Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis Te gustan viajar y sacar Fotos

¡¡¡VAYA TÍOS!!!
Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

Categoría: CUENTO CORTO

21/05/2008 GMT 1

LUCHA LIBRE

jcqt1213 @ 03:23

a-pagar.jpg

   -Ahora me las pagas todas…   

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí… -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge.    

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul.   

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio.   

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante.   

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio.   

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo.   

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.    

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter.   

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez.   

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o’, tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta… y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio.   

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose.   

   -¡Coño’e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote.   

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear… -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen… y abre la boca. 

Julio César. 

NOTA: Es de mi otro blog.

27/04/2008 GMT 1

EL ASCENSOR

jcqt1213 @ 03:24

ejecutivos-calientes.jpg

   Haré lo que diga, señor…   

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño’e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía.   

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto.   

   -¡Jefe…! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé.   

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan… macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma… debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero.   

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado… mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite.   

   Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho.   

   Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis.   

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos.   

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina… y depíleselo antes. –ordenó.   

   -Si, señor Morean… -gemí casi al borde del desmayo.   

   -¿Qué haces, Germán…? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado.   

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera... 

Julio César. 

NOTA: Pequeña historia de mi otro blog.

18/01/2008 GMT 1

EN LA FIESTA DE LA UNIVERSIDAD

jcqt1213 @ 03:25

3-el-alma-de-las-fiestas.JPG

   -Hazme lo que tú quieras, papi…   

   Verga, tengo que contarles lo que me pasó hace tres días en la fiesta del salón, ¡cómo habíamos bebido! Era increíble la cantidad de muchachos y chicas que había en la pequeña pieza tipo estudio que Mariana tiene cerca de la universidad. Es el lugar más popular de todos. Toda fiesta, conmemoración o acontecimiento importante lo celebrábamos ahí. Yo estaba tan tomado como el resto, ya eran las once y media y estábamos bebiendo, como desesperados desde las ocho de la noche hora en la que terminó el examen de Administración Sanitaria, una materia tan coño’e madre como el profesor. Todo me daba un poco de vueltas y me senté algo alejado para serenarme, la cola para vomitar frente al baño era larga y la cosa iba a terminar en tragedia; por eso fui junto a Roxana y Teresa, quienes gritaba y aplaudían a Néstor que había iniciado un baile erótico frente a ellas, meciéndose, mostrando su pelvis, bailándola frente a nosotros, para luego volverse, echando el culo hacia atrás y meciéndolo también. El jeans se le metía entre las nalgas y la verdad es que la vaina era caliente, a mí se me estaba poniendo duro el güevo sin darme cuenta, y lo atribuí a las bebidas. Néstor no era el único, otros chicos y chicas hacían faenitas así en diferentes puntos. Cuando se quitó la camisa, controle un jadeo.   

   Su torso era liso, musculoso, perfecto. Y sus tetillas parecían pedir manos, dedos que apretaran, bocas que… Bueno, ¿qué coño me pasa? Me inquieté. Fue cuando el muy perro se sentó sobre mis piernas, montando su culo en mi entrepiernas, justo, donde yo, disimilado mientras las chicas gemían, había movido un poco mi güevo a lo largo para que no se notara. Pero cuando cayó, pesado (carajo, cómo pesa otro hombre, pensé), sus nalgas, dentro del pantalón, prensaron mi güevo que ya estaba duro, largo, caliente y grueso. Se volvió a mirarme, sorprendido. Y me cagué de miedo, Dios, qué escándalo. Sin embargo, Néstor nada hizo, como no fuera agarrarse del respaldo de la silla y comenzar a furruquearse de mí, cepillando duramente mi güevo con sus nalgas redondas, duras, calientes y tuve que morderme los labios para no gritar ante el placer y la corriente de excitación que me recorría. Mi güevo estaba siendo masajeado ricamente. Momento en el que ocurrió algo más…   

   Leticia, que bailaba sobre un mesón junto al mari novio, se quitó la blusa y el sostén, sus tetotas saltaron y bailotearon, poco porque parecían rocas, y Mauricio, el mari novio, rodeo un pezón con una mano y todos gritaron. Hasta Roxana y Teresa, creo que excitadas, fueron a ver. Momento en el que Néstor me miró.   

   -Rápido. –se medio paró abriendo su pantalón y bajándolo un poco por atrás, con todo y calzoncillo, Dios que nalgas más redondas y musculosas pensé, y me abrió el cierre.   

   -¿Qué haces, estás loco? –gemí aterrado… y excitado. Era una vaina tan peligrosa y prohibida…  

   Sin hacerme caso, mi mirada estaba perdida en sus castaños pelos púbicos, donde se adivinaba bajo el pantalón su erección, Néstor sacó mi güevo, erecto, grueso, rojizo y nervudo, de cuyo ojete salía agua ya. Pareció maravillado de su tamaño, bajando el rostro, su aliento me quemó, casi lo besó, sólo la punta de la lengua tocó el ojete y el líquido antes de escupirlo abundantemente. Después, dándome la espalda escupió en sus dedos como suelen hacer los vaqueros, lubricando un punto secreto entre sus nalgas. Un punto que me fascinaba y donde deseaba yo meter mis dedos, acariciando, penetrando, y hasta me imaginé acercando mi boca. Pero no me dejó tiempo para más. Pronto el muy puto bajó sobre mí, endureciendo el rostro. Mi tolete frotó de su entrada tibia y suave, abriéndolo, cogiéndolo. Me apretaba sabroso. Mientras se clavaba, cada palmo de mi tranca era mamado, sobado y chupando por algo muy caliente. Su peso sobre mis caderas me hizo gemir contenido. Qué sensación tan increíble era tenerlo así, sentado sobre mí, con su culo ardiente tragándose todo mi grueso tronco, en medio de una sala donde los panas gritaban y aplaudían a Leticia quien riente y gimiente no se dejaba agarrar ahora de Mauricio y Verónica quien también quería meterle mano, excitando mas a todos.   

   Medio volteado hacia mí, vi a Néstor apretar los dientes, agarrarse al sillón y comenzar a subir y bajar no muy alto pero si rápido y fuerte, cayendo duro empalándose rico, y lo vi gemir apretando los dientes, demostrando cuánto le gustaba y encendía tener un tolete así bien metido en sus entrañas de carajito caliente, transfigurarse. Coño, eso le gustaba, le encantaba sentir el güevo de otro macho comiéndose su culito de hombre bonitico y putico. Mi tranca era tan amasada y halada que cerré los ojos, abrí la boca para buscar aliento, sosiego y eche la nuca hacia atrás. Casi me sentí mareado ante la fuerza con la que Néstor saltaba sobre mí. Su cuerpo quemaba, pesaba más, y cuando mi tolete quedaba bien enterrado, chupándomelo con sus entrañas hambrientas, sentía que me moría de gusto. Subió y bajo con fuerza. Mis dedos tuvieron que atrapar esas tetillas paradas, y pellizcarlas y retorcerlas cuando apreté los dientes e inunde su culo con mi semen caliente, abundante y espeso. Lo vi temblar, agitarse sobre mí, mientras aún lo cogía, y note la mancha de su corrida en su pantalón. Estábamos agotados.   

   -¿Me das el culo mañana? -tuve que preguntar.   

   -Lo siento, sólo en fiestas y reuniones. –me sonrió guiñando un ojo. 

Julio César.

Contactar con la autora o autor | Archivo | ¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis