los rectores saliera para el Tribunal Supremo y otro a la Vicepresidencia de la República, nadie ha dado explicaciones. Ni Brasil o Argentina, ni Chile o España; se conformaron con hacer pensar que creían en aquella payasada, aliviados de que solamente mataran a una o dos personas en todo el territorio y ya. Para Lula y Kirchner, ahí radicaba el éxito. A Marta Colomina se la cobraron y salió de TELEVEN, casi condenándolo con su ida. A Sobella Mejías se le trató mejor, incluso se dijo que se le propuso, al salir dos de los rectores, el que fuera presidenta del CNE. Ella continuó allí, preparándose para las siguientes elecciones, las de gobernadores y alcaldes, que la oposición corrió a aceptar cuando Chávez lo ordenó. Él quería elecciones y había que complacerlo, aunque los resultados ya se sabían y que Marta Colomina se halaba los cabellos intentando explicárselos a la oposición. Era obvio que la maquinaria del fraude no iba a detenerse después de los buenos resultados obtenidos, la clara cobardía e incompetencia de la oposición y la carbronería internacional. Todos sabían que se perderían estados en manos de la oposición, como Miranda, Lara y Carabobo. Sólo Enrique Mendoza, Eduardo Lapi y Salas Feo, sus gobernadores para el momento, lo ignoraban.   

   Mientras se preparaban estas contiendas, mucha gente, incluido mi apreciado señor Rafael Poleo, criticó a Sobella Mejías por no hacer más para detener a esta gente. Todos la notaban tibia y callada. Pero para ese momento ya Ezequiel Zamora se había retirado y la correlación de fuerzas era de cuatro oficialista contra ella… Y seamos sinceros, ¿qué ganas de hacer nada podía tener esa señora? Esta mujer, una rectora principal, había sido agredida por la Guardia Nacional el ocho de febrero del 2005, siendo vapuleada e insultada, conociendo en propia carne de los atropellos, abusos y violencia del Régimen. Se dijo que se investigaría el hecho pero nada se hizo. Y sin embargo, esa madrugada del día siguiente al fraude, logró sacar fuerzas de flaquezas, y a pesar del temor, con alarma pero resuelta, dio la voz de alerta: hacen trampa, no me dejan ver qué hacen con los resultados, hay que pararlos, salgan todos a la calle. Eso dijo con tartajeos, sabiendo que el Régimen ahora podría ser aún más violento; pero con ese valor curioso de las mujeres, que no piensan en el poder inmediato, como los hombres, sino que sacan rápidas cuentas sobre la vida y bienestar de hijos, sobrinos, ahijados y nietos. Pero nadie salió, los políticos de oposición se mimetizaron con sus camas, escondiéndose. Ella debió verlo, con rabia, seguramente con algo de llanto en sus ojos, esa mañana del día dieciséis, y debió pensar: ah, ¿no harán nada?, jódanse. Ella hizo su parte, el país falló.   

   Sobella Mejías está ahora jubilada, alejada de los abatares públicos. Posiblemente dedica más tiempo a su carrera, es abogado y Magíster en Ciencias Políticas, de larga y honorable trayectoria en las faenas electorales. Tal vez se dedica más al cuidado de su casa, de un jardín, o al cepillado de una perra. Ella merece estar bien, en paz, pero seguramente no lo está, porque es una mujer realista, cabal e inteligente, y debe temer por el futuro de Venezuela bajo la suela del dictador cubano, el sombrío anciano líder de un sanguinario régimen que sólo ha sembrado muerte, dolor y miseria por donde ha pasado. Pero Sobella Mejías debe tener claro en todo momento que ella cumplió con todo lo que pudo para impedir tal descalabro. Tal vez antes o después de eso no realizó nada digno de unas líneas en cualquier reseña, pero esa noche, la noche del fraude, del robo, del engaño en complicidad con gobiernos pro dictatoriales, hizo lo que pudo por salvar a su país, puso en juego todo aquello de los que tantos hombres adolecieron en ese momento, bolas, incluido el valor de hacer lo correcto, lo necesario, así eso significara ser agredida, arrestada y vejada en un calabozo de la tenebrosa DISIP.   

   Esta mujer de rostro ancho y anodino, se convirtió esa noche, la noche de su vida, la noche de Sobella, en otra de esas féminas cuyo retrato cuelga en una larga galería de valor, determinación y coraje. Su conciencia está tranquila, los demonios del arrepentimiento y la culpa no la perseguirán jamás. Ella puede mirar de frente a quien quiera, explicando sus acciones o no, estos hablan por ella. Hizo lo que debía y eso debería bastarle para brindarle tranquilidad hasta el final de sus días, pero casi estoy seguro de que no es así. Venezuela continúa en la oscurana, esa de la que habló un día Alí Primera: en mi tierra los hombres han tomado partido, unos por la vida, otros en contra de ellos mismos… 

Julio César.

07/03/2008 GMT 1

GENERAL MANUEL ROSENDO

jcqt1213 @ 04:26

rosendo.jpg   A los venezolanos generalmente nos han visto con una lente un poco dura el resto de los países latinoamericanos. Siempre he pensado que se debe al petróleo y las posibilidades económicas que eso siempre nos brindó, aunque nos las ingeniamos para regarla y dejar la cosa peor. Jamás aprendimos qué hacer con los reales del petróleo. Se dice que somos flojos y superficiales. Es posible, pero debe entenderse que a cada venezolano desde que nace se le dice que pisa una tierra rica en petróleo y que el petróleo es de todos. Así que todos esperamos nuestros barriles, nuestra parte, de la que creemos tener derecho. ¿Para qué trabajar o esforzarse si se tiene real? El problema es que los reales no llegan, y ahora menos, que nos viven los gobiernos ‘amigos’ y nos chulean los cubanos, Evo Morales y Daniel Ortega. ¿Realmente seremos tan superficiales, tan simples, tan elementales? Veamos.   

   Durante los años 1999, 2000 y 2001 el país asistió al enfrentamiento de un grupo de valientes reporteros y periodistas de medios independientes (había que serlo para encarar a un Gobierno abusador y represivo, aplaudido por tanta gente fuera de sus fronteras), que habían denunciado la terrible corrupción que arropaba el ámbito militar con la operación que se llamó PLAN BOLÍVAR 2000, donde generales y oficiales manejaron de forma personal y a discreción, sin intermediarios o controles, colosales cantidades de dineros destinados a obras sociales directas, saltando sobre las autoridades civiles. Muchas voces se alzaron para prevenir al Gobierno sobre lo que vendría, la escandalosa corrupción del componente militar, la desaparición de esos dineros y las pocas obras o soluciones reales alcanzadas. Todos los dijeron, todos advirtieron, pero un Gobierno inepto, corrupto y corruptor permitió que el festín continuara. El Presidente se encontraba urgido de corromper con plata a los militares para que estos rompieran totalmente con la llamada institucionalidad, y le debieran a él hasta el modo de caminar, mientras se archivaban casos contados de excesos para futuras amenazas. Toda denuncia era tachada de subversiva, desestabilizadora y emanada de la CIA. Era algo grotesco de lo que muchos medios de comunicación fuera del país se hicieron eco.      

   De esos años, un hombre que estuvo en la picota aunque no se le acusara personalmente de nada, fue el general de división ejercito, ahora retirado, Manuel Rosendo, un voluminoso hombre con fama de serio, cabal e institucionalita hasta esos momentos. Pero las denuncias de corrupción de militares hechos por el señor Roche Lander, ex Contralor General, y aún del nuevo contralor, Clodosvaldo Russian, o Rufián como también se le conoce, amparados luego por el poder, acabaron con esa fama y estima. Los militares habían comenzado a resbalar por la pendiente por la que rodaban los políticos, los de antes y los que llegaban ahora. La gota que derramó el vaso contra el General fue con ocasión de un desfile militar, cuando todavía el Presidente se atrevía a hacerlos sin rodearse de incondicionales y cubanos, cuando la gente lo quería en verdad e iba a verlo y aplaudirlo. En ese desfile el general Rosendo, vestido de verde, metido en un tanque dijo unas palabras que sonaron algo más que adulancia al poder. Era halamecatismo puro. Haló mecate con fuerza, pero sin tensarlo, fue un trabajo experto, firme y sostenido.   

   Ah, ¡las cosas que se dijeron de Rosendo en todo el país! Gordo halabolas fue lo de menos. La gente decía que parecía un tapón metido en el tanque y otros añadieron que habían tenido que embaunarlo de grasa para que entrara y seguramente habían tenido que desarmar el tanque para sacarlo. La vida de la República continuó, los excesos, crímenes y vicios de una clase crapulenta se hizo demasiado evidente para todo un país, sus desmanes habían acabado con la paciencia de la gente, que poco a poco salió a protestar nuevamente. Los primeros que alzaron la voz fueron los padres, maestros y representantes cuando el Gobierno amenazó la patria potestad, diciendo que Cuba era la única que debía encargarse de la crianza de los muchachos y de su formación ideológica y política (ya se imaginarán). Luego protestaron los médicos, gerentes varios, políticos, religiosos, y finalmente la gente de los medios de comunicación y el ciudadano común. La tapa del frasco llegó cuando un grupo de militares de alta graduación se declararon el rebeldía cívica pacifica. Realmente el régimen no supo que hacer con ellos.   

   El año 2002 fue álgido y terrible para Venezuela, con una situación que fue desmejorando día a día, hasta culminar en la gran marcha del día 11 de marzo de 2002. Inicialmente la marcha debía partir desde Los Dos Caminos, en el Este capitalino, cerca de Petare, hasta la plaza Altamira donde pernotaban esos militares en rebeldía. Pero la marcha fue desbordada por su propio éxito, uno que ni lo organizadores esperaban. Asistió demasiada gente, y no se detuvieron en Altamira. La marcha continuó. El grito era: hacia Miraflores, hacia Miraflores. Y ¿qué mal había en ello? Eran personas marchando, gente que deseaba darse esa larga caminata y llegar al Palacio de Gobierno y gritar a una voz: vete ya. ¿Qué iban a tumbar el gobierno? ¿Sin aviones, sin tanques, sin armas? Muchos desean creer que si, que así se dan golpes de estados, no con tanquetas, avionetas lanzando bombas o con FAL o metrallas asesinando gente desde puentes y azoteas. Hay quienes deben creerlo, repetírselo y llegar a convencerse con el tiempo, porque la duda, la sospecha de que no fuera así, sería algo demasiado monstruoso.   

   En Miraflores un hombrecillo ridículo y patético cayó en pánico y ordenó se implementara el Plan Ávila: que el ejército saliera y cargara contra todo el mundo. El Alto Mando se negó, pero desde puentes y azoteas de edificios públicos controlados por la Guardia Nacional al estar en el perímetro de seguridad del Palacio de Gobierno, se disparó contra la gente. ¿Quiénes eran o como llegaron allí cuando nadie que no fuera del Gobierno era revolcado a palos o alejado con bombas lacrimógenas de los uniformados si se acercaba? Nadie lo explicó jamás. El Alto Mando, en vista de los horrores, muertos y crímenes cometidos, le solicitó la renuncia al Presidente de la República, el responsable de la masacre. Renuncia que este aceptó, dicho por boca de un chavista conspicuo, el general en jefe, trisoleado, Lucas Rincón, un hombre tan ‘honesto y cabal’ que ni por decir aquello fue investigado después. Cuarenta y ocho horas después, el hombre volvía al poder y comenzó la persecución cabal contra todo el mundo. El país vivía una guerra sorda, soterrada y desesperada a pesar de los esfuerzos de Brasil, Argentina y la OEA por ocultarlo, hasta que en diciembre de ese año estalló el llamado PARO CÍVICO.   

   Para este momento, Manuel Rosendo, hombre que se había negado a lanzar el ejercito contra la gente, y a que salieran las tanquetas y tropas armadas para contener mediante el asesinato de civiles a la población, había sido dado de baja, y se le llamaba traidor e investigaba por si era agente de la CIA; lo real era que ahora colaboraba decididamente con la oposición, porque la cosa ya estaba clara, un régimen con tintes totalitario y continuista pretendía el poder total, jineteado desde Cuba, aunque muchos preferían no verlo así, por desear ver lo que querían ver, o por intereses económicos que amarraron al carretón autoritario a tantos gobiernos latinoamericanos. El régimen gastaba cantidades increíbles de dinero para comprar y atar conciencias. Durante el Paro Cívico, varios altos militares fueron detenidos para infundir temor. Una tarde, llegando a la urbanización donde vivía, Manuel Rosendo era seguido por la DISIP, la siniestra policía política, que intentó detenerlo y llevárselo por la fuerza, sin que mediaran órdenes de captura o se encontrara presente un fiscal del Ministerio Público. Pero no pudieron. Los vecinos y gente que pasaba por ahí, dándose cuenta de lo que pretendían, reaccionaron con determinación y rodearon a los policías al grito de: Rosendo no sale de aquí. Alguien llamó a la prensa y en seguida GLOBOVISION (por eso la odian tanto) llegó al lugar.   

   Fue extraño ver a ese hombre grande, con cara de luna, con aire como confuso, parecía aturdido, rodeado de gente que lo empujaron hacia un estacionamiento y cerraron una reja para protegerlo, y que no permitían que se lo llevaran entre gritos de apoyo y cacerolazos que perseguían y alejaban a la DISIP. En ese momento, la cosa había cambiado, de forma evidente, y tal vez por eso nos llaman frívolos. El general Manuel Rosendo había pasado de ser un villano odiado, ese gordito estrafalario y halamecate, ridículo y protector de corruptelas, a paladín en la lucha por la libertad. Ahora la gente lo encontraba sobrio, elegante, decente; era mesurado e inteligente, un estadista pues. Dicen que hasta algunas féminas lo llamaban gordito lindo.    

   La situación degeneró más, el Gobierno dio un golpe de mano con un referéndum presidencial mega fraudulento, avalado por medio mundo, y lo que quedaban de voces opositoras que gritaban no pude ser que un solo hombre nos embarque en negocios absurdos con satrapías mundiales, fueron silenciadas. Al ser encarcelado el general Francisco Usón por explicar en televisión cómo funcionaba un lanza llamas (a cinco años de cárcel, ah, pero en Venezuela todo está bien, según Inzulsa, Lula da Silva y Kirchner), el general retirado Manuel Rosendo hizo mutis, uno muy discreto. Se asegura que está fuera del país. Que le vaya bien, porque indistintamente de todo lo que pueda haber hecho durante toda su vida, cuando el momento de la verdad llegó y se le exigió el asesinato a mansalva de cientos y cientos para satisfacer los apetitos pedestres de poder de un enfermo manejado por el viejo dictador cubano, se negó de plano, como un hombre, como un militar de carrera de verdad, que sabe dónde y quiénes son los enemigos reales de Venezuela.   

   Sus manos no se mancharon de sangre inocente como hicieron y hacen otros con tanta facilidad. Dijo no; y no, fue no. Con hombría. Esté donde esté, repito, que le vaya bien; un día, cuando sea un anciano (mejore sus hábitos alimenticios, General) plagado de dolores y achaques, tal vez amargado por tantas limitaciones y malestares, podrá quedarse quieto y sonreír por un momento en algún sillón mirando a la nada, y recordar que ese día, muchos años atrás, salvó la vida de muchos, de personas que siguieron viviendo sin saber lo cerca que estuvieron esa tarde, un 11 de abril, de morir. Salud, General, una conciencia tranquila será lo único que lo acompañe, Dios quiera, dentro de muchos años, cuando la vida esté llegando a su final. Ese día no tendrá que mirar con espanto, rodeando su cama, los rostros de los que debieron ser sus víctimas esa tarde. No se crea, no es poco lo que ganó… 

Julio César.

24/01/2008 GMT 1

PHIL REGAN, EL BUITRE…

jcqt1213 @ 03:47

phil-reagan.jpg    Continuando una vieja tradición, los Navegantes del Magallanes, mi equipo favorito de béisbol, se quedó en navidad, eliminado en la ronda regular. Los caraquistas siempre dicen eso, que somos como el pan de jamón, hasta diciembre llegamos. Si, nos liquidaron, pero con lo mal que estaba el equipo, fue lo mejor. Para estar guindando mejor es caer. Por suerte los caraquistas murieron con nosotros. Así el dolor es más tolerable. A pesar de la doble matanza, no faltó el caraquista que quisieron echar bromas sobre la eliminación del Magallanes, de donde salió aquello de que el buque de Los Navegantes del Magallanes se fue a pique sin saber que Los Leones del Caracas iban ocultos en su sótano a ver si llegaban a algo, y también perecieron, ahogados.   

   De los que pasaron a la semi final, los más sorpresivos fueron Los Tiburones de la Guaira, de la mano de Carlos Subero (botado feamente por el Caracas hace tiempo) ya que nadie daba medio por ellos, y Los Bravos de Margarita. Este equipo cuenta actualmente con la dirección de un viejo veterano en las lidias del béisbol venezolano, Phil Reagan, el buitre. Dicen que lo llaman así por su mirada atenta, fija, casi hipnótica, que intimida, aunque suena bastante mal, ¿no había otra ave rapaz para describirlo? El caso es que este viejo de mirada seca, rostro severo, con pinta de envenenador profesional (uno lo imagina de villano en una cinta negra), aunque quienes lo conocen dicen que es amable y agradable (pero realmente lo disimula bien), ha sido manager de casi todos los equipos en este país. Estuvo muchos años con Los Leones del Caracas, en buenos y malos momentos, hasta que acabó la relación no en muy buenos términos (un chiste que corrió mucho a finales de este diciembre era que Reagan y Subero habían hundido al Caracas mientras reían a dúo), y allí comenzó a recorrer toda la liga. Siempre destacando, siempre luchando.   

   El viejo Reagan está lleno de trucos y mañas, sabe cuando sacar a un designado, cuando darle un voto de crianza a un picher y cuando ordenar el toque de bolas y cosas así. De él, Mary Montes, la gran narradora de noticias deportivas, dijo algo muy meritorio, que lo describe bien aunque uno no lo captara en todo su sentido en el momento. Estando ella hablando de la situación del Caracas, que en verdad trajo un tronco de equipo pero sólo para dar la cómica, ella defendió al manager, al que conoce de amistad, Carlos Hernández. Fue cuando dijo que Carlos era muy conservador, muy apegado al librito: “le falta algo, la maña, la picardía. No juega Caribe, como sí lo hace Phil Reagan, que sabe lo que tiene qué hacer y cómo hacerlo”. Y es verdad. El viejo Reagan, como le dice todo el mundo en este país, ya es una figura más de los estadium, un componente más de cada temporada, como lo era hasta hace poco Musulungo Herrera, el árbitro, un hombre de ojo severo a quien se le escapaban pocas cosas y no admitía rebeldías ni faltas de respeto. La verdad que sería extraño una temporada en la que no estuviera presente Phil Reagan.   

   Ahí está nuevamente, con su conducción Los Bravos de Margarita, en su primer año como divisa, pasó a las semifinales, y si sabe moverse, llegará lejos… aunque ahí están los cuartos bates como Cardenales y Tigres. De manera personal, siempre he admirado y estimado a este señor, en verdad no se le tiene el cariño que se le tuvo a jugadores que sin ser estrellas se le quiso, como Clemente Hernández, el eterno cachet del Magallanes, Dimas Gutiérrez, un carajo que no era una maravilla pero siempre respondía con el bate y sus jugadas, o Luís Raven, quien durante temporadas completas, cuando el Magallanes pasaba por su peor momento, sólo él bateaba y cargaba con el peso de todo el buque manteniéndolo a flote. La personalidad de el Buitre no es así como muy dada a considerarlo un ‘compinche’. Sin embargo, se le respeta. Hubo un año, no recuerdo bien cuál ni con quién, espero no fuera el Magallanes, que dicho equipo andaba mal, y en un viaje que el viejo hizo a su casa en el Norte, lo llamaron para decirle que no regresara. Eso me molestó. Fue una falta grande de respeto para con este caballero, de quien todos dicen que donde se para habla maravillas del béisbol venezolano, del calor de la gente que va a sus estadium, de la pasión que sentimos por este deporte, y de Venezuela en general. Es tan raro ese aprecio de una personalidad aparentemente tan severa, más en estos días en los cuales el nombre de Venezuela va asociado a la locura, al ridículo y a la necedad.   

   Suerte, señor Reagan, y esperamos seguir viéndolo por aquí durante mucho, mucho tiempo más. Llegará el momento en que se diga, como se decía hace tiempo por lo reincidente y cotidiano, una temporada de béisbol sin Phil Reagan, es como unas elecciones presidenciales sin Rafael caldera. Good-bye, por ahora, mister Reagan… 

Julio César.

20/01/2008 GMT 1

ÁLVARO URIBE VELEZ EN EL HURACÁN

jcqt1213 @ 03:36

   Esto lo escribí en mi otro blog el 28 de agosto de 2007, por un fuerte rumor que corrió en Venezuela sobre una maniobra de la guerrilla que incluía a la señora Ingrid Betancourt.

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   El presidente electo de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, es un hombre que en un primer momento parece odioso, pero conociéndosele más a fondo, resulta realmente antipático, medido por los cánones que generalmente usamos en América Latina. El hombre no grita como gorila bajando de un árbol, no llama esto o aquello (con menciones a las madres) a sus rivales políticos, y tiene ese repelente aire de eficiencia, inteligencia y suficiencia que gente menos dotada tiene que odiar. Este hombre, ligado a las capas más conservadoras de Colombia, fue electo porque prometió mano dura con los flagelos que no han permitido a ese país el convertirse en una Canadá hispana, las drogas con sus carteles, escuadrones de muerte y horror, y la guerrilla terrorista que lleva más de cuarenta años bañando de sangre inocente el suelo granadino. Esa fue su promesa, lo que dijo: mano dura, y mientras lo hacemos, ganaremos plata y figuración en la región. Eso convenció a su electorado, ¡dos veces!, en un país donde no hay maquinitas que puedan arrojar los resultados deseados del manejador, o un colegio electoral que reciba órdenes del presidente de la republica en ejercicio. Es decir, su triunfo sí no puede discutírsele, como el de tantos otros.   

   ¿Por qué resulta tan insoportable este sujeto para tantos? Primero, porque parece no necesitar limosnas, ni crear un cartel de tiranillos que avalen sus actuaciones autoritarias para mantenerse en el poder. Sabe que cuando deje de ser útil, o de tener el favor del electorado, tendrá que irse sin derecho a pataleo, como tuvieron que retirarse muchos otros antes que él, sin escándalos, sin yeyos, sin desmayos, idea que martiriza a tantos, el verse separados de un poder con el que no hacen nada útil como no sea satisfacer caprichos personales. Pero no puede ser todo, debe haber más. Puede ser su alianza con una potencia como Estados Unidos, una nación próspera donde la prensa vuelve picadillo al presidente Bush por sus errores, y sin embargo el ingreso bruto de un estado como California es mayor al de cualquier nación latinoamericana. ¿Cómo se le ocurre a Uribe Vélez una alianza tan antinatural?, ¿por qué asociarse con gente eficiente, por qué no con Fidel Castro quien se ha mantenido cuarenta años sobre la miseria de su pueblo, disminuyéndolos a la condición de cosas, de no seres humanos, de carne para el burdel mientras él y la banda de delincuentes llamados militares, cancilleres, deportistas y artistas se dan la gran vida? Obviamente Uribe Vélez está loco y confundido al no seguir y adorar cada pelo de la barba de semejante santón. Y sin embargo esto no alcanza para explicar el disgusto por este señor. En el fondo creo que todo el resentimiento contra este sujeto se debe a que es un conservador duro que no teme decirlo, que anda por el mundo sin complejos, sin traumas siendo lo que es, aunque no sea popular.    

   En el fondo no le perdonamos que sea eso, un conservador, un hombre que lucha por el status quo, por mantener ciertos valores y defender un estilo de vida que para él, es muy claro, simple y evidentemente beneficioso. Para muchas almas atormentadas, y no todas en América Latina, los conservadores son una pesadilla, seres detestables y crueles. Representan al padre de familia odioso que le reclama al hijos por el aro en la nariz y no entiende cuando este le chilla que él es moderno, sino que ve a una pobre muchacho torturado que se martiriza para intentar verse distinto, deseando ser ‘especial’. Es quien le grita a la hija que llora que ella no va para esa fiesta con ese tipo que es un malandro que seda, viola y preña muchachas de las que luego nada quiere saber y éstas terminan cuidando solas al muchacho; y lo dice duramente, cerrando la puerta de la calle con su cuerpo mientras la hija grita que ella ama a ese carajo (Dios). Es quien le grita a esa hija: te vas a tu cuarto, y la arrastra y la lleva, y hasta la encierra, porque le parece que es mejor que crezca, estudie, se prepare y luego, con armas en la mano, haga la vida que le de la gana, le vaya bien o mal, pero que no fracase antes de salir. Prefiere ser temido, poco querido, a permitir un desastre antes de tiempo (amén).   

   Actitud tan distinta a la que se presenta generalmente del liberal, el padre que entiende que la muchacha ama, y que ese amor es lo único que importa, que no hay nada más importante, que es su vida y aunque no tenga preparación, un trabajo, una entrada de dinero para un pote de leche o pañales, ni casa, tiene derechos; que salga con el malandrito y que Dios la cuide (pobre Dios), y luego se sorprende cuando ella llora y le dice que está preñada y el tipo le saca el cuerpo. Y él, molesto, torturado por dentro, le dice que está bien, que fue un error, cosa de jóvenes, que la ayudarán. Y la muchacha, que ve que no hay consecuencias para sus actos, mientras hipa y sonríe diciéndole que lo ama, le pregunta si puede irse con unas amigas a la playa porque hay otras fiestas y quiere distraerse. ¡Qué sabroso, ¿verdad?! Son las dos concepciones entre las que se mueven las sociedades, también están los socialistas que sonríen bobos, dicen que todo será de todos, que no habrá amos ni sirvientes, que habrá felicidad comunal, mientras controlan el dinero, las armas del ejercito y planean como culpar a otro del desastre creado. Este es sólo un grupo marginal, como una enfermedad que sale en algunos extremos, ni siquiera son una tendencia, sólo un accidente.   

   La derecha (Álvaro Uribe Vélez), debe ser dura porque intenta sobrevivir en un mundo en caos, manteniendo estabilidad, reglas claras, un modo de vida medio vivible. Los liberales se pierden en la idea de todas las libertades y ninguna de las obligaciones, o que estas no son tan importantes al final. Del otro lado, está la izquierda, irresponsable e idiota que repite una y otra vez el mismo discurso (y sin embargo les funciona), prometiendo villas y castillas, pero terminando en un sembradío de miseria, caos y con las leyes crueles que rigen en la jungla. Cuando esto ocurre y los países terminan devastados en déficit inflación, carestía e inseguridad, es común ver a la derecha tomar el control, imponiendo trabajo, reglas duras, hasta que el caos es superado, por voluntades enérgicas, claras e instruidas (como lo fueron en Venezuela Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Rafael Caldera, hombres de decencia, para quienes lo correcto, lo legal, lo decente, siempre fue un punto claro, sin matices o áreas grises). Lo extraño es que cuando las naciones comienzan a prosperar, alejándose de los tiempos oscuros, nuevas recuas de histéricos hablan otra vez de soluciones mágicas, de vamos a repartir todo, de abajo los viejos, las reglas y la autoridad. Es como el vaivén de un péndulo gigante, vamos de extremo a extremo, y generalmente no hay paz en el ínterin. Ahora comienzo a temer que si fuera norteamericano, sería republicano (¡qué deprimente!)    

   Para muchos venezolanos, las carantoñas hechas por presidentes como los de España, Chile, Argentina y Brasil (por Dios, ¡Brasil!), ante la grotesca figura de un atorrante como el títere del macabro proyecto fidelista, la distancia y clase impuestas por Uribe Vélez son de admirar. Y sin embargo, su accionar flojo, poco firme con Venezuela desde el inicio, esa política de dejar hacer, dejar pasar que algo bueno puede quedarnos, fue un error. Uno que los venezolanos, que esperábamos una actitud más firme contra la pérdida de libertades y democracia en una nación cercana, no perdonamos al hombre fuerte del vecino país, quien en teorías era nuestro ‘hermano’; sin embargo no les importó a ninguno de ellos, como a los antes nombrados, lo que aquí ocurría con cientos y cientos de perseguidos. Eso produce en muchos de nosotros una ambivalente sensación ante lo que ahora ocurre. Contra el estado colombiano, y contra Colombia toda como nación, se ha desatado, desde hace tiempo una campaña brutal para destruir ese sistema de vida que es más o menos funcional, donde ley, orden e institucionalidad aún significan algo, garantías para cualquier pata’e en suelo de que puede enfrentar poderes mayores que él, y el Estado lo respaldará si tiene la razón. Y esa campaña, para países sumergidos en el desastre, causa alivio. Cualquier venezolano con sangre en las venas piensa: que bueno, que también ellos se jodan.   

   Desde hace mucho tiempo voces autorizadas de militares, hacendados de la zona y valiente reporteras venezolanas, mujeres como la Poleo, Salazar, Pacheco y la Colomina (cuatro periodistas a quienes el régimen tiene sobrados motivos para odiar y perseguir) denunciaron la conchupancia entre sectores del ejercito venezolano y las narcoguerrillas ¡con videos y todo! Todos alertaban de la peligrosa convivencia del gobierno venezolano con células irregulares de la narcoguerrilla. Que nuestro territorio era usado de aliviadero, que armas venezolanas estaban en manos de los irregulares, o de que estos escapaban a Venezuela donde las fuerzas colombianas eran contenidas, o que ya controlaban bastos sectores de la frontera. Todo esto se ha repetido hasta la saciedad, pero nadie ha querido darse por enterado. Se gritaba que era peligroso permitir el unir el dinero de las drogas con los del petróleo y el brazo armado de la guerrilla criminal, bajo la figura de un líder delirante, peligro e ignorante pero carismático. Toda Latinoamérica se hizo la loca, no fuera a ser que el presidente orate les gritara o insultara (les daba tanto meyo, poechitos), o por perder los reales que andaba regalando, o por dáselas de chévere con un líder que es aceptado por muchos en sus propios países. Jugaron a usar sus reales, a vivirlo y dejarlo hacer. Colombia, no en una medida tan grande o de tanta responsabilidad como Brasil, también permitió todo eso. Ahora estamos en esta encrucijada cuando se comienza a hablar de ‘conflictos’ y hasta de ‘alertas fronterizas’; les pasó como en el viejo cuento del mono, quien mete la mano en un hueco para sacar algo, y lo atrapan porque aunque ve venir a sus captores, no suelta su presa por codicia. Aunque esta conducta es propia de politiquillos baratos, los estadistas rara vez caen en estas ingenuidades peligrosas.   

   Convencidos de que por las armas jamás alcanzaran el, poder, la guerrilla ha tenido que prestar oídos al anciano degenerado que aún gobierna Cuba, y a través de él, al presidente venezolano. Estos grupos jamás alcanzarán el poder porque el colombiano común, con tres dedos de frente, los sabe peligrosos homicidas que matan por poder personal y por dinero, y entiende que de ese grupo de criminales no saldrá nada bueno, que no pueden construir esa sociedad más justa. ¿Justicia?, ¿decencia? ¿De ellos? Agotado el modelo de la violencia, sostenido únicamente para matar y secuestrar aquí y allá, sabiendo que no sirve para nada, pero como causar dolor nada les cuesta, las maniobras se dirigieron, como bien pudo decírselos el presidente Chávez, a destruir el sistema desde adentro, contando con grupos venales e irresponsables dentro del propio status quo. Uribe Vélez llega al poder porque es duro y promete mano dura contra narcos y guerrilleros, entonces hay que contraatacar, y allí entran en juego las cifras millonarias y fabulosas de las drogas, unidas ahora a los petrodólares. Estos grupos gastan millones y millones de dólares en costosos lobbys en Estados Unidos y Europa, en campañas contra Uribe Vélez, mostrándolo como un delincuente extremista, como un monstruo incapaz de condolerse del dolor ajeno. Esos lobbys mueven medios de comunicaciones y grupos de jóvenes que jamás han pensado por sí mismos, y los lanzan a servir a estos delincuentes que sienten deben limitar y destruir a quien juró enfrentarlos.   

   La campaña es de una elementalidad, de una simpleza tal, que realmente no deja mucho a la imaginación, pero es llevada acabo con la osadía de quienes nada tienen que perder y desarrollada por vividores y parásitos que no ven nada malo en la explotación, abuso, secuestro, tortura y muerte de otros, mientras sus cheques sigan llegando, claro está. La narcoguerrilla utiliza sus propios secuestros, a sus victimas, para atacar a Uribe Vélez, moviendo en campaña a los intelectuales venales que ya antes tapareaban los delitos del Bloque Soviéticos mientras millones eran ejecutados, y los nuevos acólitos, los que a fuerza de intentar mostrarse distintos o singulares, caen en la defensa de barbaridades. Ahora Uribe Vélez es un déspota, un monstruo que tiene la osadía de proteger a grupos enemigos de esos pobres angelitos de Dios, que sólo rezan y piden la ayuda divina para mantenerse vivos mientras huelen flores y toman rocío mañanero, así lo publican en la prensa francesa e italiana, y se grita en tantos simposios en universidades norteamericanas. Ahora Uribe Vélez es el responsable de que los secuestrados no sean liberados por una pobre y sufrida narcoguerrilla que los mantiene cautivos en contra de su voluntad, ya que ellos sólo desean soltarlos y que todos sean felices y se amen como hermanos; pero no pueden liberarlos (poechitos esos angelitos, Dios, mío), porque Uribe Vélez, el monstruo, no quiere.   

   Con los colosales ingresos de Venezuela, puestos a las órdenes de Fidel Castro y su círculo de vividores y malandrines, Cuba está a punto de lograr en Colombia lo que no pudo a la muerte de Gaitán. En desvergonzada procesión (hay demasiados reales de por medio), senadores, medios de comunicaciones y los llamados grupos humanitarios, mantenidos siempre por el dinero del narcotráfico y el terrorismo (desde los tiempos de Libia),  como las tristemente celebres Madres de la Plaza de Mayo, grupo vociferante que adora la plata y los regimenes de tinte militaristas autoritarios, se lanzan como perros con rabia contra Uribe Vélez, lo que no es muy difícil con lo repelente que es. Le gritan monstruo maldito, maligno ser lleno de crueldad, lo acusan de no querer ayudar a los rehenes de la narcoguerrilla, chillan: pobres rehenes, pobre guerrilla que no los puede soltar. Al unísono todos gritan: Álvaro Uribe Vélez debe salir, porque Uribe Vélez es malo. Su gente debe ser investigada, sus crímenes sí no deben ser pasados por alto como en ocasiones anteriores de narcoayudas para campañas electorales.   

   Uribe Vélez no puede pisar Norteamérica, o Europa, porque lo siguen, le gritan y lo pitan; la ofensiva propagandística ha sido realmente efectiva. Y mientras tiene que mantener a flote la imagen, debe estar mirando con precaución (cosa que no hace Lula da Silva, por ejemplo, en Brasil) como sectores de la vida colombiana, desde senadores a dueños de medio de comunicación, se unen a los grupos irregulares, aceptando la plata y la ingerencia externa, ofreciendo rematar Colombia, sujetando a su gente a caprichos de ancianos vetustos, deteniendo el progreso y su más o menos prolongada situación de estabilidad, con tal de alcanzar, al fin, el poder, uno que no han obtenido en más de cuarenta años de matar campesinos y policiítas de pueblo, robar niños para embrutecerlos, montarle collares bombas a doñitas secas y serias que han trabajado toda su vida como Dios manda, y proteger a los narcos.   

   Impías senadoras se mueven con habilidad y total desparpajo, para mostrarse como los grandes liberadores, los que llaman a Chávez como último recurso para que los ayude, para que liberen a esas pobres personas cautivas. A esta gente no le importa lo que venga después en su Colombia natal, quieren su pedazo ya, así sea de un cadáver. Gritan que Chávez mediará, ayudará porque es tan bueno, tan noble, un estadista maravilloso e iluminado que lleva paz, amor y progreso por donde pasa… tan distinto a Uribe Vélez, matriz que comenzará muy pronto a dejarse caer por toda la región y mucho más allá. Claro, a nadie se le ocurre preguntarle al presidente Chávez por qué no media y ayuda a los rehenes venezolanos en manos de estas lacras; tal interrogante no cabe en sus cabecitas… o la respuesta podría ser embarazosa.   

   El plan para liberar, mediante la intervención de Chávez, a la señora Ingrid Betancourt, rogatorio echo por la señora Cecilia Zarkozy, esposa del premier francés, Nicolás Zarkozy, estaba en marcha, y ojalá se diera y esa pobre mujer pudiera recuperar su libertad, ¡libertad!, algo tan valioso y maravilloso, aunque para tantos no signifique nada. Ojalá la liberen, como a todos los otros, y sus captores, esos perros rabiosos del hampa, sean encarcelados. Se dijo que todo había sido palabreado ya, que el presidente Chávez iría a Colombia, hablando de ayudar, cosa que le será agradecido por mucha gente, y la guerrilla la liberaría, de ser posible en territorio venezolano, donde la mujer sería embarcada, o entregada a la señora Zarkozy, en presencia de cierta senadora colombiana, impía ella, dejando a Uribe Vélez fuera del juego. La jugada mostraría a Chávez como el gran líder, el gran hombre. Uribe Vélez sería el hombre malo que no quiere el bien para esta gente. Él, y su grupo político serían los villanos. La impía senadora y su grupo quedarían como héroes junto al presidente venezolano, a quien le urge lavar la fachada ante el mundo después de bestialidades como el cierre, por odio personal y saltándose toda legalidad, del canal de televisión RCTV, o el descuido al dejar que se atrapara a un colaborador con una maleta llena de dólares para los sobornos y coimas que apuntalan a los Kirchner en Argentina, o su pretensión de gobernar mientras el cuerpo aguante o mientras el mal exista. Por su parte, la guerrilla quedaría como un grupo de idealistas que quieren paz y un entendimiento, pero que no se puede con alguien como Uribe Vélez en el poder (ni de otros que vengan y sean como él).   

   No era una mala idea, sería un buen libreto para un cuento, pero algo se atravesó. Hace algunos días, la periodista Patricia Poleo los echó al pajón con el plan, como decimos en Venezuela. Esta valiente mujer, que tuvo que huir de Venezuela cuando fue alertada de su captura a manos de los cubanos en Venezuela, involucrándosele en un feo crimen donde su único acusador era un tipo considerado un mitómano en Colombia, que dijo estar con ella el día que se planeó el asesinato, y luego se le supo en esa fecha preso en Colombia, ahora parece saber más de lo que pasa aquí que antes. Qué arrepentidos deben estar de haber montado aquella mamarrachada contra ella, ya que teniéndola en el país sería más fácil controlarla. A la mujer, por gente que sabía del guiso (por ello el Gobierno no pega una, todos se les filtra), le llegó la historia y la soltó de sopetón. Con tan mala suerte para el régimen que a quien le tocó desmentirla fue el mismo hombre al que se enfrentó en el recordado caso de Vladimiro Montesinos, cuando ella aseguraba que el hombre sí estaba oculto en Venezuela y ese señor, Pedro Carreño, decía que no. Y la razón la tuvo ella y él quedó como un mentiroso. El alerta paró todo, y el Presidente, desaforado, en uno de sus viajes soltó la perla de que el gran mal de toda la era eran los medios de comunicación.   

   En fin, el futuro de Colombia no es tan estable y seguro como parecía apenas unos años atrás, a pesar de la mano firme del señor Álvaro Uribe Vélez. Todo dependerá finalmente de la sangre fría y cabeza clara que mantengan sus habitantes en el futuro, sin dejarse engatusar por los cantos de sirenas. Como todo país latinoamericano, el granadino también cuenta con su buena carga de problemas, como lo son la inseguridad, la pobreza y los desequilibrios económicos y sociales; aunque estos sólo son problemitas comparados con el horror de los carteles de las drogas y la violencia sistemática de la guerrilla terrorista. Su oligarquía, sensata y responsable, tenida así por muchos, debe entender que la prosperidad debe pernear también hacia abajo, fuera de lo macro y lo mega bueno. Al país granadino lo acechan muchos problemas internos y externos. El cerco montado desde Cuba, maniatando con sutileza, como se observa en Brasil dado el torpe manejo de la gente de Lula da Silva, contra toda la región se cobrará en sufrimiento y lamentablemente en sangre hasta que halla un nuevo despertar y esta pesadilla seudo izquierdista quede atrás definitivamente, o al menos hasta que la región prospere, sólida y segura, y aparezcan nuevamente los que griten porque quieren desorden. No, no es muy prometedor el futuro inmediato para América Latina, no hay muchos políticos serios y estables en ejercicio, parecen abundar los inestables y maniacos, por lo que es de suponer que Estados Unidos y la misma Europa, ya deben estar preparándose para recibir a los que escapan del caos, la violencia y la esclavitud. Por lo menos cargarán con parte de sus culpas en todo esto. 

Julio César.

14/01/2008 GMT 1

ISAÍAS RODRÍGUEZ… CARA DE PAYASO

jcqt1213 @ 02:03

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   Hay gente que es patética (aunque uno no quiera usar esa palabrita), y hay otros que llevan las cosas al extremo (uno gime: Dios mío, ¡no puede ser!). Uno de esos personajes es este señor, imagino que ya ex fiscal, Isaías Rodríguez. Intentando ser justos, o hasta decentes (se los juro, lo intenté), hay que concluir que hay personas que no tienen salvación. Van de torta en torta, y ya ni se quitan el traje fiestero con el que fueron al anterior. El Fiscal General de la República Bolivariana de Venezuela, Isaías Rodríguez (es decir, el fiscal de la república de quinta, ya estamos por detrás de Cuba y Zimbawe), es uno de esos especimenes muy… Dios, para hablar de él hay que inventar palabras, ninguna lo describe en nuestra lengua y yo no me sé la de los elfos, pero digamos que es: insólito. Para comenzar es un hombre que se autoproclama de la izquierda socialista (pobre socialistas, ya hasta pena dan). Es, por lo tanto, un sujeto que criticó toda la historia de los cuarenta años de la democracia representativa como un periodo cuando no se luchó contra la corrupción del poder, el clientelismo del Estado y las brutales desigualdades sociales. Claro, olvida convenientemente según su psicosis, que un Fiscal General de la República, Ramón Escobar Salom, solicitó y logró que se enjuiciara a Carlos Andrés Pérez por ladrón al embolsillarse 17 millones de dólares que intentó hacernos creer que fue para defender las democracias latinoamericanas (y el muy cínico esperaba que se lo creyéramos). Hugo Chávez, su entorno íntimo y su familia se patearon de lo lindo, en una sentada, dos mil millones de bolívares del FONDEN, sin que les temblara el pulso (no sé cuánto es en devaluados bolívares fuertes), pero ahí sí no había nada que investigar, ni siquiera una sospecha. Así lo dijo ese enemigo de la corrupción y del clientelismo, ese ‘justo hombre de la izquierda’.   

   Aunque hay que entenderlo, en una considerable medida, este hombre se desfasa mentalmente cuando matan al Fiscal Accidental Danilo Anderson, el gran gurú de la fiscalía, quien llevaba todos los casos políticos, desde el golpe del 11 de abril de 2002, con un ojo sobre la oposición, pero el otro montado en Lucas Rincón, general trisoleado que esa madrugada anunció que Chávez había renunciado al poder, así como el juicio contra el alcalde de Baruta, Enrique Capriles Radonsky. Según las malas lenguas de mujeres malévolas como la periodista Patricia Poleo, el fiscal Isaías Rodríguez solía encerrarse largas horas en su oficina con Anderson, para penetrar… en el pensamiento marxista (así lo dejó flotar esta fémina, se los aseguro). Él la acusó de difamadora (y de bruja, me imagino), pero en verdad, cuando a Danilo Anderson lo matan en aquel atentado, Isaías apareció llorando y desencajado en televisión, gimiendo que esa muerte si le había dolido en verdad, no como la de su mamá que le dolió menos (pobre señora). Bueno, bueno, tampoco fue así, estoy haciendo una interpretación libre, lo que dijo fue: “esta muerte me dolió más que la de mi madre”. Y desde ese momento, y como ya se la tenía jurada a Patricia Poleo, el fiscal encaminó una investigación judicial destinada a lograr que un grupo de venezolanos dignos se vieran involucrados en el asesinato del Fiscal Accidental. Una doble venganza, y hay quienes lo tienen por idota…   

   Policía o funcionario que dijera que las cosas no iban por ese lado, era separado de la investigación, suspendido y hasta pasado a tribunales para que respondiera por esto o aquello (nunca se había visto tanta democracia y legalidad; o como dicen Kirchner, Zapatero y Lula: así, así, así es que se gobierna), y todo culminó con una acusación formal contra Patricia Poleo, acuciosa e implacable periodista enemiga del régimen, como lo fue de los anteriores gobiernos, siempre crítica, ácida y dura; contra el abogado Salvador Romaní, hijo de un opositor a Fidel Castro de toda la vida, vinculado a un activo grupito de venezolanos que ayuda a escapar a médicos y entrenadores cubanos que vienen a las misiones; se acusó al general Jaime Escalante, chavista pero hombre decente, acantonado en el Occidente del país donde denuncia, y es enemigo jurado, los campamentos de la narcoguerrilla colombiana asentados en territorio nacional a quienes ahora no se podía tocar ni con un mal pensamiento, y denunciante del tráfico de drogas en el Oriente, de la gente del llamado Cartel del Sol; y finalmente, pero no menos importante o significativo, Nelson Mezerhanne, un accionista de GLOBOVISIÓN, con quien desearon dar un escarmiento a la planta televisiva.    

   Y por supuesto, como antes hizo Carlos Andrés Pérez, el fiscal pretendía que le creyéramos todo ese cuento mal elaborado. Recuerdo, con asombro, lo dicho por Isaías Rodríguez en esos días, que esos eran todos por el momento, pero que podía haber más involucrados y que todos serían montados en “el autobús de a justicia”, imagino que camino al salón de la justicia. Más tarde quiso involucrarse al cardenal Rosalio Castillo Lara, que en paz descanse, y a Oscar Pérez, líder del Grupo de la Resistencia, así como a militares retirados del Frente Militar Institucional. Siendo como somos, en seguida se dijo: coño, ¿y dónde conspiraba toda esa gente, en una sala de conciertos? Pero esa era la naturaleza de este sujeto, la de un hombre sin inteligencia o probidad, condenado a arrastrarse a pantanales indecibles para poder mantener un cargo público, un muy buen cargo, gana muy bien. O ganaba.   

   Pero Isaías Rodríguez no actuaba tan alocadamente como uno podría imaginarse hasta este momento: ¡tenía un testigo!, el testigo estrella, un hombre al que jamás se le careó con los involucrados o la prensa que no estuviera controlada por el Estado. Nadie que no fuera del Gobierno pudo hacerle una pregunta jamás. La única entrevista que dio fue con la gente de VENEZOLANA DE TELEVISIÓN, donde la todopoderosa fiscal Luisa Ortega, iba dictándole qué decir. Era terrible, ni siquiera intentaron que se aprendiera el guión, por eso les va como les va. Lamentablemente, para Isaías Rodríguez y Hugo Chávez, la prensa investigó y se supo que el carrizo era colombiano y que tenía un expediente criminal voluminoso levantado allá por… mitómano y estafador. Investigado nada más y nada menos que por mentiroso. Ay, Dios mío, ahora cabe preguntarse: ¿es justo que un régimen tan inescrupuloso pero con tantos recursos no pudiera encontrar a alguien mejor para echar el cuento? El caso fue que el sujeto, Giovanni Vásquez, dijo que él y esas cuatro personas estuvieron creo que en una selva de Nicaragua o Panamá, planeando esa muerte el día tal. Y el fiscal Isaías Rodríguez se lo creyó porque, confesado por él mismo a un periodista de VENEZOLANA DE TELEVISIÓN de apellido Villegas, había visto la sinceridad brillar en la mirada de Giovanni Vásquez cuando le contaba todo; argumentación que hizo revolver en su silla al entrevistador como si estuviera sentado, de pronto, sobre un hormiguero.   

   Que esas cuatro personas estuvieran en el país para la fecha en cuestión, según Inmigración y testigos oculares, o que sus pasaportes no registraran tal viaje, no lo disuadió. ¡Él tenía un testigo, caramba!, un hombre de mirada sincera y brillante, donde se adivinaba la tortura de un alma que confiesa cosas terribles (ah, no les he contado: el fiscal pretende ser poeta, creo que hasta libros ha escrito). No, este hombre magistralmente ofuscado (¡Danilo había muerto! Dios, ¡Danilo se había ido!) Salió con una nueva teoría, una que lo cubría, explicaba y unificaba todo (todavía no entiendo cómo no lo han llamado de la NASA para que teoricé sobre los campos unificados que tienen a los pobres físicos de cabeza). Todos los indiciados habían escapado por los caminos verdes, porque él sostiene que como nadie custodia las fronteras en este país de quinta (no te digo, atacaba a Chávez), todos salieron por donde entran los irregulares de las FARC; y  remató diciendo que la gente que se vio por aquí, vistos por familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo eran… (ta ta ta tannn) ‘dobles’.   

   Si, si, sé que suena absurdo y da risa, yo mismo no puedo evitar sonreír aunque la cosa es realmente deprimente, alarmante y doloroso, recuerden que ese señor es el Fiscal General de la República, el que halla llegado ahí por ser sumiso a Chávez no le quita gravedad al asunto. Claro, ante la nueva teoría, todos esperábamos ver a los dobles identificados, desfilando esposados con las cabezas gachas, echando el cuento de cuándo descubrieron que se parecían tanto a fulanito o menganita. Pero por alguna extraña razón, nadie los buscó, ni la fiscalía ni la policía. Ni se dijo cómo hicieron los conjurados para verse fuera de Venezuela. Esos eran detalles nimios, sin importancia. Según Isaías Rodríguez, dicho por él, eran detallitos sin interés levantados como cortinas de humo por los medios de comunicación para salvarle el pellejo a los homicidas. ¡Él tenía un testigo presencial, carajo! Pero el golpe más devastador, uno que ni Kirchner, Zapatero, la Bachelet o Lula supieron como explicar o encubrir de aquel socio que tan generoso era, llegó cuando una reportera de GLOBOVISIÓN presentó una boleta de excarcelación donde constaba que Giovanni Vásquez estaba preso en Colombia el día en que aseguraba haberse reunido con los Cuatro Grandes, las mayores mentes criminales de nuestra era, en la selva. Y aquí, no queda más remedio, uno se lleva las manos a la cabeza y pela los ojos.   

   ¿No es insólito? ¿Acaso creyeron que nadie investigaría, qué nadie se enteraría? ¿Qué les costaba elegir otro día, uno cualquiera, pero que el testigo estrella estuviera en libertad? ¿De dónde salió ese testigo? ¿Lo envió la CIA? ¿Bush? ¿El Diablo? A esta alturas pensaran que con eso terminaba el proceso contra esa gente, pues no; se inventaron una figura legal donde ni eran culpables ni eran inocentes, sí, es verdad, no hay pruebas, pero el proceso no se cierra y en cualquier momento, si aparece alguien más, así sea una imagen en una piedra, se les vuelve a encarcelar. Patricia poleo, quien en cuanto comenzó el zaperoco se fue al exilio, aún no puede regresar a Venezuela, porque no hay garantías de que no la encierren y que en una celda le hagan lo que los cubanos acostumbran a hacerle a sus víctimas en Cuba para destruirlas, esas cosas que gente como Sean Penn, el que fue marido de Madonna (su único logro real en la vida) nunca ve mientras se cree un chico terrible al hacerle la barba a Fidel o a Chávez.   

   Después de años de verlo desvariar y revolcarse públicamente en la inmundicia, la propia y la ajena, siempre con una sonrisita que daba escalofríos (algo realmente desagradable, créanme), Isaías Rodríguez deja el cargo, rogándole a Dios todos los días, desde ahora hasta su muerte, que el Gobierno nunca cambie y que Chávez pueda mandar hasta que se muera de viejo como Fidel así sea sosteniéndose sobre las armas y la represión, o sus crímenes, los que cometió, los que ayudó a encubrir desde la fiscalía, las persecuciones que personalmente desató contra gente decente que cometió el delito de alzar su voz de protesta ante tantos desmanes, lo alcanzarán. Como finalmente lo alcanzarán ya que es de todos sabidos, y consuelo da, que lo que en esta vida se hace, en esta vida se paga.   

   Ah, ya imagino al tragadólares (el avión a todo lujo donde el humilde Hugo Chávez sale a vivir la buena vida, a todo trapo, por esos mundos de Dios, alejándose de Caracas que está tan sucita y fea), escapando a toda prisa por La Carlota, seguido de una multitud que grita y que, como los valientes bolivianos hace poco, llevan palos y piedras que le arrojan. Con lo intrépido que es el Presidente (oculto en el Museo Militar el 4 de febrero mientras otros echaban plomo parejo en su intentona de golpe, y bajo la sotana de los curas el 11 de abril, para que ‘no lo mataran esos muchachos’, como confesó al regresar al poder, pero que luego, convenientemente, olvidó mientras echaba el cuento una y otra vez), gritándole al piloto: más rápido, más rápido, métele chola. Y entre el avión y la multitud que grita, Isaías Rodríguez, corriendo torpemente, gordo y fofo por una vida de vicios y excesos, cargando con las pesadas maletas llenas de dólares, gritando que no lo dejen, que no lo dejen o lo joden, para luego, y cómo no, tropezar y caer, como Clim, aquel mapachito que corría tras el tren cuando se iba Candy Candy.   

   Ah, hay tanto que contar todavía del fiscal que creo que continuaré después… 

Julio César.

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