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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

Categoría: CUADERNOS DE TRABAJO

29/06/2008 GMT 1

HACER UN HOMERO SIMPSON

jcqt1213 @ 02:22

amor-de-locos.jpg

   Sí, gente como uno…   

   Hace tiempo, en un capítulo de mis queridos Simpson, presencié uno de los momentos más hilarantes de dicha historia. A Lisa le había salido una competidora en la escuela, una niña sifrina que decía “cómo crees”, que la hizo sufrir. Pero lo realmente increíble de ese episodio fue la actitud de Homero, quien se involucró en una de sus ideas más desacertadas, locas e irresponsable: iba a hacerse rico recogiendo y vendiendo manteca usada. Grasa de cocina. En un momento gastó más dinero del que iba a ganar friendo unas tocinetas. Lisa, incrédula ante tantas tonterías, le pregunto: ¿Te harás rico vendiendo grasa? Y él, con un airecillo de quien responde a una gran bobería, replico: “No, llevaré gastos inteligentes, ahorraré y haré buenas inversiones”. Lo dijo como si la locura fuera esa, no su plan. Yo me reí largo rato ante tanta inconsecuencia. Pero esa forma disparatada de pensar la manifiestan demasiadas personas. Por un lado es bueno, porque incentiva la aparición de mercadillos que uno ni imaginaba. Hay quienes alquilan sillas frente a colas largas donde la gente espera para hacer trámites. A su manera, son útiles.   

   En buena medida esa manera irresponsable de pensar es un mal generalizado de nuestros tiempos. Los Simpson no hacen más que colocar un enorme reflector sobre el problema (enorme como debe ser Homero en carne y hueso). Creo que por eso me gustan tanto, motivo por el que otros los detestan. Desde que aparecieron hace tantos años, los defendí diciendo que los Simpson eran gente como uno (siempre me replicaban: serán como tú). Pero el que resulte grotesco, o desagradable, no lo hace menos real (el problema de la inconsecuencia, no los Simpson). Ni va a desaparecer. Y me temo que por sí mismo tampoco se va a corregir. Por experiencia se sabe que todo camino fácil es el que se toma, así el resultado no sea el deseado, pero termina aceptándose como a todo, aún a una mala suegra. ¿Cuántas personas no arrojan la basura por la ventanilla del auto ya como algo automático, sin detenerse a pensar en ello? La maña comenzó con la prisa: no había donde botarlo y se arrojaba, sintiéndose cierta culpa. La costumbre acabó con eso. Ahora el gran basurero que terminan siendo tantas ciudades (en Venezuela) es cotidiano, por lo tanto no merecedor de una segunda mirada o análisis. Uno se acostumbra como a ver un perro en una esquina o una mata secándose.   

   Ah, carrizo, ya divago y me aparto de lo que deseaba hablar. Es  lo que digo, se desvía uno del camino que deseaba seguir cada vez. Actualmente Venezuela Ecuador y Bolivia sufren de un mal endémico de nuestra región: olvidándose todo plan previo de trabajo, un grupo alzado con el poder cree que sólo ellos saben, sólo ellos pueden disponer de los recursos y de la manera de utilizarlos, como si el resto de la población no contara o no mereciera ser oída. Lo más preocupante es el delirio con el que parten, cada nuevo gobierno cree que es el más mejor, el bueno, que la historia y los cambios comienzan ahí, que el pasado debe ser sepultado, y por lo tanto todo plan o estrategia para enfrentar los problemas, olvidado. Cuando se analiza a fondo, encontramos que es la vieja maña de comenzar siempre de nuevo, una y otra vez, inconsecuentes, como malditos por algún designio que no nos permite prosperar. Nunca he entiendo a cabalidad por qué continuamos perpetuando tal estado de cosas.   

   En Venezuela las tendencias a combatir son claras, no sé realmente si puede extrapolarse a otras realidades, pero aquí voy. La gente adulta, padres, representantes y ciudadanos comunes debemos hacer un esfuerzo para enderezar el entuerto que años de práctica viciada han ido creando como patrón o modelo de vida. En la escuela, desde los seis años, y desde el llamado primer año (o grado como era antes) hasta la salida misma del bachillerato, a los muchachos debe decírsele que los problemas de la vida diaria no pueden resolverse con milagrería, golpes de suerte o con brujas. Que se puede pedir ayuda al Cielo, pero moviéndose para resolver. Que los problemas no desaparecen solos, que hay que enfrentarlos y combatirlos. Debe inculcárseles una visión clara para que aprendan a asociar causas con efectos: sexo sin seguridad puede terminar en embarazos no deseados o en enfermedades. Diciéndolo claro, los niños vienen del sexo, el SIDA también; sin disfrazarlo tanto, este es un punto donde debemos enfrentar tajantemente las tendencias sociales o la vaina empeorará, por lo tanto hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando los muchachos ya tienen cierta edad, cuando las hormonas halan en todas direcciones y ‘sabe’ que eso, el sexo, puede ser divertido, rico y satisfactorio, es difícil intentar cosa quiméricas como que abracen el celibato (ja ja ja), o ‘piensen’ en ese momento en los riesgos, pero sí que entiendan que si un muchacho se mete con una chica, o esta ‘quiere’ demasiado al novio, y caen en una cama,  puede haber consecuencias.   

   No quiero meterme en cuestiones morales o éticas, cuando hay problemas reales e inmediatos, prácticas como dicen, esos esoterismos me parece que deben ser tratados únicamente en púlpitos y cátedras, la obligación inmediata es contener estos males: adolescentes embarazadas, peligros de abortos ilegales, paternidad irresponsable, aumento del círculo de la miseria, marginalidad y carga social pasiva, o enfermedades. Si no podemos impedir que un joven y una muchacha vayan a divertirse (o en las variadas combinaciones), por lo menos que tengan conciencia de enfermedades como el SIDA que consume y destruye, que vean y escuchen a sus víctimas; que en la casa donde no hay baño, comida o medicinas, eso puede empeorar con otro y otro y otro muchachito. Si van a tirar, como decimos por aquí, que se lleven un condón, carrizo. Que medio piensen que el sexo puede ser divertido y satisfactorio… pero más cuando no hay consecuencias con las cuales cargar toda la vida (o recostándoselas a otros). Hay que enseñarles a asociar una cosa con otra, sexo indiscriminado (sí, como si fuera tan fácil) con mayores probabilidades de problemas más tarde. Debe explicársele, día a día, que quien no se prepara para aprender un oficio termina trabajando en lo que sea, así no gane bien o le toque vivir en un lugar inundo, sin nada de lo que un día soñó o creyó merecer. Que entiendan que si toman caña y conducen puede haber un accidente, y que ello no es un castigo del Cielo ni mala suerte, que hubo una relación entre una cosa y otra. Y hay que hacerlo, porque muchos jóvenes (incluso gente más vieja) no es capaz de entender dicha correlación.   

   Hay que terminar con ese pensamiento irresponsable, superficial y algo estúpido que nos hace creer que todo saldrá bien al final, sin que medie ningún esfuerzo propio. Desde los seis años, en cada casa y escuela, en cada ciudades y campos, y hasta que abandonen el bachillerato, se le debe explicar todo esto a los muchachos. Que entiendan que no hay una máquina mágica para hacer plata (excepto las del gobierno), que no existe algo como el negocito rápido y fácil (asaltantes, traficantes, criminales y asesinos terminan pagándolo, de una forma u otra, llevándose a la familia en los cachos muchas veces, la violencia tiene sus propias reglas), que para el futuro hay que prepararse o se terminará lamentándolo. Que quien no se prepara para encararlo puede terminar amargado cargando cajas en una fábrica, quejándose de su suerte o del italiano maldito que no paga, o envidiando al que puede viajar, comprar un carro o comer en un restorán, creyendo que la vida fue injusta con él o ella y que los demás son unos desgraciados (ah, este grupo, caldo de cultivo siempre para seguir a los revolucionarios, siempre arrechos con todos los demás. ¡Envidiosos!). Con todo esto no quiero decir que las oraciones no sirvan (como canta y defiende Vico C, bonito tema), o no se pueda encender una velita… pero como expresan por ahí: Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré… 

Julio César.

13/03/2008 GMT 1

ESCUELA, ¿QUÉ REALIDAD ENSEÑA?

jcqt1213 @ 03:36

siempre-futuro.jpg   Creo que esto ya lo he comentado, como sujeto que debe llevar estadísticas sobre salud, me toca enfrentar datos alarmantes, escandalosos en el hecho de que aún ocurran. En el ministerio debemos enfrentar realidades en el orden de: para combatir la inseguridad vamos a repartir estampitas religiosas para que los santos te cuiden. Las metas sanitarias del milenio no se cumplieron ni de cerca, La Carta de Ottawa nos estalló en la cara como petardo barato. Cosa que no debió sorprendernos. Pensar en resolver problemas aplicando lo mega grande, lo multitudinario, lo global, muchas veces no deja ver la raíz del problema. El dicho, imagino que chino (tienen dichos que suenan exóticos para todo), de que la espesura del bosque no deja ver el árbol, es muy cierto. ¿Cuántos comités no sabemos u oímos que se han instalado para atender este o aquel lío? A la gente le gusta eso, saber que hay una comisión que está estudiando ‘seriamente’ tal o cual problema, con el doctor Fulanito a la cabeza. Imagino que eso brinda una sensación de seguridad. Lamentablemente eso no me toca a mí, estando como estoy al lado de la gente que enmarca las políticas nacionales de salud; al final del día no puedo evitar sentir un escalofrío de miedo, mientras me digo: ay, Dios mío…   

   No sé si esto será únicamente en Venezuela, pero los inconvenientes parecen imposibles de resolver. Problemas graves de salud, desde el dengue al SIDA, pasando por el cáncer y los infartos, se unen a los causados por la pobreza extrema como la desnutrición y la reaparición de endemias erradicadas hace años en el país, se juntan todos para amargarle la vida a todo el mundo. Pero eso es sólo parte del problema, el otro es que no hay directrices claras, prácticas y realizables sobre las metas que deseamos alcanzar, ni cómo atacarlos, ni las dificultades colaterales que deseamos resolver en el camino, como la extensión de márgenes de miseria en cerros y quebradas, delincuencia, violencia. Vemos los cerros cundirse de ranchitos y no hay una política nacional para enfrentarlo como un problema de desigualdad social, pero también de salud pública y educación. Curiosamente todo va de la mano, por lo que una solución a implementar debe contenerlos a todos. Y como creo haber mencionado, y como dirían los políticos chanchulleros e inútiles: nuestros problemas son de educación. Es verdad. Por mucho dinero que se invierta creando ministerios y cargos, pagándole a muchos funcionarios, nada se resolverá mientras cada nueva generación esté surtiendo una enorme cantidad de personas con dolencias.   

   Para nadie es un secreto, tampoco, que en países como este, al menos, la educación deja bastante que desear. Hace sesenta años, cuando la gran mayoría de las poblaciones fuera de Caracas mantenían un estilo de vida rural, en las casas donde se almacenaba agua en tinajas, todo el mudo sabía que tal depósito debía estar aseado, que nadie podía meterle un posillo, y debía estar tapado con esmero. Los pisos, muchas veces de tierra, debían estar aseados, sin botaderos de basura alrededor. Ahora, cuando cualquiera ostenta un título de bachiller, es común que tengan que lanzarse campañas para que en barrios y poblados las personas que no cuentan con agua corriente, o con tanques, tapen los pipotes, ya que al dejarlos abiertos corren el riesgo de que se ensucie, los perros tomen de ellos, o los muchachos jueguen; mientras las aguas servidas y la basura corren por las calles, arrojadas, sin misterio en ello, por la misma gente que habita allí. Algo que un país rural, campesino, sabía y practicaba ahora se desconoce, y el dengue y las diarreas hacen su agosto. ¿Qué pasó? Es difícil responder en estos tiempos cuando contamos con Internet, el mapa del genoma humano y la posibilidad de clonar seres humanos, por qué la gente bota basura al lado de su casa.   

   ¿Desmejoró la educación? Los maestros, con tantos problemas ¿se desentendieron de su tarea? Algo de eso puede haber, pero creo, de corazón, que no es todo el problema. La verdad es que la escuela ya no prepara a los muchachos para el mundo que tienen que enfrentar. La educación fue superada por una realidad que es dinámica, cambiante, demandante, exigente, pero sobretodo avasalladora y muchas veces fea. La escuela ha ido perdiendo terreno, corriendo ahora para no dejarse sobrepasar por la situación, como el sujeto que alegremente se da un viaje a España, llega a la feria de Pamplona y de repente, en medio de la carrera, el ahogo y el sudor, entiende que los toros sí son reales y que vienen tras él resoplándole de rabia en el fondillo.   

   La escuela, ni la pública ni la privada, donde se esmeran más, preparan a los muchachos para lo que les viene encima, al menos de forma cabal, para enfrentar el mundo que les toca. Al menos en Venezuela. Y la realidad son las drogas; el SIDA; el alcoholismo y su vinculación con accidentes y violencia urbana y familiar; la miseria extrema; los niños de la calle; los recoge lata; los embarazos precoces; las enfermedades venéreas; el cáncer; la explotación sexual; ese estado mental llamado marginalidad que hace que alguien escupa por la ventanilla de un auto sin detenerse un segundo a pensar en que puede darle a alguien, o arrojar basura de forma maquinal; la poca preparación con la que el joven sale para enfrentar el mundo laboral; la perpetuación de modelos de conducta tipo ‘dejar hacer, dejar pasar’, caldo de cultivo para la permisividad; el poco reforzamiento de controles individuales, que terminan levantando generación tras generación que no se siente identificado con sus problemas ni es responsable de sus actos, desde ir a vivir en la cuenca de un río que a veces se desborda a traer camada tras camada de muchachos de los que no puede ni quiere preocuparse; el desprecio tácito por el trabajo constante y la admiración a la figura del ‘vivo’.   

   Son cuestiones básicas, del día a día, y en muchos colegios son tratados, pero de forma muy académica, me temo. O tal vez ese sea el modo indicado. No soy pedagogo, ni educador para discutirlo en sus términos; pero si deseamos atajar tantos problemas donde no funciona regalar dinero ni sirve usar la fuerza de las armas para corregirlo, las medidas no parecen estar dando resultados. Al menos no los esperados. De mi hermosa sobrina mayor, enviada a un buen colegio, me gusta que le enseñen inglés, danza, canto, computación y religión. Eso es bueno para ella a sus nueve añitos. Expande sus miras, sus objetivos, le hace ver que hay otros mundos, otros gustos e intereses. Eso está muy bien. Pero también quiero que sepa del SIDA, de los embarazos precoces, del papiloma humano.   

   Está pequeña, lo sé, pero un día tendrá la suficiente edad, tamaño y cuerpo para pensar en otras cosas, momento cuando sus intereses pueden variar. Y quiero que esté preparada para tomar la mejor decisión, o al menos que sepa cómo defenderse de la realidad; que jamás se vaya con el amiguito, a los trece o catorce, a un cine, o a una casa y se encierren y crean estar descubriendo el agua tibia, pensando que nada pasará, que se hará una vez y no habrá consecuencia. Que vaya sabiendo que sí las puede haber, que no vaya creyendo pendejadas. Deseo que mientras aprende a tocar la guitarra, que sepa que hay una enfermedad horrible que destruye, que acaba con la gente poco a poco, y que una de sus maneras de atacar es mediante la transmisión sexual, el llamado sexo inseguro. Aspiro que lo entienda, que esté al tanto de ello, que esté consiente que es algo real.   

   Individualmente se puede intentar atajar tantos desatinos que el simple sentido común debería decirnos cómo enfrentar, pero en su conjunto no funciona. Cada quien puede ‘educar y guiar a sus hijos’, pero ¿de qué le servirá si más allá se levanta un irresponsable que no vea nada malo en salir borracho a correr en su carro? ¿Qué le impedirá llevarse por el medio a medio mundo incluido nuestros muchachos bien criados? ¿Qué garantía tenemos que al salir no nos toparemos con el malandrito a quien nadie le dijo que consumir drogas, salir a robar o matar ‘es malo y no debe hacerlo’? A menos que se viva tras enormes muros y altas rejas, todos estamos expuestos a la ‘realidad’, por lo tanto es esa realidad la que hay que enfrentar. Mi jefa es una mujer que gana muy bien, y su familia tiene con qué desde hace mucho, pero ya la han atracado dos veces, metiéndosele en su carro, ¿de qué le sirvió toda la preparación anterior? ¿Qué se hace? ¿Contratar gorilas? ¿Carros blindados? ¿Llevar un revolver entre las piernas? ¿Irse a otra parte? ¿Y el qué no puede? ¡Yo no puedo!, cada vez que cobro debo decidir entre viajar alrededor del mundo o comprar azúcar y café. Es tan difícil decidir…   

   No es extraño la jovencita de la buena urbanización que a los quince años sale preñada, y eso de que “está enamorada”, que “lo hizo por amor”, me suena tan idiota como irresponsable. ¿Cómo alguien que no sabe cómo mantenerse sola y costearse casa, comida, transporte, puede realmente estar preparada para semejante decisión? Lo que parece, más bien, es que llegado el momento cuando la sangre hierve, la curiosidad y el cariñito del toque, los besos y caricias llegan, el momento se da, aunque después quiera dorarse la píldora con justificaciones. Sobre el sexo… ¡yo no lo condeno! Es rico, ¿qué se hace? Pero puede tener sus consecuencias, y para eso es que muchas veces no están preparados los muchachos. Pero eso no los detiene, y es algo que hay que entender. Es verdad, si un muchacho y una jovencita quieren hacerlo, porque les da la gana, porque estaban sentados en un sofá y no había nada mejor que hacer y la cosa se puso caliente, no habrá padres ni maestros suficientes para prevenirlo o evitarlo, no a toda hora. Y eso pasa incluso en personas de fuertes convicciones religiosas, que no morales, la moral y la ética no los relaciono directamente con  gente que tiene o gusta del sexo, no sé si será porque soy hombre, pero nunca me ha parecido malo o pecaminoso.   

   En fin, si no podemos andar tras los muchachos día y noche, a pesar de que sufrimos y nos damos mala vida, lo mejor es prepararlos para que entiendan en qué se meten, sin que ello sea un justificativo o un permiso para que lo hagan; pero en un país como este donde la gente es tan salida y bailada, todos sabemos cómo es la cosa. Prevención, eso es lo que debemos incentivar en sus cabecitas de muchachos, precaución y sentido común; pero no de forma aislada o individual. Si deseamos introducir cambios de conductas a un nivel primario, digamos la escuela, debe aplicarse al conjunto de la sociedad que deseamos construir,  levantar, o buscando el mundo que deseamos. Suena utópico, pero en verdad no es tan complicado, sin embargo requiere de perseverancia, de vigilancia… de gente a la que le importe. 

Julio César.

21/02/2008 GMT 1

FUSILANDO A UN FUSILADOR

jcqt1213 @ 01:42

rafael-poleo.jpg    Por fusilar, en Venezuela, fuera de la connotación literal, también indicamos cuando alguien copia descaradamente a otra persona en un trabajo, y debo confesar (porque ya lo saben, de lo contrario ni abro la boca), que caigo mucho en eso. Como empleado público que lleva estadísticas sobre cuestiones sanitarias, cuando me pongo intenso, aburro a los conocidos con los problemas de las distintas zonas de la Gran Caracas, que si cáncer de cuello uterino en la zona de Petare, SIDA que juega garrote en Guatire y Guarenas, desnutrición en los Valles del Tuy. Cosa que pasa justo antes de emborracharme totalmente, y fue en uno de esos momentos de fastidiosa seriedad sobre los problemas del país cuando discutimos un grupo sobre la manera de afrontar dichos males. Fue el marido de una amiga, el de Fátima, quien nos habló sobre un trabajo que había presentado en la universidad, ya que a él le pasó como a mí, después de años de graduados nos obligaron a volver para resolver un problema de títulos. Y él odió eso más que yo. A su vez, el trabajo lo había basado en un reportaje de un distinguido periodista venezolano, Rafael poleo, por lo que digo el fusil del fusilado. He aquí lo que colegí de su trabajo, que se negó a presentar él mismo en mis páginas.   

   Cuando las universidades de los países serios hacen proyecciones anuales sobre las causas y formas de resolver los problemas en sus países en los años venideros (parece que planifican a futuro, ¡qué bárbaros!), o el rumbo político, económico y social que tomará el mundo en los próximos años (qué gente, Dios), muestran una capacidad de planeación que parece cosa de magia a otras naciones menos previsoras. Es así como en el orden de importancia de los problemas a resolver, los grandes han llegado a la conclusión de dar prioridad a la educación sobre la salud (suena a tontería politiquera, todos dicen lo mismo: lo nuestro es un problema de educación; y sin embargo no hay manera de que resolvamos nada). Cuando se hacen las previsiones de los problemas por atender en cualquier país, el primer reflejo es dar relevancia a la salud sobre la educación, ya que es necesario contar con gente viva y medianamente sana para enseñarles luego a hacer cosas, desde reparar un cohete, a operar un cerebro o a preparar Cuba Libres (no es tan fácil como se cree). Sin embargo, de los newyores nos llega la noticia de que eso ya no es así. ¡Cómo inventa esa gente!   

   Aparentemente, el hincapié ahora está en poner a la EDUCACIÓN por delante de la SALUD. Sostienen que enfrentar los problemas de salud en primer lugar es una batalla perdida, que la esperanza está en transformar a cada individuo en un guerrero de la salud, fortaleciendo la prevención sobre el tratamiento. Alegan, hasta con lógica, que la sociedad moderna está creando a un enjambre de enfermos en potencia que ni puta idea tienen de que lo son o lo serán. Están los hombres que fuman y exhalan más humo que un tubo de escape en carro viejo, sin haber iodo jamás hablar de los enfisemas o de la relación de la nicotina con los infartos; que toman aguardiente como cosacos después de una invasión (ah, la caña, que rica), sin hacer una relación directa con los accidentes viales, la violencia domestica contra la pareja y los hijos (de ahí nacen los Aníbal Lecter), o con el viejo y cansado hígado enfermo (y de este condenado sólo tenemos uno). Hombres que comen como caballos llevando una vida totalmente sedentaria, que miran con angustia, mientras tragan un pedazo de chicharrón grasiento que chorrea aceite por su brazo, como abultan sus estómagos, sin detenerse a pensar (no se les enseñó cómo) que todo eso va a las arterias, cubre el hígado de grasa y tapa el corazón.   

   Vivimos en un mundo donde una jovencita no puede llegar a los trece años, y que le crezcan un poco las teticas, sin que salga a la calle creyéndose sobrada, un mujerón que va a comerse el mundo y  lo primero es sentir que atrae machos. Y eso pasa por la mente de la niña en la gran urbanización así como en el caserío más miserable, que sale a buscar quien le eche la primera vaina porque ‘ya es una mujer’, comenzando muchas veces un vida sexual activa sin tener noticia ni de lejos de la relación que hay entre una vida promiscua (¿cómo una palabrita tan exótica puede ser mala?) sin llevar un control de la salud de sus parejas, relacionándolo a vainas como el SIDA o los problema del Papiloma Humano. La relación de este con el cáncer de cuello uterino, es algo que ignora totalmente (Dios, ¡cáncer!, eso no se trata ni cura con aspirinas o antibióticos, pero tampoco lo sabe muchas veces). Estas muchachas que se levantan un día no pensando voy a estudiar, tener una carrera, visitar mundo y tener amantes en bellas ciudades internacionales porque soy autosuficiente y puedo encargarme de mí misma, sino diciéndose: “yo puedo levantarme al que quiera, ahí está el malandro ese que no sirve para nada; voy a probar”; no puede relacionar la paridera de muchachos sin control (nunca se les ocurre practicar sexo seguro; no, meten la pata hasta lo hondo) con el agotamiento del cuerpo, con distinta infecciones e incluso con el cáncer ya mencionado. Circunstancia que en muchos casos únicamente viene a acrecentar el círculo de la miseria en grupos donde no tienen ni con que alimentar bien a un muchacho, no hablemos ya de tres, cuatro o cinco. Muchas veces por el ejemplo en casa, lo que fue la vida de los suyos antes que ella, quedan marcadas sin llegar a saber que hay otros mundos.   

   Asistimos a la cultura de las drogas, ¡las muy malditas!, desde las ilegales a los estimulantes o sedantes médicos, y los esteroides anabólicos con los que tantos muchachos bolsas creen que pueden desarrollar cuerpo y músculos, lamentablemente no más cerebro. Es una cultura donde se les inculca que la marihuana no es tan mala, que las clases chic pueden darse su piquito de coca como una inofensiva diversión en fiestas, vainas controladas de gente sofisticadas (qué tonterías se inventan estos enfermos para ocultar una falla mental y de personalidad). Son jóvenes que crecen al garete, sin una guía, tomando el camino que mejor les parece, creyéndose sobrados, muchas veces cayendo en la franca manipulación de otros que los azuzan a hacer tonterías, o que se aprovechan de ellos incentivándolos a consumir, desde productos de marcas y basura, hasta drogas para fines ilícitos o para que brillen como atletas. Muchacho no es gente, decía siempre mi abuelo, y tanto que lo odiábamos en esa época cuando lo gruñía entre dientes. Pero ahí están, muchos de ellos careciendo de una segura figura de autoridad que sirva de faro cuando tengan problemas, porque hasta el rol de ‘padre, responsable y representante’ ha sido abandonado por una generación necia y no preparada que cree que esos roles deben ser ‘negociados’, vacío familiar este que posibilita la entrada de otras influencias en la vida de los muchachos. En su conjunto es preocupante la psicopatía que va manifestándose dentro de una población joven aparentemente privilegiada como la norteamericana, ¿qué queda en estos lares donde un grupo criminal cree que puede robarse unos muchachos, darle drogas y convertirlos en guerrilla, o carne a la venta para turismos extraños?   

   Toda esta enorme masa humana que toma por donde más fácil parece, que piensa que le va bien hasta que el cuerpo le echa la vaina con dolores, disminución de facultades o el colapso total, van a conformar un ejercito igualmente enorme de enfermos, de gente que atestará clínicas y hospitales, obligando a que buena parte de los presupuestos de los países, al menos en los países serios donde los lideres no toman la plata para hacer lo que les da la gana como obras en otros países mientras su pueblo muere de enfermedades o hambre, o lo roban mientras el pueblo resiste como puede otro día. Pero los países serios ven como se incrementan los gastos sanitarios, de gastos médicos, los gastos de la seguridad social porque a toda esa gente que sufre, se queja y le duele hay que atenderlos. Lamentablemente para este enjambre de enfermos jamás alcanzaran ni las plazas médicas, los recursos sanitarios ni habrá médicos suficiente; ni alcanzará el dinero para mantener a tantos. Así de simple. Si dentro de un país cualquiera doce millones de personas se preparan para posiblemente estallar más o menos a mismo tiempo, ¿cómo se hace? Siempre la demanda será muy superior a los recursos necesitados. Es aquí donde parece obvia la indicación de las grandes universidades: cortar la cadena donde se forman los enfermos metiendo entre los engranajes la palanca de la educación sanitaria.   

   Suena fácil, ¿verdad? Hasta lógico, pero no lo es. En muchas partes hay un deprecio increíble por el sentido común, por las cosas que están de anteojito. Siempre se busca la salida extraña, la mágica, la que no da trabajo ni preocupaciones, muchas veces irreal como dejar que todo se resuelva por sí mismo; o por alguna necesidad pedestre se necesita ensayar algo ‘nuevo’ para ser distinto. Y eso cuando no hay desinterés total, algo como: bueno, que se mueran, esos reales lo vamos a enviar en una maleta para que fulano sea presidente de tal sitio (por decir cualquier locura, sin nadie en mente). El problema de este tipo de soluciones, sentase y discutir entre todos qué hacer para romper la cadena, obliga al angustiado a buscar a otros, a pensar, a hablar, tomar notar, discutir y luego implementar, y vigilar que se cumplan ciertas máximas o normativas… y es ahí dónde está el problema para enfrentar las cosas, es ahí dónde mueren las iniciativas.   

   Vamos a estar claro, es más cómodo, fácil y rico estar sentado en su casa, tomando cerveza, viendo un juego de béisbol, comiendo cerdo, a hacer todo esto, reunirse con los maestros de las escuelas de la zona y expresar que se desea que se tomen cierta medidas en el programa escolar, y exigir que se haga y cumpla. Mientras tanto crece el número de enfermos, de gente que padece y exige atención que no le llega, con barriadas que se llenan de muchachos que sólo conocen el ejemplo de la carajita que es su mamá, y que muchas veces está obstinada de ellos, porque como son cuatro ya no consigue otro marido que cargue con todos; pero lo peor es que muchas veces ya se preparan para repetir el ciclo nada más llegan a los doce. ¿Qué se le hace? ¿Nada? Suena irresponsable, ¿verdad? Es como sentarse y dejar que todo siga como va en el mundo hasta que ocurra un desastre natural real, como un deslave en Vargas o un tornado en Nueva Orleáns, y chilar que se debió hacer algo para detener el deterioro ambiental. Y sin embargo, eso hacemos, es decir: nada. Nunca es nuestro problema, eso tiene que resolverlo 'otro’; para eso están los dirigentes y los políticos (sí, cómo no).   

   Bueno, si nos sentamos sin hacer ruido ni llamar la atención, otros se alarmarán y algo harán. O esperamos que lo hagan; pero silencio, que no nos vean o nos llaman y nos obligan a tomar la responsabilidad de nuestras vida. Qué fastidio… 

Julio César.

14/01/2008 GMT 1

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

jcqt1213 @ 01:48

tipo-sentadote.jpg

   Así es más rica la vida…   

   Lamento parecer algo necio y maniático, pero siempre me ha parecido que cualquier actividad, sea leer, escribir, pasear, hablar, pensar, debe llevar consigo un fin, un propósito. Una meta, pues. Aunque no se me mal interprete, puedo ser bien vago cuando me lo propongo y hacer cosas simplemente por hacerlas… o no hacerlas. Sin embargo toda vida debe tener utilidad, como la de aquel que siembra una planta que luego será enorme, dará oxígeno y sombra bajo la que otros se cobijaran en un momento dado; o el que levanta a una familia donde existe el deseo de superación, de ser mejores, de visitar mundo, de conocer lo que fue antes que ellos, de vivir mejor de lo que se vivió antes. Creo que a eso le llaman transcender, y es un concepto bonito. Aquí, como una introducción, me voy con unos comentarios sobre cosas que me preocupan, que me afectan… y que me arrechan. A estas altura de la vida, toda persona mayor de veinte años debe saber, o sospechar, que los problemas de su comunidad, del mundo, no pueden ser dejadas en manos de los políticos, porque al parecer, y que Dios me perdone por ser tan mal pensado, estos muchas veces sólo piensan en su conveniencia… cuando no son personas rematadamente inútiles. Peor, hay locos que no lo parecen hasta que se sientan en una Silla con poder, y luego la riegan. Pero comencemos hablando del año dos mil…     

   El 2ooo, fue particularmente esperado por muchos, entre ilusiones y temores. Parecía un número grande, redondo… casi misterioso. Hacía pensar en casitas en la Luna, las que estaban debajo del mar o las colonias en Marte; pero también en desastres y desgracias. El fin del mundo, motivado por un sin fin de variantes, era algo que alarmaba a mucha gente, y no sólo en el Tercer Mundo, aún en la poderosa Norteamérica o la culta Europa. Eran miedos de las masas, los atávicos, los que cada uno guardaba en su cabeza o su corazón, y estos eran universales. El fin podía ser por una peste, una hecatombe nuclear, un desastre atmosférico que desencadenaría terremotos, maremotos y tornados. Incluso se hablaba de objetos que podían caer del cielo, al parece estamos cruzando una zona del espacio particularmente cargada con todo rastros de rocas, y la Tierra pasa por ahí como perro en cancha de bolas criollas, esperando en cualquier momento el perolazo en la cabeza. Hercobulus aterrorizó a muchas almas sencillas. Nada de eso se cumplió, pero ya anda un grupo por ahí con un libro que habla de un planeta rojo que se acerca a la Tierra, el cual hay que comprar si queremos saber cómo salvarnos. Dios, había prometido no burlarme más de los místicos…   

   Hay un aspecto de la llegada del dos mil que me inquietó como empleado publico destinado a llevar cifras, cuentas y estadísticas sanitarias, que ahora no se pueden, las cantidades que anuncia el Gobierno, no digamos que son inventadas, pero eso se le parece mucho; ahora debo trabajar únicamente con cifras pasadas. En los años previos al singular número, las Naciones Unidas todas se había abocado a la exitosa culminación de un programa de gran alcance en tiempo y lugares, destinados a combatir las enfermedades productos de la desnutrición, algo que se llamó LA CARTA DE OTTAWA, que debía mostrar todos sus triunfos en el dos mil. Pasado siete años ya es posible medir en todo su alcance el fracaso (¿fracasó un plan implementado por la ONU y sus líderes? ¡No puede ser!). No sólo no se redujeron dichas cifras, atacando sus causas, sino que no se ha tocado ninguno de los otros problemas que le van aparejados, obligación también de las Naciones Unidas, como era la reducción de armas, no solamente las de destrucción masiva, y una efectiva disminución de la contaminación ambiental.   

   ¿No es curioso como fallamos siempre en cuestiones importantes? Por suerte al fracaso no se le dice así, no a nivel de la ONU al menos, y a nadie le interesa mucho tampoco el tema. ¡Es tan aburrido pensar en problemas! Claro, un tornado en Sumatra es un asunto feo, pobre gente, pero pasa a cada rato y ya nos acostumbramos. Un hermano mío comentó en estos días, ¿y por qué esa gente no se va de ahí? Este hermano mío, Miguel, es así, muy folclórico. Recuerdo una tarde que estábamos en casa de nuestra madre, sentados a la mesa él, mi hermana Luisa y yo, comiendo. Eran granos muy sabrosos con carne de cerdo, unos bistecs a la plancha, ensalada de pollo, mucho aguacate y jugo de naranja. Él repitió… y pidió un tercer plato. Yo le dije, ¡muchacho! Luisa le preguntó si no sabía que había mucha gente muriéndose de hambre en el mundo. ¿Saben qué contestó?: Hummmju, y por qué no se vienen para acá para que coman.   

   Es realmente una pena que los problemas no puedan solucionarse así, tan fácilmente, con tan sólo cambiar de dirección, como piensan tantos que hacen un desastre de la zona donde viven y creyendo que mudándose dejarán lo que son y lo que provocaron atrás. Lamentablemente tampoco hay soluciones rápidas o sencillas a estos problemas (no, no se vayan todavía). Aunque la desnutrición, la pobreza extrema y la violencia sean problemas localizados, focales, estos son universales, aunque los grandes países quieren desentenderse del asunto. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que las diferentes ligas de países y presidentes no sirven sino para reunirse, firmar papeles huecos que dan una falsa sensación de que algo se hace, que se sacan fotos, discuten, chismean y se atacan por allí uno que otro para mostrarse más en plan de farándula que de estadista. ¡Y con el realero que gastan en esas cumbres!, la cosa es eso, cumbre. Las Naciones Unidas han ido quedando relegadas, como lo será finalmente la OEA en su triste papel de incapaz para sostener reglas claras, justas y equilibradas que protejan a los americanos como ciudadanos de los regimenes políticos. ¿Para que le sirve a un perseguido político, que languidece en una cárcel y su familia, amigos y conciudadanos, la existencia o no del Secretario General o toda la OEA? ¡Para arrecharse! Y este, el señor Insulza, es increíblemente inepto, casi criminal en su negligencia.   

   Aunque es posible encontrar gobiernos locales capaces y responsables que deseen afrontar cambios y dar soluciones, el político en sí está controlado por las urnas. Un político no puedo sencillamente mandar a la gente a bañarse y que dejen la pedidera y se pongan a trabajar, o “pierdo a mis electores y me jodo”. A un candidato a una gobernación en Venezuela, Enrique Mendoza, se le ocurrió como slogan de campaña: trabajo, trabajo y más trabajo… y así le fue. Por otro lado, un buen gobierno puede terminar y llegar otro que no sirva ni para limpiarse la nariz con un dedo frente a un espejo; en Latinoamérica el espectro está muy copados de esa fauna de oportunistas gritones de la internacional socialista, con su ya más que demostrada incompetencia, siempre cazando un descuido de los ciudadanos para echar la vaina. La solución, aunque más difícil que encontrar o elaborar una piedra filosofal, es que los ciudadanos tomen conciencia a nivel de su región, de su calle, de su urbanización, y adopten medidas sencillas para encarar los tres puntos básicos de problemas mayores, tres desequilibrios suficientemente conocidos: 

   -Los sanitarios. 

   -Los sociales. 

   -Los ambientales.   

   Tendrá que ser la gente común la que tome el control de la situación y diga: hasta aquí, esto hay que resolverlo. Y no es tan complicado, las soluciones ya están establecidas (educar y trabajar, producir y ahorrar), serían baratas económicamente hablando, y de simple sentido común, sin embargo eso oculta el principal problema. El sentido común no es tan común como muchos creen. Y encontrar a alguien que quiera reunirse con otro para discutir el futuro de su ciudad es casi tan complicado como encontrar a dos personas que hallan atestiguado un mismo hecho y lo cuenten de igual manera, como lo sabe todo el que haya pertenecido a una junta de condominio (Dios, qué infierno). Ah, las cosas que he hecho yo mismo escapando de ellos, aunque sé que a la larga el no hacer nada me perjudica en mi edificio. Por nuestro bien, esperemos que surja la gente responsable que quiera tomar sobre sí el peso de estos problemas, sin deseos de figuración, sin que necesiten llenar un vacío patológico de protagonismo.    

   En alguna parte leí hace tiempo que el noventa por cierto de todas las ideas que mueven al mundo proviene de un diez por ciento de la población, que el resto es relleno y se conforma con que la dejen en paz en su vida de cabeza metida en la arena. Supongo que en lo tocante a la responsabilidad de luchar, echarse un problema a los hombros y trabajar para resolverlo, así lleve años, también recae sobre un número igualmente reducido. Que lástima que no seamos para trabajar como lo somos para opinar sobre el cómo deben hacer las cosas los demás. Pero en algún momento la gente común, el ciudadano de a pie, el pela bolas como decimos aquí, tendrá que botar aire, enderezar los hombros, echar la cabeza hacia atrás como diciendo “por qué yo, Dios”, y tomar la responsabilidad de pensar en su futuro, el de sus hijos y sobrinos, el de sus amigos y su país, de forma local, sin pretensiones de salvar el mundo. Como gente normal, pues… 

Julio César.

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