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¡¡¡VAYA TÍOS!!!
Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

Categoría: HISTORIAS ZANAHORIAS

20/07/2008 GMT 1

EL NEGOCITO

jcqt1213 @ 01:59

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   Lo tiene bueno, barato y bonito…   

   Nada. En la vidriera enmarcada en colores oscuros no había ningún objeto, ninguna cosa que permitiera descifrar mejor aquel cartel: caballero, pase, descubra y lleve nuestro fascinante y excitante producto. Eso rezaba. Llamativo, exótico. Ambiguo. Los hombre, jóvenes y los no tanto, que se detenían y miraban, sentían la curiosidad correr por sus venas: pornografía, sólo podía tratarse de eso. Y tragaban saliva como los perros de Pavlov. Tan convencidos estaban que al acercarse alguna mujer por el pasillo del Centro Comercial escapaban casi a la carrera, como si temieran verse sorprendidos pagando a una trabajadora de la calle, y con moneditas. Generalmente la mujer que  pasaba miraba el cartel, enfurruñaba la cara, también creía era pornografía y miraba al prófugo intentando descubrir quién era para denunciarlo.   

   Sin embargo, algunos entraban picados por la curiosidad. El lugar era pequeño, tal vez un metro y medio de ancho, por dos de largo ya que una barra alta limitaba el espacio. Detrás había una cortina, cerrada, que atrapaba las miradas calenturientas y desataba las imaginaciones (aunque todas iban camino a la bragueta, sin mucha originalidad), ¿qué habría allí, detrás de esas telas baratas de cuadritos?: pornografía, mucha, nueva y desconcertante pornografía, era la respuesta excitante y embriagadora. Incluso había quienes pensaban, los más desatados, en algún tipo de lugar donde hermosa chicas… La imagen quedaba corroborada por dos detalles. Uno era el vendedor, un joven delgado de sonrisa enigmática, agradable, atractivo a su manera, una que era ambigua también; la clase de sujeto que vende porno y no causa inquietud (o favores sexuales, pensaba mas de uno con ciertas cosquillas). El segundo detalle eran las fotografías en las paredes laterales.   

   Eran de chicas jóvenes, increíblemente pechugonas y cubiertas por mínimas tiritas por sostén, que invitaban a hacer preguntas: ¿Cómo se sostenían? ¿Por qué no reventaban? Las miradas de las chicas eran empañadas, sugerentes, anhelantes, como la de modelos profesionales, esas pobres muchachas muertas de hambre que parecen venir de veranear en Somalia y que se encontraran de pronto ante una hamburguesa con todo, caliente y olorosa. Las otras eran de tipos jóvenes, mazacotudos, lampiños y de miradas que intentaban ser virilmente masculinas, pero que difícilmente hubieran atraído la atención de las mujeres, inquietando únicamente a algunos tipos.   

   -¿Dígame, señor? –pregunta el joven, cortando al cliente, ¿qué iba a decir?   

   -Eh, yo, pasé para ver qué había.   

   -¿Sí…? –y lo mira fijamente, haciéndolo sudar.   

   -Si, me preguntaba… ¿qué venden aquí? –se lanza de sopetón, ¡ahora sabría!   

   -¿Usted qué buscaba? ¿Qué desea encontrar? –responde el chico y lo desconcierta y asusta.   

   -Yo, no lo sé, ¿qué venden…? –insiste, algo histérico, sintiéndose molesto también.   

   -Satisfacción. –responde con una sonrisa tonta, amistosa, como si explicara todo, y no explicaba un coño.- ¿Le interesa?   

   -No lo sé… -angustiado, presintiéndose atrapado en algún macabro juego, insiste.- Cuando dices satisfacción… -se corta y acalora, está molesto y curioso, desea irse, seguro de haberse equivocado, pero atado también. Allí debía haber algo inimaginable, bueno, sorprendente y único (porno del duro).   

   -Eso. Satisfacción. –repite el joven algo impaciente por primera vez, mirando elocuente su reloj.- ¿Le interesa o…? –y el otro se atraganta, quiere preguntar qué carajo es lo que tienen, pero no se anima.   

   -Bueno… -capitula.    

   Lo mira sonreír y entrar a la trastienda. El chico vuelve casi en seguida con una caja grandecita, aparentemente pesada. ¿Alguna muñeca? ¿Una caja de DVDs? ¿Algún libro? ¿Tal vez… (y tiembla de fiebre) algún juguetito exótico? El muchacho tiende la caja en la barra, al tiempo que otra persona, una mujer, sale de detrás de la cortina. El joven saca un libro hermoso, grueso, de apariencia muy costosa.   

   -Esta es nuestra mejor obra. Una Sagrada Biblia finamente encuadernada, para que aproveche sus momentos de ocio y soledad, ilustrada para que los muchachos la disfruten, y tiene hojas en blanco para que trace su árbol genealógico. Será la Biblia familiar, ¿no es hermosa, madre Teresa?   

   -Así es, hijo mío… -responde la monja sonriente, pero mirando al cliente con ojos de halcón.- ¿Se lleva esta sola o desea dos o tres más, para sus amistades?   

……   

   Si yo tuviera dinero para botar, montaría un negocito así por una semana, tan sólo para molestar. De hecho pensé en titularlo: TRAMPA PARA TURISTAS; pero habría sido muy obvio, ¿verdad? 

Julio César.

26/05/2008 GMT 1

PENSANDO EN VERDURAS

jcqt1213 @ 02:10

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   El tamaño contaba algo…   

   Martina agradecía los momentos en que dejaba la casa para hacer sus compras, lo que tal vez explicara porque iba tanto a ese mercado. O tal vez no. En su casa siempre había trabajo, el polvo era terrible, igual que las telarañas, sacudía, y cuando se volvía aparecían nuevamente. Mil veces se había preguntando dónde estaban esas arañas tan laboriosas. Y los muchachos, aunque grandecitos ya, no parecían poder valerse para nada por sí mismos. “Mamá, ¿donde están mis zapatos?”. “Mamá, ¿y mi camiseta roja?”. “Mamá, ¿y mis libros?”. “Mamá ¿y mi cuaderno?”. “Mamá, ¿bajaste de Internet el trabajo sobre Gómez?”. Fuera de que debía batallar para que comieran sus vegetales, sopas y carnes guisadas. De ser por ello sólo tragarían papas fritas y pollo asado. Además estaba el lavar cerros y cerros de ropas, plancharlas, guardarla. Lavar los baños, limpiar las baldosas del lavadero, dejar brillante las ventanas. Todas esas cosas que los miembros de su familia daban por sentado que se hacían solas, que siempre era así sin que mediara ningún poder humano. Por lo tanto no era necesario notarlo o agradecerlo.   

   Mientras recorre el pasillo de los enlatados y pastas, entiende que así la veían. Era… mamá. Y le gustaba, su casa, su marido, sus hijos… pero ¿no podían ser más atentos? Mira su reflejo en el cristal de la heladería, sonriendo algo nerviosa, sintiéndose tonta, una mujer cuarentona algo ridícula. Se veía bien con su suéter negro, algo ajustado, cosa que resaltaba su busto, reconoce con el rostro encendido. Había notado más de una mirada levemente interesada de hombres que iban por allí y topándosela se decían: nada mal, mami, te conservas bien a pesar de todo; si quieres yo podría hacerte el favorcito en los baños, ¿qué te parece? Pero a ella no le interesaba. Ninguno de esos sujetos. Con paso trémulo va hacia la sección de las verduras.   

   -Le queda bonito el cabello cuando lo tiene suelto, señora. –le había dicho el muchacho, un mocetón veinteañero, de cuerpo trabajado, eso lo sabía, nadie normal era así, con esos bíceps y esos pectorales, por no hablar de la cintura estrecha.    

   Se lo dijo un día, hace tres semanas, de pasada, como quien comenta que hace calor después de haber hecho frío hasta el día anterior. Y ella, tomada por sorpresa, enrojeció, sonrió y no supo qué decir. Pareció una colegiala pillada fuera de base en clases cuando miraba una novela romántica en lugar de prestar atención a las ecuaciones. Llevaba el cabello alto ensortijado porque en verdad no se lo había lavado y no quiso atarlo esa mañana. Y el muchacho lo había notado, sonriéndole con desparpajo e indiferencia, como un jovencito cualquiera hablando de cualquier cosa.   

   Continuó con su carrito, esa primera vez, pero tuvo que volverse a mirarlo, mientras fingía revisar los precios de la charcutería envasada, tipo salchichas y tocinetas. El corazón había latido demasiado rápido, extrañándola, asustándola… agradándole, y quiso saber por qué. Era delgado pero alto, de nuca casi rapada excepto por un cabello en cepillo en lo alto. ¿Habrá estado en el cuartel?, se preguntó, sorprendiéndose imaginándolo de traje verde, marchando, saltando, luchando cuerpo a cuerpo con alguien, poderoso, vencido bajo su cuerpo. Sus manos eran grandes, eso lo había notado. Fuerza, debía tener la fuerza y el vigor de la juventud.   

   Después de esa primera vez el joven no le volvió a hablar, sólo la miraba sonriente, y ella no sabía si se burlaba de su cabello suelto, desrizado, algo… lujurioso sobre sus hombros. Casi no se animó a llevarlo así después del comentario. Pero un impulso la obligó. Lo miró sonreír, amigable,  tal vez creído en su poder que la obligaba a actuar así. No lo sabía. Pidió dos kilos de tomates, concentrándose con todas sus fuerzas en la forma de los vegetales, pero pendiente de sus manos grandes, que debían saber tocar con ternura recorriendo una piel, cálidas, firmes, o apretar con violencia, como… atrapando a una mujer por sus axilas, alzándola violento, obligándola a mirarlo a los ojos, sometiéndola, metiéndose entre sus piernas, y ella cayendo allí, sobre su cintura, conciente de su fuerza, de sus ganas. Sí, eran manos enormes, reconoció estremeciéndose con fuerza. Y cuando flexionaba el brazo, los bíceps también destacaban, y ella se preguntó qué se sentiría recorrerlos con sus manos, apretando, acercando sus labios a ellos, tal vez mordiendo un poco esa carne firme. Debía ser puro músculo, músculo de hombre… no, de muchacho, de alguien que estaría, según los sexólogos en la cima de sus deseos sexuales.   

   -¿Desea algo más? –preguntó él, sereno, como si no se diera cuenta de nada. O tal vez no lo hacía.   

   Si, déjame recorrer tus hombros con mis manos por un momento, te juro que no deseo nada malo, no quiero arrastrarte de aquí, aunque mirarte sin esa franela seguro que sería todo un espectáculo, y tú allí, esperando que otras manos bajen tu pantalón, ¿usas bóxer o calzoncillos? ¿Manga larga o bikinis? Pero no debo. Amo a mi marido, ¿sabes? Y sin embargo quiero tocarte, saber si tus pectorales son tan firmes como parecen, con esos pezones destacando bajo la tela, ¿alguna mujer te los ha pellizcado? Imagino que si, que manos ansiosas han recorrido tu piel, adorándote, diciéndote que eres hermoso, y habrás sonreído, ¿verdad?, sabiendo que es cierto; esperando que esas bocas que te adulan caigan y laman, mordiéndote, haciéndote gemir. Y eso no me gusta, no quiero imaginar otras manos sobre ti. Yo quisiera hacerlo. Yo deseo bajar mi mano y tocar sobre tu pantalón…   

   -Si, un kilo de cebollas. Que no sean muy grandes…   

   Con voz temblorosa pidió algo de ajo después, y cuando él le dio la espalda, inclinándose a buscarlos, ella casi sintió desfallecer. Se veía tan… bien. Era una mujer madura, seria, no una carajita loca, no andaba buscando una aventura por calentorra o para pegarle cachos a su marido por venganzas inventadas, pero se vio acercándose a él, montando su mano en esa espalda, recia, seguramente caliente con el fuego de la juventud. Al hacerlo, él se volvería y entendería que era una pobre mujer casada con un marido de primera juventud con quien tenía sexo cinco veces a mes, si había suerte, y que a veces ni ella lo deseaba en serio, siendo más grato estar juntos en una cama, hablando de los problemas, de los muchachos y de mil vainas, sin interés físico.    

   Pero sabiendo que esos asuntos eran gratos, que debían tratarse; el muchacho, Jacinto, ese era su nombre, lo entendería, y con una sonrisa la atraparía por los hombros, empujándola, cayendo sobre ese colchón rojizo de tomates fríos, redondos, y sin quitarle los ojos de encima, sus manos se meterían por debajo del suéter, acariciando su vientre,  y ella gemiría. Las manos atraparían sus senos, apretándolos, antes de que cayera sobre ella, besándola. Se resistiría, pero sólo un poquito, un beso era algo serio, pero ¿cómo detener a ese mocetón vigoroso, caliente, de manos traviesas, de labios firmes y rientes, de lengua ardiente, de deseo duro en la carne? Y sería grato, ardiente, poderoso; ella no pensaría en nada, o tal vez lloraría un poco, su marido no lo merecía, pero…   

   Sonriendo, sabiendo que ese calorcito en sus entrañas no eran simplemente nervios (los nervios de siempre cuando lo buscaba), rodea el pasillo… y encuentra a una muchacha delgada, de rostro aburrido, atendiendo en las verduras. Sintió un ramalazo extraño de inquietud, de miedo. Era como cuando sonaba un teléfono a las doce y media de la noche, sonido que decía ‘atiende, y prepárate, es grave’. Se le acercó.    

   -Buenas, ¿y Jacinto? –pregunta ronca. La muchacha la mira sin interés.   

   -Se fue para el coño. –y a mí me ponen a atender esta vaina, parece decir.   

   No hay palabras para describir su desazón, su desencanto, su… pérdida. Aquel ritual que alegraba sus mañanas, que despertaba una tonta fantasía para todo el día, inocente, idiota, de llegar y verlo, de imaginar, de soñar, se había terminado. Tentada estuvo de abandonar el carrito y marcharse, incapaz de atender o entender sobre cuentas, números de tarjetas de crédito y esas cosas. Esa noche su marido la encontró muy callada.   

   -Pareces triste, Martina.   

   -No es nada, cariño. –sonríe trémula.   

   -Algo debe ser. –es algo impaciente, como siempre cuando ella cae en esos estados de ánimos.- No importa, ¿adivina? –le sonríe.- La firma tiene entradas para una función de media noche mañana, será la premier en Venezuela de la película de los vaqueros maricones eso. Sé que no suena muy bien, pero será grato salir de casa. Seguro que viendo la tal Brokeback Mountain te diviertes un montón…   

   -Si, seguro será divertida y me distraerá. –concede, lejana, y tal vez por eso no repara en la cara de su marido.   

   La voz del hombre se había quebrado un poco, desazonado. Decir maricón le recordó, con desagrado culpable, el extraño momento cuando entró esa tarde en Contabilidad y tropezó a ese tipo, quien casi lo derriba y le sonrió amistoso luego, que se veía tan bien en su traje de aprendiz, con la camisa ajustada y el pantalón que parecía abombarse en su pelvis… el tal Jacinto. 

Julio César. 

NOTA: Habrán algunos relatos más de este tipo y para no enredarme buscando imágenes usaré esta que me encanta. La miro y me digo… sí, hay historias interesantes todavía. Y gente sortaria, lo digo por el sujeto este.

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