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Cortos relatos para gente muy adulta. Nada de menores...

Archivo: Mayo 2008

30/05/2008 GMT 1

UN MUCHACHO EN LA MONTAÑA

jcqt1213 @ 04:52

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   Para el muchacho, así era aún más hermoso…   

   Renato había ido al cine con varios amigos del colegio, entre chicos y chicas, para ver Brokeback Mountain más como un desafío de las féminas que por otra cosa. Realmente no esperaba disfrutar esa película; sin embargo no pudo concentrarse mucho en la trama por las bromas que se hacían entre todos, de mil cosas que comentaban todos los días pero que aún así eran divertidas, o de estar ahí o de los besos entre esos dos tipos en la pantalla; actitudes típicas de hombrecitos mocetones ante ciertos temas. Pero al joven le impresionó ver las miradas llorosas de Judith e Ingrid, dos de sus más apreciadas amigas, quienes parecían extraviadas en algún paraje lejano y triste, incapaces de apartar las miradas de la historia. Le pareció extraño que fueran las chicas las más afectadas por un romance entre vaqueros homosexuales, pero sí, fueron ellas las que guardaron un silencio ensimismado mientras salían, tanto que ni siquiera defendieron la cinta cuando algunos de los muchachos intentaron ridiculizarla para hacerlas enojar al tomar asiento en la fonda donde comerían hamburguesas y hablarían más tonterías. Por un momento pareció que las jóvenes no estaban allí, sino en algún otro lugar, uno distante. Renato notaba esas miradas ausente y un tanto torturadas, desconcertado y preguntándose el por qué, ¿qué estaba viendo Ingrid cuando la sorprendió mirando por uno de los ventanales a la noche, a la nada?; no hubo manera de contentarlas esa noche.   

   Poco después copias de la película rodaban de puesto en puesto de buhoneros, gracias al terrible mercado de cintas clonadas y quemadas, que muchas personas preferían a las originales de precios exorbitantes aunque a la larga eso arruinara y destruyera a la industria. El mozo dudó en comprarla, le parecía que era exponerse a la mirada de los vendedores. Así de joven era. Pero la llevó al fin. Esa noche en su dormitorio, intrigado aún por la actitud de las amigas, que les duraba varios días ya, la reprodujo, reparando en la increíble mala calidad, lo mal traducida y lo oscuro de las tomas. Pero poco a poco, cuadro a cuadro, con silencios llenos de mil voces, con miradas que eran llamadas a gritos, en los toques de una guitarra que parecía llorar, el joven fue conociendo a Ennis del Mar y a un tal Jack Twist. Poco a poco fue poniéndose del lado del vaquero alegre, riente y optimista, que miraba al tipo huraño con amor y entrega, con ternura, con desesperación, diciéndole con cada gesto que él (Ennis) era su dueño, su señor y que ya no podía seguir sin él, proponiéndole el huir juntos, de forma vehemente, quemando sus naves de escape, ofreciéndose todo.   

   El joven tuvo que ser testigo, hasta el final, de los rechazos que una y otra vez fue sufriendo ese tipo de mirada intensa e inmensa. Tuvo que ver como su personaje evolucionaba hacia el gris resignación y amargura por una existencia que no fue, después de ser el azul alegre de la vida y esperanza. Lo vio envejecer, gordo, con bigotes, con grandes patillas… y de alguna manera al muchacho le parecía que era más hermoso aún que al principio. Con un estremecimiento interno, algo que a él mismo le sorprendió, descubrió que le agradaba Jack Twist, que sentía su amor, su angustia, su pena. La escena en la que Ennis oye de su muerte, con esa oscura secuencia donde Jack huye, es agredido y cae, arranca ardientes y dolidas lágrimas al joven, quien casi tiene que tragarse unos ruidosos jadeos. Él podía imaginárselo corriendo asustado, lastimado y tal vez llamando a Ennis una y otra vez mientras caía y era golpeado. No entiende si fue asesinado o si Ennis imagina todo eso.   

   Sigue mirando, y la imagen de un Ennis del Mar viejo, frente al armario donde tiene lo poco que posee, mirando las camisas que usaron en esos primeros encuentros de descubrimiento, de amor, de realización y separación, lastima nuevamente a Renato; le atormenta todo ese dolor aunque siente rabia contra el catire que no supo cómo amar a Jack. Imagina a Jack, sangrando aún después de la pelea en Brokeback Mountain, recogiendo esa camisa, tal vez abrazándola y sufriendo por la inminencia de la separación, y guardándola, guardándola como un maravilloso tesoro, como un preciado recuerdo de cuando estuvo en la cima del mundo, en las puertas del Cielo y Dios le había permitido seguir por un tiempo; guardándola para cuando llegaran los días malos, los momentos de soledad. El muchacho estaba convencido, porque así de increíble era ese tipo, que Jack no veía en esos momentos la sangre producto de la agresión de un atormentado y asustado Ennis, quien no sabía de qué otra forma reaccionar y encarar lo que pasaba en su vida, sufriendo ya ante la separación pero queriendo apresurarla creyendo que eso la haría menos dolorosa. Si te odio no me dolerá verte partir, seguramente eso pensaba Ennis, se dice el muchacho, parpadeando, intentando alejar nuevas lágrimas que le parecen poco viriles.   

   Renato esperaba, esa primera vez que veía la película con cuidado, el momento final, ese en el cual Ennis, mirando las camisas enlazadas una dentro de la otra como debía ser, dijera finalmente lo que debió decir antes de bajar de aquella montaña, o a los pies de las escaleras de su casa, o al yacer junto al amante en aquella cama de hotel donde tuvieron que sellar el pacto de amor al reencontrarse: Jack, te juro que te amé, que aún te amo. Pero no, ni aún ahora lo dice, y Renato sufre, exasperado. Botando aire, intentando calmarse, se dice que, después de todo, fue eso lo que quiso decir con ese Jack, te juro…   

   Si, debió ser eso. La guitarra llora, Brokeback Mountain se observa por la ventana y el joven siente que se muere de tristeza, una que es tanta que no puede respirar. Su cara de muchacho está bañada de lágrimas que lo avergüenzan un poco, pero que también le brindan alegría, porque en medio de su juventud entendía que era bueno el que pudiera llorar por eso, por el dolor de otros, por el amor de otros, aún por el amor de esos dos carajos, algo que jamás antes había contemplado sentir. Pero está mal, llora y llora ahora de una forma que no puede controlar, y siente miedo de que no se le pase nunca, que ese dolor que padece dure para siempre, porque ya apagó el DVD, fue al baño y orinó, a la cocina y tomó un refresco, y se asomó a una ventana, un error, porque esa noche cargada de estrellas lo arrastró por un momento a una montaña hermosa y creyó ver el fulgor de una hoguera más allá, y la sensación de tristeza no menguaba. Era tan sólo un muchacho…   

   ¡No! ¡No! Seguramente hubo algo que no vio, algo que no entendió, quizás una escena mal traducida, tal vez una toma cortada. Debía cerciorarse y pone nuevamente la película. No podía ser que terminara así. No era posible que Jack Twist, ese tipo genial, realmente estuviera muerto, no en un accidente estúpido, no atacado por el odio de animales que caminaban en dos patas. Debía haber un error. Ennis no podía terminar después de tanto batallar solo en su trailer, con los ojos cuajados de lágrimas, pensando con amargura en todo lo que había perdido, en todo lo que la vida le había quitado con tanta crueldad. No era posible que ahora únicamente le quedaran esa postal y esas camisas de un primer encuentro, violento y apasionado. Y él, que generalmente hacía chistes sobre lesbianas cuando una chica no quería nada con un muchacho, o que se burlaba de los muchachos francamente amanerados, no con odio ni violencia, sino porque era lo normal, porque así era siempre, no quería entender ese final, ese terrible final de distanciamientos por miedos al que dirán, al qué harán los demás. La soledad y el aislamiento de Ennis del Mar de toda ternura, le parecía ahora demasiado horrible.    

   Ahora le parecía terriblemente malo que toda una sociedad empujara a una persona a negarse a sí misma, a verse como un enfermo, como un ocioso, como un degenerado o un vagabundo, y que lo atacaran con burlas, rechiflas, gritos, agresiones o hasta con la amenaza de un castigo de Dios. Su mamá siempre le había dicho que Dios era el padre amoroso todo poderoso, el que todo lo veía y todo lo perdonaba. Tal vez eran sus hijos los que no eran dignos de decir que hablaban en Su nombre, cosa que no los detendría en sus rencores, después de todo hasta los nazis cuando mataban judíos tal vez creían hacer el trabajo de Dios, o los racistas que mataban negros, o los vigilantes que atacaban inmigrantes en una frontera, con odio. Pero Renato es muy joven y no puede seguir esos lineamientos mentales. Para él era evidente que Jack y Ennis no fueron felices porque tuvieron que separarse, no podían vivir juntos, debían tener mujer e hijos para que el mundo estuviera conforme y todos fueran felices. Excepto ellos dos y la gente a su alrededor. Pero sabía que pensar en eso de nada servía.   

   Nada iba a cambiar la vida solitaria y  triste de Ennis, quien padecería cada día del resto de su vida el infierno de recordar al hermoso y alegre Jack, quien lo amó y le pidió que escaparan juntos, buscando su lugar bajo el sol, algo para los dos donde pudieran estar juntos para siempre, pero al que rechazó, rechazando la vida y la felicidad. Nada iba a traer de vuelta a la vida a Jack, eso también lo entendió. Y algo que Renato jamás le contaría a nadie, ni bajo tortura, era que por tercera vez en su vida se había enamorado de una forma total, inocente y desesperada; después de la profesora Mary, de biología, y de Susana, la mejor amiga de su madre, amaba a Jack Twist, el tipo de mirada directa y enternecedora, el carajo con valor, quien una noche comprendió que amaba a ese otro tipo y tomó la desición de actuar aunque todo estallara en su cara, porque entendía que era mejor recibir un golpe y un rechazo en ese momento a vivir soñando con lo qué pudo suceder si hubiera tendido una mano hacia Ennis y lo hubiera tocado.   

   Sentado en su cama, con las manos sobre la boca, los ojos aún bañados de llanto, el joven admite que si, que ama a ese carajo de una forma que le duele, pero que también le enternece. Para él no había sido una historia escandalosa ni fea, ni una propaganda retorcida de homosexuales ociosos, de maricones sinvergüenzas como muchos la tachaban de forma ligera, llevados por ese odio siempre a flor de piel que se dejaba ver como intolerancia hacia los demás. Para él había sido una historia de amor, grande, poderosa, esas miradas, esos besos, esos momentos de ternura, tan escasos, tan pocos, tan terriblemente pocos, habían transmitido todo ese sentimiento. Era una historia de amor trágico, sin un final feliz, pero de amor al fin y al cabo.   

   Esa noche lloro aún más todavía. Después de cenar con sus padres en la sala, algo que los desconcertó ya que hacia años que comía sólo frente a su televisor, y de que le preguntaran sí le pasaba algo porque estaba muy callado, el joven regresó a su cuarto y se revolvió en su cama sin poder dormir. No podía pensar en la novia; o en manosearse bajo su sábana; no podía alejarse de esa pradera, de esa fogata, de ese cielo. Cerraba los ojos y visualizaba la hermosa montaña, con una tienda de campaña alzada junto a un arroyo, sin nadie por esos lados, sin nada más, donde dos hombres cortaban leña, pescaban o cazaban algo y se encontraban allí, mirándose, rientes, con amor; podía ver al moreno saltar a caballito a la espaldas del otro que brincaría como un potro, derribándolo luego de espaldas sobre la grama, para caer sobre él, besándolo, incapaz de contener sus ganas de tocarlo todo. Y que cada noche se encerraban en su carpa, y Ennis, desnudo bajo las mantas, miraba el rostro de Jack debajo de él, diciéndole que lo quería. Y Jack sonreía con sus ojos grandes y bonitos, y las bocas se unían con anhelo. Y así, por siempre y para siempre, vivirían su amor y estarían juntos, estarían completos y serían felices. Pero Renato no puede evitar un suspiro de tristeza, porque cuando lograba engañarse así, sonriendo aliviado, seguro de que Jack dormía en brazos de Ennis, satisfecho, feliz, recordaba al momento siguiente al joven corriendo y siendo agredido.   

   El tiempo pasa y Renato ya lleva cuatro semanas de haber comprado la copia pirata y barata, deseando angustiosamente que saliera el original. Vivía deseoso y temeroso de ir a un cine y verla en pantalla grande, limpia y nítida, porque podría llorar ahí delante de todos. Ahora se movía de forma distinta y escuchaba realmente cuando un adulto hablaba del trabajo duro que pasó de niño o de la pérdida de un ser querido, ahora podía entender y reconocer esas miradas húmedas, dolidas. Ahora no podía burlarse de la gente, ni de la loquita que vagaba sucia por las calles hablando con un perro, malhumorada, ni de la muchacha fea de la escuela a la que todos molestaban, sólo para reír y divertirse, porque teme saber que ella pueda tener su propia historia, una dura y grande, y reírse de ella le parecía cruel, algo que… entristecería a Jack. Han pasado cuatro semanas y la tristeza le dura y cierta melancolía lo rodea, confiriéndole una serenidad extraña, algo que ya notaban, interesadas, muchachas mayores. Ahora él tenía secretos, como la montaña. Uno era que había visto la cinta otras doce veces, jurándose siempre que esa sería la última vez, y en cada una de ellas lloró por Ennis, el tonto que lo pierde todo. Pero sobretodo, por Jack, su amor bonito e idealizado, su otro secreto.   

   Una tarde, frente a su computadora, incapaz de contenerse, buscó referencias en Internet de Brokeback Mountain, encontrando más de 17 millones de ellas. Comenzó a leer páginas con críticas de cine. Algunas le gustaron, aquellas que hablaban de la belleza de la cinta y del gran papel de sus protagonistas. Otras las odió, las de aquellos que esperaban ver algo totalmente distinto, tal vez a Depredador besándose con Alíen, para terminar luego en persecuciones alucinantes y estallidos que le dieran dinamismo y emoción, con todos los nuevos efectos especiales y viejos clichés. Una tarde, viendo un espacio para comentar, botó aire y se atrevió.   

   “Me llamo Renato. No sé cómo explicarlo pero para mí esta ha sido la mejor película que he visto en toda mi vida, y realmente no espero que un día aparezca una mejor. Creo que Jake Gyllenhaal y Heath Ledger merecen ser aplaudidos y considerados los mejores actores de su generación. Lo que más me gustó de la película fue…” y ya no supo que decir porque la emoción lo embargaba, lo quemaba, le dolía sentir lo que le oprimía en el pecho, pero también le gustaba y no estaba transmitiéndolo bien. “Yo amo a Jack Twist”, terminó casi a la carrera, empañándosele la mirada, confesándolo al fin. Lo publicó con miedo, quedándose sentado, viendo aparecer el comentario, jadeando, avergonzado de sus palabras, pero alegre y casi orgulloso de haberse atrevido.   

   “Te entiendo, Renato”, se sorprendió al ver aparecer una respuesta casi al instante. “Lloro cada vez que recuerdo su historia. Me llamo Verónica. Yo también lo amo. No es que me guste o lo quiera. No, yo lo amo. A veces, en mi consultorio (soy dentista), al estar sola, no puedo evitar sentirme triste y llorar por ellos. Por él que tanto ofreció, que tanto entregó. Que tanto amó. No te sientas mal, Renato. No eres el único. Otros te entendemos. Copia esta dirección y conocerás a los demás, a la gente del Proyecto Brokeback Mountain, a quienes esta película les cambió la vida de forma suave, sutil, pero evidente. No estás solo, cariño…” 

Julio César.

¿DOBLE VIDA? TAL VEZ…

jcqt1213 @ 04:46

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   Ah, esto es lo que necesitaba…   

   De día, Hernán Liborio era un subgerente bancario serio, responsable, discreto, comprometido con una buena chica. Todo un señor. De noche enloquecía. El olor a cuero lo hacía gemir. Cada dos días dejaba a su familia paterna, era un solterón fiestero, creían, y se encontraba con aquel sujeto en aquel apartamento, quien lo desnudaba casi rasgándole las ropas. Metía los dedos en los aros de sus pezones y apretaba. Fue él quien se los puso, quien lo tatuó, quien lo dejó sin vellos púbicos. Era quien lo llamaba perro y le ponía aquel suspensorio de cuero donde maniataba sus muñecas. Estando así lo llamaba chico malo, le halaba los pezones, doblándolo, y le metía lengua al… asunto, una y otra vez, con gula. Lo obligaba a morder sus botas. Ese cuero ponía a Hernán a mil. Siempre quedaba a sus pies, esperando más. La puerta se abría y entraban carajos, a veces eran gente que llegaba sin saber qué esperar, otras no. Venían en grupitos de dos o tres. Eran policías, marineros, ejecutivos, gente común. Y él los esperaba para atenderlos. Al sujeto le gustaba verlo humillado, rodeado, bañado de toda clase de vainas, cuando todos se le metían por… la piel. Trabajaba por todos lados. Al final de la noche, jadeando sin fuerzas, caía nuevamente a sus pies.   

   -Gracias, mi amo y señor… -y miraba con adoración al gerente del banco, su futuro suegro. 

Julio César.

MI EX SUEGRO SE DIVIERTE A LO GRANDE

jcqt1213 @ 04:43

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   Debilidad de fuertes…   

   Aunque ya no salía con su hija, seguía yo teniendo tratos con mi ex suegro, Gregorio, quien tenía varios depósitos de cargas a su nombre. Generalmente, cuando iba a visitarlo, no le avisaba. Llegaba callado, entraba furtivo, me movía silencioso y llegaba a su oficina, grande, con aire acondicionado y un buen sofá. No era raro oír los gemidos. Yo siempre sonreía preparaba la cámara de mi teléfono. Me asomaba y encontraba al viejo trabajando. Era hábil y versátil en unas cosas, fijo en otras. Siempre contrataba tipos negros con porte de caballos; siempre variaba en su actuar. A veces lo pillaba en cuatro patas, afincando manos y rodillas jugando a los caballitos con el negrote que lo cabalgaba dándole con su enorme y gruesa fusta. A veces estaba de espaldas, patas arriba, jugando a la gata que se defiende, mientras el otro intentaba darle de comer al ratoncito un salchichón grueso. A veces usaban juguetitos que mi ex suegro comprobaba para alguna tienda para saber si cabían en… los agujeros de la caja. O como ahora, que simplemente comía con gula un buen pedazo de carne. Era grato ver a gente divertirse haciendo algo que les gustaba. Comer lo enloquecía, y el otro parecía tan complacido que acariciaba la grupa de su futura montura, seguramente sorprendiéndose y alegrándose de encontrarla tan firme. Sabía yo que si callaba un tiempo, vería una buena montada. 

Julio César.

LA FIESTA LOCA

jcqt1213 @ 04:42

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   En la navidad de 1995, más exactamente para la noche de año viejo, se realizó en casa de mi señora madre una de las fiestas más dementes que yo recuerde, y eso que algunos detalles parecen borrosos. De hecho, de las tres veces en mi vida que he perdido el conocimiento (nada del corazón o nervios) esa fue la primera vez. Como a las diez de la noche llegué a la casa, medio borracho ya de despedirme de los conocidos y amigos, nunca como ese día uno nota que son tantos, y me encontré con la familia. Mis hermanos y cuñados toman también bastante, y ahí estábamos, cantando, oyendo música, riendo, bailando, comiendo, en un mar de botellas de cervezas, de whisky, ron y otros (esa noche creo que tomé hasta agua de floreros y kerosén). Un hermano de mi cuñado, Américo, tomó como el propio cosaco, y cantaba y bailaba bien, haciendo las delicias de las que gustaban de danzar. Éramos gente joven, aún no habían llegado ninguno de mis sobrinitos. A las doce de la noche, totalmente borracho, salí con los otros a dar el feliz año; abrace, apretuje, bailoteé y besé a un gentío increíble, aún a desconocidos. Fuimos de casa en casa, riendo y tomando, dando el feliz año, y en cada casa nos daban más licor. Como a la una y algo regresamos a casa de mis padres, y allí seguía la fiesta.   

   Estaba Armando, un amigo solterón, Leticia y su marido, quien bailaba saltando como una cabra, que en un momento dado salió de un cuarto con una corona de papel y un paño en los hombros diciendo que era una miss Venezuela. Reímos casi tanto como cuando Leticia comenzó a preguntar: pero ¿qué le pasa a mi marido? Sebastián, y su mujer, también bailaban y reían. Él estaba tan borracho, que intentando bailar a la rusa la canción romántica Natali, se fue de lado cayendo tras un sofá del que costó bastante sacarlo. En un momento dado que fui al baño, muchas cervezas, salí hablando y riendo hasta que mi mamá me dijo: ciérrate la bragueta. Como a la tres de la mañana, cosas de borrachos, nos sentamos dizque a comer, y ahí, entre toda esa gente, me manosearon bajo la mesa. Fue… increíble. Recuerdo que al otro día me dolía todo (no por la manoseada), de hecho me descompensé por tomar tanto y me desmayé sobre una cama donde me tendieron a descansar. El hermano de mi cuñado cayó también, en un sofá, y no hubo poder humano capaz de quitarle el vaso que tenía aferrado. Fue una gran fiesta que hablamos de repetir mil veces.   

   Coincidí con unos y otros en otras reuniones, pero el momento para el reencuentro jamás se dio. Armando se casó y se fue para México con su mujer, en busca de otros destinos, sin trabajo como estaba. Leticia y el marido, después del ataque de la Guardia Nacional, de noche, al campo de concentración de Los Semerucos, les dio miedo por sus hijos y el destino de este pobre país, sacándose no sé que parentesco con unos gallegos y escaparon a España. Sebastián y los suyos se habían ido para Maracaibo, pero la compañía prefirió irse para Bogota, buscando lugares más seguros para invertir y vivir (¡a Colombia! Lo preferían a esto). El hermano de mi cuñado, Américo, se casó en Delta Amacuro, cosa extraña, jamás he conocido a nadie de allí. De la zona han ido emigrando muchos, ahora hay caras distintas, gente diferente. No creo que hoy pudiera darse aquella noche loca en que abracé y besé como demente. Debimos hacerlo antes, no debimos dejar que pasara tanto tiempo. Es una lástima. 

Julio César.

VIDA DE RECLUTAS

jcqt1213 @ 04:31

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Julio César.

ROXANA DÍAZ Y EL PROBLEMA AQUEL

jcqt1213 @ 04:29

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   En Venezuela la farándula, y todo el país nacional, se vio convulso cuando una noticia comenzó a correr por todos los medios, y de boca en boca: había desaparecido un video porno de dos conocidísimos artistas venezolanos. Hasta allí la cosa no es nada de echarse a morir, cosas así han ocurrido en todas partes. Tengo un conocido que pidió una cámara en su trabajo para filmar una fiesta, y luego en la memoria la gente de audiovisuales encontraron escenas aterradoras… para él, porque fueron de lo más jocosas para todos los demás. Que maña esa de sacarse fotos, y ahora grabaciones, en poses de lo más comprometedoras. En fin, recuerdo que cuando la noticia comenzó a rodar, leí en una conocida columna de farándula que se trataba de la hermosa, sensual e increíblemente bien dotada Roxana Díaz (qué mujer), y de Jorge Reyes, un buen actor, un galán joven de buena pinta. Al parecer eran pareja y se filmaron haciendo diabluras, pensé.   

   Pero no, en esa columnas se decía que la cosa era terrible, hablaban de botellas que desaparecían por el… y de mil y una cosa más que a mí me llenaron de curiosidad. Generalmente no apruebo esas vainas, si una persona desea fotografiarse recibiendo nalgadas, de rodillas penitente, o un sujeto usando las pantaletas de su mujer, eso es cosa de ellos. Es la vida privada de cada quien que debe permanecer así. Pero en este caso se trataba de ¡Roxana Díaz! Los detalles que llegaban eran cada vez mayores. La joven acusó a Jorge Reyes de ‘extraviarlo’ a propósito, se llegó a decir que él se vanagloriaba de la cinta frente a conocidos y mostrándolo, se lo robaron; que no creo por lo que allí salía. El caso fue que la eficiente y ordenada fábrica de películas clonadas y quemadas entró en funcionamiento y en cada esquina y avenida de Caracas y del resto del país se vendía el caliente video. De allí a la red fue un simple paso. La cosa fue tan intensa que yo mismo… lo confieso, lo miré (perdóname, Roxana!). Y de ese video hay tres cosas muy destacables. jorge-reyes.jpg  

   La primera es que Roxana Díaz es un mujerón en verdad, verla en televisión es nada a verla en ropitas… atrevidas, haciendo lo que hacía. Lo segundo es que Jorge Reyes también tiene lo suyo para hacer películas de ese tipo, tenía un enorme, realmente enorme… ego levantado (el muy maldito). Lo tercero es que ese video se veía raro, parecía preparado para la comercialización, no era la típica grabación unicámara, había ángulos, acercamientos, cortes. Se cuidaron detalles como gemidos y expresiones (se veían bien), y fue en varios cuartos o locaciones. No fue la vaina aberrante que decían en las columnas de chismes, pero era bien estudiado, no parecía algo improvisado. Parecía que el ‘director’ sabía lo que hacía. El escándalo fue mayúsculo, donde Roxana lloró, fue a tribunales, pataleó y finalmente apeló a lo bueno de la gente. Todo terminó agotándose por su propia cuenta. La gente se aburrió, y la mujer continuó adelante, siendo incluso más famosa (y cómo no), más querida, y convirtiéndose en una especie de diosa sexual de mil fantasías. La gente entendió que fue víctima de las circunstancias, y de la cámara. A Jorgito no le fue tan bien de entrada, porque en una candente escena donde está en una cama echadote, y Roxana usa su boca para… darse a entender, un dedo traviesillo de la niña le practica un examen rectal, bien hecho y a conciencia. Y en un país como este, eso fue un escándalo dentro del escándalo. Ah, pobre Jorge, las de imbecilidades que debió enfrentar de gente necia. Recuerdo que en una conocida revista de farándula, donde cada diciembre hacen la lista infame del regalo que cada actor o actriz necesita pedirle al niño Jesús, alguien puso: Roxana Díaz, otra uña acrílica porque perdió una y no sabe dónde.   

   Para serles sincero, siempre me he sentido entre avergonzado y divertido por todo ese escándalo, claro, ¡cómo no me pasó a mí! Pero sí, vi el video… y no una vez. Pero eso no justifica el robo que se hizo de algo que era privado, muy privado de esos dos. No sé si al ladrón, porque eso es, un vil y maldito ladrón, lo detuvieron. Imagino que no, hay tantos crímenes terribles que jamás se resuelven que no creo se aplicaran mucho a este, pero debieron. Si fue un conocido, un ‘amigo’, quien lo robó y echó esa lavativa, todo el mundo debiera saberlo, gente así es peligrosa y debe estar cercada, para que el día de mañana no vuelvan a echarle una vaina a otro. 

Julio César.

ROXANA DÍAZ: PORNOVIDEO VENEZOLANO

jcqt1213 @ 04:26

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   En Venezuela la farándula, y todo el país nacional, se vio convulso cuando una noticia comenzó a correr por todos los medios, y de boca en boca: había desaparecido un video porno de dos conocidísimos artistas venezolanos. Hasta allí la cosa no es nada de echarse a morir, cosas así han ocurrido en todas partes. Tengo un conocido que pidió una cámara en su trabajo para filmar una fiesta, y luego en la memoria la gente de audiovisuales encontraron escenas aterradoras… para él, porque fueron de lo más jocosas para todos los demás. Que maña esa de sacarse fotos, y ahora grabaciones, en poses de lo más comprometedoras. En fin, recuerdo que cuando la noticia comenzó a rodar, leí en una conocida columna de farándula que se trataba de la hermosa, sensual e increíblemente bien dotada Roxana Díaz (qué mujer), y de Jorge Reyes, un buen actor, un galán joven de buena pinta. Al parecer eran pareja y se filmaron haciendo diabluras, pensé.    Pero no, en esa columnas se decía que la cosa era terrible, hablaban de botellas que desaparecían por el… y de mil y una cosa más que a mí me llenaron de curiosidad. Generalmente no apruebo esas vainas, si una persona desea fotografiarse recibiendo nalgadas, de rodillas penitente, o un sujeto usando las pantaletas de su mujer, eso es cosa de ellos. Es la vida privada de cada quien que debe permanecer así. Pero en este caso se trataba de ¡Roxana Díaz! Los detalles que llegaban eran cada vez mayores. La joven acusó a Jorge Reyes de ‘extraviarlo’ a propósito, se llegó a decir que él se vanagloriaba de la cinta frente a conocidos y mostrándolo, se lo robaron; que no creo por lo que allí salía. El caso fue que la eficiente y ordenada fábrica de películas clonadas y quemadas entró en funcionamiento y en cada esquina y avenida de Caracas y del resto del país se vendía el caliente video. De allí a la red fue un simple paso. La cosa fue tan intensa que yo mismo… lo confieso, lo miré (perdóname, Roxana!). Y de ese video hay tres cosas muy destacables. jorge-reyes.jpg   La primera es que Roxana Díaz es un mujerón en verdad, verla en televisión es nada a verla en ropitas… atrevidas, haciendo lo que hacía. Lo segundo es que Jorge Reyes también tiene lo suyo para hacer películas de ese tipo, tenía un enorme, realmente enorme… ego levantado (el muy maldito). Lo tercero es que ese video se veía raro, parecía preparado para la comercialización, no era la típica grabación unicámara, había ángulos, acercamientos, cortes. Se cuidaron detalles como gemidos y expresiones (se veían bien), y fue en varios cuartos o locaciones. No fue la vaina aberrante que decían en las columnas de chismes, pero era bien estudiado, no parecía algo improvisado. Parecía que el ‘director’ sabía lo que hacía. El escándalo fue mayúsculo, donde Roxana lloró, fue a tribunales, pataleó y finalmente apeló a lo bueno de la gente. Todo terminó agotándose por su propia cuenta. La gente se aburrió, y la mujer continuó adelante, siendo incluso más famosa (y cómo no), más querida, y convirtiéndose en una especie de diosa sexual de mil fantasías. La gente entendió que fue víctima de las circunstancias, y de la cámara. A Jorgito no le fue tan bien de entrada, porque en una candente escena donde está en una cama echadote, y Roxana usa su boca para… darse a entender, un dedo traviesillo de la niña le practica un examen rectal, bien hecho y a conciencia. Y en un país como este, eso fue un escándalo dentro del escándalo. Ah, pobre Jorge, las de imbecilidades que debió enfrentar de gente necia. Recuerdo que en una conocida revista de farándula, donde cada diciembre hacen la lista infame del regalo que cada actor o actriz necesita pedirle al niño Jesús, alguien puso: Roxana Díaz, otra uña acrílica porque perdió una y no sabe dónde.    Para serles sincero, siempre me he sentido entre avergonzado y divertido por todo ese escándalo, claro, ¡cómo no me pasó a mí! Pero sí, vi el video… y no una vez. Pero eso no justifica el robo que se hizo de algo que era privado, muy privado de esos dos. No sé si al ladrón, porque eso es, un vil y maldito ladrón, lo detuvieron. Imagino que no, hay tantos crímenes terribles que jamás se resuelven que no creo se aplicaran mucho a este, pero debieron. Si fue un conocido, un ‘amigo’, quien lo robó y echó esa lavativa, todo el mundo debiera saberlo, gente así es peligrosa y debe estar cercada, para que el día de mañana no vuelvan a echarle una vaina a otro. 

Julio César.

COMO ME GUSTAN

jcqt1213 @ 04:18

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   -No tengo cervezas, panita, ¿no quieres un poco de leche?

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   Ese tipo no le quitaba los ojos de encima… ojala lo ayudara a sacarse esa vainita del culo… con los dientes.

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   El policía gustaba, por alguna razón, de revisarlo a cada rato… 

Julio César.

CONVENCIÓN

jcqt1213 @ 04:09

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   Sospechan que de dos así, salió él…   

   El hotel Hilton, con toda su pompa y fama, se vio desbordado por el ejército de singulares y llamativas mujeres que coparon todas sus instalaciones. Era la gran convención de putas llegadas de los cuatro rincones del país. Las había de todas las clases, las serias, las reilonas, las inteligentes y sensatas, las loquitas que se regalaban a los botones (las muy tontas). El gran salón de conferencias se vio copado hasta los techos con las tipitas. Muchas eran sexy y hermosas, emanando sensualidad; otras se parecían a las mamás no muy bien conservadas de los amigos, eran de las que regañaban a los clientes, como si de sus muchachos se trataran (susto).   

   En las filas principales estaban las sofisticadas, las que se cotizaban bien en el mercado de la carne rica. Un puesto más atrás estaban las gafitas, las que mantenían a sus chulos por amor porque ‘eran buenos pero con mala suerte’. Algo más alejadas de los reflectores, estaban las feitas, y luego las muertas de hambre, que lo hacían por ‘necesidad’ (las de carteles como: la doy por una arepa). Acorralada por un periodista, una hermosa mujer confesó ser casada y con hijos en edad escolar. Intrigado el hombre le preguntó qué hacía ahí.   

   -Cuando termino de servir el almuerzo, y ya tengo lista la cena, y los muchachos se van para la escuela no tengo nada mejor que hacer. –confesó elevando los hombros.- Y en algo tengo que entretenerme, ¿no?   

   Comienza la gran convención y todos los mirones, y cómo los había, son sacados del salón. Una hora después, con la sala en silencio, con la directiva de las Putas Asociadas en el podio, las mujeres acceden, por necesidad, a dar una rueda de prensa internacional. Será la casada aburrida la que llevará la voz cantante.   

   -Queremos aclarar ante la opinión pública nacional e internacional, que ninguna de las putas aquí presentes, es la madre del Comandante, así que dejen de joder… 

Julio César.

28/05/2008 GMT 1

SENTIMIENTOS

jcqt1213 @ 03:30

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   -Muévelo, so puto… -le ordenaba, ronco y rudo.   

   -Ahhh… sí, métemelo todo, papi, destrózame el culo con tu güevote… -gritaba, como siempre, imprudentemente, Ricardo, mientras Gregorio lo cabalgaba en el baño del bufete.   

   -Cállate, cabrón, que alguien puede entrar. –le gruñe, metiéndoselo todo, dejándole ese tolete bien adentro y empujando más, únicamente logrando con eso que gritara pidiendo más, que le metiera hasta los pelos.   

   Ambos se habían conocido en la universidad, Ricardo venía de una buena familia que le pagaba el carro, el celular, los estudios y los viajes. Gregorio había labrado su futuro con sus manos, trabajando duro. Nunca fueron amigos, el grupito de Ricardo asediaba al de Gregorio, y a este. Pero la vida cambia, ahora Ricardo debía valerse por sus medios y como principiante había llegado a aquella firma donde Gregorio ya litigaba. Gregorio intentó sabotearlo desde el principio, y Ricardo lo encaró altanero como antes.   

   -Hummm… -chillaba Ricardo, gimiendo, sintiendo la sedosa corbata amordazándolo en un vano intento del otro por silenciarlo, restregando sus nalgas de ese pubis, apretando de lo lindo aquel güevo palpitante, caliente, grueso y largo que lo cepillaba una y otra vez, haciéndolo ver estrellas y arder todo el cuerpo. Sus tetillas casi le duelen, pero sabe que pronto Gregorio, fingiéndose arrecho, se las apretaría, torcería y lo medio ladearía para morderlas y chupar de ellas, haciéndolo gritar más de puro gusto animal y sensual.   

   -Maldito mariquito, te encanta un güevo en tu culo, ¿verdad? Te encanta cuando un hombre de verdad te trata como la hembra caliente y lujuriosa pidiendo vergas babeantes que eres, ¿no es cierto, puta? –es ofensivo, rudo, mientras su tolete va y viene con ritmo increíble, mirando esa carita, esos ojos, ese gesto en un espejo de los baños. Y sus dedos van a las tetillas, logrando que el otro se cimbre, y que su culo apriete todavía más.   

   Ricardo intentó imponerse en aquella entrevista, se dijeron vainas, Ricardo lo llamó resentido social y otras lindezas, estaban cara a cara, jóvenes y llenos de adrenalinas y testosteronas. Molesto Gregorio lo abofeteo. Ricardo sorprendido dio un paso atrás, choco de la mesita y cayó de rodillas. Incapaz de detenerse a pensar, Gregorio le atrapó la nuca, encontrando ese cabello suave, y le frotó la cara allí, llamándolo sucia perra inútil. Fue rico frotarlo así, su güevo tenía rato duro y no sabía en que momento, pero esa carita, esos labios rojos le daban placer. Alarmado entendió lo que hacía y lo soltó, asustado, ahora Ricardo podía joderlo.   

   -Llénamelo de leche, quieto toda tu leche dentro de mi culo… -jadeaba el catire, medio volviéndose, hablando entrecortado por la corbata, mirándolo a los ojos, recorriendo ese torso joven y caliente que disfrutaba acariciar.   

   -Te voy a preñar de tanta leche, mamagüevo. –gruñía brutal el otro, con odio, pero atrapándole a barbilla y hundiendo su lengua en esa cálida y húmeda boca ajena, dándole un beso mordelón, lengüeteado, chupado, mientras no dejaba ni un sólo momento de cepillarle bien ese culo sedoso, que palpitaba rico, que halaba que daba gusto su güevo tieso como una barra de acero, duro como nunca antes se le ponía.   

   De rodillas, sintiéndose extrañamente excitado, Ricardo lo miró, con la boca abierta por lo que había hecho. Nadie le había hablado así nunca. Y su boca cayó sobre esa silueta bajo el pantalón, apretándolo, mordiéndolo. Gregorio chilló, dando medio paso atrás, pero Ricardo lo retuvo por las caderas, mordiéndolo. Que eso saliera y se clavara en la boca fue la misma cosa. O que luego terminara aquella primera vez en su culo chico, apretadito y virgen que fue duramente cabalgado. No entendía por qué, pero le excitaba oírlo denigrarlo, llamándolo basura y otras vainas. Y Gregorio gozaba sometiéndolo y pegándoselo, clavárselo hasta las pelotas. Teniéndolo bajo su control. Era el macho alfa, rudo y ruin que controlaba al otro.   

   Mientras sigue cogiéndolo con fuerza, estremeciéndolo todo con las embestidas, con ese güevote que se mete, cilíndrico, grueso y bronceado dentro del rojo, lampiño y redondo agujerito, en donde sólo sobresale un centímetro de tranca; besándolo profundamente, lamiéndole la lengua y tomándose su saliva; pellizcándole las duras tetillas que le encanta morder para oírlo chillar, Gregorio siente que la mente se le pone en blanco, que se tensa, se estremece, se muere y vive, goza y un instante de blanco, puro y poderoso placer lo recorre, mientras llena ese culito de esperma caliente. Es cuando gime aquella vaina, apartando su boca, que lo lleva al desastre y lo hace perder el control de la situación para siempre.   

   -Te quiero… -se le sale, susurrado, casi al rostro del otro que abre mucho los ojos, dichoso, riente como un niño. 

Julio César.

26/05/2008 GMT 1

PENSANDO EN VERDURAS

jcqt1213 @ 02:10

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   El tamaño contaba algo…   

   Martina agradecía los momentos en que dejaba la casa para hacer sus compras, lo que tal vez explicara porque iba tanto a ese mercado. O tal vez no. En su casa siempre había trabajo, el polvo era terrible, igual que las telarañas, sacudía, y cuando se volvía aparecían nuevamente. Mil veces se había preguntando dónde estaban esas arañas tan laboriosas. Y los muchachos, aunque grandecitos ya, no parecían poder valerse para nada por sí mismos. “Mamá, ¿donde están mis zapatos?”. “Mamá, ¿y mi camiseta roja?”. “Mamá, ¿y mis libros?”. “Mamá ¿y mi cuaderno?”. “Mamá, ¿bajaste de Internet el trabajo sobre Gómez?”. Fuera de que debía batallar para que comieran sus vegetales, sopas y carnes guisadas. De ser por ello sólo tragarían papas fritas y pollo asado. Además estaba el lavar cerros y cerros de ropas, plancharlas, guardarla. Lavar los baños, limpiar las baldosas del lavadero, dejar brillante las ventanas. Todas esas cosas que los miembros de su familia daban por sentado que se hacían solas, que siempre era así sin que mediara ningún poder humano. Por lo tanto no era necesario notarlo o agradecerlo.   

   Mientras recorre el pasillo de los enlatados y pastas, entiende que así la veían. Era… mamá. Y le gustaba, su casa, su marido, sus hijos… pero ¿no podían ser más atentos? Mira su reflejo en el cristal de la heladería, sonriendo algo nerviosa, sintiéndose tonta, una mujer cuarentona algo ridícula. Se veía bien con su suéter negro, algo ajustado, cosa que resaltaba su busto, reconoce con el rostro encendido. Había notado más de una mirada levemente interesada de hombres que iban por allí y topándosela se decían: nada mal, mami, te conservas bien a pesar de todo; si quieres yo podría hacerte el favorcito en los baños, ¿qué te parece? Pero a ella no le interesaba. Ninguno de esos sujetos. Con paso trémulo va hacia la sección de las verduras.   

   -Le queda bonito el cabello cuando lo tiene suelto, señora. –le había dicho el muchacho, un mocetón veinteañero, de cuerpo trabajado, eso lo sabía, nadie normal era así, con esos bíceps y esos pectorales, por no hablar de la cintura estrecha.    

   Se lo dijo un día, hace tres semanas, de pasada, como quien comenta que hace calor después de haber hecho frío hasta el día anterior. Y ella, tomada por sorpresa, enrojeció, sonrió y no supo qué decir. Pareció una colegiala pillada fuera de base en clases cuando miraba una novela romántica en lugar de prestar atención a las ecuaciones. Llevaba el cabello alto ensortijado porque en verdad no se lo había lavado y no quiso atarlo esa mañana. Y el muchacho lo había notado, sonriéndole con desparpajo e indiferencia, como un jovencito cualquiera hablando de cualquier cosa.   

   Continuó con su carrito, esa primera vez, pero tuvo que volverse a mirarlo, mientras fingía revisar los precios de la charcutería envasada, tipo salchichas y tocinetas. El corazón había latido demasiado rápido, extrañándola, asustándola… agradándole, y quiso saber por qué. Era delgado pero alto, de nuca casi rapada excepto por un cabello en cepillo en lo alto. ¿Habrá estado en el cuartel?, se preguntó, sorprendiéndose imaginándolo de traje verde, marchando, saltando, luchando cuerpo a cuerpo con alguien, poderoso, vencido bajo su cuerpo. Sus manos eran grandes, eso lo había notado. Fuerza, debía tener la fuerza y el vigor de la juventud.   

   Después de esa primera vez el joven no le volvió a hablar, sólo la miraba sonriente, y ella no sabía si se burlaba de su cabello suelto, desrizado, algo… lujurioso sobre sus hombros. Casi no se animó a llevarlo así después del comentario. Pero un impulso la obligó. Lo miró sonreír, amigable,  tal vez creído en su poder que la obligaba a actuar así. No lo sabía. Pidió dos kilos de tomates, concentrándose con todas sus fuerzas en la forma de los vegetales, pero pendiente de sus manos grandes, que debían saber tocar con ternura recorriendo una piel, cálidas, firmes, o apretar con violencia, como… atrapando a una mujer por sus axilas, alzándola violento, obligándola a mirarlo a los ojos, sometiéndola, metiéndose entre sus piernas, y ella cayendo allí, sobre su cintura, conciente de su fuerza, de sus ganas. Sí, eran manos enormes, reconoció estremeciéndose con fuerza. Y cuando flexionaba el brazo, los bíceps también destacaban, y ella se preguntó qué se sentiría recorrerlos con sus manos, apretando, acercando sus labios a ellos, tal vez mordiendo un poco esa carne firme. Debía ser puro músculo, músculo de hombre… no, de muchacho, de alguien que estaría, según los sexólogos en la cima de sus deseos sexuales.   

   -¿Desea algo más? –preguntó él, sereno, como si no se diera cuenta de nada. O tal vez no lo hacía.   

   Si, déjame recorrer tus hombros con mis manos por un momento, te juro que no deseo nada malo, no quiero arrastrarte de aquí, aunque mirarte sin esa franela seguro que sería todo un espectáculo, y tú allí, esperando que otras manos bajen tu pantalón, ¿usas bóxer o calzoncillos? ¿Manga larga o bikinis? Pero no debo. Amo a mi marido, ¿sabes? Y sin embargo quiero tocarte, saber si tus pectorales son tan firmes como parecen, con esos pezones destacando bajo la tela, ¿alguna mujer te los ha pellizcado? Imagino que si, que manos ansiosas han recorrido tu piel, adorándote, diciéndote que eres hermoso, y habrás sonreído, ¿verdad?, sabiendo que es cierto; esperando que esas bocas que te adulan caigan y laman, mordiéndote, haciéndote gemir. Y eso no me gusta, no quiero imaginar otras manos sobre ti. Yo quisiera hacerlo. Yo deseo bajar mi mano y tocar sobre tu pantalón…   

   -Si, un kilo de cebollas. Que no sean muy grandes…   

   Con voz temblorosa pidió algo de ajo después, y cuando él le dio la espalda, inclinándose a buscarlos, ella casi sintió desfallecer. Se veía tan… bien. Era una mujer madura, seria, no una carajita loca, no andaba buscando una aventura por calentorra o para pegarle cachos a su marido por venganzas inventadas, pero se vio acercándose a él, montando su mano en esa espalda, recia, seguramente caliente con el fuego de la juventud. Al hacerlo, él se volvería y entendería que era una pobre mujer casada con un marido de primera juventud con quien tenía sexo cinco veces a mes, si había suerte, y que a veces ni ella lo deseaba en serio, siendo más grato estar juntos en una cama, hablando de los problemas, de los muchachos y de mil vainas, sin interés físico.    

   Pero sabiendo que esos asuntos eran gratos, que debían tratarse; el muchacho, Jacinto, ese era su nombre, lo entendería, y con una sonrisa la atraparía por los hombros, empujándola, cayendo sobre ese colchón rojizo de tomates fríos, redondos, y sin quitarle los ojos de encima, sus manos se meterían por debajo del suéter, acariciando su vientre,  y ella gemiría. Las manos atraparían sus senos, apretándolos, antes de que cayera sobre ella, besándola. Se resistiría, pero sólo un poquito, un beso era algo serio, pero ¿cómo detener a ese mocetón vigoroso, caliente, de manos traviesas, de labios firmes y rientes, de lengua ardiente, de deseo duro en la carne? Y sería grato, ardiente, poderoso; ella no pensaría en nada, o tal vez lloraría un poco, su marido no lo merecía, pero…   

   Sonriendo, sabiendo que ese calorcito en sus entrañas no eran simplemente nervios (los nervios de siempre cuando lo buscaba), rodea el pasillo… y encuentra a una muchacha delgada, de rostro aburrido, atendiendo en las verduras. Sintió un ramalazo extraño de inquietud, de miedo. Era como cuando sonaba un teléfono a las doce y media de la noche, sonido que decía ‘atiende, y prepárate, es grave’. Se le acercó.    

   -Buenas, ¿y Jacinto? –pregunta ronca. La muchacha la mira sin interés.   

   -Se fue para el coño. –y a mí me ponen a atender esta vaina, parece decir.   

   No hay palabras para describir su desazón, su desencanto, su… pérdida. Aquel ritual que alegraba sus mañanas, que despertaba una tonta fantasía para todo el día, inocente, idiota, de llegar y verlo, de imaginar, de soñar, se había terminado. Tentada estuvo de abandonar el carrito y marcharse, incapaz de atender o entender sobre cuentas, números de tarjetas de crédito y esas cosas. Esa noche su marido la encontró muy callada.   

   -Pareces triste, Martina.   

   -No es nada, cariño. –sonríe trémula.   

   -Algo debe ser. –es algo impaciente, como siempre cuando ella cae en esos estados de ánimos.- No importa, ¿adivina? –le sonríe.- La firma tiene entradas para una función de media noche mañana, será la premier en Venezuela de la película de los vaqueros maricones eso. Sé que no suena muy bien, pero será grato salir de casa. Seguro que viendo la tal Brokeback Mountain te diviertes un montón…   

   -Si, seguro será divertida y me distraerá. –concede, lejana, y tal vez por eso no repara en la cara de su marido.   

   La voz del hombre se había quebrado un poco, desazonado. Decir maricón le recordó, con desagrado culpable, el extraño momento cuando entró esa tarde en Contabilidad y tropezó a ese tipo, quien casi lo derriba y le sonrió amistoso luego, que se veía tan bien en su traje de aprendiz, con la camisa ajustada y el pantalón que parecía abombarse en su pelvis… el tal Jacinto. 

Julio César. 

NOTA: Habrán algunos relatos más de este tipo y para no enredarme buscando imágenes usaré esta que me encanta. La miro y me digo… sí, hay historias interesantes todavía. Y gente sortaria, lo digo por el sujeto este.

FORZA FORZA

jcqt1213 @ 02:03

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   A los panas les gusta verle el corpachón… luego bajan lo otro para verlo en vivo, directo… en grande y duro. Después les daba hambre… 

Julio César.

24/05/2008 GMT 1

VAMOS, POR FAVOR.

jcqt1213 @ 04:32

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   Sol, mar y belleza…   

   -Vamos…   

   -¿Para qué? Estoy bien aquí. –le sonríe de forma algo torturante; le agradaba mirarle ese expresión intensa, esa resolución dura, cuando deseaba algo intensamente, y por eso lo provocaba.   

   -Deja la pereza y mueve el culo de esa tabla. Entremos a refrescarnos y buscar una cerveza.   

   -Podemos tomarla en la orilla, o entrar bajo el paraguas. No hay que ir a la casa para eso.   

   -Pero no podemos quitarnos esta ropa mojada, y ya quiero quitarme todo. –le responde, mirándolo fijamente.    

   El otro sonríe, eso era cierto. Sería grato despojarse de toda esa arena, agua salada y…

……   

   Se veían bien juntos, ¿verdad? Es una pena, realmente una pena. Por cierto, ¿quién habrá realizado este montaje? Se ve muy real. 

Julio César.

SIN GANAS DE ESCRIBIR

jcqt1213 @ 04:28

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   -Dijiste que podías probar que era una hernia… ¡pruébalo entonces!

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   -¿Que por qué se inscriben tantos carajos en mi gimnasio? Tengo un truco de buena suerte… no uso calzoncillos.




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  El médico le daba hasta que el paciente gemía: ay, doctor, necesito algo más…

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    -Coño, primo, sí hace calor; mete la mano y verás que estoy sudado.

   -Hummm… no te creo, déjame ver…



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   -¿El niño? En la piscina, metiéndose datos para su tesis. –comentó la mamá.


 

Julio César.

EL CODIGO DA VINCI

jcqt1213 @ 04:06

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   Cada vez que me reúno con un grupo de amigos la pregunta siempre sale a relucir a pesar de haber transcurrido ya cierto tiempo desde el éxito del libro: ¿qué opinas tú de El Código da Vinci? La verdad es que no me gusta mucho opinar sobre libros cuando estos le han gustado a tanta gente, ya que cuando uno discrepa, te caen encima. Nunca he entendido ese afán de las personas que preguntan algo, a veces con insistencia, pero que en verdad no quieren oír tu opinión real sino que esperan que coincidas con ellos. A estos siempre les digo que si no les gusta lo que otros piensan que no pregunten nada. Sin embargo, son mis amigos, y a las amistades como a la familia, uno puede decirle lo que realmente piensa sin mucho riesgo a una lesión física o mental. En dos platos, El Código da Vinci no me gustó.   

   Comencé a leerlo con muchas expectativas. Había oído sobre la dichosa polémica que encendía, pero en líneas generales me había resistido a saber mucho, así que cuando comencé a leer el libro tenía buenas perspectivas de distraerme mucho. Pero el libro, en mi modesta opinión, no tenía salvación. Creo que lo único que lo ayudó a no pasar sin pena ni gloria fue cierto ataque de la Iglesia, ¡que error cometieron! Aunque a decir verdad hay gente que cree cualquier cosa, por absurda o fantasiosa que pueda sonar, peor, sin que se les muestren pruebas reales; tal vez eso preocupó en El Vaticano, del resto no veo explicación.   

   Lo primero que me disgustó fue su planteamiento lineal, directo, sin recovecos de emoción, sin margen para la sorpresa, para lo inesperado. El libro era terriblemente predecible, antes de que terminara cada capitulo podía trazarse a grandes rasgos lo que ocurriría después. El personaje de el Maestro no pudo ser esbozado de peor manera, ni sus intensiones. Cuando en la trama aparece el erudito enemigo de la iglesia, ya uno sabe que se trata de él, ya que el autor ni siquiera introdujo una cantidad mínima de personajes que hicieran sospechar de este o aquel. Le habría bastado con hacer notar en uno que otro párrafo que el antiguo Papa, el polaco, no estaba aquí o allá en tal momento, desorientado por el parkinson, para que el lector imaginará: ¿será él el Maestro que ha enloquecido por la enfermedad? No, no se toma el trabajo de hacer nada de eso y la trama se vuelve predecible, lo peor que puede ocurrirle a un escritor. Los personajes no vienen de ninguna parte, sólo están allí de un momento a otro.   

   Lo segundo es que no se molesta en presentar ninguna prueba, aunque sea halada por los cabellos que apoyen sus teorías, aún oscuros textos que hablen sobre una posible relación entre Magdalena y Jesús de fuentes no seudo religiosas. De la figura histórica de Jesús, fuera de la Biblia, hay dos menciones que vienen claramente, una de un tal Josefo algo, historiador judío romano no partidario del Mesías aquel, que habla de “la muerte de Santiago, hermano de Jesús”. Otra es de un historiador romano que al hablar del incendio de Roma, acusa a los cristianos, “los seguidores de un tal ‘Cresto’, esclavo judío, muerto en tiempos de Tiberio”. ¿Muestra el autor algún texto que apoye su tesis, aún en la abundante bibliografía judía de los dos primeros siglos? No, no lo hace, porque, imagino yo, al principio sólo quería escribir una novela, no pensó que se vería envuelto en dudas universales movidas por personas poco reflexivas y dadas a creer cualquier cosa. Me parece que sin darse cuenta siquiera, el señor Dan Brown fue creyendo en su propio cuento, por lo que se le ve en programas de televisión defendiendo argumentaciones hechas por otros, incluso aquella de que la iglesia antigua falseó datos y destruyó el nombre de la Magdalena para no manchar el de Jesús, y, de paso, para echarles una vaina a las pobres mujeres.   

   En este punto hay que decir que la Biblia no se muestra especialmente despiadada con las mujeres, o no más que toda la antigua literatura del Medio Oriente, donde mujeres como Rut y Esther, toman estaturas casi sobrehumanas llevadas por su piedad y devoción. Por no hablar del gran amor que se le tiene a la virgen María, la gran madre de Dios. Pero volvamos a los datos falseados. El señor Brown quiere que creamos que el cristianismo fue una religión dominante desde el mismo momento de la muerte de Jesús, que sus jerarcas podían borrar y reescribir la historia toda sin que chocara con otras fuentes, la judía por ejemplo. Dos puntos conspiran contra eso. Los Rollos del Mar Muerto, que con pocas variables habla de una historia bíblica con pocos cambios en esencia, lo que dice mucho de la forma literal de transmitir sus recuerdos de esta nación; y el dominio de la jerarquía eclesiástica judía, el poderoso Sanedrín que se habría dado banquete gritando a los cuatro vientos: miren, el tal Jesús no era ningún Dios,  hijo de Dios, a menos que fuera del dios Zeus, ya que el tipo tenía una mujer y una hija que viven en tal sitio.    

   Hay que recordar que la esencia del Dios judío, inmaterial, todo poderoso, era diametralmente distinto al Zeus o su otro yo, Júpiter, quienes se encaprichaban con muchachitas y bajaban a copular y tener sus semidioses. Para acabar con la divinidad de Jesús, al Sanedrín le habría bastado simplemente presentar en sociedad a la mujer e hija. ¿Conspiró el Sanedrín para elevar a Jesús a la categoría de Dios? ¿Eran tan astuto los seguidores de Cristo que lograron ocultarla para que nada estorbara al nombre del Hijo, pero tan envidiosos que la destruyeron moralmente para que no compitiera con ellos? ¿Qué papel jugó María en todo eso, era la abuela perversa de Cuna de Lobos, la vieja del parche en el ojo capaz de todo para proteger a su hijito? Y esto me lleva al punto tres…   

   El autor lo dibuja de lado, lo trata como sin querer, sin atreverse en ningún momento a entrar en honduras, cuando ataca la divinidad de Jesús y del mismo Dios. La cuestión tiene que abordarse en un libro como este si vas a especular que Jesús y la Magdalena tenían su apartamentico en Hebrón, calle Herodes, piso dos. Un libro como este debe responder al final sólo una de dos maneras: si era el cuerpo de la Magdalena lo que protegían todos esos tontos en lugar de hacerlo saber al mundo, ¿significa eso que es real todo lo que se especuló? Sí es así, entonces Jesús de Nazareth no era el Mesías, aquel que fue profetizado a Abrahán por una Voz desde los cielos que no necesitaba un cuerpo para respirar, sentir hambre o acostarse con alguien. Y si Jesús no era el Mesías sino un hábil charlatán, ¿aún estamos esperando se cumpla la Promesa? ¿O la Promesa de la Descendencia no se cumplirá porque no hay Dios realmente?   

   Por el contrario, si no era la Magdalena, la controversia termina, como en la película El Cuerpo, argumentalmente muy superior a este panfleto aguado, cuando te mantienen en una duda dolorosa, inquietante, ¿era ese cuerpo con señas de cruxifición encontrado en una tumba anónima el de Jesús de Nazareth? ¡Vaya trama!, aunque a lo último se salen por la tangente con un final clásico. Pero el señor Dan Brown no hace ni una cosa ni otra, no dice es la Magdalena, el Jesús divino es puro cuento, o no es ella y el dichoso Código no existe. Y así como no se molesta en debatir, en presentar argumentos que puedan tomarse como algo tangible a lo que asirse para investigar (como diciéndose: ya, con esto tendrán los muy tontos), deja todo en el aire. Lo sorprendente es que hay personas para las que tales especulaciones, tibias y desabridas, les bastan para ‘dudar’.    

   Por último están los errores tontos de argumentación. Primero lo del monje del Opus Deis, organización semifascista y hasta nazi en su concepción, es verdad, pero que no sostiene monasterios ni conventos, por lo que no cuenta con monjes. Lo del anciano curador en el museo, a pesar de estar herido de muerte, ¡sabe que morirá!, le da tiempo de montar toda una elaborada escenografía, con claves secretas y todo, pero no se le ocurre decir me mató Teodoro. Lo otro son detalles como la fuga del museo, o cuando en Inglaterra bajan del avión aunque las autoridades tenían expresas ordenes de detener a todos en ese aparato, máxime si llevaban un prisionero.   

   De verdad no ataco este libro por prejuicioso, por religioso (válgame), ni por envidioso como dicen algunos. Lo que pasa es que el libro me pareció… aburrido. Era lineal, predecible, falto de credibilidad y mal dibujado. Hace ya como veinte años leí una novela de Robert Ludlum, una novela, él no tenía pretensiones de historiador, o de ‘conocedor de la verdad’: El Enigma de Parsifal. Ese libro era increíble, absorbente, sorprendente, casi desconcertante. Mientras uno leía de los ataques, violencia o crímenes de grupos como la CIA o la KGB en Atenas, Roma, Paris, la cosa parecía verosímil. Los personajes estaban dolorosamente demarcados. Todo el libro era bueno, sin pretensiones de ‘verdad’, y sin embargo resultaba creíble. Un libro debe ser así para ser ‘bueno’.   

   En fin, imagino que a cada punto que rebatí, habrá quince que opinen y hasta puedan argumentar lo contrario, no soy docto en religión ni en documentos secretos; como a muchos me gusta especular sobre sí existe Nessie, o los hombres de las nieves, o los vampiros, pero lo dudo. Sin embargo habrá quienes lo crean a pie juntillas. Pero esto es lo que pienso y, en fin, quienes tienen más de treinta ya deben tener la capacidad mental suficiente para ‘saber’ qué les gusta, o en qué creerán. Sólo a los quince o dieciocho se permite que un joven crea hoy al ver luces sobre un río en marcianos aterrizando, y mañana en viajes astrales a otras dimensiones que se abren allí, para creer luego que son trucos de superpotencias que quieren dominar al mundo y tienen una base en el río. O creer en todo. Es sólo un joven y puede creer muchas cosas.   

   Con el paso del tiempo me gusta pensar que llega algo de cordura, aunque viendo un canal retro del cable, disfruté en estos días de la película Las Siete Caras del Doctor Lao (una visión realmente ofensiva de los chinos, pero eso es cosa aparte). En la escena de la feria, cuando la mujer entra con el adivino, este sólo le dice cosas deprimentes, y no olvido cuando ella le pregunta si volverá a casarse. Con voz ausente le respondió: no, el amor ya no llegará a su vida, morirá y nadie la recordará, envejecerá sola, cada vez más vieja pero no más sabia… más viejo pero no más listo. ¿Verdad que suena horrible? 

Julio César.

BRINDANDO UNA MANO, O UNA…

jcqt1213 @ 04:02

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   Si uno tiene carne caliente, y el otro hambre…   

   La amistad era así. Roberto había estado preparándose para recibir a una novia que veía de tarde en tarde, pero todo le reventó cuando ella encontró un sostén bajo la cama. Él gritó y suplicó, todo tieso y caliente… de rabia. Néstor subió a ver qué pasaba y se compadeció de su enorme e inflamada… tensión nerviosa, por lo que con esa humildad de siempre, cayó frente a él con… concejos. Su boca se abría una y otra vez para… confortar cálidamente, y lo hacía cuando su lengua húmeda y roja recorría… sus argumentos. Pero Roberto, molesto, sólo respondía con rudas, rápidas, profundas y duras… precisiones. Y así continuaron, hasta que al catirito le estalló en la cara toda su ayuda, saliendo de allí casi una hora después todo vergajeado… Muy bien vergajeado. 

Julio César.

CELULARES Y REVOLUCIÓN

jcqt1213 @ 03:59

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   En el periódico EL NUEVO PAÍS, venezolano, chiquito, tratando sobre análisis y política, siempre se encuentra algo interesante. Siempre hay un tema, un artículo, una columna que parece ligera y hasta irreverente, pero que encierra dentro de sí una realidad hasta patética. Hace poco leí una de esas columnas, más optimista, de Eduardo Riveros, señor que firmaba hasta hace pocos sus articulo como TERCERA EDAD, ahora lo hace como LA ARRECHERA COTIDIANA. Y de eso los venezolanos tenemos bastante. Quiero reproducir aquí dicha columna, con su permiso. Es totalmente de su autoría, ¿okay?:

……   

   Olvídense de Miami o Panamá; con perdón de Rubén Blades. El futuro está en Cuba. Allí es donde se debe invertir en comprar propiedades, terrenos. Así sea un edificio arruinado o un rancho. Los cambios ya no los para nadie. Raúl, con visión o ignorancia le dio apertura a la telefonía celular y, ahí mismo, con perdón de la expresión: se jodió. Una vez que los cubanos accedieron a esos adminículos no hay vuelta atrás. Idiotiza, anula la familia, amistades, todo. Incluso crea un nuevo vocabulario, algo de Morse o Braille, en el que se comunican los muchachos.   

   Si antaño el peligro lo encarnaban las grandes empresas petroleras, ahora ese conflicto, desgracia, lo simbolizan las telefónicas. Con todos sus atractivos. Las conversaciones a larga distancia, los mensajitos, escuchar música, ver videos, sacar fotos. ¿Acaso no se hacen ya, a las niñas en los colegios, tomas pornográficas? pero la basura no termina allí. El perjuicio mayor es el que se le estafa a la convivencia. ¿Quién, hoy día, conversa? Nadie. Hasta en los moteles, otrora lugares sagrados, ya no se escuchan los jadeos, suspiros, alabanzas, gemidos de satisfacción. Lo que se oye es la melodía, pito, entrada que, cada quien, tenga en su celular. En los restaurantes, igual. Cada quien habla por su lado; se acabaron las miradas, el tocarse las manos, los brindis románticos.   

   ¿Qué joven cubano va a estar, ahora, soportando las estupideces de Fidel si, mientras, puede mandarle recados a su novia? ¿Dónde encontrar un hogar cubano que, repito, se cale las majaderías de Fidel, si, entre tanto, puede hablar con su gente en la Florida o Madrid? Y como si no fuera suficiente, Raúl aprobó que los cubanos pudieran usar los hoteles cubanos, bañarse en las playas cubanas, ver series norteamericanas. ¡Cosa más grande! Comprar, libremente, electrodomésticos, alquilar carros, hasta adquirir DVD. Algunos jalabolas sostienen que es el Ceratosauros de Fidel el que propicia estas transformaciones. Mentira, no hace una semana que el asesino escribió criticando la llegada de estas innovaciones a la isla. Lo que ocurre es que Raúl, o tiene mayor visión o es más inteligente de lo que se pensaba. El caso es que, lo dicho, trate de comprar, así sea por allá lejos, algo de tierras en cuba. Ahí está el porvenir.

……   

   Por el tono notarán varias cosas: que es un señor mayor, y es un ‘opositor’ como dicen aquí. Estoy entre quienes sostienen que Venezuela es una tierra de barraganato. Las mujeres de los presidentes pasados tuvieron demasiada influencia en las políticas de estos. Y Chávez quedó, para desgracia de mi país, bajo el influjo de un mal amor, una pasión tortuosa y enferma. A quien quiso entregarle todo. De lo cual se desprende que buena parte de todo lo malo que aquí ha ocurrido, incluso la inmolación de un hombre que encarnó la esperanza de un cambio, que comenzó a gobernar con los buenos deseos de la iglesia, los empresarios, los medios de comunicación e incluso de buena parte de los tenaces y terribles periodistas con los que contamos, fuera de un mar de dólares producto de un prolongado alza de precios petroleros, lo botó todo, dejando a Venezuela arruinada físicamente, desmoralizada, endeudada hasta lo inconcebible. Nada más hoy se supo que la deuda de PDVSA, que hasta ayer daba ganancias, llega a los 17 mil millones de dólares.   

   Me alegra saber que vientos de cambios soplan para los cubanos. Intento no ilusionarme pero este señor, Raúl Castro, parece más decente, o más centrado. Bueno, basta con que no sea un sádico asesino como el hermano para que se note la diferencia. Muchos dicen que hace muy poco por cambiar el modelo antillano, tampoco puede desbaratar un sistema que lleva más de cuarenta años, hay muchos que saben que no tienen para dónde agarrar si comienzan a perseguirlos por sus crímenes, y Raúl debe cuidarse de ellos. Por otro lado, me alegra saber que la esperada muerte de Fidel aún se retrasará un poco (la fiesta deberá esperar). Verlo cascado, ojeroso, tembloroso, oliendo a… eso que sale por la manguerita que lleva en su barriga, me gusta. Que viva, que su mente continúe funcionando en ese cuerpo decadente y ruin, que se note y sepa acabado. Que mire como todo el reino de muerte que edificó; cae, espero que le alcance la vida para oír a los primeros cubanos, en cualquier plaza, maldecir a gritos su nombre y sus crímenes.   

   Por cierto, contra los celulares sólo tengo que muchos chóferes insisten en conducir y usarlos al mismo tiempo, y está comprobado que hay quienes no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo y deben detenerse para tomar aire y respirar. 

Julio César.

21/05/2008 GMT 1

LUCHA LIBRE

jcqt1213 @ 03:23

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   -Ahora me las pagas todas…   

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí… -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge.    

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul.   

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio.   

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante.   

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio.   

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo.   

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.    

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grit