PICA COMO ABEJA Y LA METE COMO LOS BUENOS

Al calor de la intensa batalla…
El campeón, fornido y temible, no esperaba que su contrincante fuera un chico tan agradable. Le simpatiza, y mucho, se dice mientras sonríe. Lo persigue, lo acorrala contra las cuerdas, lo abraza, lo toca, lo soba. Estaba tan contento que el buen ánimo le abultaba… saliéndosele por todos lados. El chico asombrado, pareció interesarse también… en el combate. Siguen luchando, la gente susurra en las gradas. Uno grita “peleen, carajo”. El chico intenta sorprender y le da; el campeón se molesta, le agradaba pero debe cuidar su buen nombre. De un golpe lo derriba, mareándolo, de rodillas, jadeando por la boca abierta. El campeón cree que necesita algo, algo que lo ponga en su sitio, que entienda que él es el “macho”… El chico parece ahogarse, pero lucha todavía. Lo hace bien, admite el campeón, era un jovencito con hambre… de triunfo, pero ya era hora de terminar, sentía que no aguantaría mucho. El chico cae ahora sobre manos y rodillas, mientras el campeón lo ataca con mayor furia, dándole duro y directo, con golpes que resuenan en todo el ring, haciéndolo gritar y gemir, todo bañado en sudor, mientras el público enloquece y grita que sí, que le dé así, que le meta bien ese ganchote, que no lo suelte que ya lo tiene bien cogido. Y el campeón le da y le da, en medio de ese gentío excitado.
Julio César.

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